TROTSKY, León

LA REVOLUCION PERMANENTE

Juan Pablos, Editor, México D. F., 1972.

 

CONTENIDO DE LA OBRA

En esta obra de carácter histórico-polémico, escrita en 1930, Trotsky pretende defender la ortodoxia marxista-leninista de su teoría de la revolución permanente, contra los ataques del Stalinismo. Al mismo tiempo trata de probar su valor y sacar las consecuencias para su aplicación a ese momento histórico concreto.

Aclara que algunas de las ideas expuestas en el presente trabajo han sido desarrolladas más ampliamente en su Crítica al programa de la Internacional Comunista.

El índice de la obra es el siguiente:

 

           

Pp.

Prólogo. Dos concepciones     

9

Introducción    

31

                    I.    Carácter obligado de este trabajo y su propósito.

59

                  II.    La revolución permanente no es el salto del proletariado, sino la transformación del país bajo su dirección.

 

89

               III.    Los tres elementos de la «Dictadura democrática»: las clases, los objetivos y la mecánica política

 

105

               IV.    ¿Qué aspecto presenta en la práctica la teoría de la revolución permanente?

 

129

                 V.    ¿Se ha realizado en nuestro país la dictadura democrática? ¿Cuándo?        

 

155

               VI.    Sobre el asalto de las etapas históricas           

175

            VII.    ¿Qué significa actualmente para el Oriente la consigna de la dictadura democrática?           

 

188

          VIII.    Del marxismo al pacifismo     

205

Epílogo            

219

¿Qué es la revolución permanente? (tesis fundamentales)

227

 

PROLOGO

La importancia del prólogo radica en que pone de manifiesto los fundamentos teóricos (económicos) en que se apoya la teoría de la revolución permanente.

Comienza contraponiendo su concepción de la revolución socialista, la teoría de la revolución permanente, a la concepción de Stalin.

De estas dos concepciones se desprenden dos tácticas y estrategias que tendrán como objetivos, según el caso, la socialización creciente del país; o bien, el fortalecimiento de la dictadura del proletariado hasta el triunfo definitivo de la revolución proletaria internacional.

La concepción stalinista tiene como error de fondo el considerar la economía mundial como el resultado de la unión de las diversas economías nacionales, mientras que el marxismo auténtico parte de un concepto unitario de la economía mundial «como una potente realidad con vida propia, creada por la división internacional del trabajo y el mercado mundial que impera en los tiempos que corremos sobre los mercados nacionales» (p. 12). Según esto, las diversas economías nacionales vienen a ser el resultado de combinaciones particulares de la economía mundial.

Aquí también ataca a Stalin por considerar las peculiaridades como simples complementos del tipo general de la economía mundial cuando, debido al carácter unitario de la economía mundial, «dichas peculiaridades son precisamente el producto más general, y aquél en que, por decirlo así, se resume todo, del desarrollo histórico desigual» (p. 15). La peculiaridad del tipo nacional está en cristalizar la desigualdad de su formación. La importancia de esta desigualdad del desarrollo histórico (las peculiaridades nacionales) fue lo que hizo posible el triunfo de la Revolución rusa de 1917.

La internacionalidad de los partidos comunistas se fundamenta, no en el carácter capitalista común de las diferentes organizaciones económicas nacionales (como afirma Stalin), sino en la inconsistencia de los estados nacionales, en su dependencia de la economía mundial: «El capitalismo nacional no puede no ya transformarse, sino ni siquiera concebirse más que como parte de la economía mundial» (p. 14). Debido a esta interdependencia económica, el triunfo de la revolución proletaria internacional es necesario para el establecimiento del socialismo en un solo país, más aún, «la expansión ineluctable, que surge como consecuencia de las crisis internas permanentes del capitalismo, constituye su fuerza expansiva antes de convertirse en mortal para este último» (p. 22).

Resulta, pues, que el intento de establecer el socialismo en un solo país no pasa de ser una pura utopía, pues al no ser independiente del resto de la economía mundial, caerá inevitablemente en contradicciones internas y extremas que lo conducirán al fracaso, pues si intentara cerrarse sobre sí mismo se vería privado de los recursos del mercado internacional.

Aplicando este principio a Rusia, se ve que su fuerza reside en la nacionalización y gobierno central de los medios de producción, su debilidad en su aislamiento de la economía mundial, que le impide emplear en beneficio propio los recursos de la misma.

De estas dos concepciones se siguen dos líneas directivas ante las cuestiones económicas: en un caso (stalinismo) buscar la independencia de la economía mundial y lograr la sociedad socialista nacional mientras se lleva a cabo la revolución internacional; en el otro (revolución permanente) tener por objetivo la consolidación de la dictadura del proletariado, hasta que el triunfo de la revolución social internacional venga a sacar de la actual situación a la Unión Soviética.

La lucha de principio que se ha llevado a cabo en estos años, así como la polémica que se da actualmente en torno a las dos teorías, justifican plenamente este trabajo.

 

INTRODUCCION

Es bastante larga y en ella expone de manera resumida y en líneas generales el contenido del libro.

Comienza explicando que las discusiones que se han suscitado en el seno del marxismo, en torno a la teoría de la revolución permanente, son de importancia primordial porque afectan de manera decisiva el enfoque y los planteamientos de la Revolución proletaria internacional.

Esta teoría ha sido atacada por el grupo de los llamados viejos bolcheviques para justificar una serie de actitudes, pero al hacerlo han llegado a sostener una nueva concepción de la revolución socialista, saliéndose del marxismo.

En sus elementos esenciales, esta teoría se formuló en 1905, antes de la revolución del mismo año. En esos momentos, la mayoría asignaba a la burguesía liberal el papel directivo de la revolución. Fue en aquellos días cuando Lenin formuló su teoría de la transformación de la revolución democrático-burguesa en socialista, bajo la consigna de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos. Trotsky estaba totalmente de acuerdo con Lenin, sólo que en lugar de la fórmula indeterminada de la consigna, proponía la de dictadura del proletariado apoyada en los campesinos, para que quedara claro que el papel directivo de la revolución correspondía a proletariado.

      Procede después a una breve descripción de los principales elementos que constituyen la teoría de la revolución permanente.

La idea de dicha revolución fue formulada por Marx y sus adeptos hacia mediados del siglo XIX. «El sentido que Marx daba a esta idea, quiere decir que una revolución que no se aviene a ninguna de las formas de predominio de clase, que no se detiene en la etapa democrática y pasa a las reivindicaciones de carácter socialista, abriendo la guerra franca contra la reacción, una revolución que no puede terminar más que con la liquidación completa de la sociedad de clases». (No cita a Marx, da por sabido que esto es lo que dice.)

En seguida da una explicación de los tres elementos fundamentales en los que se explicita dicha idea (ésta es su aportación personal, su interpretación):

1º El problema del paso de la revolución democrática a la socialista.

El marxismo vulgar creó un esquema de la evolución histórica según el cual, antes del establecimiento de la dictadura del proletariado, se requiere un largo período de democracia. La teoría de la revolución permanente sostiene que en los países atrasados, debido a sus peculiares condiciones, el camino que conduce a la democracia es precisamente la dictadura del proletariado.

2.° La revolución socialista, en cuanto tal, que consiste en un período continuo de transformaciones y de luchas, continúa bajo la dictadura del proletariado que culmina en la sociedad sin clases.

3º El carácter internacional de la revolución socialista que no es un principio abstracto del desarrollo mundial de la economía, hace imposible que el socialismo triunfe en un solo país; su salvación está en hacer que triunfe en los países más adelantados.

Stalin y los que marchan tras él atacan los tres aspectos de esta teoría —de suyo inseparablemente unidos— formulándolos como una campaña contra el trotskismo.

En seguida establece los objetivos de esta obra: «En este trabajo me propongo reconstruir la teoría de la revolución permanente tal como fue formulada en 1905, con referencia a los problemas internos de la Revolución Rusa; señalo en qué se diferenciaba realmente mi posición de la de Lenin y cómo y por qué en todas las situaciones decisivas mi punto de vista coincidió con el de éste. Finalmente, intento poner de relieve la importancia decisiva del problema que nos interesa, para el proletariado de los países atrasados y, por tanto, para la internacional comunista del mundo entero».

Las acusaciones que se han lanzado contra la revolución permanente se pueden reducir a cuatro:

1. Ignorar la diferencia que existe entre la revolución burguesa y la socialista.

2. Ignorar el papel importantísimo que habría de desempeñar el campesinado en la revolución.

3. Menospreciar la presión del proletariado occidental sobre la burguesía, para impedir que ésta intervenga en Rusia contra el socialismo.

4. Negar la capacidad del proletariado ruso para edificar autónomamente el socialismo.

A lo largo del trabajo responderá a estas acusaciones.

Después hace una crítica a la actitud adoptada por Stalin y la Internacional comunista en la revolución china. Los acusa de traición al auténtico marxismo y del proceso de dicha revolución.

Finalmente, explica que la aparición de un artículo de Radek en el que contrapone la teoría de la revolución permanente a la de Lenin, le ha hecho apresurar su trabajo; en el que la defensa contra Radek ocupará un papel predominante.

Capítulo I.— Carácter obligado de este trabajo y su propósito.

En este capítulo de carácter introductorio, Trotsky expone de nuevo los motivos que le han llevado a realizar este trabajo.

En tono polémico, pero con gran habilidad, empieza diciendo que las acusaciones que se le hacen acudiendo a viejos textos proceden de necesidades actuales de Stalin y sus seguidores para justificar sus posiciones políticas —especialmente en los problemas relativos a las revoluciones de Oriente—, que son una falsificación de las doctrinas auténticas de Marx y de Lenin. Estas doctrinas se proponen, desde un punto de vista parcial, como opuestas a la teoría de la revolución permanente.

De este modo, «las luchas, las tradiciones, la herencia de Lenin han sido sacrificadas en aras de la lucha contra el trotskismo» (p. 60). Por esto, la lucha contra Trotsky ha pasado a ser una lucha contra el marxismo auténtico. En último término, la campaña contra la revolución permanente ha servido para despejar el camino a la teoría stalinista del socialismo en un sólo país, con todas las consecuencias prácticas que trae consigo.

La resurrección del auténtico marxismo-leninismo es inconcebible sin una condena a todo el material producido por los actuales seguidores de Stalin.

Especialmente desea defenderse de los ataques de Radek, quien para fundamentar su falsa posición en las cuestiones de la revolución china, ataca la teoría de la revolución permanente, «exponiendo de un modo unilateral y deformado mis antiguas divergencias con Lenin».

Las acusaciones de Radek consisten en hacer aparecer como opuestas las posturas de Trotsky y Lenin en varios puntos.

Trotsky responde mostrando con gran habilidad que dichas acusaciones, o bien son falsas, carentes de fundamento, o de poca importancia.

Hace ver cómo en lo fundamental su línea estratégica era, desde 1905, la misma que la de Lenin, de quien aprendió desde el principio la importancia que tendría que desempeñar el campesinado en la revolución.

Cita en su favor el apoyo de Lenin y del periódico dirigido por éste a un artículo suyo sobre la revolución permanente, a sus libros 1905 y La Revolución de octubre, y algunas citas escogidas de Lenin en las que éste lo apoya. Reconoce que tuvo divergencias circunstanciales en cuanto que Lenin se opuso siempre a su postura conciliadora con los mencheviques y le da toda la razón, pero esto no tiene nada que ver con la teoría de la revolución permanente y pertenece al pasado. El mismo Lenin, en 1917, afirmó: «Trotsky dijo hace tiempo que la unificación era imposible. Trotsky comprendió esto, y desde entonces no ha habido mejor bolchevique que él». (Actas de la sesión del soviet de Petrogrado, del 1º —14 de noviembre de 1917— suspendidas del Libro del Jubileo y ocultas hasta la fecha por orden del partido.)

      Se puede sacar como conclusión de lo dicho que: «A pesar de todas las lagunas, tal como está expuesto incluso en mis primeros trabajos, la teoría de la revolución permanente se halla inconmensurablemente más impregnada de espíritu marxista, y por consiguiente inconmensurablemente más cerca de la línea histórica de Lenin y del partido bolchevique, no sólo que las divagaciones actuales de Stalin y Bujarin, sino también que el último trabajo de Radek».

A mostrar esto dedicará el resto del libro.

Capítulo II.— La revolución permanente no es el «salto» del proletariado, sino la transformación del país bajo su dirección.

Para defenderse de la acusación de Radek, de pretender dar el salto directamente hacia la revolución socialista sin pasar por la democracia, expone el primer elemento de la teoría de la revolución permanente: el paso de la revolución democrática a la socialista.

Radek, dice: «El rasgo fundamental que distingue la teoría leninista del conjunto de ideas que llevan el nombre de teoría y táctica de la revolución permanente es la confusión de la etapa de la revolución burguesa con la socialista»(p. 89). A esta acusación añade, entre otras, el negar la importancia del papel de los campesinos para el triunfo de la revolución.

En su defensa, comienza citando un texto de Lenin (1906) en el que afirma: «La revolución rusa no es burguesa, pues la burguesía no se encuentra entre las fuerzas motoras de la revolución. Y la revolución rusa no es tampoco socialista» (p. 91) Pero existen otros textos de Lenin anteriores y posteriores en los que califica la revolución rusa de burguesa. ¿Hay en ello contradicción?: «No —responde Trotsky—, todo depende de la manera de enfocar la cuestión». La revolución rusa no es burguesa si se consideran sus fuerzas motrices y sus perspectivas, pero es burguesa si se consideran sus fines históricos inmediatos, es decir, la creación de condiciones normales para el desarrollo de la sociedad burguesa en su conjunto. «La definición sociológica general ‘revolución burguesa’ no resuelve los objetivos político-tácticos, las contradicciones y dificultades que plantea toda revolución burguesa» (p. 92).

Hace ver, acudiendo a algunos de sus trabajos anteriores que él nunca negó el carácter burgués de la revolución (democrático-burguesa) en el «sentido de sus fines históricos de momento sino únicamente en el de sus fuerzas motrices y sus perspectivas» (p. 91).

En seguida expone cómo se concibe el paso de la revolución democrático-burguesa a la socialista en la teoría de la revolución permanente.

Debido a las peculiaridades del desarrollo histórico-social de Rusia, la revolución burguesa, para poder realizar los objetivos democráticos inmediatos debe culminar llevando al poder al proletariado.

La razón de esto radica en que en Rusia, a causa de la diferenciación extrema de clases (la industrialización empezó rápidamente en un país socialmente muy atrasado, por lo que la pequeña burguesía es muy exigua), no existe una clase burguesa capaz de ponerse al frente de las masas populares para conducir la revolución de objetivos democráticos. La masa de la población de las ciudades grandes está formada por el proletariado industrial, de otro lado está la burguesía liberal y, por último, la gran masa campesina, que aunque constituye un factor formidable de revueltas, es incapaz por sí misma de hacerse con la dirección de la revolución y, por lo tanto, irán en pos de quien se haga con el mando de la misma.

Solamente hay dos clases capaces de hacerse cargo de la dirección de la revolución, pero sólo bajo la dirección del proletariado puede tener objetivos democráticos. De aquí que la «victoria de la revolución ‘burguesa’ (democrática) sólo sea posible mediante la conquista del poder por el proletariado» (p. 96). La perspectiva de la dictadura del proletariado surge precisamente de la revolución democrático-burguesa. Y de la toma de poder por el proletariado la transformación de ésta en socialista; de ahí el carácter permanente de la revolución.

Responde a la acusación de no tomar en cuenta el papel de la clase campesina, mostrando por medio de algunos textos que, desde 1905, consideraba como fundamental el papel de esa clase; sólo que el campesinado es incapaz de desempeñar un papel político independiente y tiene que actuar subordinado a la clase que lleva la dirección de la revolución.

Concluye: «Como se ve, en todos estos extractos —cuyo número podría duplicar, triplicar, decuplicar— la revolución permanente aparece expuesta como una revolución que incorpora al proletariado organizado en soviets a las masas oprimidas de la ciudad y del campo, como una revolución nacional que lleva al proletariado al poder y abre con ello la posibilidad de la transformación de la revolución democrática en socialista» (p. 100).

Capítulo III.— Los elementos de la «dictadura democrática», las clases, los objetivos y la mecánica política.

Pretende demostrar, interpretando varios textos de Lenin, la coincidencia en lo fundamental entre la teoría de la revolución permanente y la consigna leninista de la dictadura del proletariado y de los campesinos.

Empieza estableciendo que la diferencia entre su punto de vista y el de la consigna de Lenin no se refiere a la necesidad de una alianza entre la clase obrera y la campesina, ni a los objetivos de la dictadura democrática, sino a la organización política de la colaboración entre el proletariado y el campesinado (programas de colaboración, formas de partido y métodos políticos).

«Lenin planteaba la cuestión de una alianza de obreros y campesinos, irreconciliablemente opuesta a la burguesía liberal. La historia no había presenciado nunca semejante alianza» (p. 106). Precisamente por no haber antecedentes históricos de una alianza de este tipo, Lenin no quiso dar una expresión política determinada a la colaboración de estas dos clases y dejó la fórmula de unión indeterminada bajo la consigna de «dictadura democrática del proletariado y los campesinos», dejando a la experiencia el dilucidar cual sería la fórmula determinada. Por cierto que a este respecto el pensamiento de Lenin varió con las circunstancias, tendiendo siempre a que el partido proletario llevara el papel directivo en la medida de lo posible.

Dentro de las diversas posibilidades, habría dos principales. Cabría la posibilidad de que los campesinos llegaran a formar un partido independiente que tomara el mando de la revolución. Pero también la posibilidad de que los campesinos, a consecuencia de su «situación intermedia y de la heterogeneidad de su composición social» (p. 111), no sean capaces de tener ni una política ni un partido independiente, «en cuyo caso se ven obligados a elegir entre la política de la burguesía y la del proletariado» (p. 111).

En realidad esto fue lo que sucedió, y la revolución agraria creó las condiciones para la dictadura del proletariado; como consecuencia de la «incapacidad de los campesinos para resolver su problema histórico con sus propias fuerzas y bajo su propia dirección» tuvo que hacerlo bajo la dirección del proletariado, que es la tesis de la revolución permanente.

Lenin, que tenía motivos fundados para pensar en la posibilidad de un partido campesino independiente, no quiso suprimir el carácter indeterminado de la fórmula hasta el momento de la comprobación histórica completa. Sin embargo, ya en 1909 concretaba dicha fórmula: «El proletariado conduciendo tras de sí a los campesinos» (p. 116), lo que demuestra la proximidad entre la consigna de Lenin y la teoría de la revolución permanente, no sólo en cuanto a la necesidad de una alianza entre el proletariado y el campesinado, sino también en cuanto a la modalidad política y de partido de dicha alianza.

Ciertamente sobre este último punto sostuvo una polémica con Lenin, por no gustarle el carácter indeterminado de la fórmula; sin embargo, había una coincidencia de fondo entre los dos. Una breve síntesis de esta polémica, en donde hace una interpretación algo forzada a su favor de un texto de Lenin, lo lleva a concluir la coincidencia de su pensamiento en este punto.

      Concluye atacando la manera de interpretar Radek la fórmula de Lenin, en el sentido de no dar importancia a la indeterminación, es decir, a la modalidad de la alianza entre los obreros y los campesinos, que ha dado lugar a una política de nefastos resultados para el proletariado en la revolución china.

Capítulo IV.— Aspecto que presenta en la práctica la teoría de la revolución permanente (táctica).

Trotsky se defiende de la acusación que se hace a la táctica seguida en la revolución permanente. Lo hace también aquí mostrando que sus planteamientos tácticos coinciden esencialmente con los de Lenin.

Ante todo afirma su completa solidaridad con Lenin desde el principio en la apreciación de las fuerzas y objetivos de la revolución. Cita un texto suyo de 1905 en donde expone, en líneas generales, el programa que habría que seguir durante la revolución, que coincide esencialmente con las resoluciones del Congreso Bolchevique, reunido unos meses después. Asimismo describe su actitud práctica, siempre favorable a la unión con los campesinos. Pero, sobre todo, muestra que en la práctica, lo mismo que en la teoría, nunca pretendió el salto directo de la autocracia al socialismo sin pasar por la democracia. En 1905 escribía: «¿Es posible que se pueda instaurar ahora el socialismo en Rusia? No (...), es necesario unir al proletariado y semiproletariado del campo con el proletariado urbano en un sólo ejército democrático».

La revolución permanente no pretende un salto al socialismo, sino una transformación continua que, empezando con objetivos democráticos y sin detenerse allí, culmine con las reivindicaciones de carácter socialista. Prueba su conformidad con Lenin en este punto primero con un artículo en la Noraya Jizin, periódico dirigido entonces por Lenin, que aprueba totalmente su postura. Continúa con una serie de escritos suyos de 1906 en los que sostiene la necesidad de una etapa democrática previa a la socialista. Después hace notar que su postura fue siempre radicalmente opuesta a la de los mencheviques, que pretendían que la dirección de la revolución y de la etapa democrática correspondieran al partido liberal burgués, en tanto que él propugnó siempre que el proletariado

se pusiera al frente de los campesinos arrojando por la borda «la burguesía libertal».

Más aún, sólo así podría llevarse a cabo la revolución democrática debido a las peculiares condiciones de la Rusia atrasada. Por lógica exclusión de las demás clases, sólo el proletariado que constituye las bases urbanas es capaz de asumir la dirección y llevar a cabo la revolución democrática. Pero «un gobierno que se apoye directamente en el proletariado, y a través de él en los campesinos, no significa la dictadura socialista» (p. 143), porque no se trata de saltar por encima de la revolución democrática, sino de transformarla en socialista. Esta teoría fue aceptada por Lenin en 1917. Además, prueba su conformidad táctica con Lenin por la aprobación del mismo a su participación activa en las revoluciones de 1905 y 1917. Aduce, por último, que sus conclusiones tácticas posteriores sobre la revolución de 1917 formuladas a la luz de la revolución permanente, coinciden con las que, por su parte, Lenin hizo sobre la misma.

Aprovecha el final del capítulo para ridiculizar en tono polémico a Stalin por haber acusado a Trotsky de ser autor de la consigna «¡abajo el zar y viva el gobierno!», que ni siquiera es suya.

Capítulo V.— Se ha realizado en nuestro país la dictadura democrática? ¿Cuándo?

En polémica directa con Radek, plantea esta cuestión, de gran importancia para la confirmación práctica de su teoría y para su concordancia con Lenin. Radek, apoyándose en algunos textos de Lenin, coloca la dictadura democrática en el período del doble poder (del gobierno provisional de coalición de los mencheviques y los socialdemócratas), en el período comprendido entre las revoluciones de febrero y octubre de 1917.

Trotsky lo refuta sosteniendo que este punto de vista de Lenin, meramente circunstancial, fue una táctica de cara a la oposición, pero que no corresponde en modo alguno a su postura real y definitiva. Establece de manera un poco forzada que Lenin procedió de esa manera para ilustrar a los esquemáticos que no hacía falta una nueva revolución democrática independiente, puesto que ya se había dado, sino como un hecho a manera de embrión. Hace esta interpretación del pensamiento de Lenin con el fin de no tener que acusarlo de oportunista o equivocado. Después de negar el carácter democrático de este período, pasa a demostrar que Lenin, en su postura real y definitiva, coloca el período de la dictadura democrática inmediatamente después de la revolución de octubre.

No faltan, incluso entre los seguidores de Stalin, quienes, como Jacobliev, le dan la razón de hecho (lo prueba citando algunos párrafos de un trabajo de éste), aunque no de derecho para no caer en la herejía del trotskismo. La postura de Lenin, al final de la revolución, atestigua no de manera provisional, sino definitiva, «de un modo indudable que la diferencia entre las dos líneas tácticas tenía una significación secundaria y subordinada; en lo fundamental eran una y la misma». Su oposición con Lenin, meramente circunstancial, estuvo precisamente en el carácter indeterminado de la fórmula teórica, «dictadura del proletariado y de los campesinos». Indeterminación que no dejó de tener su importancia, pues, estuvo a punto de llevar a los seguidores de Lenin, en su ausencia, hacia la oposición entre la dictadura democrática y la socialista. Afortunadamente la llegada de éste impidió que prosperara este punto de vista reaccionario, y se llegara directamente a la dictadura del proletariado.

Stalin pretende aplicar a los países orientales la fórmula leninista de 1905 con toda su indeterminación, oponiendo la dictadura democrática a la socialista, esto es, sin duda alguna, un error que puede conducir al fracaso de la revolución democrática en esos países. Por esto, en dichos países lo mejor es introducir de antemano en la fórmula la concreción, cuya necesidad ha demostrado la historia dictadura del proletariado apoyada en los campesinos.

Capítulo VI.— Sobre el asalto de las etapas históricas.

En este breve capítulo, mediante la aplicación de la dialéctica, trata de justificar el paso directo a la dictadura democrática del proletariado, sin pasar por la etapa democrática independiente. «Es absurdo sostener que, en general, no se puede saltar por alto una etapa. A través de las etapas que se derivan de la división teórica del proceso de desarrollo enfocado en su plenitud, el proceso histórico efectúa siempre saltos y exige lo mismo de la política revolucionaria» (p. 176). La visión revolucionaria consiste precisamente en el talento para descubrir esos momentos y utilizarlos.

      Teniendo presente la división teórica marxista del desarrollo de la industria en artesanado, manufactura y fábrica, nos encontramos con que en Rusia la fábrica apareció sin pasar por la etapa de la manufactura y del artesanado urbano. De ahí que la historia del desarrollo en Rusia se saltó (redujo al mínimo) estas dos etapas. Este salto o reducción cuantitativa en Rusia fue tan grande que engendró una cualidad social completamente nueva en la nación; cualidad que hizo posible que la revolución rusa culminara con la dictadura del proletariado.

Esto, sin embargo, no significa que se pueda saltar a la ligera cualquier etapa. Hay etapas del desarrollo que pueden resultar inevitables, aunque teóricamente no lo sean; e, inversamente, etapas teóricamente inevitables que pueden verse reducidas a cero por la dinámica del desarrollo. Se trata, pues, de apreciar cuáles son las etapas evitables, teniendo en cuenta que no se pueden saltar por alto las etapas objetivamente condicionadas por las circunstancias en el desarrollo. Radek y Stalin funcionan con la idea fija de que no hay que saltarse ninguna etapa: son teóricos evolucionistas vulgares. Termina criticando la política seguida por Stalin y Radek en China.

Capítulo VII.— ¿Qué significa actualmente para el oriente la dictadura democrática?

Trotsky opone la línea estratégica de la revolución permanente a la seguida por Stalin, Radek, etc., bajo la consigna de la dictadura democrática. Radek pretende aplicar a las revoluciones de Oriente la consigna leninista de la dictadura democrática (no como la entendía Lenin, sino como él la interpreta) como si se tratara de un esquema prefabricado de validez universal suprahistórica. Contra esto, Trotsky hace notar que no se están tomando en cuenta acertadamente las peculiaridades propias de China. Además, las citas de Marx y de Lenin en las que Radek pretende apoyarse se vuelven en contra suya; y la dictadura democrática, tal como Radek la entiende, no llevó a Rusia a nada positivo. Por oposición a esto «hay que seguir, no una ruta ‘a priori’, sino la que nos indique el desarrollo real de la lucha de clases» (p. 189).

Los planteamientos de Marx y de Lenin reducen al absurdo la teoría de una revolución democrática independiente que no conduzca a la dictadura del proletariado; en palabras del propio Lenin, «en la sociedad burguesa con contradicciones de clase ya desenvueltas, puede únicamente haber la dictadura de la burguesía, descarada o encubierta, o la dictadura del proletariado. No cabe ningún régimen transitorio..., como lo ha demostrado la experiencia del país más atrasado de Europa, Rusia en la época de su revolución burguesa».

Stalin y sus teóricos oponen sistemáticamente la dictadura democrática a la dictadura de la burguesía y a la dictadura del proletariado, de ahí que la dictadura que ellos preconizan debería tener un carácter intermedio, pequeño-burgués, pero la pequeña burguesía actual es totalmente incapaz de desempeñar un papel revolucionario dirigente, como lo de muestra la experiencia histórica (aduce varios aspectos como ejemplo) en los países capitalistas. El desarrollo económico de los países capitalistas es tal que la fuerza dominante o es del capital o del proletariado; condenando a la pequeña burguesía a la insignificancia. De ahí que la dirección de la revolución, para que ésta sea democrática, debe recaer en el proletariado. Tal como lo sostenía el mismo Lenin, después de la experiencia de la revolución rusa, «la economía de la sociedad capitalista es tal que la fuerza dominante no puede ser más que el capital, o el proletariado después de derrocar a aquél. No hay otras fuerzas en la economía de dicha sociedad».

Radek, basándose en el desarrollo económico, divide a los países en dos grupos, unos maduros para la dictadura socialista, otros para la democrática, pretendiendo con ello tener en cuenta las peculiaridades de cada país. En realidad, en todos los países domina la burguesía, es decir, el capital financiero. Aunque la diferencia entre los países avanzados y atrasados es grande, se trata de una diferencia dentro del dominio de las relaciones capitalistas, si bien las formas y métodos de dominio del capital son muy variados en los distintos países. De ahí que la dictadura del proletariado deberá tener también un carácter muy variado (en el sentido de la base social, de formas políticas, objetivos inmediatos, impulsos de actuación). Sólo la dictadura del proletariado después de la conquista del poder puede conducir al pueblo a la victoria sobre la burguesía. Las peculiaridades de cada país deben servir de base al programa que ha de seguir la vanguardia proletaria para que la lucha sea eficaz. El nivel de desarrollo capitalista es un factor importante para el éxito en la lucha, pero no es el único; hay muchos otros factores que pueden ser la ocasión de la revolución que lleve al proletariado al poder.

Indiscutiblemente, para Trotsky, toda la economía mundial en su conjunto ha madurado para el socialismo. Esto no significa que todo país esté ya maduro para el socialismo, ni siquiera para vastas medidas de socialización.

Sin embargo, no hay que partir de la economía predeterminada de la evolución social. En virtud de la unidad del proceso económico mundial y de la ley del desarrollo desigual de la economía, la conciliación de los procesos desiguales de la economía puede obtenerse únicamente en el terreno mundial. Esto nos lleva de la mano a dos puntos de vista que se excluyen mutuamente: el de la revolución permanente y el del socialismo en un solo país. Debido al elevado desarrollo de las fuerzas productoras que sobrepasan las fronteras nacionales, resulta imposible la edificación del socialismo en un solo país. La dictadura del proletariado se encontraría con problemas y dificultades que sólo pueden superarse en el ámbito de la economía mundial. Esto hace ver que la división de los países maduros e inmaduros para el socialismo es un problema mal planteado.

¿Se puede afirmar entonces que en cualquier país se puede llevar a cabo la dictadura del proletariado? No; lo que sí puede afirmarse en la época imperialista es que la revolución nacional democrática sólo puede triunfar en el caso de que las relaciones sociales y políticas hayan madurado en el sentido de elevar al proletariado al poder.

Aplicando lo anterior al caso de China y la India, significa que en estos países no puede haber una dictadura democrática que no sea la del proletariado. Toda dictadura democrática «independiente» tendrá que estar dirigida contra los obreros y los campesinos.

Stalin y Radek siguen un camino equivocado al pretender aplicar esquemas prefabricados, caducos y fracasados ya en la revolución rusa, estableciendo en China una dictadura democrática independiente. Radek se equivoca totalmente al no dar importancia a la determinación de la clase que debe llevar el papel directivo en la «dictadura democrática», siguiendo la fórmula indeterminada de Lenin. Para el triunfo de la revolución, ésta sólo puede ser el proletariado. Los revolucionarios orientales tienen derecho a exigir una respuesta concreta basada no en viejos textos, sino en luchas reales y en la experiencia. Respuesta que ni Stalin ni sus actuales seguidores son capaces de dar acertadamente, cegados por su antitrotskismo.

Capítulo VIII. — Del marxismo al pacifismo.

Uno de los puntos más peligrosos del artículo de Radek sería la concesión que hace a la teoría del socialismo en un solo país. Dice que Lenin «se daba cuenta de que en el nivel de desarrollo económico de la Rusia de 1905, dicha dictadura proletaria sólo podría mantenerse en caso de que viniera en su auxilio el proletariado de la Europa Occidental» (p. 205). La teoría del socialismo en un sólo país se fundamenta precisamente en la diferencia de nivel económico. En base a ésta se hace la división en países «maduros e inmaduros» para el socialismo.

No cabe duda de que el nivel de desarrollo económico es un factor muy importante para la fuerza de la clase obrera (como lo prueba el fracaso de 1905); pero esta diferencia de nivel es secundaria al lado de la correlación mundial de las fuerzas económicas, de la que depende todo en último extremo. Por esto, la dictadura del proletariado sólo puede mantenerse y convertirse al socialismo con el auxilio del proletariado ya victorioso de los países desarrollados.

Sobre este punto la claridad de Lenin es notable. En 1918 afirmaba: «sin la victoria de la revolución alemana nuestra caída era inevitable», y «no se refería precisamente a las décadas futuras, sino a plazos muy próximos, de pocos años, por no decir meses» (p. 208). Lenin veía como una necesidad inminente el estallido de la revolución en los países más desarrollados desde el punto de vista capitalista; y en caso de no triunfar, la caída del proletariado en Rusia sería inminente, por lo que sostenía: «Aquí reside la mayor dificultad de la revolución rusa..., la necesidad de provocar la revolución mundial» (p. 208).

Trotsky por su parte sostiene que «sólo el desarrollo victorioso de la revolución proletaria en Occidente puede preservar al estado obrero de los peligros mortales no sólo militares, sino económicos que le amenazan».

Pero Radek va más allá, y pretende que Lenin reconociese como suficiente el simple apoyo del proletariado internacional, por oposición a Trotsky, que exigía la ayuda desde el estado (estado proletario ya triunfante). Desde aquí da el salto del marxismo al oportunismo, a la posición revolucionaria pacifista, «evitando la guerra mediante la presión del proletariado sobre la burguesía». Introduce aquí el problema de la política revolucionaria del proletariado en el mundo. Según la teoría del socialismo en un solo país, basta con la presión y el fortalecimiento progresivo del proletariado que se prepara para la toma del poder. Radicalmente diversa de la postura de Lenin, quien en 1918 aseguraba que: «la única garantía contra la restauración del capitalismo era, no la presión del proletariado, sino su victoria en toda Europa».

El error más radical del VI Congreso de la Internacional Comunista (para salvar la perspectiva pacifista y nacional reformista de Stalin) está en que se dedicó a formular recetas contra la guerra, separando la lucha contra esta última de la lucha por el poder. Por esto, la Internacional Comunista ha sido convertida por Stalin en un instrumento auxiliar de «presión» sobre la burguesía, en lugar de dedicarse a promover con todos los medios, no la presión del proletariado, sino su lucha y victoria revolucionaria, en todo el mundo, principalmente en Europa.

EPILOGO

Carece de especial interés. Se limita a hacer otro ataque contra Radek y algunos otros, por haber utilizado la crítica de la revolución permanente como un medio para pasarse al bando stalinista. Han traicionado al marxismo y se justifican atacando la teoría de la revolución permanente. Los acusa de ser incapaces, ideológicamente vacíos, de estar llevando a cabo, siguiendo a Stalin, una política trasnochada en Oriente, que traerá consecuencias nefastas para estos países. Protesta contra esta política, reafirmando que la nueva revolución china sólo será popular (democrática) si lleva directamente a la dictadura del proletariado. La pretensión de una dictadura independiente (no proletaria) después del régimen de ChangKai-Chek es un engaño ignominioso a los obreros de Oriente y una preparación para nuevas catástrofes. Termina haciendo un llamamiento a los obreros de Oriente para que se opongan a las directrices de Stalin y de sus seguidores.

¿Qué es la revolución permanente?

Aquí hace Trotsky un resumen de las conclusiones que ha ido sacando a lo largo del trabajo:

1.        La teoría de la revolución permanente es un tema de actualidad, en cuanto que afecta de manera decisiva los planteamientos de la revolución internacional (proletaria).

2.        Con respecto a los países coloniales y atrasados, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos sólo puede conseguirse a través de la dictadura del proletariado.

3.        En los países atrasados, los campesinos y el problema agrario desempeñan un papel decisivo en la revolución, ya que sin su alianza, en oposición a la influencia de la burguesía liberal, es imposible el triunfo de la revolución.

4.        La alianza revolucionaria entre el proletariado y los campesinos sólo es concebible bajo la dirección política de la vanguardia del proletariado organizada en un partido comunista. Por lo tanto, la revolución sólo puede triunfar por medio de la dictadura del proletariado apoyada en los campesinos y encaminada en primer término a realizar objetivos de la revolución democrática.

5.        Enfocada en su sentido histórico y no dogmático, la consigna bolchevique «dictadura democrática del proletariado y los campesinos» no pretendía expresar más que la alianza revolucionaria del proletariado contra la burguesía liberal. Esta formulación indeterminada ha sido concretada por la experiencia histórica y sólo es concebible como dictadura del proletariado arrastrando tras de sí a los campesinos.

6.        La dictadura democrática de los obreros y los campesinos, distinta de la dictadura del proletariado, no es posible debido a la incapacidad de los campesinos y de la pequeña burguesía para formar un partido independiente y capaz, con el apoyo del proletariado, de adueñarse del poder y de implantar desde él su programa revolucionario.

7.        Por lo tanto, la tendencia de la Internacional Comunista a imponer al pueblo la consigna de la dictadura democrática de los obreros y los campesinos tiene carácter reaccionario y contribuye al fracaso de la revolución democrática.

8.        Al subir al poder la dictadura del proletariado se encuentra inevitablemente con reivindicaciones de carácter socialista, por ello la revolución democrática se transforma en socialista, convirtiéndose por ello en permanente.

9.        La conquista del poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino su inicio; pues la edificación socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional. En las condiciones de predominio mundial del capitalismo, esta lucha tiene que conducir inevitablemente a explosiones de guerra interna y externa. En esto consiste su carácter permanente.

10.    El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras de un país, debido al carácter mundial de la economía capitalista. Este es el origen de las guerras imperialistas. La revolución socialista se inicia en la palestra nacional, sigue en la internacional y sólo se consuma con la victoria definitiva en todo el planeta; por eso la revolución se convierte en permanente en su sentido más amplio.

11.    El esquema de desarrollo de la revolución mundial ilumina la distinción entre países maduros o no maduros para el socialismo. En determinadas condiciones los países atrasados pueden llegar antes que los avanzados a la dictadura del proletariado, pero más tarde al socialismo. En un país cuyo proletariado haya llegado al poder como consecuencia de dicha revolución, el destino ulterior de la dictadura y del socialismo dependerá del desarrollo de la revolución socialista internacional.

12.    La teoría del socialismo en un solo país en vista de sus peculiaridades, es la única que se opone de modo consciente a la teoría de la revolución permanente; pero por lo dicho anteriormente no es posible.

13.    Dicha teoría opone la revolución democrática y la socialista, en contra de la experiencia de la revolución rusa. A las revoluciones en los países atrasados se les asigna como fin la instauración irrealizable de la dictadura democrática. «El hecho de la toma del poder por el proletariado supone el triunfo de la revolución en sus nueve décimas partes y la iniciación de la época de la reforma nacional. Se reduce el papel de la Internacional Comunista al de simple instrumento auxiliar contra la intervención militar».

14.    El programa de la Internacional Comunista elaborado por el stalinismo presenta un intento estéril para conciliar la teoría del socialismo en un solo país, con el internacionalismo marxista. La lucha, pues, se ha planteado entre las ideas fundamentales de Marx y Lenin de una parte, y el eclecticismo centrista, de la otra.

 

OBSERVACIONES CRITICAS

1. La naturaleza histórico-polémica de la obra hace que la referencia a textos en plan crítico sea continua (quizá excesiva). Esto resta claridad y orden a la exposición. Se nota también un fuerte apasionamiento, acompañado de una indudable elocuencia política y demagógica. Abundan los calificativos negativos aplicados a sus adversarios, a quienes con frecuencia ridiculiza. Esto resta también seriedad a la obra. Da por supuesto que el lector conoce la revolución rusa, y que está al tanto de los problemas políticos y revolucionarios del momento que afectan principalmente a la Unión Soviética.

2. Es notable la identificación que Trotsky hace del marxismo con la «verdad», de ahí la autoridad que concede a Marx y a Lenin. Lo que ellos han dicho no puede ser erróneo: «las ideas fundamentales... se vieron confirmadas por el curso de los acontecimientos, y precisamente por esto coincidían con la línea estratégica del bolchevismo» (Lenin) (p. 168; cfr. pp. 79, 92, etc.). De ahí el interés por hacer ver que sus concepciones corresponden al marxismo auténtico, y que la lucha contra el trotskismo se «ha desarrollado de hecho como una lucha contra el marxismo», que califica la actitud de sus adversarios como marxismo vulgar, oportunismo, desviaciones, etc. De ahí que el ataque o la defensa de un punto de vista sea su disconformidad o conformidad con Lenin como representante más auténtico del marxismo revolucionario. «La resurrección del pensamiento marxista y, por consiguiente, leninista en el partido, es inconcebible sin un auto de fe de todo el desecho de todos los epígonos (Stalin y sus seguidores)» (p. 63).

3. Para demostrar la coincidencia de los puntos fundamentales de su teoría con las concepciones revolucionarias de Lenin, utiliza con habilidad textos bien seleccionados de Lenin, que opone a los de sus adversarios. En ocasiones tiene que recurrir a un análisis del pensamiento de Lenin que interpreta los textos a su favor, distinguiendo entre las opiniones ocasionales de Lenin, que a veces les son adversas y por lo mismo utilizadas por sus adversarios contra él, y su pensamiento más de fondo y definitivo. Así, por ejemplo, sostiene que la fórmula leninista «dictadura democrática del proletariado y los campesinos», tenía en el pensamiento primitivo de Lenin un carácter algebraico y provisional, al que dio valor definitivo y determinado después de la revolución de octubre. En este punto Trotsky parece bastante convincente.

Sin embargo, no logra establecer que Lenin negara la posibilidad del establecimiento del socialismo en un solo país. Los textos escogidos por Trotsky están manejados hábilmente; pero existen textos en los que Lenin afirma la posibilidad del establecimiento del socialismo en un solo país, y aunque Trotsky no los menciona, sí prueba que para Lenin después de la victoria socialista en un país, ésta no podría sostenerse sólo en esas condiciones por mucho tiempo. Este es un matiz de importancia, que afecta a sus divergencias con Stalin.

Las divergencias circunstanciales nos hacen ver que Trotsky era más radical en sus concepciones que Lenin, ya que la revolución debería tener un carácter ininterrumpido hasta el triunfo definitivo y total del socialismo.

4. De acuerdo con la teoría marxista, para demostrar la «verdad» de una teoría acude a su comprobación histórica. A este respecto acomoda e interpreta hábilmente los hechos históricos en conformidad plena con su teoría, como ocurre en el caso de la dictadura democrática.

Para refutar a Radek, que colocaba la dictadura democrática durante el período del doble poder, simplemente acude a una concepción apriorística de la democracia. Afirma que el partido y la clase se concebían como un régimen que venía a destruir implacablemente el viejo aparato estatal de la monarquía y a liquidar definitivamente la gran propiedad agraria.

5. Acude a la dialéctica para dar una justificación teórica a la posibilidad del paso directo a la dictadura democrática del proletariado mediante un salto provocado revolucionariamente. Pero podemos objetar: ¿está el proletariado como clase en estas circunstancias preparado para asumir el poder? Bajo esas condiciones (de una industrialización incipiente), el proletariado resulta ser un grupo social bastante exiguo e impreparado como para pretender hacerse con la dirección de la revolución, ser la fuerza más activa de la misma y posteriormente llevar el gobierno del país. En el fondo, en este razonamiento opera la sustitución del proletariado por el partido. Esto es lo que ocurre en la realidad: que no es ninguna «clase», sino un grupo particular —en este caso, el partido— el que asume la dirección.

6. A lo largo de toda la explicación hay una serie de afirmaciones absolutas que no se explican, ni se justifican; que se dan, sin serlo, por evidencias. Algunas de ellas afectan de modo decisivo la validez de la teoría de la revolución permanente y su aplicación. Así, por ejemplo, se dice: «indiscutiblemente toda la economía mundial en su conjunto, ha madurado para el socialismo» (p. 197). De no ser cierta esta afirmación, la aplicación de la teoría tendría consecuencias prácticas contrarias a las perseguidas.

Se repite con frecuencia de que el único camino para llegar a una democracia verdaderamente popular es la dictadura del proletariado, al menos en los países atrasados. Esto además de ser contrario a la experiencia, descarta a priori la posibilidad de que una persona o un grupo (distinto del proletariado) desarrolle una política democrática. Este punto es importante en la teoría, ya que se trata de eliminar la posibilidad de la revolución democrático-burguesa, a la que se opone radicalmente.

También son gratuitas otras tesis, como la afirmación de Lenin de que: «la economía capitalista es tal que la fuerza dominante sólo puede ser el capital (la burguesía) o el proletariado después de derrocar a aquél» (p. 194). Sin embargo, en los países capitalistas más desarrollados se da una nueva fuerza que, en cierto modo, domina el panorama social, la clase media que no encaja en modo alguno dentro de los moldes marxistas de «burguesía» o «proletariado».

La afirmación de que el campesinado no puede ser autónomo ni, con mayor motivo, dirigente, se puede aplicar también a la clase obrera, a no ser que ésta se sustituya, como ocurre de hecho, por el partido, que no coincide en realidad con la clase (término éste ya de suyo bastante vago y discutible).

Hay muchas otras afirmaciones que se dan por supuestas y que afectan en mayor o menor grado la coherencia interna de la teoría: «Las particularidades económicas nacionales representan en sí una combinación de los rasgos de la economía mundial» (p. 14). «Los estados nacionales hace mucho tiempo que han caducado, para convertirse en un freno puesto al desarrollo de las fuerzas productivas» (p. 14), etc.

7. A veces da la impresión de que parte de la idea fija de la revolución socialista total e inmediata, y a partir de esta idea buscó la justificación teórica que asegurara su realización en el menor plazo posible, enfocando la realidad a través de esa idea preestablecida, que tenía como objetivo próximo inmediato la revolución proletaria en Rusia y como objetivo inmediato posterior la revolución socialista mundial.

Así, para justificar primero la realización de la revolución proletaria en Rusia (la necesidad de que la revolución culminara en la dictadura del proletariado), acude a las condiciones «peculiares» de Rusia que requieren, como condición para la democracia, la dictadura del proletariado. En seguida acude al nexo que une indisolublemente la economía de los diversos países del mundo para establecer el triunfo de la revolución socialista internacional como condición necesaria para evitar el fracaso de la revolución rusa.

Finalmente cabe mencionar que, acerca de la naturaleza de la revolución rusa en cuanto tal, Trotsky se limita a decir que consistirá en una lucha de clases llevada a cabo en terreno nacional e internacional, «que tiene que conducir inevitablemente a explosiones de guerra revolucionaria»; la revolución será continua, y no permitirá a la sociedad alcanzar su equilibrio hasta su transformación definitiva: y esto, sin dar más explicaciones ni justificaciones.

 

VALORACION GENERAL

1. La idea de revolución permanente da una cierta coherencia interna al pensamiento de Trotsky. Como marxista, parte de una concepción materialista del hombre y de la sociedad, de la dialéctica de la historia, etc. Da por supuesto que el factor decisivo de la historia es el desarrollo económico y no la libertad humana (Cfr. p. 10 ss.), así como la necesidad de la revolución total y violenta postulada por Marx, Engels y Lenin, de la lucha de clases, etc. Sólo de pasada hace alusión a estos presupuestos teóricos fundamentales.

Para una valoración crítica de estas concepciones confrontar la Introducción General y otras Recensiones en donde se exponen expresamente. Aquí nos limitaremos a hacer una valoración crítica de algunos de sus elementos particulares.

2. De acuerdo con la concepción marxista, la evolución histórica está regida por leyes semejantes a las de las ciencias naturales, que determinan la historia necesariamente y que permiten, una vez conocidas, predecir el futuro con certeza (cfr., por ejemplo, p. 20 y p. 160). Esto es posible porque se trata de procesos inevitables y necesarios (ocurrirá «inevitablemente» (p. 94), «necesariamente» (p. 95), «proceso necesario» (p. 160), etc.). Dichas leyes, lo mismo que las leyes de la naturaleza, se pueden formular hipotéticamente, se pueden comprobar y precisar por medio de la experiencia histórica («hasta el momento de la comprobación histórica completa» (p. 113) «hasta que el giro real de los acontecimientos la sometiera a una prueba y la reconociera definitivamente como acertada en 1917» (p. 135), etc.).

Sin embargo, por otra parte, afirma: «Tales etapas del proceso histórico pueden resultar inevitables aunque teóricamente no lo sean, e inversamente: etapas teóricamente inevitables pueden verse reducidas a cero por la dinámica del desarrollo, sobre todo durante la revolución».

Por tanto, ¿hay necesidad o no la hay? No se ve cómo se pueda compaginar esto con la evolución determinista de la historia, y de no ser así, ¿en dónde queda la «infalibilidad» de las leyes de la historia? (cfr. recensión a Lenin, El Estado y la Revolución, p. 47).

3. Para Trotsky —lo mismo que para Marx, Engels, Lenin— la sociedad actualmente está dividida dialécticamente en clases. Estas clases y no sus individuos concretos, son los actores, los sujetos de acción y pasión de la historia.

El individuo por sí mismo es incapaz de dirigir, de transformar o dar una orientación al desarrollo de la historia; es a las clases (el proletariado como tal, la burguesía como tal...) a quienes corresponde este papel; sin embargo, afirma: «Se puede decir que lo que mejor distingue al revolucionario del evolucionista vulgar, consiste precisamente en adivinar los momentos (de los saltos dialécticos) y utilizarlos». Luego, es al individuo concreto, aunque sólo fuera como cabeza de una clase, a quien corresponde el dirigir, dar una orientación determinada al desarrollo de la historia. Esto resulta difícil de compaginar con su concepción de la evolución histórica, determinada por el desarrollo de las fuerzas económicas y de la lucha de clases (cfr. recensión a Lenin, El Estado y la Revolución, p. 45 ss.).

4. Si la validez concreta de una teoría o de una fórmula se prueba con los hechos, como pretende hacer Trotsky con su teoría de la revolución permanente, podemos afirmar que como los hechos están en contra, su teoría no es válida, ya que quien asumió el mando de la revolución fue la «reacción» dentro del proletariado. De nuevo podemos concluir que no es ya el proletariado como clase, sino las personas concretas quienes están haciendo la historia.

Desde este punto de vista, si hubo traición a la causa sería porque la tenía que haber «necesariamente», «inevitablemente», más tarde o más temprano; porque los proletarios en el poder no son la clase, son personas concretas que ejercen sobre la sociedad una dominación particular.

5. Una de las ideas más repetidas en esta obra es que la clase obrera debe ser el actor principal de la revolución social. En realidad, no ha ocurrido así en la práctica ni siquiera en Rusia, donde la clase obrera representa un porcentaje muy bajo de la población total. En los demás triunfos marxistas tampoco ha ocurrido así, sino a través de intervenciones militares, estrategias políticas, etc.

Sólo el proletariado —se afirma— es capaz de dirigir en la revolución a las otras clases, incapaces de luchar independientemente por su emancipación. «El campesino no podría... sólo que lo acaudillara la clase correspondiente de la ciudad». El único camino para el triunfo de la revolución es el triunfo de la clase obrera sobre el capitalismo. En realidad, aunque así hubiera sido, el papel directivo no lo asume el proletariado como tal, sino la «vanguardia» del proletariado (es decir, el partido). No cabe duda que hubo por parte de los teóricos marxistas una idealización de las capacidades del proletariado. «La clase proletaria también es imperfecta, particularista, parcial y nunca universal. Esta clase, en cuanto comprende a las personas más oprimidas y despojadas de la sociedad, es enteramente digna de respeto y merece ser liberada de sus ataduras; pero ni su dignidad ni su dolor justifican los privilegios que le quieren atribuir» (J. M. Ibáñez Langlois, El marxismo, visión crítica, Rialp, Madrid 1973, p. 121).

6. La teoría de la revolución permanente tiene su fundamento teórico en la «adecuada» conjunción de dos principios económicos mutuamente interdependientes:

a) La concepción marxista de la economía mundial «como una potente realidad con vida propia, creada por la división mundial del trabajo y el mercado mundial, que impera en los tiempos que corremos, sobre los mercados nacionales» (p. 12).

Se deriva de aquí el siguiente principio: «Las particularidades nacionales representan en sí una combinación de los rasgos de la economía mundial»(p. 14). La organización económica nacional es el resultado de la concreción de la «forma general de la economía en las circunstancias propias de un país». En esto se fundamenta el carácter internacional de la revolución socialista. La aplicación radical de este principio lleva a la conclusión de que la economía mundial no sólo condiciona, sino que determina absolutamente la forma de la organización económica de un país. Por lo tanto, en ningún país puede existir una forma particular de organización económica que no le sea impuesta desde fuera. Ningún país puede organizar su sistema económico (y por lo tanto, político y social) con independencia del sistema económico mundial, ya que tiene que plegarse necesariamente a las formas que éste le impone. De ahí la imposibilidad del establecimiento del socialismo en un sólo país y la necesidad de la revolución socialista internacional.

La viabilidad de la teoría de la revolución permanente depende de la posibilidad real de la extensión inmediata de la revolución proletaria al terreno internacional (especialmente a los países capitalistas más desarrollados) de la que tiene necesidad absoluta. Pues en caso de no ocurrir así, la absorción (del país en que triunfara la revolución) por el sistema capitalista sería inevitable; lo que haría totalmente inútil todo el esfuerzo humano desarrollado en la revolución.

El segundo de los principios es:

b) La ley del desarrollo no uniforme del captalismo, según la cual el desarrollo económico en el sistema capitalista, debido a la lucha por la competencia, no es uniforme en los diversos países. Esto es lo que hace posible las peculiaridades económicas de los distintos países.

Precisamente —según Trotsky— fueron estas características peculiares las que se conjugaron de tal modo que hicieron posible el triunfo del proletariado en Rusia en 1917, antes que en los demás países capitalistas más desarrollados. Sin embargo, según el principio anterior, las peculiaridades nacionales no son independientes de la economía mundial, sino manifestaciones concretas de la misma; por lo mismo, se requiere que al triunfar la revolución proletaria en un país, ésta pueda llevarse a cabo inmediatamente en los demás países, al menos en los más desarrollados.

La teoría de la revolución permanente presupone el hecho de que si un país, en particular un país atrasado, está listo para llevar a cabo la revolución proletaria, los demás países (al menos la mayoría) también lo están y no sólo en la teoría, sino de hecho. De no ser así, el intentar la revolución sería una aventura irracional. (Esto además parece ser una consecuencia de la concepción marxista de la economía como una realidad mundial supranacional). Por lo tanto, si de hecho la revolución proletaria se lleva a cabo y triunfa en un país, como consecuencia debe terminar de hecho «inevitablemente» en los demás países sin excesivas dificultades. De lo contrario la teoría de la revolución permanente es falsa, por lo menos en su pretendido carácter exclusivo.

Los hechos no ocurrieron tal como Trotsky, enfocando los acontecimientos a la luz de la teoría de la revolución permanente, había previsto. Juzgando esta teoría desde su propio sistema, podemos concluir que Trotsky se equivocó; y que su error no es sólo de aplicación, de oportunidad, sino de método, de fondo. Es decir, el triunfo de la revolución proletaria en Rusia (y su no extensión al terreno mundial) pone de manifiesto el error intrínseco de esta teoría.

7. Cabe también objetar la validez del principio postulado por Trotsky según el cual «las peculiaridades nacionales (de la organización económica, y, por lo tanto, política y social) representan en sí una combinación de los rasgos de la economía mundial». La economía mundial determina la economía nacional. La validez de este principio está estrictamente en dependencia con la concepción puramente materialista y económica que tiene el marxismo del hombre y de la sociedad: de la economía, como estructura fundamental de la que dependen todas las estructuras humanas; y de la impotencia del hombre frente a las fuerzas económicas.

Este libro de Trotsky, como una discusión de «ortodoxia» en el interior del marxismo, asume todos sus errores capitales. Y a la vez, como pretensión de reclamar para sí esa ortodoxia, declarando heterodoxas las únicas realizaciones históricas del marxismo, invalida el fundamental criterio marxista de la «praxis» y descalifica a la vez a Marx, a Lenin, a Stalin y a Trotsky.

J.S.V.

 

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