¿Por qué publicamos este documento interno?

DE SPIRITU
ET DE PIIS SERVANDIS
CONSUETUDINIBUS

 

ROMA, 1990


ÍNDICE GENERAL

PRÓLOGO5
EL ESPÍRITU DEL OPUS DEI (nn. 1-70)15
I.El espíritu del Opus Dei en general (nn. 1-18)16
II.Catolicidad (nn. 19-27)26
III.Algunas virtudes (nn. 28-47)30
IV.El apostolado (nn. 48-61)38
V.El espíritu de familia (nn. 62-70)44
COSTUMBRES (nn. 71-125)51
APÉNDICE75
ÍNDICES113
 índice analítico-alfabético115
 índice general139

139


PROOEMIUM
PRÓLOGO


Al dar a la imprenta esta nueva edición del volumen De spiritu et de piis servandis consuetudinibus, me parece necesario haceros unas consideraciones, al hilo de cuanto oímos comentar a nuestro santo Fundador en momentos de mucha alegría, y de no poca inquietud en su alma, pero sin que perdiera jamás la paz sobrenatural y humana. Se había dado, en 1950, un paso fundamental en la historia jurídica de la Obra, pero aún quedaba un largo camino que recorrer, hasta llegar a la solución que se acomodara perfectamente a la naturaleza del Opus Dei. Su alegría era muy grande, insisto, porque en el Codex aprobado entonces ya se perfilaban con más fuerza el carácter secular, los fines y el futuro régimen de la Obra, y se daba un reconocimiento explícito a nuestro espíritu, a las Normas y Costumbres, que había deseado incluir en esos Estatutos. Para referirse, pues, a estos aspectos que os acabo de mencionar, nuestro amadísimo Fundador escribió en 1950:

1) sólo si se estudia, también nuestro Codex iuris particularis —que está plenamente imbuido de aquel espíritu sobrenatural

7


que el Señor quiso para el Opus Dei—, se puede alcanzar una visión plena y clara de la Obra, que Dios suscitó el 2 de octubre de 1928, en servicio de su Iglesia Santa y de todas las almas;

2) en ese Código nuestro quedan plenamente definidos la naturaleza, los fines y el régimen del Opus Dei, así como el espíritu y los modos específicos de nuestro apostolado;

3) también ahí se establece cuál es la sólida formación que hemos de recibir durante toda la vida, para que, participando plenamente de los afanes de nuestra época, podamos ser instrumentos de Dios en medio del mundo;

4) quise, sin embargo, desde el primer momento, redactar por separado estos capítulos sobre nuestro espíritu y nuestra vida de almas dedicadas al servicio de Dios, en el ejercicio del propio quehacer temporal; y lo hice, para resaltar con más fuerza algunos rasgos fundamentales, y ofreceros así materia sobre la que podáis meditar asiduamente;

5) he querido sobre todo que en vuestra mente y en vuestro corazón quede grabado firmísimamente algo que de ningún modo puede considerarse meramente externo, sino que, por el contrario, constituye como el quicio y fundamento esencial de nuestra vocación: que debemos tener en todo alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, de manera que podamos comprender y cultivar en nuestra vida la libertad personal de que gozamos, tanto en el ámbito eclesial como en los asuntos temporales, sabiéndonos a la vez ciudadanos de las dos ciudades: la divina y la terrena.

A estas palabras de nuestro queridísimo Padre, deseo añadir algo que nos repitió en muchas ocasiones: los modos de ejercitar las virtudes, las prácticas de piedad y las cos-

9


tumbres cristianas que se recogen en este texto, pertenecen al precioso patrimonio tradicional de la Iglesia Santa; son modos de avanzar en la vida espiritual y devociones que muchísimos fíeles corrientes han cultivado en el curso de los tiempos y siguen cultivando ahora. Naturalmente, cuanto se señala aquí vale igualmente para los fíeles de la Prelatura y, congrua congruis referendo, para los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

De acuerdo con una praxis seguida por nuestro Fundador en algunos pocos documentos relativos a la formación de sus hijos, he dispuesto que esta edición del libro De spiritu presente, junto a la versión original latina, una traducción al castellano, para facilitar la transmisión de su contenido a aquellos fieles de la Prelatura que no posean un conocimiento suficiente de la lengua oficial de la Iglesia. Al leer este texto, en muchas ocasiones, reconoceréis expresiones que nuestro Padre empleó desde los comienzos de la Obra; en otros casos se han seguido los modos de decir que utilizaba con más insistencia en los últimos años, y que se acomodaban perfectamente a la solución jurídica definitiva que Nuestro Señor quería para el Opus Dei.

Se recogen también, en un Apéndice, comentarios a algunos puntos de este documento —sin que constituyan propiamente una glosa, ni tengan un carácter exhaustivo—, que proceden de indicaciones prácticas señaladas por nuestro queridísimo Fundador, para ayudar a sus hijos a recorrer con fidelidad el camino que Dios le hizo ver el 2 de octubre de 1928.

Ruego a la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Ma-

11


dre nuestra, que todos los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz vivamos perseverantemente de acuerdo con este espíritu, que nuestro queridísimo Padre —con el ejemplo de su respuesta heroica a las mociones de la gracia divina, y con sus palabras y sus escritos— nos ha dejado como esculpido. De este modo, será siempre eficaz nuestro servicio a la Iglesia Santa, al Romano Pontífice y a todas las almas, y se conservará seguro el camino del Opus Dei.

Os bendice en el Señor vuestro Padre

Roma, 9 de abril de 1990.

13


DE SPIRITU OPERIS DEI
EL ESPÍRITU DEL OPUS DEI


I. El espíritu del Opus Dei en general

1. El espíritu y la praxis ascética propia del Opus Dei tienen caracteres específicos, perfectamente determinados, para alcanzar su fin. Este espíritu y esta ascética difieren completamente del espíritu y de las formas de la vida consagrada.

2. El espíritu del Opus Dei y su condición jurídica, plenamente seculares, se manifiestan en la vida de los fieles de la Prelatura: los sacerdotes se comportan en todo como los demás clérigos seculares, y los seglares —del mismo modo que sus iguales, los demás conciudadanos laicos— se atienen a las normas de su propio estado, condición y profesión en la sociedad. Por eso, en los Centros del Opus Dei no hay nada que no responda a esa realidad secular.

3. La vocación divina es idéntica y única en todos los fieles, sacerdotes y laicos, de la Prelatura, sin que se den clases diversas en el Opus Dei: el sacerdocio ministerial de los clérigos y el sacerdocio común de los laicos se unen íntimamente, y mutuamente se requieren y complementan, para llevar a cabo, en unidad de vocación y de régimen, el fin que la Prelatura se propone. El sacerdocio ministerial tiene en la Prelatura, como en toda la Iglesia,

17


una capital importancia: bajo el régimen del Prelado, el presbiterio —con su ministerio sacerdotal— vivifica e informa todo el Opus Dei. También por esta razón todos los fíeles honran el sacerdocio ministerial con una completa y rendida veneración.

4. Todos los fieles del Opus Dei, sin excepción, se esfuerzan para que su vida esté llena de un mismo espíritu ascético y apostólico, verdaderamente sacerdotal (cfr. I Petr., II, 5, 9); y todos se empeñan en ser una sola cosa, consummati in unum (cfr. Io., XVII, 23), de manera que, conservando íntegra la mentalidad laical, se fomenten en todos las sólidas y auténticas virtudes sacerdotales, y se cultive plenamente una santidad sacerdotal, hasta el punto de que los fieles Numerarios y Agregados laicos de la Prelatura puedan considerarse en cierta manera como en disposición hacia el Sacerdocio. En efecto, los Numerarios y Agregados laicos se encuentran verdaderamente preparados para llegar con libertad al sacerdocio si, después de comprobar debidamente que dan muestra de vocación sacerdotal, son invitados por el Prelado a recibir las Ordenes sagradas.

5. El espíritu del Opus Dei presenta un doble aspecto, el ascético y el apostólico, que se corresponden plenamente, y están intrínseca y armónicamente unidos y compenetrados con el carácter secular del Opus Dei, de tal manera que nuestro espíritu peculiar siempre impulsa y lleva necesariamente consigo una sólida y, a la vez, sencilla unidad de vida, ascética, apostólica, social y profesional 1.

6. Es necesario que a esta sólida unidad de vida corresponda una sincera magnanimidad, continuamente renovada, presente siempre y manifiesta a los demás. Por esta virtud, cada uno debe ofrecerse —él mismo con todo lo suyo— como holocausto personal: "con sencillez de co-

19


razón he ofrecido con alegría cuanto soy y poseo" (I Par., XXIX, 17), de tal manera que el miembro del Opus Dei, signado por una especial vocación, se convierte en un fiel servidor de Jesucristo en medio del mundo (cfr. II Tim., II, 3).

7. El sentido, humilde y sincero, de la filiación divina en Cristo Jesús es el fundamento sólido sobre el que se apoyan todas las tareas en el Opus Dei, y la raíz fecunda que las vivifica. El don de piedad, útil para todo (cfr. I Tim., IV, 8), por el que dulcemente se cree en la caridad paterna que Dios tiene con nosotros (cfr. I Io., IV, 16), hace que sintamos a Cristo Señor, Dios y Hombre, como a nuestro hermano primogénito, lleno de inefable bondad, y une a todos los miembros del Opus Dei con una verdadera y fraternal piedad. El profundo sentido de la paternidad divina, de la filiación adoptiva y de la fraternidad en Cristo, que se esfuerzan por adquirir todos los fieles de la Prelatura, produce como frutos naturales, en el Opus Dei, el amor a la contemplación y el espíritu de oración (cfr. Zac., XII, 10), el hambre y la sed de vida interior, la confianza filial en la paternal Providencia de Dios y una entrega serena y alegre a la divina Voluntad.

8. En el Opus Dei, este renovado sentido de la filiación divina en Cristo Jesús se convierte necesariamente —y se traduce en la práctica— en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Dios como hijos suyos queridísimos (cfr. Eph., V, 1) y de ordenar la propia vida plenamente y por entero a la santidad (cfr. Rom., VIII, 29), precisamente en el mundo y en la profesión propia de cada uno, a semejanza de Jesucristo, Unigénito del Padre y Primogénito entre muchos hermanos, que es camino y modelo en todo.

9. La piedad que se fomenta en el Opus Dei debe ser

21


—siempre y en todas las circunstancias— sencilla, sobria y firme: además, doctrinal, perfectamente asimilada y renovada mediante el estudio continuo y práctico de la religión; una piedad que hace venerar con alegría espiritual la S. Liturgia —saboreada con delicadeza—, sabiéndola unir armónicamente con otras manifestaciones de sólido contenido, que de la Liturgia se derivan, o la ponen en práctica o la complementan; y que se alimenta además con el ejercicio personal de la meditación y de la contemplación, con los exámenes de conciencia, con las mortificaciones y con otras prácticas semejantes 2.

10. De la plena magnanimidad y de la profunda unidad de vida —totalmente dedicada a Dios Padre por Cristo Señor, ungida con el don de piedad, permanentemente vivida en unión con los demás por la comunión fraterna—, nacen la necesidad y como el instinto sobrenatural de purificar todas las acciones, de elevarlas al orden de la gracia, de santificarlas y de convertirlas en ocasión de unión personal con Dios, para cumplir su Voluntad, y en instrumento de apostolado. Por esto se recomienda vivamente a los fieles del Opus Dei un serio empeño por practicar las virtudes morales, una esmerada educación humana, un trato delicado y noble en la convivencia familiar y social, la máxima diligencia en el cumplimiento de la propia tarea profesional, porque "todas las cosas son vuestras, y vosotros de Cristo" (I Cor., III, 23; cfr. Phil., III, 8).

11. El genuino espíritu del Opus Dei, que se fomenta en sus fieles, es sobrenatural, sincero y profundo, sencillo, perfectamente asimilado y hecho como connatural, para que informe todas las acciones, las purifique y, sin deformarlas, las transforme en verdadera materia de santificación y de apostolado: "vosotros sois de Cristo" y, a ejemplo de Cristo y con Cristo, de Dios (cfr. Phil., III, 8).

23


12. Por tanto, el carácter peculiar de la espiritualidad del Opus Dei se centra en que cada uno debe santificar su propia profesión u oficio, su trabajo ordinario; en santificarse precisamente en esa propia tarea profesional; y en santificar a los demás, a través de esa tarea 3.

13. Para vencer los ataques de la triple concupiscencia, especialmente de la soberbia de la vida, que podría ser alimentada por la doctrina mal digerida, por la condición social y por los cargos que se ocupen, los fieles del Opus Dei deben cultivar intensamente un ascetismo lleno de fortaleza. Este ascetismo se apoya en la humildad —que todos manifiestan desde el primer instante del día, con la frente en el suelo, diciendo serviam—; en la vida espiritual y en el apostolado; en la obediencia; en la propia abnegación y en las mortificaciones frecuentes, también corporales 4.

14. Todo esto se cultiva no sólo como medio de purificación, sino además como camino de verdadero y sólido progreso espiritual, según aquel dicho tan experimentado y comprobado: "en tanto avanzarás en cuanto te hagas violencia a ti mismo". Se cuidan también estos medios como auténtica manifestación y ejercicio de un amor efectivo y práctico a Cristo, que "me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal., II, 20); y, finalmente, como preparación para todo apostolado y para su perfecta ejecución: "completo en mi carne lo que falta de los padecimientos de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia" (Col., I, 24).

15. Este espíritu de lucha ascética se completa con otros rasgos: una tierna devoción y entrega a la Santísima Virgen María; un piadoso e íntegro amor a la Santa Madre Iglesia y a todo lo que de algún modo le concierne; una sincera veneración, un sólido amor y una docilidad

25


total al Romano Pontífice; una estrecha comunión de la Jerarquía de la Prelatura con los demás órganos jerárquicos de la Iglesia; un convencido y constante sentido de humildad externa e interior, no sólo individual sino también colectiva; una sencillez llena de naturalidad; un comportamiento delicado y noble; y, finalmente, la manifestación de una alegría constante y serena 5.

16. Los fieles han de llevar su vida de apóstoles, fundamentados en la oración y en la mortificación, mostrándose alegres y felices, de modo que su ascetismo sea verdaderamente un ascetismo sonriente: por tanto, deben fomentar de modo especial la alegría santa, que procede de la generosidad en la entrega total al servicio de la Iglesia.

17. El centro y la raíz de la vida espiritual de los fieles del Opus Dei es el Santo Sacrificio de la Misa, que es la renovación incruenta de la Pasión y Muerte de Jesucristo, y memorial de su infinito amor salvífico hacia todos los hombres.

18. El cumplimiento fiel de las Normas de la Prelatura hará brotar en todos sus miembros el genuino espíritu del Opus Dei, y grabará profundamente en ellos nuestro peculiar aire de familia.

II. Catolicidad

19. El Opus Dei está completamente dedicado al servicio de la Iglesia, por la que los fieles de la Prelatura —con una entrega plena, perpetua y definitiva al servicio de Cristo Señor— estarán siempre dispuestos a gastar enteramente su honra, su hacienda y hasta su propia vida (cfr. Luc., XIV, 26); y nunca se servirán de la Iglesia. Sea,

27


por tanto, distintivo y honra de la Prelatura el sincero y profundo afecto de comunión con todos los demás órganos de la Jerarquía de la Iglesia 6.

20. Nuestro corazón, que ha sido hecho para querer, debe amar sobre todo a Cristo, a María —Madre suya y nuestra— y al Romano Pontífice. Este amor nos llevará al sacrificio, a la pureza y a la abnegación, que traen siempre como fruto la alegría con la paz.

21. Cuando hablamos de la Iglesia Romana no podemos entender otra que la Iglesia Una, Santa, Apostólica, Católica, Universal, Ecuménica 7.

22. Pertenecemos enteramente a la Iglesia: por tanto, nada más grato ni más gozoso para nosotros que servirla.

23. Sea nuestra suprema ambición vivir como los primeros cristianos, sin discriminación alguna de sangre, de nación o de lengua.

24. Este hondo espíritu católico —que nos debe caracterizar— nos lleva a no envidiar, ni criticar, las obras que realizan los demás por la gloria de Dios y por la salvación de las almas, alegrándonos con el Apóstol de que también otros hablen y trabajen en nombre de Cristo.

25. Hemos sido llamados para recorrer todos los senderos del mundo y abrir los caminos divinos de la tierra; por eso deseamos sinceramente y de todo corazón convivir con todos los hombres.

26. "Sé varón fuerte y pelea las batallas del Señor" (I Reg., XVIII, 17): mientras luchamos así esta guerra del Señor —una hermosísima guerra de caridad—, esparcimos la semilla del amor, de la misericordia, de la fraterni-

29


dad, de la paz y de la alegría: para buscar la unión no sólo de todos los cristianos, sino más aún: la de todos los hombres.

27. Nuestra Prelatura siente —vive— profundamente la catolicidad y la fomenta con todas sus fuerzas; por eso, sus fíeles nunca colaborarán en actividades que se opongan al espíritu de la Iglesia Santa.

III. Algunas virtudes

28. La fe sobrenatural, viva y operativa, nos proporciona la fuerza del Cielo que nos hace superar todos los obstáculos, de manera que también nosotros podemos decir con el Apóstol: "todo lo puedo en Aquél que me conforta" (Phil., IV, 13).

29. No tengamos miedo a nada ni a nadie. "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es quien protege mi vida, ¿qué me hará temblar? Si los enemigos se levantan contra mí, no temerá mi corazón" (Ps., XXVI, 1, 3).

30. El amor a las almas, por Dios, nos lleva a querer a todos; a manifestarles la máxima caridad, comprendiendo los motivos por los que actúan y sin juzgar a nadie, porque quien juzga es el Señor (cfr. I Cor., IV, 4); y a olvidar y perdonar cualquier ofensa que hayan podido hacernos. Nuestro amor debe ser tal que supere todos los defectos que proceden de la miseria humana. Tengamos, por tanto, una caridad inextinguible: "practicando la verdad con caridad" (Eph., IV, 15).

31. Sea nuestra obediencia, en la vida espiritual y en

31


el apostolado, como la obediencia de Cristo, que se hizo obediente "hasta la muerte, y muerte de cruz" (Phil., II, 8) 8.

32. Los fieles del Opus Dei deben cultivar las virtudes naturales y humanas con diligencia y fortaleza, pero procuran sobrenaturalizarlas fielmente, siempre y en todo 9.

33. Los fieles de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei practican con especial empeño la fraternidad, el optimismo, la audacia, la santa intransigencia en las materias de fe y de moral señaladas por la Iglesia, la alegría, la sencillez, la nobleza y la sinceridad.

34. La fortaleza santa, por la que no podemos transigir en la doctrina, que no es nuestra sino de la Iglesia, debe ejercerse siempre con benevolencia, con transigencia igualmente santa hacia los que yerran: de lo contrario ni una ni otra podrían ser santas. No somos enemigos de nadie; pero no podemos conceder que el error —cuando la Iglesia lo ha definido como tal— sea algo bueno. Sin embargo, los que caen en el error merecen nuestra ayuda, nuestro cariño, nuestra comprensión y nuestro trato, para lograr sacarles de esa situación.

35. Hemos de cuidar esmeradamente tres puntos fundamentales, que proporcionan la felicidad en la tierra y el premio en el Cielo: la fidelidad —firme, virginal, alegre e indiscutida— a la fe, a la pureza y al propio camino o vocación 10.

36. Nuestra perseverancia ha de ser siempre plenamente voluntaria: servimos a Cristo libremente, nunca coaccionados ni jamás bajo constricción humana alguna.

33


37. Seamos sinceros con Dios, con nosotros mismos y con quienes hacen cabeza, para poder lograr más fácilmente nuestra perseverancia.

38. Los fíeles del Opus Dei han de poner el máximo empeño en cuidar también las cosas pequeñas con espíritu sobrenatural, precisamente porque la esencia de nuestra vocación está en santificar el trabajo ordinario. No siempre se presentan sucesos grandes en la vida de las personas; en cambio, sí abundan las cosas pequeñas, en las que puede demostrarse constantemente el amor a Jesucristo.

39. Para fortalecer el espíritu propio del Opus Dei se fomenta la penitencia y la mortificación corporal, que debe buscarse, sobre todo, en las cosas pequeñas y ordinarias y en el fiel cumplimiento del trabajo de cada día, constante y ordenado. Sin embargo, todas las penitencias privadas han de someterse a la autoridad y prudencia del Director, que puede y debe moderarlas, después de ponderar todas las circunstancias en la presencia del Señor.

40. En el ejercicio de las virtudes y en la práctica del apostolado, huyamos de manifestaciones externas ruidosas o llamativas. Actuemos en todo con sinceridad y con natural prudencia, recordando frecuentemente la admirable fecundidad de los treinta años de vida oculta de Nuestro Salvador Jesucristo.

41. Todos los fieles de la Prelatura deben amar y fomentar la humildad no sólo personal, sino también colectiva; por tanto, nunca han de buscar la gloria del Opus Dei; es más, deben tener profundamente grabado en el al-

35


ma y en las intenciones que la mayor gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana.

42. Para alcanzar de modo más eficaz su fin propio, el Opus Dei, como tal, desea trabajar y servir a la Iglesia y a las almas con humildad: por eso no participa como institución en actos o reuniones colectivas, ni tiene un nombre o apelativo común por el que se denomine a los fieles; tampoco éstos asisten colectivamente a manifestaciones públicas de culto, como son las procesiones, ni a otro tipo de reuniones 11.

43. Por esta humildad colectiva, propia de nuestro espíritu, cualesquiera de las actuaciones que llevan a cabo los fieles del Opus Dei jamás se atribuyen a la Prelatura: las buenas obras que realice cada uno han de atribuirse únicamente a la gracia y a la ayuda de Dios. También por esta razón de humildad, el Opus Dei —aparte del Boletín de la Prelatura, Romana— no puede editar periódicos ni publicaciones de ningún tipo en nombre de la Obra.

44. Además, esta humildad colectiva empujará a los fieles a conducirse, siempre, sin ostentación en su vida de entrega a Dios; esta naturalidad resulta muy conveniente para la deseada fecundidad apostólica 12.

45. Por tanto —y así se ha vivido desde los comienzos—, no se permite a los fieles del Opus Dei, clérigos o laicos, llevar insignias particulares que les distingan de sus iguales, es decir, de los otros sacerdotes seculares y de los demás fieles católicos, sus conciudadanos 13.

46. Amemos al máximo la virtud de la pobreza que, sin embargo, no se ha de manifestar en el porte externo,

37


pues cada uno se acomodará a la posición social que ocupe en el mundo.

47. La Prelatura debe ser bien conocida, puesto que todas las labores apostólicas de sus fieles se llevan a cabo siempre dentro del ámbito de las leyes civiles; y del mismo modo, con idéntica responsabilidad y reciedumbre, se evita absolutamente el secreto o la clandestinidad, sin olvidar nunca que, en todo momento y en cualquier trabajo, debemos buscar la humildad y la más intensa y fecunda eficacia apostólica: ¡que sólo Dios se luzca!14.

IV. El apostolado

48. El celo que nos abrasa sólo ha de tener esta ambición: llevar como de la mano a todos con Pedro hacia Jesús por María.

49. Somos para la muchedumbre. No existe ningún alma a la que no queramos amar y ayudar, haciéndonos todo para todos (cfr. I Cor., IX, 22). No podemos vivir indiferentes ante las preocupaciones y necesidades de los demás, porque nuestra solicitud se extiende a todas las almas: llevando una vida corriente y normal, unidos con Cristo en Dios (cfr. Col., III, 3), debemos estar dentro de la muchedumbre de la sociedad humana, como la levadura mezclada en la masa, para fermentarla toda (cfr. Mat., XIII, 33) 15.

50. Podemos y debemos buscar la colaboración de todos los hombres. Para eso, basta nuestro afán sincero, habitual, de convivir con todos: este deseo surge como una necesidad del espíritu apostólico que Dios nos pide.

39


Si no cultivásemos la convivencia con todos, también con los que están alejados de Cristo, y no los comprendiéramos con la máxima caridad, no podríamos hacerles partícipes del más inmenso beneficio: llevar a cada uno al conocimiento y a la amistad de Cristo 16.

51. Por otra parte, recuerden los fieles de la Prelatura que la eficacia apostólica se apoya sobre todo en los medios sobrenaturales; en consecuencia, practiquen y fomenten constante y generosamente la oración y la penitencia 17.

52. Demos más importancia al ejemplo que a las palabras: con el ejemplo edifica Dios o destruye el enemigo 18.

53. Los fieles llevan a cabo la labor apostólica sin ruido, individualmente o con la acción de pocas personas; en principio, no han de organizarse de modo habitual reuniones generales multitudinarias de fieles del Opus Dei y de Cooperadores, en la medida que esas reuniones se oponen al espíritu de humildad colectiva que hemos de practicar 19.

54. El Opus Dei realiza su misión de servicio a la Iglesia y a las almas a través de sus fieles, que se abren en abanico, trabajando cada uno en su propio ambiente, de acuerdo con su cultura y con su capacidad 20.

55. Los fieles de la Prelatura, para hacer más eficaz su apostolado, han de esforzarse por dar ejemplo de perfección cristiana y humana en el ejercicio de su propio trabajo profesional y en el propio ámbito familiar, cultural y social; ejercen su apostolado personal sobre todo entre

41


sus parientes, colegas y compañeros, principalmente mediante la amistad y la confidencia 21.

56. Como los fieles laicos del Opus Dei son ciudadanos corrientes que, del mismo modo que sus iguales, ejercen su profesión civil en lugares privados o públicos, realizan su labor apostólica en los ambientes donde conviven con los demás: por tanto, ocupan —cada uno siguiendo su propia vocación profesional— desde las tareas que se consideran más humildes a todas las demás que puedan ser asumidas por cualquier fiel cristiano, sin excluir imprudentemente las que comportan funciones directivas 22.

57. Para realizar este apostolado, es necesario que los fieles seglares del Opus Dei destaquen por su prestigio profesional; y que se preocupen constantemente de adquirir la formación científica o técnica que exige su propio trabajo 23.

58. Por tanto, los fieles, como ciudadanos corrientes que son, cumplen todos sus deberes y exigen todos sus derechos. Por lo que se refiere a la actuación profesional y a las doctrinas sociales, políticas, etc., cada fiel de la Prelatura, siempre en coherencia con la fe y la moral cristianas, tiene la misma plena libertad que los demás ciudadanos católicos. Las autoridades de la Prelatura deben abstenerse totalmente de intervenir —incluso de dar consejos— en estas materias. En consecuencia, esa libertad plena sólo podrá quedar limitada por las normas que, en alguna diócesis o circunscripción, tal vez el Obispo o la Conferencia Episcopal den para todos los católicos. También, por esta razón —la absoluta libertad de que gozan los miembros del Opus Dei en su trabajo u ocupación—, la Prelatura no hace suyas las labores profesionales, sociales, políticas, económicas, etc., de ninguno de sus fieles 24.

43


59. Otro medio específico de nuestro apostolado es la amistad y el trato constante con los colegas, sin que se constituyan para esto especiales asociaciones de acción religiosa externa.

60. Cuando algún fiel de la Prelatura, a petición del Ordinario del lugar y de acuerdo con la disciplina de la Prelatura, preste directamente su ayuda en trabajos diocesanos, los realizará según la voluntad y la mente de ese Ordinario, y solamente a él dará cuenta de esa tarea 25.

61. Todos y cada uno de los fieles sienten el deber de empeñarse con todas sus fuerzas y de colaborar, para que los demás miembros lleven a cabo y desarrollen con ejemplaridad sus iniciativas apostólicas. De aquí la obligación —que a todos afecta— de advertir a los Directores del Opus Dei sobre cualquier punto que, en el método o en el modo de actuar de los fieles de la Prelatura, pudiera ocasionar algún perjuicio a la actividad y a la eficacia apostólica y espiritual de la Obra. Igualmente todos, teniendo presentes las normas de la caridad y de la prudencia, deben ejercitar la corrección fraterna, cuando sea el caso, para apartar a otros miembros de hábitos contrarios al espíritu del Opus Dei.

V. El espíritu de familia

62. Todos nosotros somos amigos —"os he llamado amigos" (Io., XV, 15)—; es más, somos hijos del mismo Padre y, por tanto, inseparablemente, hermanos en Cristo y de Cristo.

63. Todos los fieles del Opus Dei forman una familia de vínculos sobrenaturales. Por eso, cuando tres o más

45


fieles Numerarios viven juntos, se dice que viven en familia. Los fieles que no hacen vida en familia deben estar adscritos a algún Centro, del que dependen para el ejercicio de su propio encargo apostólico 26.

64. El Opus Dei ciertamente es familia y, a la vez, milicia. Familia unida por un cariño alegre y amable; milicia, aptísima para la lucha espiritual, gracias a su austera disciplina 27.

65. El Opus Dei tiene el modo y el estilo de vida de una familia cristiana.

66. El espíritu del Opus Dei ha de caracterizarse por el cultivo esmerado de la inteligencia y de la preparación cultural, y por la extremada caridad y delicadeza en el trato entre sus fieles 28.

67. Del mismo modo que una familia natural se caracteriza por la sencillez y la llaneza que une y compenetra a todos sus miembros, así también, con el espíritu del Opus Dei, esta sencillez ha de presidir siempre, y en todo, la vida en familia. Con el fin de asegurar mejor este espíritu, se prohíbe usar títulos honoríficos para designar los cargos de dirección. Por esta misma causa, internamente, al Prelado se le llama "Padre"; y los documentos se redactan en estilo familiar 29.

68. Los ancianos y los enfermos son nuestros principales tesoros 30.

69. "En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis entre vosotros" (Io., XIII, 35). Esta caridad nos obliga a ayudar y a aconsejar a los demás fíeles, siempre dentro de los límites de la corrección fraterna.

47


70. Se ha de recordar a los Supernumerarios casados que el matrimonio es un sacramento, y sacramento grande (cfr. Eph., V, 32). Por tanto, aunque la virginidad o el celibato por el Reino de los Cielos sean considerados de mayor dignidad espiritual, los Supernumerarios no sólo deben santificar su amor humano limpio, sino que han de santificarse en ese estado, porque les incumbe el peculiar deber de luchar para alcanzar la santidad en la vida doméstica, por la vocación que, como miembros del Opus Dei, han recibido de Dios 31.

49


DE PIIS SERVANDIS CONSUETUDINIBUS
COSTUMBRES


71. En honor y alabanza de la Trinidad Beatísima, durante el triduo precedente a la fiesta de la Santísima Trinidad, se cantará o se rezará el Trisagio Angélico en todas las sedes de los Centros 32.

72. Como manifestación explícita de adhesión a las verdades reveladas, y para pedir que el Señor nos aumente la fe, el tercer domingo de cada mes se rezará o se cantará, en todas las sedes de los Centros, el Símbolo Atanasiano o Quicumque, antes o después de la meditación de la mañana. Además, ese día, se hace la meditación de la mañana o la de la tarde con ese texto.

73. Con el fin de implorar luces divinas y gracia abundante para los que tienen encargos de gobierno o los que están recibiendo la formación inicial, y para que todos los fieles de la Prelatura mantengan siempre muy viva la piedad eucarística, y también como manifestación de espíritu de reparación, en los oratorios del Padre, del Consejo General, de la Asesoría Central, de las Comisiones y Asesorías Regionales, así como de las Delegaciones y de los Centros de Estudios, permanecerán encendidas continuamente, ante el sagrario, dos lámparas, de materia aprobada por las leyes litúrgicas.

74. Durante la noche del primer jueves de cada mes, en que se tiene exposición solemne del Santísimo Sacra-

53


mentó, todos hacen —cada uno según un turno— un rato de adoración hasta la reserva del Santísimo 33.

75. Siempre se celebrará con especial devoción y solemnidad la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo; y en los oratorios de la Prelatura del Opus Dei se tendrá bendición eucarística, también en los siete días siguientes 34.

76. En nuestros oratorios, después de la Santa Misa en la que han recibido la Sagrada Eucaristía, todos darán gracias durante diez minutos, de modo privado; terminado este tiempo, cantarán o recitarán el Trium puerorum, con el Salmo 150 y las oraciones litúrgicas correspondientes 35.

77. En todos los Centros del Opus Dei donde los jueves se haga la oración de la mañana ante el Santísimo Sacramento expuesto —aunque sea a través de la puerta de cristal del sagrario—, los que se hallan presentes recitarán o preferiblemente cantarán el himno Adoro Te devote. Las demás personas de nuestra Familia procurarán rezar este himno individualmente, en cualquier momento del día. Todos, además, meditarán este himno en la oración de la mañana o en la de la tarde 36.

78. Todos los años, los fieles de la Prelatura renovarán la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo, el domingo de Pentecostés; al Sacratísimo Corazón de Jesús, en la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo; y al Corazón Dulcísimo de María, en la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María; además, en la fiesta de la Sagrada Familia, consagrarán las familias de sangre de todos los fieles de la Prelatura a la Sagrada Familia de Nazaret 37.

55


79. En las sedes de los Centros en los que se realiza labor apostólica con jóvenes, todos los años se celebrarán triduos, a los que se invitarán a las familias de los miembros del Opus Dei, con el fin de que adquieran un mayor conocimiento de la doctrina de la Iglesia Santa, y se dispongan más fácilmente para conmemorar con profunda devoción la fiesta de la Navidad del Señor o para celebrar mejor la fiesta de la Pascua 38.

80. Donde tres o más fieles del Opus Dei hacen vida en familia, se coloca una cruz de color negro y sin imagen del Crucificado, en un lugar conveniente y digno. Esta cruz, en los días 3 de mayo y 14 de septiembre, desde las vísperas, se adorna con una guirnalda de flores, en honor y en memoria de la Invención y de la Exaltación de la Santa Cruz 39.

81. En todas las sedes de los Centros, hágase el comentario del Evangelio cada día, para leerlo en la forma acostumbrada 40.

82. Todos deben tener, en un lugar principal y visible de la propia habitación, una imagen de Nuestra Señora, a la que no dejen de saludar, al menos con la mirada, al entrar y salir.

83. En las sedes de los Centros de mujeres de la Prelatura, preside el oratorio una imagen digna de la Santísima Virgen María.

84. Al comenzar la labor apostólica en una nueva Región, en la sede de la Asesoría Regional se coloca una imagen de la Virgen, que haya sido enviada desde ese país a Roma y bendecida por el Padre en la Sede Central.

85. Todos los fieles de la Prelatura han de llevar el escapulario del Carmen, debidamente impuesto 41.

57


86. Las reuniones en familia de los fieles varones se concluyen con la jaculatoria: Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae, ora pro nobis; y las de las mujeres de la Prelatura con: Sancta Maria, Spes nostra, Ancilla Domini, ora pro nobis 42.

87. Cada día, antes de acostarse, los fieles del Opus Dei rezan devotamente —de rodillas y, si es posible, con los brazos en cruz—, tres Avemarías, llamadas de la Pureza.

88. También procuran rezar varias veces cada día la oración Memorare, aplicándola por el fiel del Opus Dei o de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz que más lo necesite 43.

89. La mortificación que todos hacen los sábados, en honor de la Bienaventurada Virgen María, consiste en omitir la merienda o, donde no sea costumbre merendar, una comida equivalente. De igual modo se procede los miércoles y viernes de Cuaresma 44.

90. En las sedes de todos los Centros donde se realiza la obra de San Rafael, hágase cada sábado una colecta para adornar con flores la imagen de Nuestra Señora 45.

91. Además de estas colectas de los sábados, debe hacerse otra —que en parte se destina para los pobres de la Santísima Virgen María— el día 19 de cada mes. Hay que explicar, a los jóvenes, que se han elegido estos días en honor de la Bienaventurada Virgen María y de San José, de modo que entiendan mejor el motivo de esas colectas y el fin de este apostolado.

92. Como muestra de nuestro amor a la Virgen Santísima, todos los fieles de la Prelatura hacen cada año, en

59


el mes de mayo, una romería a un Santuario o lugar donde se venere una imagen de la Santísima Virgen María 46.

93. Todos los fieles del Opus Dei vivirán individualmente una novena en honor de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, poniendo mayor diligencia en la oración, en el cumplimiento de los deberes profesionales y en las pequeñas mortificaciones voluntarias, haciendo todo con amor filial a la Santísima Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, y Madre nuestra; y si voluntariamente lo desean, recitando además la fórmula u oración que cada uno elija 47.

94. Las llaves de todos los sagrarios de los Centros de la Prelatura, han de tener una cadena, de la que cuelga una medalla de San José, con la inscripción: Ite ad Ioseph.

95. En la solemnidad de San José, todos los fieles renuevan su incorporación al Opus Dei. Además, se les recomienda que, como devoción personal, se acostumbren a renovar frecuentemente su entrega 48.

96. En cada Centro, los Directores recordarán a los fieles el día en que comienzan los siete domingos que preceden a la fiesta de San José, para que cada uno fomente personalmente —a lo largo de esos domingos— su devoción al glorioso Patriarca, mediante alguna práctica especial de piedad.

97. La víspera de la solemnidad de San José, nuestro Padre y Señor, en todos los Centros del Opus Dei se hace la ceremonia de petición de vocaciones, según el modo indicado en el Caeremoniale 49.

61


98. Además de las fiestas del Señor, de la Santísima Virgen María y de San José, se celebran con especial devoción las fiestas de la Santa Cruz; las de los Santos Arcángeles y Apóstoles, Patronos de las labores de la Prelatura; las de los demás Apóstoles y Evangelistas; el 2 de octubre, festividad de los Ángeles Custodios, el 14 de febrero y el 28 de noviembre. Estas tres últimas fechas y la de San José son también días de acción de gracias, por su relieve en la historia de la Obra y por ser la fecha en la que se ejecutó canónicamente la Bula Ut sit, de erección de la Prelatura 50.

99. Los días 2 de octubre, 14 de febrero y 28 de noviembre, se recitará o, donde sea posible, se cantará el Te Deum, durante la exposición solemne del Santísimo Sacramento, que suele celebrarse esos días en nuestros oratorios 51.

100. El último día del año, antes de la Misa de medianoche o durante la exposición del Santísimo Sacramento, en las sedes de todos los Centros se ha de recitar o, si es posible, cantar el Te Deum, con los acostumbrados versículos y oraciones de acción de gracias. Si no es posible tener este acto el 31 de diciembre, puede celebrarse el 1 de enero 52.

101. En las sedes de todos los Centros, en el despacho del Director o de la Directora, se ha de colocar una representación —un cuadro o una escultura— del Ángel Custodio de la Obra, con la inscripción: Deus meus misit Angelum suum 53.

102. Al entrar y al salir de las sedes de los Centros de la Prelatura, los fieles invocan, oral o al menos mentalmente, al Ángel Custodio del Centro, con confianza y devoción. Al comenzar las diversas actividades o labores

63


apostólicas, se encomiendan con fervor a los Patronos correspondientes —el Arcángel y el Apóstol— de esas labores o trabajos 54.

103. De acuerdo con la continua tradición de la Iglesia de acudir a la intercesión de los Santos, los fieles del Opus Dei y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz encomiendan: a la intercesión de San Pío X, las relaciones de nuestra Obra con la Santa Sede; a la intercesión de San Juan Bautista María Vianney, las relaciones con los Revmos. Ordinarios de los lugares; a la intercesión de Santo Tomás Moro, todo lo referente a las relaciones con las autoridades no eclesiásticas, cualesquiera que sean; a la intercesión de San Nicolás de Bari, todo lo relativo a los medios económicos necesarios para ejercer el apostolado de nuestra Prelatura; y, finalmente, a la intercesión de Santa Catalina de Siena, que amó con obras y de verdad a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice, el apostolado para la recta formación de la opinión pública, que los fieles del Opus Dei quieren ejercer, en todo el mundo, con verdad y caridad 55.

104. En los días 28 de marzo y 25 de junio, y en la fiesta de San Juan Bautista María Vianney, cada uno procurará intensificar su petición por la santidad de todos los sacerdotes, de modo especial por los que forman el presbiterio de la Prelatura y por los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. La víspera de esos días, el Director del Centro lo recordará o hará que se recuerde a todos.

105. En las sedes de todos los Centros póngase una imagen de San Nicolás de Bari, en lugar conveniente y digno, con la siguiente inscripción: Sancte Nicolaë, curam domus age.

65


106. En el mes de enero, de acuerdo con la Costumbre que se inició en los comienzos del Opus Dei de recitar a diario las palabras del Señor en la Ultima Cena ut omnes unum sint, todos los fíeles de la Prelatura rezarán por la unidad de la Iglesia, intensificando de modo especial este ruego durante el octavario de petición señalado por la Iglesia para este fin: es decir, para que todos los cristianos lleguen a ser un solo rebaño bajo un único Pastor, que es el Romano Pontífice, Vicario de Cristo.

107. Además de las oraciones por el Sumo Pontífice y por el Ordinario de cada Iglesia local, que se incluyen en el Santo Sacrificio Eucarístico y en las Preces del Opus Dei cotidianas, ninguno dejará de encomendar sus intenciones al Señor, a diario y de modo especial 56.

108. También rezarán cada día alguna oración y ofrecerán a Dios alguna mortificación por el Padre. Si en el examen de la noche advirtieran que las han omitido, rezarán por el Prelado antes de acostarse una breve oración vocal.

109. Todos los años, el Padre envía al Vicario de cada Región un ramo de olivo, bendecido el Domingo de Ramos, como símbolo de la paz de Cristo y de la alegría llena de paz, que desea para todos los fieles de la Prelatura 57.

110. La costumbre de escribir cartas al Padre, con la frecuencia oportuna, surgió espontáneamente desde el comienzo del Opus Dei, como manifestación clara del buen espíritu de los fieles de la Prelatura.

111. Por la noche, el Padre —antes de acostarse— recitará postrado el salmo Miserere; si no le fuera posible,

67


encargará a uno de sus hijos que lo haga en su nombre.

112. Para fomentar el sentido de la presencia de Dios, los fieles del Opus Dei se saludan o despiden con la expresión: Pax; a la que se responde: In aeternum.

113. Antes de salir de viaje, los fieles del Opus Dei piden la bendición del Padre o —si no es posible— del sacerdote, que la imparte con la fórmula acostumbrada 58.

114. También antes de que el Padre salga de viaje desde la sede de un Centro, donde haya permanecido mucho o poco tiempo, el Director del Centro le pide su bendición para todos los que se encuentran allí.

115. Tengan todos en su habitación agua bendita, con la que rociarán la cama, antes de acostarse, y con los dedos mojados se signarán también con la señal de la Cruz.

116. Cada martes, después de invocar al Ángel Custodio para que les acompañe en la oración, los fieles del Opus Dei besan el Rosario —como manifestación de amor a la Santísima Virgen—, y recitan en latín el Salmo II, que comienza Quare fremuerunt...: sobre este texto se detendrán en la meditación de la tarde 59.

117. Cada día, desde el primer instante de la mañana, todos hacen el ofrecimiento a Dios de sus obras y de su vida, con la frente en el suelo, mientras dicen: serviam 60.

118. Como manifestación del amor a la pobreza, cada año, en la fiesta de San Francisco de Asís, todos los fieles —juntos en la sede de cada Centro, o individual-

69


mente— considerarán en su meditación la santa virtud de la pobreza: pedirán a Dios que les ilumine, y examinarán de modo especial su vida, para utilizar los bienes temporales con un desprendimiento interno cada día mayor.

119. Se prohíbe cualquier tipo de regalo —aun del género más pequeño— entre los fieles del Opus Dei.

120. Para adquirir mejor el espíritu de pobreza, los Numerarios y los Agregados entregan, cada mes, una nota de ingresos y gastos al Director local, a no ser que éste juzgue oportuna otra cosa.

121. El estrecho vínculo de fraternidad que une a todos los miembros, por ser de carácter espiritual, no tiene ninguna manifestación externa en la vida social 61.

122. Cada semana, todos los fieles Numerarios y Agregados del Opus Dei hablan familiar y confiadamente con el Director local, a fin de encauzar e impulsar mejor su actividad apostólica. La misma norma vale para los Supernumerarios, con la periodicidad establecida para ellos.

123. Para conseguir un trato más íntimo con Dios, hemos de guardar silencio durante el tiempo de la noche y durante el tiempo de trabajo de la tarde: el primero dura desde el examen de la noche hasta el final de la Misa o de la oración de la mañana; el segundo, tres horas, después del almuerzo o de la tertulia 62.

124. Cada uno de los fieles del Opus Dei, con conocimiento únicamente del Director, todas las semanas en día fijo, vivirá el llamado "día de guardia": es decir, en esa jornada se esforzará más por practicar con

71


especial empeño nuestro espíritu, Normas y Costumbres; procurará intensificar su trato habitual con Dios, dedicará más tiempo a la oración, añadirá alguna mortificación especial y pedirá intensamente al Señor por sus hermanos, para que les conceda un mayor amor y cuidado en su modo de practicar el espíritu del Opus Dei 63.

125. Para mortificar y someter el cuerpo, los Numerarios y los Agregados del Opus Dei, de acuerdo con quien dirige su alma, practicarán fielmente la piadosa costumbre de llevar cada día, al menos por dos horas, un pequeño cilicio; además, una vez a la semana, usarán las disciplinas y dormirán en el suelo, siempre que no haya peligro para la salud 64.

73


Apéndice


(1) Resulta evidente —por esa característica fundamental de la ascética del Opus Dei que es la unidad de vida— que, para la eficacia del apostolado, hemos de contar siempre con la santidad personal. Así, los miembros de la Prelatura, al darse a los demás en las tareas de formación y en las apostólicas, no deben olvidar que lo más importante siempre para ellos mismos y para la Obra es su vida interior; que todo el trabajo profesional externo o de formación —con mayor razón el de los Directores— debe fundamentarse en una sólida vida de piedad, en el fiel cumplimiento de las Normas y de las Costumbres.

Por eso, decía nuestro Padre a sus hijos Directores, en 1967: Os ruego encarecidamente, que recordéis siempre a vuestros hermanos que nuestra vida toda y nuestra vocación son contemplativas. En esa contemplación continua, deben distinguirse perfectamente ciertos tiempos determinados, cada día, dedicados a la oración, al trabajo, al descanso, a la comida, al sueño. Y precisaba también que tanto los sacerdotes como los laicos procurarán no retrasar el tiempo de la oración mental: si alguna vez prevén que van a andar escasos de tiempo, es mejor adelantarla y hacerla en cualquier lugar: si es necesario, en la calle, en el tren, en el autobús, etc. Sólo así, hijos míos, sostendréis encendida ¡a llamarada divina del espíritu del Opus Dei, y sabréis encender el mismo deseo sobrenatural de amar y servir a Dios, en muchas almas de todos los ambientes.

Las Normas y Costumbres del plan de vida por sí mismas no obligan a los fieles de la Prelatura bajo pena de pecado, ni siquiera venial. Además, se adaptan a las circunstancias peculiares de cada uno, con la misma facilidad que el guante se acomoda a la mano: al cumplirlas, pueden presentarse situaciones particulares, no previstas en ningún documento; el espíritu de libertad santa, que se practica siempre en la Obra, lleva

77


a cumplir fielmente las indicaciones generales, del modo más conveniente en cada caso, sin detenerse en minucias innecesarias ni en casuísticas interminables. Así, por ejemplo, cuando se tiene una clase o charla, etc., a mediodía, no hay que interrumpirla para rezar el Angelus o el Regina Coeli: el rezo se hace inmediatamente antes o después de ese acto, dirigido por el dignior.

De otra parte, los Directores pueden dispensar del cumplimiento de alguna Norma de piedad por un tiempo determinado; pero se ha de entender esto como lo que es: una excepción, obligada por determinadas circunstancias extraordinarias; no es dispensa de un deber oneroso, sino más bien la incapacidad momentánea para recibir un beneficio. Cuando un médico receta una dieta a un enfermo por cierto tiempo —para reponerse, por ejemplo, de una infección—, indica también la conveniencia de volver cuanto antes a la normalidad, justamente para recuperar las fuerzas. Así, los miembros del Opus Dei necesitan de ese trato continuo con el Señor en el cumplimiento de las Normas, en el trabajo, en el descanso, etc., para que Jesucristo more de verdad en su alma, con la certeza de que esta presencia de Cristo en el hombre es la única fortaleza, la única felicidad.

(2) Entre los diversos medios que aseguran el progreso y el fortalecimiento de esa piedad doctrinal, ilustrada, baste aquí una breve referencia a la lectura espiritual. El tiempo que se emplea en la lectura del Evangelio —que puede hacerse con todos los textos del Nuevo Testamento— y la lectura espiritual es, en total, un cuarto de hora. No hay inconveniente, sin embargo, en que alguna vez —si alguien por devoción lo desea— se dedique más tiempo. Muchas veces será suficiente leer sólo un versículo del Nuevo Testamento —que sirva de meditación durante el día y sea un medio de conservar la presencia de Dios—, y emplear después el tiempo restante —casi un cuarto de hora— en otra lectura espiritual; a veces convendrá, por el contrario, leer durante más tiempo el Evangelio que el libro de lectura. No quiere decirse con esto, sin embargo, que la lectura del Evangelio y la lectura espiritual hayan de hacerse siempre inmediatamente seguidas.

78


Además de la Sagrada Escritura y de los documentos del Magisterio de la Iglesia, todos leen —y releen— muchas veces los escritos de nuestro Fundador, especialmente las Cartas y documentos que redactó para la formación de sus hijos, y los editoriales y artículos doctrinales de las Publicaciones internas. De otra parte, en cada Centro hay obras de los Santos Padres, clásicos de espiritualidad y libros más recientes de bien experimentada utilidad para las almas. Quienes han hecho los estudios correspondientes, pueden leer durante una temporada libros de Teología —alternándolos con otros de carácter más directamente espiritual—, entre los incluidos en las bibliografías de los programas de los estudios institucionales. Los Directores tienen muy presente la importancia de este medio de formación, y procuran que cada alma reciba el alimento intelectual que necesite según sus circunstancias, para acrecentar continuamente su sólida piedad doctrinal.

(3) El Señor quiere —y ésta ha sido una constante enseñanza de nuestro Fundador— que sus hijos del Opus Dei busquen la plenitud de la vida cristiana por la santificación de los deberes ordinarios. El trabajo profesional, por tanto, es instrumento y ocasión necesaria de santidad, condición imprescindible para la unión con Dios y para la eficacia apostólica: los fieles de la Prelatura no convierten la santidad y el apostolado en una profesión, sino que hacen de la profesión un medio de santidad y de apostolado.

Lo primero y lo más importante es cumplir las Normas; pero al mismo tiempo —es decir, simultánea e inseparablemente— cada uno ha de sostenerse, valerse por sí mismo en lo económico, y ayudar a sostener la casa en donde vive o el Centro al que pertenece; y el trabajo profesional es el medio adecuado para atender las necesidades materiales —cada vez mayores, como es lógico— de las labores apostólicas. Por esto, los miembros del Opus Dei, una vez terminados los estudios, sienten la urgente necesidad de pasar cuanto antes al pleno ejercicio de su profesión, y procuran con todas sus fuerzas hacer fructificar inmediatamente el título obtenido. En la Obra no puede haber nunca "señoritos". Sí, en cambio, "señores":

79


con el señorío del trabajo constante, de la pobreza vivida dignamente, para mejor servir a las almas. Por eso, los miembros del Opus Dei en ningún momento necesitan ser estimulados o urgidos para trabajar. Al contrario, nuestro Padre tuvo que señalar normas con el fin de que sus hijos, sin dejar desatendida la labor, puedan tener el oportuno descanso.

Por todas estas razones, los fieles de la Prelatura han de ejercer una profesión concreta, realizada con seriedad, a tiempo completo, como un padre de familia numerosa y pobre, para sostenerse, pagar los impuestos que les correspondan, ayudar económicamente a las obras apostólicas, etc.: no se puede ni siquiera dar la impresión —sabemos que en la conciencia de cada uno no es nunca así— de que, en lugar de trabajar con el empeño que pone todo el mundo para sostener a su familia, se tiene esa ocupación como un juego, o como quien hace un favor, sin sentir plenamente la responsabilidad que a cada uno le compete: en una palabra, como si no fuera operatio Dei, trabajo de Dios. Aunque sólo hubiese la apariencia de que se desempeña el trabajo con ligereza, y la realidad afortunadamente fuese otra, se daría una falsa idea de la Obra y se deformaría a la gente joven y aun a los mayores. Para evitar estos posibles peligros, los fieles de la Prelatura consideran frecuentemente, en la oración y en los exámenes de conciencia, si su trabajo responde plenamente a las exigencias de su vocación.

Especialmente en los comienzos de la actividad profesional, después de acabar los estudios, se debe prevenir a los interesados para que estén vigilantes y sepan evitar que los éxitos profesionales —si los hay— o los fracasos puedan hacerles olvidar, aunque sea sólo momentáneamente, cuál es el verdadero fin de nuestro trabajo: la santificación personal, el servicio a la Iglesia, a las almas y a la sociedad. Quienes comienzan el ejercicio de la profesión deben tener en cuenta que, por su misma juventud o inexperiencia, fácilmente llegan a valorar de manera desproporcionada esos éxitos o fracasos, y a pensar que han alcanzado ya un puesto preeminente o que no sirven, en el campo de su actividad profesional, cuando en realidad hacen falta muchos años de trabajo constante —con éxitos y con fracasos—,

80


para lograr la suficiente experiencia y poder dar frutos maduros.

Con el fin de comprobar que el trabajo profesional está hecho con la debida rectitud de intención, los Numerarios y los Agregados han de considerar con frecuencia si están dispuestos a cambiar inmediatamente de ocupación cuando lo exija el bien de la Obra; si saben hacer compatible el trabajo profesional con los encargos apostólicos; si llevan con alegría y con humildad las dificultades y las contradicciones que se presentan. Y, de modo especial —es un verdadero índice del sentido sobrenatural con que se realiza el trabajo profesional—, han de ponderar si las relaciones de amistad o las relaciones sociales, que nacen al desempeñar la propia profesión, son ocasión continua de apostolado y dan el fruto concreto de acercar a la Obra a los amigos y compañeros.

(4) Esta manifestación externa de humildad y de entrega total al servicio de Dios, se expresa también al rezar las Preces de la Obra. Ordinariamente, al decir Serviam!, antes de empezar a rezarlas, se besa el suelo. Sin embargo, cuando alguno lo prefiera, bastará que, una vez puesto de rodillas, haga una inclinación muy profunda, hasta casi tocar el suelo con la cabeza.

(5) Ad Iesum per Mariam. Sé de María, y serás nuestro, escribió nuestro Padre en Camino; y machaconamente, en tantas ocasiones, nos ha recordado que la Virgen Santísima ha sido la gran protectora, el gran recurso nuestro desde aquel 2 de octubre de 1928, y antes, y que debajo de su manto, sus hijos del Opus Dei hemos crecido como crecen los niños pequeños en los brazos de su madre. La Obra es esencialmente mariana, y la vida entera de sus miembros está llena de detalles de amor filial a Nuestra Madre del Cielo; por eso, no podía faltar en nuestro plan de vida una práctica de piedad tan arraigada en el pueblo cristiano como es el Santo Rosario. Era tal la importancia que nuestro Padre concedía a esta Norma que señaló que si alguna vez, al llegar al examen de la noche, un fiel de la Prelatura advierte que no ha dicho la parte del Rosario del día, haga lo necesario para rezarla entonces: porque, a no ser por

81


enfermedad o por alguna otra razón de importancia, esa parte no debe dejarse nunca.

Nuestro Fundador quería que se rezase el Rosario del modo que sea habitual en cada país. Pero, a la vez, concretó que esta Norma consiste en la recitación y contemplación de los cinco misterios correspondientes al día, que se rezan en familia o privadamente, y en la brevísima meditación de los otros diez misterios que no se rezan vocalmente: esto no es obstáculo, naturalmente, para que cada uno —por devoción privada— rece cuando lo desee las tres partes del Rosario; o para que en algún caso, como parte de la dirección espiritual personal, se sugiera a alguien decir las tres partes del Rosario.

Para fomentar en todos la piedad eucarística, el Santo Rosario se inicia con una estación menor —en latín— y la comunión espiritual, que suelen omitirse cuando se recita inmediatamente antes o después de la exposición y bendición con el Santísimo. Al concluir, se reza por las necesidades de la Iglesia y del Estado (Padrenuestro, Avemaría y Gloria); por la persona e intenciones del Sr. Obispo de la diócesis (Padrenuestro, Avemaría y Gloria); y por las benditas ánimas del Purgatorio (Padrenuestro, Avemaría y Requiescant in pace). Algunos, con toda libertad y privadamente, añaden otra oración por las intenciones de nuestro Padre. Además, para facilitar la contemplación de cada misterio, después de enunciarlo, se hace una breve pausa —de tres o cuatro segundos—, antes de comenzar el Padrenuestro y las Avemarías correspondientes.

La contemplación de los diez misterios que no se rezan vocalmente, ayuda a obtener mucho fruto de la parte del Rosario que se recita todos los días. Se trata de decir diez jaculatorias, una por cada misterio: preferiblemente, cinco por la mañana y cinco por la tarde. Basta una brevísima consideración del misterio, que dé lugar a unas palabras con el corazón, internamente: puede ser un texto de la Sagrada Escritura, una jaculatoria ya conocida, o cualquier otra idea o afecto que venga a la mente y al corazón en aquel momento. No importa que sea siempre lo mismo: lo importante es que se haga diariamente un poco de oración, llena de piedad, sobre los misterios del Santo Rosario. Es algo que puede cumplirse en medio de la

82


calle, en el trabajo, o en cualquier otra circunstancia. Conviene considerar, habitualmente, en el breve examen de mediodía, si se han contemplado ya por lo menos los misterios de una de las partes del Rosario; y si en alguna jornada, al llegar la noche y hacer el examen, se ve que se ha olvidado la meditación de esos misterios, se formula el propósito de cumplirlo el día siguiente, pero ese día ya no se hace.

Además, los miembros del Opus Dei se esfuerzan en difundir entre las personas que tratan esta devoción del Rosario, que tantas bendiciones atrae del Cielo, y sigue siendo arma poderosa para combatir a los enemigos de la Iglesia Santa: ut inimicos Sanctae Ecclesiae humiliare digneris: Te rogamos, audi nos! Un medio práctico y eficaz para impulsar este apostolado es dar a conocer, cada vez más, el libro de nuestro Padre, que tanto bien hace a quienes lo leen y lo meditan.

(6) Desde hace años —escribía nuestro Fundador, en febrero de 1972— vengo pidiendo a todos mis hijos un clamor constante, de súplica al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, a través del Corazón Dulcísimo de María, para que tenga piedad de las almas todas, y se digne acortar este tiempo de dura prueba que está atravesando la Iglesia y que pone en grave peligro la salvación eterna de tantos. Es necesario que sintamos todos —con un solo corazón, con una voluntad unánime— la urgente necesidad de reparar, de desagraviar, de pedir perdón humildemente al Señor: cada uno por las propias debilidades personales, y todos por tantas acciones delictuosas que se están cometiendo contra su Santo Nombre, contra los sacramentos, contra la doctrina de fe y contra la moral cristiana.

Ruego a cada uno de mis hijos que busque unas palabras, una jaculatoria personal de desagravio y reparación, y que la repita muchas veces al día: pidiendo al Señor el fin de toda esa mala situación o, al menos, el comienzo del fin. A pesar de nuestra flaqueza personal, y del mucho mal que algunos están causando objetivamente a la Iglesia, nuestra oración contrita, constante e intensa, acabará por rendir el Corazón Misericordioso de Jesucristo, lleno de amor.

83


(7) Como una muestra más de catolicidad y de amor a la Iglesia Romana, las Preces de la Obra, las oraciones del Círculo Breve —o del Círculo de Estudios, en su caso— y las jaculatorias acostumbradas, las rezan en latín y con pronunciación romana, no sólo los Numerarios, sino también los Agregados y los Supernumerarios. Antes, se explica bien a quienes lo necesiten el significado de cada frase.

Cuando estén presentes sólo personas de la Obra, también se dicen siempre en latín la estación que se reza en la visita, en la exposición del Santísimo Sacramento, y antes del rezo del Santo Rosario, la invocación Per signum Crucis, el Angelus y el Regina Coeli, el Trium puerorum y las oraciones de bendición de la mesa. La señal de la cruz, antes de la oración preparatoria de la meditación, se acompaña de la oración: Per signum Crucis de inimicis nostris libera nos, Deus noster. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen. En los demás casos, esas oraciones se dicen en el idioma del país.

(8) En el Opus Dei, obediencia y espontaneidad son inseparables: cada uno es plenamente responsable de sus propias acciones, no sólo de las que realiza en uso de la completa libertad de que goza en cuestiones profesionales, sociales, etc., sino también de aquellas otras que lleva a cabo al trabajar en la labor apostólica: si no, su obediencia no sería verdadera. Por esto, los fieles de la Prelatura nunca eluden su responsabilidad personal, haciéndola recaer sobre sus Directores, o pretendiendo que los Directores asuman cuestiones que no les toca decidir: saben que corresponde a cada uno resolver con plena libertad.

Este rasgo del espíritu de la Obra se manifiesta también en el modo de cumplir los encargos apostólicos: se procura ir dando cuenta detallada a los Directores —con objetividad, claridad y prontitud— de las diversas circunstancias que se presentan en el cumplimiento de la tarea encomendada, sin esperar —con mayor razón cuando el asunto es de cierta importancia— a que se terminen las gestiones. De este modo, el Director sabe continuamente cómo van desarrollándose los acontecimientos, y, en el momento oportuno, puede hacer las indica-

84


ciones necesarias, prever más fácilmente posibles dificultades, variar las instrucciones iniciales o incluso —si es aconsejable— desistir de una concreta labor apostólica. Por su parte, quien ha recibido ese encargo tiene la seguridad —y, por tanto, la paz y la tranquilidad— de no equivocarse, porque está obedeciendo con rectitud y con prudencia; nunca mecánicamente —como un cadáver— sino con un gran sentido de responsabilidad personal. Como es natural, al llevar adelante estas tareas, las personas de la Obra guardan el necesario silencio de oficio, como hacen los rectos ciudadanos en el ejercicio de su propio servicio profesional: informan sólo a las personas competentes.

(9) El espíritu de la Obra concede especial importancia a aquellas virtudes humanas que facilitan la convivencia, haciendo más amable el camino que ha abierto Dios a las criaturas en la tierra. Se enumeran como ejemplo, entre miles, unos detalles prácticos de cortesía —es caridad— que solía comentar nuestro Padre: no se hace esperar a las visitas, o a las personas a las que se va a visitar, después de fijar una hora; y si hay que recibir a varias personas sucesivamente, se prepara el plan adecuado, para poder atender puntualmente a todos. A la vez, cuando se hacen o se reciben visitas, se procura ser sobrenaturales, amables, correctos sin untuosidad y, en la medida de lo posible, breves. Se causaría un daño a la Obra si, por dedicar un tiempo excesivo a las visitas, alguien pudiera luego comentar: "¡qué amable es y qué poco quehacer tiene!".

(10) Los miembros de la Obra, en sus relaciones sociales y profesionales con personas del otro sexo, viven las normas de prudencia que dictan el sentido sobrenatural y el sentido común cristiano. Así, por ejemplo, con un compañero o compañera de otro sexo no se quedan nunca a solas —ni por razones excepcionales o urgentes— en la oficina, en la clínica, etc.; ni se visitan en sus respectivos domicilios; si han de hacer alguna gestión juntos fuera del lugar habitual de trabajo, nunca van los dos solos, sino que les acompañan también otras personas, o bien se dan cita en el lugar en el que deban hacer ese

85


trabajo ocasional. Por esto, como principio general, los varones tienden a no tener secretarias, enfermeras, etc. Si esto no es posible, viven la grave responsabilidad de buscar a una persona católica, de buena fama y que, por su edad y situación familiar estable, reúna las condiciones exigidas por la prudencia. En algún caso, las particulares condiciones de trabajo pueden exigir, como medida excepcional, que se cambie de ocupación.

(11) Tampoco los miembros de la Prelatura asisten nunca en grupo a manifestaciones populares de distracción, por inocentes que sean: unos fuegos artificiales, un desfile militar, o una fiesta folklórica al aire libre. Cuando, en ocasiones, una determinada persona de la Obra ha de acudir a un acto público de culto, como miembro de una corporación profesional o por ocupar un cargo civil o eclesiástico, evitará dar la impresión de que representa a la Prelatura. Por esta misma razón, de ordinario, a esas reuniones no van juntos dos o más fieles del Opus Dei, especialmente si son notoriamente conocidos como tales, y menos aún si son Directores; y, si se trata de actos religiosos, una procesión, por ejemplo, no se colocarán nunca entre los miembros de estados de perfección o de asociaciones piadosas —sería un contrasentido—, sino entre los fieles corrientes o en la corporación pública o profesional a la que pertenezcan o representen.

(12) Nuestro Fundador escribió en 1945 que la llamada divina a la Obra sólo afecta a la conciencia de cada uno —sin resonancias públicas ni oficiales—, porque la vocación no nos saca de nuestro sitio, de aquella condición social que tenemos en el mundo. Ni ante la Iglesia ni ante el mundo hacemos otra profesión que la que hacen nuestros iguales, los fieles cristianos, cumpliendo todos los deberes de católicos responsables y ejercitando los deberes y los derechos de los ciudadanos corrientes.

Esta característica esencial de la vocación al Opus Dei alcanza a muchos detalles, incluso pequeños, en la vida de sus miembros: por ejemplo, los fieles laicos no hacen constar en su curriculum vitae su pertenencia a la Obra —como tampoco los demás fieles católicos indican a qué diócesis pertenecen—, ni

86


emplean papel con membrete de la Prelatura o del cargo interno que tengan, a excepción del Vicario Regional. Quienes lo necesitan, disponen de papel timbrado con su nombre, y con los datos personales y profesionales acostumbrados en cada lugar.

(13) De acuerdo con este rasgo del espíritu de la Obra, los fieles de la Prelatura evitan emplear en su conversación palabras, expresiones, términos o modismos, que no sean de uso habitual entre las personas del ambiente en que se mueve cada uno: de ninguna manera se les puede distinguir por un modo de hablar. Como es natural, todos se proponen ser educados y correctos, prescindiendo de frases y modos de decir afectados, tanto en su conversación, como cuando escriben; y lógicamente, no se expresa de la misma manera un seglar que un sacerdote: en las cartas de un sacerdote no pueden faltar nunca detalles que revelen su estado y condición. Sin embargo, siempre ha de aparecer en la correspondencia de todos, cuando el contexto lo exija, el sentido sobrenatural propio de un cristiano: resultaría extraño que este sentido sobrenatural no se manifestase, de modo natural, en las palabras y en los escritos de un miembro del Opus Dei.

(14) Ni el Opus Dei, ni sus miembros, como tantas veces repitió nuestro Fundador, han necesitado ni necesitarán nunca de ningún secreto, ni secreteo: todas las labores confiadas a la Prelatura se realizan a plena luz, y son bien conocidas, como también los nombres de los Directores.

(15) Ningún miembro de la Obra olvida que la obligación de hacer proselitismo forma parte de su vocación: ha de ser una preocupación constante, y un tema de examen diario. Por esto, nuestro Padre repetía muchas veces que, en esta materia, no se disculpa a nadie, ni siquiera a los enfermos: todos han de vivir intensamente este deseo de acercar almas al Señor. A todos, sin excepción, se ha de exigir que tengan viva esta preocupación, recordándoles cómo, en los primeros tiempos y siempre, junto con el trabajo intenso que se llevaba a cabo, nunca se abandonaba este apostolado. Por eso se inculca a cada fiel

87


que el trabajo es un medio de hacer apostolado; y que traer almas a la Obra es asegurar la propia vocación.

Las nuevas vocaciones, desde el principio de su entrega, han de vivir de manera práctica el proselitismo, de modo que sean ellos quienes traten a sus amigos, les ayuden a tener vida interior, y de ordinario lleguen a plantearles —cuando proceda y según las directrices del Consejo local— el problema vocacional.

La labor de proselitismo es una tarea conjunta de sacerdotes y seglares, que cada uno ha de realizar del modo que se ha indicado desde el principio, para que las almas que el Señor acerca a los apostolados de la Obra —con el trato, con la amistad, con la formación que se les proporciona— sean mejores: para todas esas almas hay que desear una intensa y continua conducta cristiana. Después, algunos, por su sólida piedad, por sus miras e ilusiones sobrenaturales, estarán capacitados para recibir del Señor la llamada a una total dedicación a su servicio. Esta labor eficaz, de hacer conocer y amar a Jesucristo, que es la razón de ser del apostolado de la Prelatura, la ponen por obra los seglares en todos los ambientes en que desarrollan su actividad profesional; los sacerdotes con su labor de predicación, de dirección espiritual y, en la intimidad sacramental, con las personas que acuden a ellos o les llevan sus hermanos seglares.

Las vocaciones para la Obra son, en la mayoría de los casos, fruto del apostolado personal de sus miembros: es decir, junto a la formación que proporcionan los diferentes medios de la labor de San Rafael y de San Gabriel, debe existir siempre este trato personal, de primordial importancia en la labor de apostolado y de proselitismo. Al realizar este apostolado, los fíeles de la Prelatura respetan delicadamente la libertad personal de los demás, característica capital del espíritu de la Obra. Por eso, el compelle intrare que requiere el proselitismo no es nunca arrastre material, ni presión o coacción de ningún tipo, sino abundancia de luz y de doctrina; el empujón espiritual de la oración y del trabajo bien acabado, en testimonio de la doctrina; el cúmulo de sacrificios; la sonrisa de los hijos de Dios, muestra de sim-

88


patía y reflejo de una honda felicidad sobrenatural y humana.

(16) No hay alma que no nos interese: Ite ergo ad exitus viarum, et quoscumque invenieritis, vocate ad nuptias (Mat., XXII, 9). Esta preocupación de caridad tiene, pues, por objeto a todas las almas del mundo, sin excepción ninguna. Pero para que ese celo —que es caridad— sea caridad de Cristo, hay que establecer un orden. Primero, los miembros del Opus Dei, los que ya están en nuestra Familia. Ese es el primer deber de todos. Después cada uno ha de preocuparse de las personas de su familia —padres, hermanos—, para acercarlas a los apostolados de la Obra, que es acercarlas a Dios. Luego, los católicos —en primer lugar los que den esperanzas de una posible vocación—; después los que se llaman cristianos, que muchas veces no conocen a Cristo. Por último, todos los demás: todas las almas, todas, todas.

A veces, los fieles de la Prelatura tienen como compañeros de trabajo a personas con ideas doctrinalmente confusas o desviadas, o sin fe, o incluso anticatólicas. El espíritu de comprensión y de convivencia les lleva a entenderse bien con ellas —como con los demás hombres— y a una leal colaboración en el terreno profesional. Pero sería una falta de vibración apostólica limitarse simplemente a convivir: el afán apostólico empuja a acercarles a la Iglesia y a la Obra, sin miedo a hablarles de Dios, cuando sea oportuno, y sin dejarse llevar por el error de pensar que plantear estos temas enfriaría la amistad.

(17) En la ascética del Opus Dei, la oración y la acción son inseparables: las intenciones de la oración se traducen, al mismo tiempo, en un profundo trabajo apostólico en los diversos ambientes. También con este espíritu viven los fieles de la Prelatura las intenciones mensuales, que señalan en cada momento aquellos apostolados que, por su especial importancia para la labor de la Obra y de cada Región, han de ser objeto de la oración, del estudio y del trabajo de todos, incluso de los Cooperadores: y todos participan en esa tarea apostólica fijada por la intención mensual en la forma más oportuna en cada caso —concretándolo en la dirección espi-

89


ritual personal—, de acuerdo con sus circunstancias específicas.

Además, como preparación para toda tarea apostólica y para su perfecta ejecución, se requiere mucha oración y una mortificación generosa, porque —como escribió nuestro Padre en Camino— la acción nada vale sin la oración: la oración se avalora con el sacrificio: el espíritu de penitencia —amor a Cristo en la Cruz— es condición de eficacia apostólica. Con la conciencia clara de que el grano de trigo tiene que morir si quiere producir fruto, cada uno procura ofrecer por el apostolado abundantes mortificaciones en el cumplimiento del trabajo y de los demás deberes de estado, en las cosas pequeñas de cada día, en los detalles de caridad, y en la penitencia corporal realizada siempre de acuerdo con las indicaciones recibidas en la dirección espiritual personal.

(18) Jamás se debe perder de vista que el buen ejemplo facilita la amistad honda y sincera, de la que surgen con naturalidad conversaciones íntimas, que arrastran sin herir, llenan de luz, y abren el alma a un conocimiento directo y profundo de Cristo y de la doctrina de la Iglesia. Un campo concreto en el que es muy necesario el buen ejemplo de los cristianos es la vida de relación social. Así, los fieles del Opus Dei —tampoco los Supernumerarios— nunca deben aceptar o hacer invitaciones en locales excesivamente mundanos —"boites", salas de fiestas, etc.—, sino en sitios que no desdigan de su condición de cristianos. Si uno fuera a alguno de esos sitios sin saber la calidad del establecimiento —eso sólo ya sería una imprudencia—, nada más entrar en el local, tendrá una sonrisa para los que le acompañan y, a la vez, la decisión de decirles: "este ambiente me molesta: vamos a otro sitio".

Este espíritu obliga también a extremar, en la vida social, la prudencia y la templanza: nuestro Fundador solía aconsejar, con frase gráfica, que si los demás toman tres copas de vino, sus hijos procuran tomar una; si fuman puro, ellos no, etc. No quería decir con esto que nunca pudieran fumar puro, ni que, si en la reunión hay varias personas de la Obra, tengan que comportarse todos del mismo modo, sino que los fieles de la

90


Prelatura deben dar un ejemplo vivo y natural de corrección y de mortificación cristiana, de sobriedad.

(19) Los miembros de la Obra encuentran, en el ámbito de su trabajo profesional y de sus relaciones familiares y sociales, un campo sin límites para su apostolado personal. Además, todos —jóvenes y mayores; Numerarios, Agregados y Supernumerarios—, desde el mismo momento de su Admisión, reciben un encargo apostólico concreto que, con mucha frecuencia, se canaliza a través de su participación personal e inmediata en la labor cristiana —de formación doctrinal—, que se hace en la Prelatura, a través de las obras de San Gabriel y de San Rafael. El Consejo local de los diversos Centros asigna a cada uno —también a los Cooperadores activos— ese encargo apostólico concreto, acomodado a sus circunstancias personales, al tiempo que lleva en la Obra, a su edad, etc., de modo que pueda realizarlo eficazmente y contribuya a su formación. Sobre el cumplimiento de este encargo, del que se habla en la charla fraterna, vid. también la nota (8). Si ese cometido, modesto o no, es parte de un apostolado organizado —una obra corporativa, por ejemplo—, se debe dar cuenta también al Director respectivo.

(20) La tarea apostólica más eficaz es la que realiza cada uno en el ejercicio de su trabajo profesional, tanto en el oficio más humilde como en la labor más destacada. Y todos los fieles de la Prelatura sienten la necesidad de abrirse en abanico para llegar así al mayor número posible de almas y, con el trato personal, acercarlas a Dios.

Por eso, no sería conforme con el espíritu de la Obra, ni razonable, que se reunieran muchos de sus miembros en el mismo sitio, para trabajar profesionalmente en la misma actividad. Significaría limitar las posibilidades de la labor apostólica y en alguna ocasión, quizá, incluso, poner trabas al afán de almas que tiene cada uno de ellos. Por idénticas razones, ninguna persona de la Obra ofrece un trabajo profesional a otra, si la conoce exclusivamente por ser también miembro del Opus Dei.

91


(21) El apostolado personal de amistad y confidencia es un elemento indispensable que ha de preparar, y acompañar continuamente, la formación colectiva que se da a través de los medios tradicionales. Este trato directo con las almas da ocasión para hacerles mayor bien, y asegura la fecundidad de todo el trabajo apostólico. Cada uno procura tratar, de forma habitual, por lo menos a doce o quince personas; y, de éstas, con mayor intensidad a no menos de cinco.

La obligación de dar doctrina y de hacer proselitismo forma parte esencial de la vocación: ha de ser para todos una preocupación constante y un tema diario de examen. Para mantener vivo ese celo por las almas, cada uno hablará siempre en la charla fraterna de su encargo apostólico concreto y muy especialmente de la labor con las personas que trata.

(22) Las nuevas vocaciones han de tener, desde el principio, la preocupación de formarse bien profesionalmente. Sin una intensa preparación, es difícil que alcancen el prestigio necesario para ocupar puestos de responsabilidad en su propia profesión, que consigan suficientes medios económicos, etc. En resumen, han de vivir la urgencia de lograr una formación profesional eficaz, que les haga llegar por derecho —del mismo modo que a otros ciudadanos— a los puestos de dirección e influencia, movidos por el afán de dar testimonio de Jesucristo.

A la vez, desde el primer momento, nuestro Fundador aclaró que la labor de quienes se dedican a las tareas de dirección o de formación dentro de la Obra es para ellos su trabajo profesional: si no las realizaran con esa mentalidad, no cumplirían el fin para el que el Señor los llamó a su Obra, porque la vocación profesional es parte de la vocación divina. Por esto, quienes reciben esos encargos toman en serio el trabajo profesional apostólico, cualquiera que sea: sienten plenamente la responsabilidad que a cada uno le compete, y se esfuerzan por desempeñarlo con una dedicación no inferior a la que pone todo el mundo para sostener a su familia.

(23) El trabajo profesional que llevan a cabo todos los fie-

92


les de la Prelatura es siempre un medio de santificación y de apostolado. De nada servirían los mayores éxitos profesionales, si no se buscaran en primer término estos fines sobrenaturales. Por esto, siempre se esfuerzan para que su trabajo esté bien hecho, acabado hasta el detalle; actúan en todo momento con la máxima rectitud moral, con hombría de bien, con nobleza y con lealtad; viven, sin alardes, la pobreza, que se manifiesta en la sobriedad y en el esfuerzo por conseguir los medios económicos necesarios para el desarrollo de la labor apostólica de la Obra; tratan con caridad y sentido sobrenatural a sus compañeros; y se empeñan en conseguir y mantener un sólido prestigio profesional, que les facilite este trato apostólico. De esta forma, consiguen santificarse con su trabajo y realizan —con su ejemplo y con su palabra— un apostolado eficaz, uno de cuyos frutos es la leva continua de vocaciones, que salen de los ambientes profesionales de cada uno: muchos fieles de la Prelatura pueden asegurar que el comienzo de su contacto con la Obra fue el trabajo profesional de uno de sus miembros.

(24) Desde los comienzos de la Obra, nuestro Fundador ha insistido en este aspecto fundamental del espíritu que Dios le manifestó el 2 de octubre de 1928. Sirvan, como ejemplo, los siguientes textos, tomados de varias de sus Cartas, de los que se deducen muchas consecuencias prácticas.

Sois, hijos míos, libérrimos: gozáis —como todos los demás ciudadanos católicos, repito— de una absoluta y plena libertad en las cuestiones sociales, políticas, profesionales, dentro de los límites de la fe y de la moral y de las normas que, para todos los católicos, señale alguna vez la Jerarquía eclesiástica.

Nunca los Directores de la Obra pueden imponer un criterio político o profesional —temporal, en una palabra— a sus hermanos, porque en esas cuestiones —como en todas las otras, temporales— la Obra no tendrá nunca una opinión colectiva, si la Iglesia no la impone a todos los fieles, en virtud de su potestad.

Este espíritu nuestro impide también que pueda introducirse entre nosotros la mentalidad de los que pretenden imponer

93


un único criterio en lo político, o un monopolio pseudoapostólico en lo espiritual.

Conviene proclamarlo mil veces: el Opus Dei nunca podrá tener una doctrina corporativa propia, en las cosas temporales. Y en el apostolado, veremos siempre con alegría la labor de todos los que trabajan por Cristo.

Por tanto, la Obra nunca podrá daros consignas en lo temporal, y los Directores jamás podrán hacerse intermediarios o transmisores de consignas oficiosas si, por parte de alguno, se quisiera imponer con equivocada mentalidad clerical, un criterio único en algunos de los campos que Dios ha dejado a la libertad de opinión de los hombres, para no perder —por ejemplo— el control de determinadas actividades sociales, políticas, económicas, etc., que llevan en vano el sobrenombre de católicas. Siempre estamos por la libertad.

La unidad de la Obra tiene un fundamento exclusivamente doctrinal —la fe y la moral católicas—, espiritual y apostólico. En todos los asuntos temporales los fieles de la Prelatura son libérrimos, como los otros católicos, sus iguales: piensan y actúan según sus personales preferencias. En estas cuestiones, el Opus Dei no va, ni puede ir, compacto, ya que es cada persona de la Obra en particular quien —con la conciencia iluminada por el Magisterio oficial y público de la Iglesia— forma libremente sus convicciones y, en consecuencia, su modo de actuar. Es lógico que, como consecuencia de esta libertad, los miembros del Opus Dei manifiesten opciones diversas y aun opuestas: no hay dogmas en las cuestiones opinables. Dentro del denominador común de la doctrina de la Iglesia y del espíritu de la Obra, cada uno posee su propio numerador —que puede ser diversísimo— en todo lo que Dios ha dejado a la libre opinión de los hombres.

El Opus Dei no tiene ninguna misión política o temporal que cumplir. Corporativamente, la Obra no puede —no debe— hacer una labor nacional, ni estar a las órdenes de ningún Estado, ni de nadie, nada más que a las de la Iglesia. Los fieles de la Prelatura defienden la libertad personal de todos los hombres, sin excluir a ninguno, y aseguran así la fortaleza interior necesaria y la razón suficiente para defender la propia libertad personal.

94


Si una persona del Opus Dei pide consejo sobre cuestiones profesionales o análogas, la única misión de los Directores consiste en:

— volver a recordarle que es absolutamente libre en esas cuestiones y que, por tanto, no tiene obligación de seguir los consejos que reciba, ni puede en justicia descargarse de su propia responsabilidad;

— llamar su atención sobre la rectitud de intención con que debe desarrollar todas sus actividades, siempre dentro de los términos de la ética cristiana;

— poner de manifiesto alguna circunstancia, si es el caso, que quizá el interesado no conozca o no haya advertido, de manera que pueda decidir con más seguridad y de un modo más prudente;

— insistirle en la necesidad de vivir siempre la caridad, la laboriosidad y la pobreza.

(25) Una manifestación clara de la pobreza que hemos de vivir, y también de la mentalidad laical, es que los miembros de la Obra cobran siempre lo justo por su trabajo: nunca menos que los demás; también cuando lo realizan, por excepción, en algún organismo o tarea de tipo eclesiástico. Si los Directores lo juzgan oportuno, los Numerarios y Agregados pueden devolver como limosna o donativo parte de los honorarios, o todos; pero antes habrán recibido la retribución adecuada por su trabajo. También pueden autorizar los Directores en algún caso —o habitualmente, por ejemplo, cuando colaboran en establecimientos benéficos— que disminuyan sus honorarios, o no cobren nada, según las circunstancias del país y el modo de proceder de los colegas, para obrar siempre con justicia y con naturalidad.

(26) De acuerdo con este criterio, los fieles de la Prelatura, incluso los que residen en la sede de un Centro de la Obra —son una minoría, en proporción con el total de miembros—, tienen siempre una gran libertad para el cumplimiento personal de las Normas y de las Costumbres, también porque son muy escasas las reuniones en familia en esos hogares. Con los

95


consejos que reciban en la charla fraterna, acomodan el horario a sus necesidades personales, a sus obligaciones familiares y a sus circunstancias de trabajo. Entre las reuniones en familia a las que acuden las personas que viven en un mismo Centro, se encuentran la oración de la mañana, la Santa Misa y la acción de gracias, las Preces, el examen de mediodía, la visita al Santísimo, el comentario del Evangelio y el examen de la noche. Naturalmente, también las tertulias son reuniones en familia, que, como nos ha dicho muchas veces nuestro Padre, tienen, para nosotros, la misma importancia que la oración. Con esto, esos fieles del Opus Dei se limitan a cumplir un mínimo de horario y, además, sienten la alegría de vivir estas Normas de piedad omnes pariter in eodem loco (Act., II, 1). Pero no es necesario un motivo grave para dejar de asistir a esas reuniones en familia; basta un motivo razonable: por ejemplo, que, por cualquier circunstancia, en un día determinado alguno considere que haría mejor la oración en otro sitio. En estos casos —como se trata también del horario del Centro—, lo dicen previamente al Director, como en cualquier familia se advierte al padre o a la madre que no se podrá llegar a participar en el horario de la casa.

(27) Una bendita consecuencia de este espíritu de familia, es la preocupación constante de unos por otros, convencidos de que no puede resultarnos nunca indiferente cualquier cosa, por pequeña que sea, que afecte a los demás. Desde el principio dispuso nuestro Fundador que todos tuviesen la confidencia, para que nadie se encuentre solo en la lucha por la santidad. Los Directores, además, cumplen el deber —un deber gustoso— de preocuparse por la salud espiritual y física de los miembros que la Obra les ha confiado.

Cuando hay caridad —que es cariño humano y sobrenatural—, es muy fácil darse cuenta y atender esas necesidades de los otros; y esta preocupación sobrenatural y humana por todos se manifiesta en detalles de delicadeza, en la corrección fraterna, en obras; bien persuadidos todos de ser eslabones de una misma cadena y de que el Señor pedirá cuenta de cómo se ha ayudado a los demás a cumplir hasta el fin con su deber de

96


luchar por la santidad. Hasta tal punto somos responsables de la santidad de los demás, que nuestro Fundador también nos ha asegurado que si se presentase el caso de una defección de la que no se supiese explicar las causas, no disculparía de pecado —y a veces, de pecado grave— a los Directores y a los demás que hubieran convivido con aquella persona.

(28) La fraternidad auténtica lleva a cuidar el trato mutuo con gran delicadeza humana y sobrenatural, y a evitar hasta la menor apariencia de falta de afecto, o de singularidad, o de amistad particular, incluso en los detalles más pequeños: por ejemplo, al referirse a otra persona de la Obra, también si es por escrito, basta hacerlo por su nombre, como en cualquier familia, añadiendo el apellido solamente cuando sea necesario; nunca se dice o se escribe —ni siquiera en broma— "mi amigo", "somos muy amigos", "viejos amigos"; ni se "envían recuerdos" para uno determinado. Con mayor motivo, se cuidan esos detalles de finura en las cartas, especialmente en las dirigidas al Padre. Hay que tener presente que existen expresiones, comentarios, bromas, que pueden resultar muy naturales en una conversación, y que, por escrito, son chocantes; más aún, si se leen en circunstancias distintas de las del momento en que se escribieron e incluso a muchos años de distancia; o si se escriben con un conocimiento insuficiente de la lengua, o en un momento de entusiasmo, o con un equivocado sentido del humor.

(29) Precisamente por tratarse de algo propio del espíritu de familia, aunque muchas otras personas, con respeto y con gran cariño, se refieren al Padre utilizando también este término entrañable, los miembros del Opus Dei, al hablar o escribir a los que no lo son, usan con naturalidad otras expresiones: por ejemplo, "nuestro Prelado", "Monseñor". Y solamente emplean el término "Padre" dentro de la Obra, o cuando hablan o escriben a personas que están ya acostumbradas a utilizar esa amable expresión.

De otra parte, es lógico que quienes llevan aproximadamente el mismo tiempo en la Obra —o se tuteaban antes de

97


pedir la Admisión— se llamen entre sí sólo por el nombre, y aun por el diminutivo familiar, si existe, sin emplear nunca el usted o el don, aunque uno sea sacerdote o Director Regional o Central. Un laico, mayor en la Obra por edad, o por la dignidad del cargo que ocupa, o por las dos cosas, no trata de usted a los sacerdotes, aun cuando hable con alguno al que no haya conocido antes del presbiterado, si el sacerdote es más joven; en cambio, resultaría poco natural que chicos jóvenes tuteasen a personas mayores, a no ser que hubiera un motivo de parentesco o de amistad familiar, u otro ajeno al hecho de pertenecer a la Obra. Por consiguiente, como en cualquier familia —siempre según las costumbres del país— se utiliza un tratamiento sencillo, pero más respetuoso, con los Directores Centrales o Regionales, las personas mayores en la Obra y los sacerdotes.

(30) Ya se ha señalado que la enfermedad, o la vejez, no son obstáculo para tener y cumplir el encargo apostólico; quienes se encuentren en esas circunstancias —los enfermos son el tesoro de la Obra— pueden y deben rezar y ofrecer muchas cosas por una labor apostólica concreta.

(31) La vocación al Opus Dei es única y la misma para los Numerarios, Agregados y Supernumerarios; varían algunas circunstancias de la entrega que Dios pide a cada uno. Así, por ejemplo, los Supernumerarios, siempre que su situación personal se lo permite, dedican a la oración mental media hora por la mañana y media hora por la tarde, como está previsto para los Numerarios y Agregados. Pero como no siempre esto es posible, su plan ha de ser más elástico: por eso, de acuerdo con sus circunstancias propias, cada uno concreta en la charla fraterna el tiempo diario que dedica a la meditación personal —no menos de media hora, repartida en lo posible entre la mañana y la tarde—, que será el necesario para mantener siempre encendido el espíritu de contemplativos en medio del mundo.

(32) Todas las Costumbres que tenemos en el Opus Dei se

98


han ido poniendo en práctica poco a poco, de acuerdo con las necesidades de la Obra, aunque el contenido de esas devociones —el espíritu que las anima— es algo que desde el primer momento ha estado muy dentro del espíritu de nuestra Madre Guapa. Así, el 2 de enero de 1959, nuestro Fundador comunicó a sus hijos que había llegado el momento de poner en práctica —de una manera oficial—, algo que llevaba muy dentro de su alma y que ya formaba parte del espíritu del Opus Dei: la devoción a la Santísima Trinidad, manifestada en las Costumbres del Trisagio Angélico y del Símbolo Atanasiano.

El Trisagio Angélico puede rezarse o cantarse, dentro de la exposición, solemne o simple, y bendición con el Santísimo. Si no hay bendición, el Director del Centro indica una hora oportuna para vivir esta Costumbre en familia.

El cumplimiento de estas devociones —Trisagio Angélico, Símbolo Atanasiano, Salmo II, etc.— no obliga a las personas de la Obra, ni siquiera bajo pena de pecado venial: solamente se aconseja que se hagan esos actos en los Centros, pero cada uno, en particular, es completamente libre —cuando esté aislado— de hacerlos o de no hacerlos; es de muy buen espíritu, sin embargo, vivir también estas devociones cuando, por las diversas circunstancias —será lo ordinario en el caso de los Agregados y de los Supernumerarios—, no se cumplen con los demás del Centro.

(33) En los oratorios de los Centros pequeños, donde no es posible —o no es prudente, porque residen allí pocas personas— tener la vela al Santísimo Sacramento durante toda la noche anterior a los primeros viernes de mes, se hace un cuarto de hora de adoración ante el Santísimo. Para esto, se tiene exposición menor, o se abre la puerta del sagrario que oculta la puerta de cristal. En este caso, a la mañana siguiente se dedica, como de ordinario, media hora a la oración, estudiando el horario de modo que no se disminuya el tiempo de descanso señalado.

(34) En la exposición de todos esos días, se canta o reza el Adoro Te devote, si no hay inconveniente.

99


A lo largo de estas páginas, se han recogido ya muchos detalles de adoración y amor a Jesús Sacramentado, que nuestro Fundador inculcó —con su ejemplo y con su palabra— en todos sus hijos. Entre otras devociones eucarísticas, quiso que los fieles del Opus Dei cumpliesen cada día —si es posible, a mediodía, después de la comida— la Norma de la visita al Santísimo, señalando que se recen, en forma dialogada, tres Pater noster, Ave Maria y Gloria, y se concluya recitando la Comunión espiritual, con la fórmula acostumbrada, en el idioma del país. Antes de cada Pater noster y de la comunión espiritual, quien dirige el rezo —como acto de fe y desagravio— dice: Adoremus in aeternum Sanctissimum Sacramentum; y todos responden repitiendo la misma aclamación.

(35) Cuando no se hace la acción de gracias en el oratorio, con los demás del Centro, no es necesario rezar el Trium puerorum individualmente, aunque —naturalmente— no hay inconveniente en que se haga, por devoción.

De otra parte, dejando a todos la máxima libertad para seguir o no esta sugerencia, nuestro Fundador aconsejaba que, después de la Santa Misa, tanto los laicos como los sacerdotes rezasen en latín o en lengua vernácula, privadamente, la oración Sancte Michaël Archangele, defende nos...

Además, donde hay un número suficiente de fieles de la Prelatura, siempre se ha vivido la tradición de entonar después del Santo Sacrificio algún canto en latín, que puede corresponder a la Misa que se ha celebrado o al tiempo litúrgico: Crux fidelis, Ubi Caritas, Pax in coelo, Ave Maris Stella, Magnificat, Te Ioseph, Oremus pro Patre, Rorate coeli, Media vita, etc.

Las preces litúrgicas que se rezan algunos días —Salmo II, Trium puerorum, Símbolo Atanasiano, etc.— pueden recitarse —preferiblemente en forma dialogada— o cantarse, aunque asistan personas que no pertenezcan a la Prelatura. Se utiliza el latín, con pronunciación romana. Sin embargo, cuando asisten personas que no son de la Obra, no hay inconveniente en decir el Trium puerorum en el idioma del país. No es necesario que el sacerdote dirija el rezo, aunque esté presente; puede hacerlo uno cualquiera, por ejemplo, el que ha ayudado a Misa o

100


el que se encargue de dirigir ese día las oraciones que suelen rezarse en familia. Cuando se recitan colectivamente, antes o después de la oración de la mañana, el Salmo II, el Símbolo Atanasiano o el Adoro Te devote, puede ser conveniente omitir ese día el rezo del Trium puerorum, para no hacer demasiado largo el conjunto de esos actos de piedad.

(36) En los Centros donde el sagrario tiene puerta interna de cristal, se usa con frecuencia la facultad concedida por la Santa Sede de abrir la puerta metálica, porque contribuye a aumentar la devoción al Santísimo Sacramento: concretamente, cuando los asistentes son miembros de la Obra, se pueden abrir las puertas que ocultan las de cristal, todos los jueves durante la oración de la mañana y, si se desea, también otro día de la semana. Antes de abrirlas, se quita el cubremantel y se colocan los dos candeleros pequeños sobre el altar, cerca del sagrario, y un poco adelante.

Cuando en el tabernáculo no hay puerta de cristal, si los asistentes son fíeles de la Prelatura y está presente un sacerdote, los jueves por la mañana se puede tener exposición simple, para hacer la oración ante el Santísimo Sacramento. Terminada la oración, el sacerdote procede a la reserva. En este caso, si se plantean dificultades de horario, la exposición del Santísimo puede incluirse —de modo excepcional, no habitualmente— dentro del tiempo de oración de la mañana.

Si un jueves se celebra exposición del Santísimo Sacramento a otra hora del día, se canta o se reza el himno Adoro Te devote durante esa exposición, antes del Tantum ergo. Si se trata de la víspera del primer viernes y la bendición se dará a la mañana siguiente, se canta o se reza ese himno el jueves por la noche, inmediatamente antes de que el sacerdote se retire del altar. En este caso, si el sagrario tiene puerta de cristal, durante la oración de la mañana del jueves se abren las puertas que ocultan la de cristal, aunque el Adoro Te devote no se rece en ese momento. Si el sagrario no dispone de puerta de cristal, la meditación se hace como los demás días de la semana.

(37) Estas consagraciones se renuevan en cada Centro, en

101


las fiestas correspondientes, con asistencia de todos los Numerarios o Agregados adscritos. Si alguno, por cualquier circunstancia, no puede asistir a la consagración, se une con la intención a la que hagan los de su Centro. La fórmula se lee ordinariamente delante del Santísimo Sacramento expuesto —aunque no es necesario renovarla así—, una vez que el sacerdote ha rezado con todos la estación y, si es oportuno, las Preces de la Obra. Lee la fórmula el Director del Centro —desde el sitio que ocupe, sin acercarse al altar—, a no ser que esté presente el Vicario Regional.

Los Supernumerarios —y, si conviene, también los Agreg