ROMA, 29-IX-87
Los Numerarios no se incorporan de modo estable a la vida en familia, en la sede de un Centro de la Prelatura, hasta que no comiencen la carrera universitaria o estudios superiores análogos.
1. Tono humano y porte externo
El tono humano —una extremada delicadeza en el trato y en la conducta— es una exigencia de la vocación a la Obra, especialmente para los Numerarios. Con cierta periodicidad —puesto que la formación no termina nunca— se dan los consejos oportunos a través de los medios de formación, para cuidar siempre las manifestaciones de educación y de delicadeza según las circunstancias personales.
La espontaneidad al hablar y al escribir es perfectamente compatible con la buena educación, y por eso no se utilizan expresiones o palabras vulgares o chabacanas. La corrección fraterna es un medio eficaz para
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ayudar a vivir esos detalles, especialmente cuando hay riesgo de descuidarlos, por ejemplo, al practicar algún deporte.
Es compatible estar en casa, en familia, en el propio hogar, con ir bien vestido, aunque el modo concreto varía según las circunstancias.
Se cuida especialmente el porte externo en el oratorio y en el comedor: por delicadeza con el Señor —como una manifestación de la veneración al Santísimo Sacramento— y con la Administración del Centro.
Una de las funciones del Secretario es cuidar de que las personas adscritas al Centro dispongan de lo necesario para vestir correctamente, de acuerdo con su situación profesional y social. La calidad y la cantidad de ropa que use cada uno será diferente según el clima y las circunstancias personales. En ambientes calurosos, por ejemplo, hay que tener más ropa, para cambiarse con mayor frecuencia; y quien ocupa un cargo representativo en la vida profesional utiliza, como es lógico, ropa de mejor calidad que un estudiante. Además, es preciso esmerarse en los pequeños detalles que influyen en la presentación personal: el buen estado de los cuellos y puños de las camisas, que las corbatas combinen bien con los trajes, la limpieza de los zapatos, llevar el traje planchado, etc.
Una manifestación práctica de la pobreza es sacar a las cosas todo su rendimiento: muchas veces —como suele suceder en cualquier familia— los más jóvenes usan trajes, abrigos, o prendas, que están en buen estado, después de haberlos utilizado otra persona mayor. Antes de hacer nuevas compras, se mira qué prendas
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hay en la casa, por si alguna pudiera servir para quien las necesite.
Como suele hacerse en todas las familias, cuando un Numerario o Agregado tiene que comprar ropa, calzado, etc., le acompaña otro, que pueda aconsejarle prudentemente, aunque sea el interesado quien elija, siempre de acuerdo con las exigencias del espíritu de pobreza y del buen gusto; este modo de proceder resulta aún más razonable cuando va de compras una persona de otro país, o de distinto ambiente, que desconoce los precios o las costumbres locales.
Las personas que residen en los Centros se cambian de ropa con la debida frecuencia —diariamente, si es preciso— para no pasar a lavar prendas demasiado sucias: es preferible entregar semanalmente más ropa.
Cuidar el aspecto personal es un modo concreto de vivir la buena educación —que es caridad y facilita el apostolado— y de mantener la salud. Una muestra de este cuidado es evitar o corregir detalles aparentemente insignificantes, como la caspa, el mal estado de la boca o la obesidad. Especial atención merece la halitosis, para superarla con las medidas oportunas.
Los Directores están más pendientes de los Numerarios que viven en una ciudad donde no hay Centro, también para que no abandonen el cuidado de detalles —hasta los más materiales—, que aseguran ese tono de corrección y de elegancia humana. Interesa que, con la debida frecuencia, usen los servicios de lavandería y planchado que existen en todas las ciudades, y que no descuiden el modo de vestir. De todas formas, si es posible, entregan su ropa a la Administración cuando van a su Centro.
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2. Celebraciones
Somos una familia, y es lógico cuidar los detalles de la vida de hogar; por ejemplo, celebrar con un pequeño agasajo el santo o cumpleaños. Pero somos una familia numerosa y pobre: se festeja solamente una de esas dos fiestas. No se celebran, en cambio, las despedidas, que además —así es el espíritu de la Obra— no tienen razón de ser, porque no nos separamos nunca; ni tampoco, ordinariamente, los finales de las carreras universitarias, salvo en los países donde revisten una especial solemnidad, aun en los hogares de escasos recursos económicos; en estos casos, se sigue la costumbre general, acomodándose, sin exagerar, al modo propio de cada país.
Cuando un Numerario o Agregado cumple los 40 años, el Consejo local del Centro donde vive o al que esté adscrito, se ocupa de celebrarlo de modo prudentemente extraordinario.
De acuerdo con las costumbres del país, es habitual celebrar en los Centros de Agregados y de Numerarios —como una manifestación más de la vida en familia— la fiesta de los Reyes Magos o la equivalente en cada lugar: Befana, Christkind, etc. Ese día se hace un regalo a cada uno, que consiste en uno o dos objetos útiles, de no gran valor: una cartera, un libro, una corbata algo mejor que las de uso corriente, etc. Además, suele acompañarlo una pequeña broma amable. Pueden servir también para estas ocasiones objetos de más valor que hayan regalado: un reloj, una pluma estilográfica buena, etc.; sin embargo, en muchos casos será
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mejor entregarlos en otro momento a quienes los necesiten. Las personas del Centro —sobre todo cuando son aún estudiantes— pueden conseguir de sus familias buena parte de los regalos, o incluso todos, si se prevé con tiempo. Pero no se entrega a nadie un objeto que proceda de su propia familia. Por otra parte, como en todos los países suelen subir los precios durante los días anteriores a esas fechas, interesa hacer las compras con suficiente antelación.
3. Horario de los Centros y reuniones de familia
Los Directores locales procuran, para la mayor eficacia del trabajo apostólico, que no falte el orden necesario en cada Centro. Por eso, señalan un mínimo de directrices que regulan su marcha normal y un horario sencillo de las reuniones de familia, que envían a la Comisión Regional.
Se suele retrasar algo la hora de levantarse los domingos y días de fiesta, sobre todo cuando en los días laborables es muy temprana, aunque, en general, la diferencia de horarios no es grande. Se ha de estudiar, pues, el plan de las vísperas para aprovechar bien el tiempo, sin prolongar excesivamente la tertulia de la noche, ni dejar intervalos difícilmente aprovechables.
Para que los actos litúrgicos y de piedad tengan siempre la dignidad debida, se fija su celebración a una hora oportuna, de modo que no haya premura de tiempo. En general, se tiende a que los actos de culto no duren más de media hora, a no ser las acciones litúrgicas que, por su misma naturaleza, tienen una duración su-
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perior: la oración de la mañana unida a la Santa Misa, o las meditaciones seguidas de bendición con el Santísimo. Los sacerdotes y laicos que asisten a una función litúrgica de duración extraordinaria —por ejemplo, la Misa in Cena Domini del Jueves Santo, los oficios de Viernes Santo, la Misa de la Vigilia Pascual—, pueden considerar hecha con ese acto la Norma de la oración de la tarde o de la mañana, según los casos.
Como se ha hecho siempre, al acercarse a comulgar, se evita hasta la impresión de que se va por turno, para que nadie se pueda sentir mínimamente coaccionado a recibir la comunión.
Para hacer referencia a las pocas Normas y Costumbres que cumplen juntos los miembros de la Prelatura que viven en familia se emplea la expresión reuniones de familia, porque eso son. En los Centros de Numerarios mayores, estas reuniones son diariamente la oración de la mañana, la Misa y la acción de gracias, las Preces, la visita al Santísimo, el examen del mediodía, el comentario del Evangelio y el examen de la noche. En los otros Centros, además, se reza diariamente en familia una parte del Rosario. Naturalmente, también las tertulias son reuniones de familia, que tienen —como decía nuestro Padre— la misma importancia que la oración. Es muy aconsejable, finalmente, en todos los Centros, rezar juntos el Rosario, en los días en que suele hacerse la exposición con el Santísimo Sacramento.
Si con motivo de su trabajo profesional, o por otras circunstancias, un Numerario no puede acomodarse por una temporada al horario familiar del
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Centro donde vive, será suficiente que, en la Confidencia, se determine su plan de vida personal, y que ese plan sea siempre también materia de su conversación fraterna.
Las Preces y la visita al Santísimo se tienen en el momento del día en el que están todos los Numerarios del Centro: por ejemplo, si, por horario de trabajo, la mayoría no almuerza habitualmente en casa, pueden tenerse después de la comida más importante del día. Los que están en casa, hacen juntos en el oratorio el examen del mediodía, aunque no vaya precedido o seguido de otra Norma. Los que se encuentran fuera, cumplen esa Norma en su lugar de trabajo.
Para la exposición y bendición con el Santísimo, el Consejo local fija una hora que permita la asistencia de todos los adscritos al Centro. Si alguno no puede acudir, hace una visita al Sagrario de unos cinco minutos de duración, o una comunión espiritual, u otra práctica de devoción eucarística, en el oratorio del Centro.
El examen de la noche se tiene a última hora, antes de acostarse. Empieza entonces el tiempo de la noche; por consiguiente, se evita todo lo que pueda suponer una dificultad para mantener una intensa presencia de Dios: por ejemplo, no se ve después un programa de televisión, a no ser por un motivo excepcional.
En los Centros donde la tertulia de la noche es a última hora y, por tanto, se hace el examen inmediatamente después, el tiempo de la noche comienza cuando se termina la tertulia. Poco antes de levantarla, el Director, o quien él designe, recuerda que si a alguno —excepcionalmente— le falta por cumplir alguna Norma, puede
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hacerlo en ese momento; y entonces, cada uno por su cuenta, la cumple en el oratorio o en otro lugar.
Por delicadeza con la Administración y para evitarle un trabajo innecesario, todos acuden puntualmente a las comidas, si no hay un motivo verdaderamente excepcional. Cuando alguno prevé un retraso, avisa al Director, para que lo comunique con tiempo a la Administración, y deje preparada una comida o una cena. En los Centros en los que el comedor está en la zona de la Administración, se deja servida en el antecomedor. En cambio, puede quedar en el comedor, si éste pertenece a la zona de la Residencia, y no hay inconveniente por parte de la Administración.
De ordinario, en los países en donde se cena muy tarde, los Numerarios no hacen ni admiten invitaciones para cenar fuera de casa. Si, a juicio del Director, por alguna circunstancia extraordinaria, conviene hacer alguna excepción, la cena debe ser a una hora oportuna, para que el que haya de asistir pueda volver pronto a casa, de modo que no se desordene su horario personal, ni el del Centro. Los Agregados procurarán ajustarse también a este criterio, de acuerdo con sus circunstancias familiares.
Aunque en algunos sitios sea tradicional, en Nochebuena, cenar después de la Misa, no se sigue esa costumbre en los Centros de la Obra, para evitar un desorden en el horario de la Administración.
La duración de las comidas no suele pasar de media hora. Y en los días en que se toma aperitivo —que siempre es una cosa modesta, de acuerdo con la pobreza y la templanza—, de cuarenta minutos.
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Para el desayuno y la merienda, cada uno llega al comedor —dentro del horario en que está abierto— cuando más le conviene. Si en un país es costumbre bendecir antes del desayuno y dar gracias después, también las personas de la Obra siguen esa costumbre, pero individualmente, porque no entran al comedor al mismo tiempo y cada uno se marcha en cuanto termina.
4. Tertulias
Las tertulias son una necesidad de la vida en familia, un gran medio para mejorar la formación y una oportunidad de manifestar prácticamente la entrega a los demás en multitud de pequeños detalles. Por eso, todos procuran que sus obligaciones profesionales y sociales no les impidan participar en ese momento tan necesario de la vida en familia. Los Numerarios asisten, al menos, a una diaria, y a las dos —mediodía y noche— los fines de semana.
El Consejo local cuida de que las tertulias mantengan siempre el tono sobrenatural y humano propio de la Obra, y procura que todos contribuyan a lograr este ambiente, sin que ninguno —por timidez o comodidad, inconscientemente— esté habitualmente pasivo. El apostolado y el proselitismo será tema frecuente en las tertulias, a través de las noticias que, con la debida prudencia, pueda contar cada uno. Con naturalidad, como una preocupación que está en el corazón de todos, es aconsejable hablar con frecuencia sobre aspectos relacionados con la intención mensual.
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Algunas veces, principalmente con ocasión de fiestas de familia, la tertulia se orienta a temas más íntimos, de la vida de la Obra, de su historia, canciones de Casa, etc. El Consejo local puede encargar a alguien que conozca bien esos aspectos, que los comente con prudencia y criterio. Otras veces, por ejemplo, alguno podrá contar la historia de su vocación; pero siempre, por propia iniciativa: no es pertinente proponer a ninguno —en la tertulia ni antes de empezar— que hable de ese tema en la tertulia. Especialmente se ha de cuidar este detalle de respeto y de delicadeza con los que ya no son jóvenes, aunque no tengan ningún cargo de dirección. Cuando alguno desee contar la historia de su vocación, hablará previamente al Director, para concretar en líneas generales lo que va a decir.
Es lógico que, dentro de la sencillez y naturalidad de la vida en familia, se toquen de vez en cuando —sin caer en la pedantería— materias de cierta altura. No sería razonable rehuir habitualmente —o tomar a broma, con superficialidad— esas conversaciones, espontáneas en un intelectual. Este mismo criterio se aplica al elegir los programas de televisión que se vayan a ver.
En ocasiones, las tertulias versan sobre cuestiones sociales, políticas, económicas, etc. El Director —y todos— evitan que, por inadvertencia o poca precisión al hablar, se expongan doctrinas erróneas o se llegue a la polémica. Además, si se trata de un Centro de Estudios o de un Curso anual de gente joven, puede ser conveniente que alguno —con la necesaria preparación— exponga la doctrina de la Iglesia sobre la materia, si existe. De todos modos, hay ciertos temas —de teología moral, por ejemplo— que no son propios de una tertu-
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lia, sino de una collatio, y, por eso, fácilmente pueden desdecir del carácter secular y del tono familiar de la conversación.
La alegría y un sano buen humor están siempre presentes en la vida en familia; nada más natural, por tanto, que se reflejen también en las tertulias. No obstante, nunca se llega a crear en torno a alguno —por ejemplo, con la insistencia en las mismas bromas—, la fama de que descuida ciertos detalles o de que le falta fijeza, puntualidad o una cualidad semejante: fácilmente se lesionaría la caridad y podría suceder que el interesado llegase a considerar esa falta como algo divertido o indiferente, y no pusiese los medios para corregirse. Estos posibles defectos, en su caso, serán objeto de corrección fraterna.
Un detalle presente siempre en el ambiente familiar de los Centros es obviar las discusiones, la polémica. Cada uno tiene sus puntos de vista, sus razones, y los demás saben escucharlas y respetarlas, aun en temas que suelen apasionar. Con calma, se oyen, se enjuician y se estudian los pros y los contras de las opiniones ajenas, sin necesidad de discutir, subrayando en cada caso lo más relevante para aclarar un determinado punto de la conversación, o para resolver un problema. Y cuando son cosas de poca importancia, se dice lo que se piensa —a veces, ni siquiera se dirá— y se deja pasar la opinión contraria sin reiterar el propio criterio.
La duración de las tertulias se fija en el horario del Centro: ordinariamente, media hora o tres cuartos de hora a mediodía; y media hora por la noche, si lo permite el horario de trabajo usual en el país. En los
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Centros donde, por sus obligaciones laborales, la mayoría de los Numerarios no disponga de tiempo para asistir a la tertulia del mediodía, pueden alargarse la de la noche y la del sábado y domingo al mediodía, por ejemplo, unos diez minutos. Siempre que a mediodía estén al menos dos Numerarios, se tiene la tertulia, aunque sea más breve: a veces, se podrá invitar a chicos de San Rafael, si se trata de un Centro donde se realiza esa labor. Cuando, por alguna circunstancia —por ejemplo, un día de fiesta o, en general, durante las Navidades—, se prevé que la tertulia del mediodía se prolongará más de lo normal, el Consejo local fija previamente una hora razonable para terminar. Igualmente, después de la Misa de medianoche, la tertulia se levanta sin llegar a una hora avanzada. En cambio, cuando no hay Misa de medianoche, no es oportuno prolongar la tertulia, ya que obligaría a perder horas de sueño y a no encontrarse después en condiciones de atender las propias obligaciones.
En el tiempo previsto para la tertulia, se tiene esa reunión de familia del modo tradicional, sin sustituirla por deportes ni paseos, ni por la radio o la televisión. Nuestro Padre dispensaba mejor de acudir a un acto de piedad —lo puede hacer solo cada uno— que de la tertulia.
Se evita con especial delicadeza cuanto —directa o indirectamente— disminuya la intimidad y eficacia de las tertulias: todos se esmeran en vivir la puntualidad y dejan para otro momento lo que puede esperar: por ejemplo, las llamadas telefónicas. En lo posible, tampoco se llama por teléfono a los Centros en momentos en los que se sabe —o se supone— que estarán de tertulia.
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Los Numerarios que ocupan cargos públicos y que, por esta razón, se ven obligados a asistir con frecuencia a comidas oficiales, declinan, como manifestación de buen espíritu, las invitaciones a otras comidas: de esta forma comen en su Centro, al menos, con una frecuencia análoga a la de cualquier padre de familia en sus mismas condiciones.
5. Uso de la televisión y del cine
Una muestra más del interés por todas las actividades nobles de los hombres y, a la vez, una ocasión para mejorar la formación humana, es el conocimiento —según las aptitudes y las aficiones de cada uno— de los hechos culturales, literarios, musicales, artísticos o deportivos, de mayor relieve y significación. Por eso, y también como instrumento de descanso, el Consejo local de cada Centro de Numerarios puede preparar alguna audición de discos, o escoger algunos programas de televisión o de radio, con la frecuencia y los criterios de selección oportunos: una buena obra de teatro, un concierto, un programa cultural, una actividad deportiva, etc. Esta elección se hace con cuidado y con la preocupación positiva de contribuir a elevar el nivel cultural, sin disminuir la eficacia de las tertulias ni perjudicar el ambiente de estudio y trabajo; y, al mismo tiempo, de proporcionar unos momentos de descanso y esparcimiento; pero teniendo en cuenta que todos los minutos son pocos para realizar la tarea apostólica que el Señor nos ha encomendado; y que todas las preocupaciones son también pocas, para evitar que entre en nuestras almas lo que pueda se-
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parar de Dios. Por eso, de ordinario, apenas queda tiempo para ver la televisión.
Los Consejos locales saben ser exigentes al seguir estas orientaciones en todos los Centros: aparte del peligro que en ocasiones puede suponer en sí la televisión, si un miembro de la Obra estuviera como sujeto a este tipo de distracción —así sucede tantas veces a algunas personas en la sociedad actual— indicaría que quizá hay errores prácticos en el relictis omnibus, que conviene corregir. No sería lógico, por tanto, que se tomase como costumbre en un Centro ver un programa determinado todas las semanas: equivaldría a crearse necesidades superfluas. No hay inconveniente, sin embargo, en ver, de vez en cuando, algún programa televisivo seleccionado previamente por el Consejo local; pero sólo en ocasiones muy extraordinarias esos programas ocupan el tiempo de la tertulia. En cambio, fuera de esos ratos de vida en familia, se pueden seguir con mayor frecuencia otras emisiones, más breves, de carácter informativo: por ejemplo, el diario de noticias.
Es frecuente, en bastantes países, que la televisión, como otros medios informativos, difunda doctrinas filomarxistas, materialistas o laicistas, en el modo de dar y comentar las noticias, en reportajes de tipo cultural o religioso, etc.: a veces, de un modo solapado, particularmente insidioso. Además, es cada vez más agresiva la inmoralidad de muchas emisiones televisivas: en ocasiones, abiertamente pornográficas, o, al menos, de una sensualidad o frivolidad incompatibles con el tono de una familia cristiana. Esto obliga a extremar las medidas de prudencia, para evitar no sólo lo que sería ocasión de ofender a Dios, sino también
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que se meta en la propia vida el ambiente pagano que domina en buena parte de la sociedad actual. Estas circunstancias exigen una particular vigilancia, para no ceder en nada ante un ambiente paganizado. Concretamente, puede suceder que, aun habiéndolo seleccionado con atención, se comience a ver un programa que —en contra de lo que se había previsto— resulte deformador o desentone con el ambiente de una familia cristiana: entonces, con naturalidad, pero inmediatamente, se apaga el televisor. Al menos en los Centros de Estudios y en los Centros de gente joven, está siempre presente algún miembro del Consejo local cuando se ve la televisión, para enseñar de modo práctico estos criterios prudenciales.
Si, por un motivo verdaderamente razonable —profesional, cultural, etc.—, alguno tiene interés por un determinado programa de televisión, lo ve, con el permiso previo del Consejo local, y sin causar una molestia para el trabajo o el descanso de los demás. Y se pone este mismo cuidado —no alterar el horario o las ocupaciones de los otros— cuando resulta oportuno que un enfermo o convaleciente se distraiga un rato con la televisión.
En definitiva, no se trata, como es lógico, de no utilizar la televisión, sino de evitar que surjan —en este punto, como en cualquier otro— apegamientos desordenados: por ejemplo, no saber prescindir, con señorío, de un programa determinado que quizá gustaría ver; o sentir, si se estropea el televisor, como la necesidad de sustituirlo inmediatamente por otro, mientras se arregla el desperfecto; o considerar, en la práctica, que un Centro no está completamente instalado mientras no dispone de televisor. Tampoco es apropiado que cada
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Centro cuente con un video-registrador. Estos aparatos sólo se tienen si hay motivos que lo justifiquen: por ejemplo, para poder reproducir los video-tapes de emisiones sobre la Obra, o algún otro programa debidamente seleccionado.
Es aconsejable que los Numerarios que no hacen vida en familia, los Agregados y los Supernumerarios, traten con frecuencia de estos temas en la charla fraterna. Así se les puede orientar para que procuren —con la prudencia necesaria en cada caso y siempre con su buen ejemplo— que en sus casas se ajusten a estas normas de conducta propias de cristianos.
En algunos Centros, se pueden proyectar películas de vez en cuando, con la frecuencia que la Comisión Regional autorice; de ordinario, no el día del retiro mensual ni tampoco inmediatamente antes de una Misa de medianoche, ni en la tarde del 31 de diciembre, si el Te Deum se tiene también al atardecer. En cualquier caso, se eligen siempre películas autorizadas para toda clase de personas por los organismos eclesiásticos competentes. Antes de proyectar alguna película que no sea conocida o que esté autorizada sólo para determinada clase de personas, es necesario contar con la aprobación expresa de la Comisión Regional. Finalmente, cuando se proyectan por la noche, se organiza el horario de modo que no se pierdan horas de sueño.
6. Comidas
La templanza y la sobriedad, que siempre se han vivido en la Obra, constituyen parte importante de ese
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bonus odor Christi, que hemos de llevar con naturalidad a todos los ambientes. Sin esas virtudes, se haría imposible la vida contemplativa, y no se podría realizar un eficaz apostolado: "conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente.— Si no, nunca serás apóstol" (Camino, n. 631). Los miembros de la Obra se privan con alegría y señorío de las aparentes necesidades que van introduciéndose o extendiéndose en el ambiente de la sociedad; lo contrario denotaría poco espíritu de mortificación, y constituiría un peligro de aburguesamiento. El ejemplo de austeridad y desprendimiento, vivido con sencillez, será además reparación gustosa en medio de una sociedad que, por desgracia, busca desordenadamente una vida cada vez más cómoda y fácil.
Los horarios, el régimen y el tipo de comidas en los Centros, son semejantes a los de una familia modesta del país. Se sirve la misma comida a todos los que viven en el Centro. Los platos especiales —o comidas fuera de hora— son siempre casos extraordinarios.
Si en los lugares de trabajo —oficinas, fábricas, etc.— se sirve a todos un refrigerio, por ejemplo, a media mañana, porque es costumbre generalizada en el país o en la ciudad, las personas de la Obra se comportan con naturalidad, pero dando siempre ejemplo de sobriedad y poniendo medios prácticos para no crearse un hábito innecesario. Pero en los Centros de la Obra nunca se sigue esa costumbre que, además, aumentaría el trabajo de la Administración.
De otra parte, el espíritu de la Obra armoniza la práctica más delicada de la virtud cristiana de la po-
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breza, con los detalles que dan ambiente de familia. Por eso, resulta muy natural que los días de fiesta —excepto los de tipo D— se tenga algún pequeño extraordinario en la comida o en la tertulia, como se hace cuando se celebra un santo o cumpleaños. Estos extraordinarios son siempre detalles modestos, sobrios, propios de una familia pobre, que manifiesta así el calor de hogar y el agradecimiento a Dios. De ordinario, en estas ocasiones no se toma más que una bebida alcohólica antes o después de las comidas: en el aperitivo o después de comer —no en los dos momentos—, según lo que sea costumbre más extendida en el lugar. En cualquier caso, no se sirven bebidas o licores fuertes; la Administración ya tiene indicaciones sobre esta materia y, por tanto, el Consejo local nunca sugiere ni pide una bebida determinada. Además, esos extraordinarios varían de acuerdo con la calidad de las fiestas: normalmente, basta un detalle; y sólo en las más importantes se extiende, por ejemplo, al aperitivo y a la comida; o a la comida y a la tertulia.
Fuera de algunas excepciones, que serán poquísimas en un año, durante la tertulia tampoco se toman caramelos, bombones, etc. Cuando se reciben regalos de ese tipo, se entregan inmediatamente a la Administración, que se ocupa de sacarlos oportunamente en algunas comidas habituales, y no en la tertulia.
En los Centros grandes, el aperitivo se toma en el comedor; en los Centros pequeños, en la sala de estar, siempre que no suponga un inconveniente para la Administración.
En la gran mayoría de los países, el desayuno suele
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variar muy poco de un día para otro, incluso en las fiestas: tanto en el ambiente familiar —al menos de las familias modestas—, como en los hoteles de cualquier categoría. Por tanto, en los Centros de la Obra, el desayuno de los días festivos es semejante al de los demás días, aunque se puede variar algún detalle en la presentación. Sólo si la fiesta reviste una especial solemnidad, se sirve, además, un extraordinario.
Con el sentido de responsabilidad de un padre de familia numerosa y pobre, se puede resolver en la práctica lo que deba hacerse en cada circunstancia, sin caer en casuística.
En los lugares, donde, según la costumbre, está prevista una comida ligera por la noche —el snack, supper, etc.—, se toma antes o después de la tertulia, nunca durante esa reunión de familia.
Durante las comidas, el Director preside la mesa, y el sacerdote del Consejo local se sienta a su derecha; los demás sacerdotes que residen en el Centro no tienen sitio fijo, como tampoco los otros Numerarios. Se sirve primero al sacerdote del Consejo local, y después al Director.
Con el fin de no alterar el normal desenvolvimiento de la vida en familia, no se invita a los parientes de los miembros de la Obra a comer o a cenar en un Centro.
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