Glosas sobre la
obra de San Miguel

ROMA, 29-IX-87


IX   Fallecimiento y sepultura

Cuando un médico anuncie que la enfermedad que padece un Numerario o Agregado es mortal, el Director del Centro tiene obligación de manifestarle claramente la gravedad de su estado y la proximidad de la muerte. En general, no es necesario hacerlo con mucha antelación, aunque ya se haya diagnosticado que la enfermedad es incurable; pero tampoco se debe esperar hasta el último momento. Conviene también comunicar la gravedad a la familia del interesado.

Se procura que el enfermo reciba los últimos sacramentos —Viático y Unción de los enfermos— mientras conserva la lucidez, con el fin de proporcionarle a tiempo los auxilios espirituales. Si por la gravedad de la enfermedad está aconsejado la administración de la Unción de los enfermos, y el enfermo va a sufrir una intervención quirúrgica, conviene administrarle el sacramento antes de que entre en el quirófano, e incluso antes de que sea trasladado a la clínica. Si el fallecimiento sólo pudiera ocurrir a causa de la operación, se le administrará antes el Viático.

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Siempre que sea posible, un sacerdote Numerario administrará los últimos sacramentos a los Numerarios y Agregados con la Oblación, tanto si se encuentran en un Centro, como si están en una clínica o en casa de su familia. Cuando se trate de un Numerario o un Agregado no incorporado a la Obra y que viva con su familia, se estudiará en cada caso si, para la Unción de los enfermos, es preferible que su familia acuda al párroco.

El Director, inmediatamente después de la muerte de una persona de su Centro, comunicará la noticia a la Comisión Regional. También escribirá una carta al Padre —que se enviará enseguida a través de la Comisión Regional—, contando algunos detalles de los últimos días del enfermo.

Si el fallecimiento ha sido imprevisto, la Comisión Regional —o el Consejo local, si los parientes viven en la misma ciudad o en un sitio cercano— les informa con urgencia, por el procedimiento que se considere más oportuno.

Si se trata de una persona de otra nacionalidad, hay que avisar al cónsul del país correspondiente, para que extienda el certificado de defunción.

Después de la muerte, es preciso esmerarse en una serie de detalles —aseo de la cara y de las manos, limpieza, etc.—, antes de amortajar el cadáver, para que conserve un aspecto digno. Estas pequeñas atenciones post mortem constituyen una prueba más de cariño y delicadeza.

La sábana utilizada para amortajar a los Numerarios y Agregados tendrá la amplitud necesaria para

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poder envolver el cadáver, sin que el lienzo quede ceñido al cuerpo. Si es preciso, se emplean dos sábanas en lugar de una. Se dejan sólo al descubierto el óvalo de la cara y las manos —cruzadas sobre el pecho—, que sostendrán un crucifijo distinto del que usaba en vida. Si solía llevar la medalla escapulario, se sustituye por el escapulario de tela. Y tanto la medalla como, en su caso, el anillo de la Fidelidad, se envían a la Comisión Regional.

A los sacerdotes de la Prelatura se les amortaja también con una sábana, del modo siguiente: se le reviste de ornamentos morados sencillos; y, en el momento de cerrar la caja, se les envuelve, además, con una sábana colocada previamente en el féretro.

Desde que el cadáver está amortajado, hasta el momento del entierro, lo velan algunos miembros de la Prelatura; para esto, se organiza un turno, de manera que siempre haya al menos dos. Si en una clínica ponen dificultades para organizar esta vela, se hacen las gestiones necesarias para allanarlas, y poder cumplir así este deber de cariño con el fallecido.

En la habitación donde se vela al cadáver, se prepara una estola morada, el acetre e hisopo, y el texto del responso, para los sacerdotes que deseen hacer ese sufragio. Además, se colocan algunos floreros con flores, pocas y alegres: de ordinario, se evitan las típicas de difuntos.

Antes de cerrar el féretro, se corta un trozo del sudario, y se envía a la Comisión Regional, con una nota que lleve el nombre del difunto.

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Desde el fallecimiento hasta el entierro, pueden celebrarse Misas de difuntos en el oratorio del Centro donde se encuentra presente el cadáver, siempre que no se trate de un día litúrgicamente impedido.

El entierro y el funeral —que ordinariamente se encargan a la parroquia— han de ser dignos, pero sin lujo. Si en la ciudad de residencia del fallecido hay el número suficiente de sacerdotes de la Prelatura y un oratorio apropiado, podrá hacerse el funeral en el Centro; pero será más práctico tenerlo en la parroquia, según la costumbre del país.

En el cementerio, el día del entierro, cada uno de los sacerdotes presentes puede rezar un responso, y el sacerdote dignior lo recita delante de la sepultura, antes de cerrarla.

No se toman —no es corriente en las familias— fotografías del cadáver, ni del entierro, ni de la sepultura. Pero, naturalmente, esto no se opone a que, si era una persona conocida en la ciudad, que ocupaba cargos públicos, etc., los fotógrafos de prensa saquen fotografías del entierro o de los funerales.

Si la familia del fallecido o alguna entidad desea poner esquelas de defunción en los periódicos, o imprimir recordatorios, se procura siempre que no hagan constar que el difunto es miembro del Opus Dei, puesto que en ninguna esquela se pone, por ejemplo, la diócesis a que pertenece. Cuando por los usos del lugar, sea llamativo que no aparezcan esquelas de defunción, y la persona que ha fallecido no tiene parientes próximos, el Director de su Centro se encarga de hacerlas publicar, contando —siempre que sea posible— con un texto aprobado por

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la Comisión Regional. En el caso de los sacerdotes, si es costumbre en el país, el Vicario Regional pone una esquela y señala que el sacerdote pertenece a la Prelatura.

Si no choca con las costumbres del país, en las sepulturas puede ponerse una inscripción piadosa en latín y, precedida de una pequeña cruz, la fecha de defunción. Pero, si resulta extraño, se sigue lo que allí sea habitual: en cualquier caso, ha de quedar patente que es una sepultura cristiana.

Al fallecer un Numerario, se recogen cuanto antes todos los objetos de uso particular —libros, cartas, documentos personales—, que se encuentren en el lugar de trabajo del difunto. Esta gestión se confía a uno o dos miembros de la Obra mayores; se ha de conseguir la autorización implícita o explícita de la empresa o institución en la que trabajaba el fallecido, con el fin de evitar una negativa o cualquier otra situación desagradable por parte de sus directivos; y, en algunos casos, será también oportuno ponerse previamente de acuerdo con los parientes del difunto. La familia de una persona que muere tiene el derecho de hacerse cargo de ese material: los Directores se ocupan de ejercitarlo, por amor a la Obra, a sus hermanos difuntos y al espíritu de pobreza. En cuanto se ha recogido todo, se envía una nota detallada a la Comisión Regional.

El Consejo local se ocupa también de reunir, cuanto antes, los escritos y notas de carácter espiritual, los documentos personales, las cartas de familia, la correspondencia con otras personas, etc., y de remitirlo a la Comisión Regional. Si el difunto no hacía vida en familia, es particularmente urgente recoger esa documentación.

Cuando fallece un Agregado, se siguen también es-

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tas mismas directrices, en la medida de lo posible, porque su familia es la Obra.

De todos los Numerarios y Agregados que fallecen, se prepara una breve nota necrológica, con los datos personales: nombre y apellidos, fechas de nacimiento y de muerte, estado, profesión, detalles edificantes que parezca oportuno relatar, circunstancias que rodearon el fallecimiento, etc. Esta nota se envía a la Comisión Regional.

Las notas necrológicas reflejarán de modo breve y sencillo cómo vivió esa persona el espíritu de la Obra, en sus aspectos centrales, sin quedarse en una visión parcial o en hechos circunstanciales. También recogerán con cierta amplitud las circunstancias ordinarias en que se ha desarrollado su vida profesional, familiar, social, etc. Conviene esmerarse en la redacción, usando una terminología precisa, y evitando expresiones que pudieran entenderse peyorativamente o resultar chocantes. En la nota quedará reflejado, con detalles concretos, el cariño humano y sobrenatural que en todo momento se vive en la Obra: también en la última enfermedad, antes y después del fallecimiento.

El Director senior o el Director local recuerda el día dos de noviembre la conveniencia de ir a rezar ante la tumba, y colocar unas flores. Periódicamente, además se visita la sepultura para cuidar de que esté siempre limpia y digna, y poder encargar las restauraciones precisas.

Cuando fallece un Numerario o Agregado que, con la gracia de Dios, ha vivido extraordinariamente bien el espíritu de la Obra, se conservan con especial cuidado los objetos y recuerdos personales; y si se distribuyen, se hace una nota precisa de aquellos a quienes se les han entregado, y se envía a la Comisión Regional.

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