ROMA, 29-IX-87
El 2 de octubre de 1928, fecha fundacional del Opus Dei, nuestro Padre vio claramente que el Señor quería en su Obra a personas de todos los ambientes de la sociedad —laicos y sacerdotes, solteros, casados y viudos, en unidad de vocación—, dedicadas a la búsqueda de la santidad y al ejercicio del apostolado en medio de las actividades humanas. En octubre de 1932, mientras hacía un curso de retiro espiritual en Segovia, nuestro Fundador recibió una nueva luz de Dios, que enriquecía el modo de dar cumplimiento a su Voluntad, y que le confirmaba en su decisión de invocar con segura piedad, como Patronos de la Obra, a los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y también a los Santos Apóstoles Pedro, Pablo y Juan.
Las actividades de formación de los miembros Numerarios y Agregados, así como los trabajos apostólicos que desarrollan, se encomiendan al patrocinio de San Miguel y de San Pedro. Esta labor constituye la obra de San Miguel. Muchas de las orientaciones fundamentales
5
para esta tarea se contienen en la Instrucción para la obra de San Miguel, fechada por nuestro Padre el 8-XII-1941, y en la Carta del 29-IX-1957. En estos documentos, nuestro Fundador expone que, mediante la obra de San Miguel, el Opus Dei presta a los miembros Numerarios y Agregados todos los medios espirituales y doctrinales, que necesitan, para que logre toda su eficacia la dedicación personal que han hecho —por Amor de Dios—, buscando la perfección cristiana y ejerciendo el apostolado en el trabajo de la propia profesión u oficio, en medio del mundo y cada uno en su propio estado 1.
Como todos los fieles de la Prelatura, los Numerarios y Agregados se esfuerzan, con la ayuda de Dios, por ser como una brasa encendida en su lugar de trabajo, llevando a ese ambiente el espíritu del Opus Dei. Su vocación, en celibato apostólico, permite una dedicación mayor que la de los Supernumerarios a los apostolados de la Obra. Y así, la obra de San Miguel —predicó siempre nuestro Padre— es el fundamento, la fuerza que sostiene toda nuestra familia, la fuerza que impulsa a vivir cristianamente a muchas otras personas: a esos jóvenes que procuramos acercar al Opus Dei, a nuestros parientes lejanos o cercanos, a los colegas, a los compañeros de oficio o profesión, a los amigos de cada uno 2.
Dentro de la obra de San Miguel, los Numerarios tienen un deber específico y principal: formar a todos los que se sientan sobrenaturalmente empujados a pertenecer a la Obra 3. Son así como el muro en el que se
6
puedan apoyar —para su fortaleza— todas esas almas 4.
Así veía nuestro Fundador a sus hijos Numerarios: en el corazón de la Obra (...) —llamados a una especial misión de servicio— saben ponerse a los pies de todos sus hermanos, para hacerles amable el camino de la santidad; para atenderles en todas sus necesidades del alma y del cuerpo; para ayudarles en sus dificultades y hacer posible, con su entregado sacrificio, el apostolado fecundo de todos 5. Alentados por este espíritu, los Numerarios se dedican con todas sus fuerzas y con la máxima disponibilidad personal a las peculiares labores apostólicas del Opus Dei, y muchos viven en Centros de la Obra, para ocuparse de esas tareas y de la formación de los demás fieles de la Prelatura.
Los Agregados entregan plenamente su vida al Señor, en celibato apostólico y según el espíritu del Opus Dei, de acuerdo con sus concretas y permanentes circunstancias personales, familiares o profesionales, que ordinariamente les llevan a vivir con la propia familia y que determinan también su grado de dedicación a algunas tareas apostólicas o de formación del Opus Dei.
La obra de San Miguel constituye, en fin, una silenciosa y operativa misión 6 de servicio, sin relumbre humano, pero con luces divinas, porque transforma a las almas en dóciles y humildes instrumentos de la gracia de Dios, como escribía nuestro Padre a propósito de una de las facetas de esta labor: es lógico, hijos míos, que —algunas veces— quienes tenéis la misión de sostener y formar a otros hermanos y de ser el cimiento, sobre el que se asiente con solidez un edificio de tanta al-
7
tura, sintáis vuestra pequenez y penséis: ¿conmigo, toda esta labor?, ¿conmigo, que soy tan poca cosa?, ¿conmigo, tan lleno de miserias y errores?
Yo os digo que abráis, en esos momentos, el Evangelio de San Juan y meditéis despacio aquel pasaje en el que se narra la curación del ciego de nacimiento. Ved cómo Jesús hace barro, con polvo de la tierra y saliva, y aplica ese lodo a los ojos del ciego para darle la luz (cfr. Ioann. IX, 6). El Señor usa como colirio un poco de lodo. Numerarios y Agregados somos eso: ¡colirio! Con el conocimiento propio de nuestra flaqueza, de nuestro ningún valer, pero con la gracia del Señor y la buena voluntad, somos medicina, para dar luz; somos —experimentando nuestra poquedad humana— fortaleza divina, para los otros 7.
En estas páginas se recogen algunos criterios específicos relacionados con la obra de San Miguel. Proceden de la vida de nuestro Padre, de su riquísima experiencia de almas, y sintetizan la labor de formación realizada personalmente por nuestro Fundador, durante muchos años. Porque nadie nace sabiendo las cosas: ni las temporales, ni las del espíritu. Ese es el motivo —escribía— por el que la Obra ha de proporcionarnos una fuerte formación, que dure toda la vida 8.
8
Siguiente: Medios de formación