ROMA, 29-IX-87
El amor a la virtud cristiana de la pobreza, y el espíritu de responsabilidad, lleva a obtener en los viajes, con el mínimo gasto de tiempo y de dinero, la máxima eficacia en el cumplimiento del deber que hizo necesario el desplazamiento. Es lógico que se ponderen, en cada caso, la necesidad, las ventajas y los inconvenientes que el viaje tiene para el servicio de Dios y de las almas. Cuando se ha visto la conveniencia de realizarlo, se expone el caso al Director.
Antes de emprenderlo, se estudia bien el plan del viaje, y se consultan los puntos precisos, para no dejarse llevar por una necesidad ficticia o por el capricho, y para aprovechar bien el tiempo y el dinero, siguiendo el criterio tantas veces recomendado por nuestro Padre: hacer las cosas como las haría un padre de familia numerosa y pobre. Este espíritu exige reducir al tiempo estrictamente necesario la permanencia en el lugar de destino o en etapas intermedias.
Es de interés informarse de las tarifas especiales que suelen ofrecer las compañías aéreas, por si vale la
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pena usarlas, teniendo en cuenta siempre las circunstancias de quienes viajen, los horarios —para no causar trastornos si se va a vivir en un Centro—, el tiempo que se empleará, etc.
Antes de la fecha fijada para la partida, y aunque el viaje vaya a ser de corta duración, se toman todas las medidas necesarias, para que esta ausencia no redunde en daño del apostolado.
El Director de un Centro de Numerarios no se ausenta más de un día de la ciudad donde reside, fuera de un caso urgentísimo, sin consultar antes a la Comisión Regional.
Al viajar, los Numerarios y los Agregados llevan una carta de familia, que el Director escribe a los Directores de los Centros a los que los interesados se dirigirán. En la carta se señala, en líneas generales, el posible itinerario, y el motivo y la duración del viaje. De esta manera, se les podrá ayudar a aprovechar el tiempo, y facilitarles los medios de formación espiritual.
Cuando hay que hacer un viaje largo en barco o en tren, la prudencia exige enterarse previamente del ambiente y de las circunstancias, para tomar las precauciones necesarias, con el fin de evitar situaciones desagradables. Los Numerarios y los Agregados extreman esas medidas de prudencia cuando realizan viajes en tren nocturno: en concreto, evitan ir en couchette, siempre que es posible; a no ser que se consiga un departamento completo cuando viajen varios juntos; si fuera preciso para obviar esos inconvenientes, viajan de día.
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No es prudente tampoco organizar viajes de muchas personas de la Obra juntas en un mismo avión.
Se procura que los gastos ocasionados por los viajes que, con cierta periodicidad, realizan los miembros de la Prelatura, para ocuparse de la labor apostólica en ciudades o en pueblos donde no hay Centro, se cubran con donativos de las personas a las que se atiende en esas ciudades. Como los demás gastos, deben sujetarse a un plan y a un presupuesto, y revisarse periódicamente.
1. Estancia en los Centros durante los viajes
En sus viajes, los Numerarios, si no hay una razón suficiente para decidir otra cosa, se hospedan en un Centro de la Prelatura, pero nunca en la sede de la Comisión Regional ni en los Centros de Estudios —a no ser que estén adscritos a uno—, salvo casos muy excepcionales. Proceden de este modo aunque en la misma ciudad vivan personas de la familia del interesado, sin temor a que los padres o parientes puedan sentirse molestos por este lógico comportamiento: será, sin duda, para ellos un motivo de edificación, al comprobar la realidad de la dedicación al servicio de Dios en la Obra.
Si en la ciudad hay varios Centros, los Directores señalan al interesado el que esté más en consonancia con sus circunstancias personales de edad, profesión, etc. Si son jóvenes, se hospedan exclusivamente en un Centro de San Rafael, o en la sede de una obra corporativa de apostolado. Los Numerarios nunca se alojan en las casas de los Supernumerarios, aunque en la ciu-
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dad no haya Centro; y, en general, tampoco van allí a almorzar.
En algún caso, por excepción y con el permiso de los Directores, no será conveniente que un Numerario vaya a vivir a un Centro de la Prelatura: por ejemplo, si sale en misión oficial, en razón de un cargo público; si por el tipo de actividades desarrolladas durante el viaje —públicas, financieras, etc.—, existe el riesgo de que alguna persona pretenda involucrar a la Obra en esas gestiones; o si viaja con personas que no son de la Obra.
Antes de emprender un viaje, se avisa con tiempo al Centro correspondiente el día y la hora de llegada, el número de personas, si son varias, etc. Ordinariamente, si se puede prever la fecha y el modo de hacer el viaje, estas comunicaciones se hacen por carta. Si no ha sido posible, y se utiliza el telegrama —o el teléfono—, se dan los datos imprescindibles, con el menor número de palabras: en los viajes en avión, por ejemplo, basta indicar el número de personas, la fecha, la compañía de aviación y el número del vuelo.
Al viajar, se prevén las cosas para llegar al Centro donde se vaya a vivir a horas no intempestivas. Pero si, por un motivo excepcional —un retraso del avión o del tren, por ejemplo—, se llega a altas horas de la noche, se avisa por teléfono desde el aeropuerto o la estación.
Cuando algún Numerario anuncia su llegada, el Director procura que se revisen cuidadosamente las instalaciones de la habitación que va a ocupar; y que, en su caso, se hagan los arreglos oportunos, para que todo funcione bien cuando llegue. Además, le pone al corriente del horario del Centro y de los medios de for-
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mación: hora de la oración de la mañana y del examen de la noche; otras reuniones de familia, especialmente el Círculo Breve; día en el que puede hacer la charla fraterna, etc. Cuida también de que su estancia no motive pequeños desórdenes en el trabajo de los demás o en el plan del Centro.
Si un Numerario no va a vivir en un Centro, en cuanto llega a la ciudad de destino se pone en contacto con el Director local, o el Director senior, para cumplir algunas de las Normas en el Centro, asistir a las tertulias que pueda, hacer a su tiempo la charla, etc., y recibir así la ayuda espiritual que necesita. A la vez, será un motivo de alegría para sus hermanos que el interesado cuente —con la debida prudencia— noticias sobre las labores apostólicas en otros lugares.
Será prueba de buen espíritu —tanto si se vive en un Centro, como si se vive fuera— ofrecerse a los Directores en aquella ciudad, para realizar un encargo: ayudar en alguna labor, llevar correspondencia, etc.
Como manifestación práctica de pobreza y de espíritu de trabajo, cuando un Numerario se hospeda por más de 48 horas en un Centro, solicita al Consejo local un trabajo concreto por el tiempo en que permanezca allí, siempre que sea compatible con sus obligaciones profesionales o con las que motivaron su viaje.
2. Viajes a Roma y a otras Regiones
Si un miembro de la Obra realiza un viaje a Roma por motivos profesionales o por otras razones, el Con-
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sejo local correspondiente comunica a la Comisión Regional con suficiente anticipación los datos oportunos: fecha de salida, duración de la estancia, etc.
Cuando un Numerario o Agregado, con motivo de un viaje a otro sitio, pasa por Roma, no se detiene allí más de uno o dos días, a no ser que haya una razón precisa para prolongar la estancia. Si ha de continuar el viaje en avión, es preferible que tenga reservada plaza para una fecha determinada, con el fin de evitar que surjan dificultades y deba variar la fecha prevista de salida. Se les advertirá que no es delicado solicitar ningún recuerdo directamente al Padre. Si desean una imagen de la Virgen o una fotografía, es mejor que se dirijan al Consejo local de su Centro.
Cuando un Numerario hace un viaje a otra Región, por motivos de trabajo profesional o de estudios, es natural que lleve para la Comisión Regional, o para el Centro donde va a vivir, algo típico del país de procedencia, una cantidad pequeña, de cosas fungibles; también, al volver, puede llevar a su Centro algo del mismo tipo; es lo que suele hacer una persona que va de viaje: llevar un regalo a sus padres o a sus hijos. Este rasgo de familia, que se ha practicado desde el principio —aun sin medios, porque son cosas que cuestan poco y se agradecen mucho—, se vive con mayor razón cuando alguno va a Roma: será entonces muestra de una delicadeza muy sobrenatural y muy humana; y, a la vez, manifestación de correspondencia filial con el Padre, que siempre se ocupa de tener estos detalles de cariño a sus hijos.
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3. Viajes en automóvil
Es una norma elemental de prudencia no conducir automóviles, si no se reúnen las condiciones físicas necesarias. Además, si alguno que sabe conducir, no está un día en disposición de hacerlo —porque se encuentra enfermo, porque ha dormido mal, etc.—, tiene obligación de advertirlo, para que lleve otro el coche en esa ocasión, si es necesario utilizarlo.
Se evita viajar de noche por carretera, a no ser en casos verdaderamente urgentes o cuando en un país no haya más remedio, porque oscurece muy pronto. Si por una avería o por cualquier otra razón, se hace de noche en el camino y quedan aún muchos kilómetros de viaje, resulta siempre preferible quedarse a dormir en un hotel, avisando a casa oportunamente, y continuar al día siguiente.
Cuando un Numerario o Agregado debe aprender a conducir, se procura —aunque vaya a su lado una persona que sepa hacerlo— que adquiera la práctica necesaria en ciudad o en una carretera poco transitada, evitando absolutamente los viajes por carreteras con tráfico intenso. Después de que haya adquirido el título necesario para conducir automóviles, se le acompaña durante una temporada, hasta que tenga la suficiente práctica a juicio de una persona de la Obra, responsable y prudente.
Los coches se conservan limpios y en buen estado —lo contrario sería una falta de pobreza, además de una imprudencia quizá grave—, revisando con la frecuencia necesaria el estado de las ruedas, de los frenos, etc.; y se
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usan dentro de las posibilidades de cada modelo, sin alcanzar velocidades que no ofrecen seguridad.
Hay que recordar a todos la obligación de guardar éstas y todas las precauciones que la prudencia aconseja. No observarlas, o no cumplir los reglamentos de tráfico, puede ser un pecado —a veces grave—, pues se atenta contra la vida propia, contra la de los acompañantes y contra la de los que viajan en otros coches por la carretera.
Las personas de la Obra no utilizan el auto-stop, a no ser que vayan al menos dos juntos y no encuentren otra solución en un caso urgente. Y la prudencia desaconseja también recoger a los que practican auto-stop. Esto no quiere decir que no se auxilie a quienes hayan sufrido un accidente, o se encuentren en una situación difícil por avería en el coche, etc.
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