ROMA, 29-IX-87
El amor a la libertad y a la responsabilidad personal, propias del espíritu de la Obra, se manifiesta también en las cartas que escriben los Numerarios y Agregados, y en cómo proceden con la correspondencia que reciben.
Por ejemplo, los Numerarios, Agregados y Supernumerarios, en las cartas que escriben a otros miembros de la Prelatura o a personas de su familia —cuando pertenecen a la Obra—, son muy delicados al narrar las tertulias que hayan tenido con el Padre: evitan que, por haber recogido mal lo que oyeron, o por escribir de memoria, o por sacar de su contexto unas palabras, se atribuyan al Padre frases que no ha dicho. Por esta razón, es aconsejable que esas cartas no sean excesivamente largas y no desciendan a detalles que, a su debido tiempo, se escriben para todos en Crónica o en Obras. Salta a la vista que sería una imprudencia y una falta de pobreza hacer llamadas telefónicas, o enviar teléx o telegramas, para comunicar a otros el contenido de esas tertulias: esas reuniones son acontecimien-
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tos de la vida en familia, y han de llevar a crecer en vida interior y en amor de Dios; no se pueden convertir en ocasión de lucimiento de los que escriben, o en motivos de llamar la atención. Además, como esas cartas recogen cosas de familia, estaría fuera de lugar hacer copias o fotocopias, para repartirlas a otras personas de la Obra o de la familia. Lógicamente, se evitan referencias a tertulias o sucesos de la otra Sección. Por esto, conviene que los Directores locales revisen siempre esas cartas: cuidarán de que no sean una especie de diario detallado, que a nada conduciría excepto a narraciones quizá poco exactas, sin ningún provecho para el lector. La delicadeza y el cariño con que los miembros del Opus Dei tratan cualquier asunto, les lleva también a no comentar con personas ajenas a la Obra estos sucesos de familia, tan entrañables, que perderían su significación al airearlos ante quienes no participan en ese ambiente.
Todos saben que pueden recibir cartas donde quiera que estén, dirigidas al lugar que más les convenga por razones de familia o de trabajo. Luego, cada uno decide en conciencia si debe o no enseñar la carta al Director del Centro, teniendo en cuenta que —sin duda— le puede ayudar en su vida espiritual enseñar aquellas cartas cuyo contenido no le gustaría que otros conocieran, excluidas, como es lógico, las que se refieren estrictamente a cuestiones de su trabajo profesional.
Los Directores, por su parte, tienen el derecho y el deber de evitar que lleguen a los miembros de la Obra escritos, cartas, etc., que, de algún modo, puedan causar daño a quienes las reciben, vengan de donde vengan. Por esto, entregar una carta abierta, o haberla leí-
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do antes, no constituye nunca una prueba de desconfianza: manifiesta sólo el deseo de evitar un perjuicio, una razón ascética o una medida práctica de ayuda en la labor de formación espiritual.
Los Directores locales, sin embargo, no abren ordinariamente las cartas que reciben los Electores, los Inscritos y, en general, los que ya hicieron la Fidelidad. Alguna vez, sin embargo —como muestra de sujeción y de obediencia—, se entrega al interesado la carta abierta: y esto, aunque quizá no se haya leído. Durante alguna temporada concreta, el Director abre y lee la correspondencia de todos. El Subdirector del Centro se ocupa de las cartas dirigidas a quien hace cabeza. Se exceptúan siempre las cartas enviadas, desde el Consejo General, a los Electores, a los Delegados Regionales y a los Consiliarios.
Quienes llevan poco tiempo en la Obra agradecen que los miembros del Consejo local se preocupen con cariño —es parte de la tarea de formación— de leer las cartas que reciban: para poder orientarles, y darles el oportuno consejo espiritual o apostólico.
Estas mismas orientaciones se siguen con las cartas que envían los Numerarios y Agregados, fuera del ámbito de su tarea profesional: excepto las que escriban directamente al Padre, al Consiliario y al Delegado Regional, se entregan al Director abiertas.
Aunque es lógico que algunos Numerarios y Agregados escriban a otros miembros de la Prelatura en determinadas ocasiones, se viven con naturalidad esas manifestaciones propias del espíritu de la Obra, sin que el cariño de familia se confunda con sentimenta-
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lismos poco sobrenaturales, o se dé lugar a escritos inoportunos o superfluos. Los Directores, por tanto, orientan a los demás no sólo sobre el contenido, sino también sobre la oportunidad y la frecuencia de esas cartas. Por las exigencias apostólicas, y por razones de índole sobrenatural, de aprovechamiento del tiempo y de responsabilidad económica, estaría fuera de lugar que algunos continuasen escribiendo a los Centros a los que han estado adscritos; que se hiciese habitual felicitar a personas de la Obra de otras ciudades; que todos los de un Centro escribiesen a una persona que está ausente; o que desde los Cursos anuales se enviasen muchas cartas o tarjetas contando detalles innecesarios.
Con el fin de evitar que algo de lo que se escribe pueda interpretarse peyorativamente para una persona, no se dan detalles muy concretos de aquellos a los que se trata apostólicamente. Por tanto, si se envían por correo relaciones de personas para que se las encomiende al Señor de un modo especial, basta indicar el nombre y la inicial de su apellido, con alguna mención, muy sencilla y general, de sus estudios o trabajo y de su actuación apostólica. Añadir indicaciones demasiado concretas —familiares, profesionales o de cualquier tipo—, además de imprudente, resulta innecesario. También, para no causar la impresión de secreteo —que no existe de ningún modo— no se emplean términos —como Círculo Breve, Vocal de San Miguel, etc.— que sería preciso explicar a quienes no conocieran su contenido.
Por otra parte, los miembros de la Obra —con espíritu de pobreza y atendiendo en cada caso concreto a
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las diversas características del cargo que ocupan o de la labor que realizan, y a las exigencias del trato social— practican también la costumbre, tan extendida en casi todos los países, de enviar felicitaciones con motivo de Navidad, Año Nuevo o Pascua. Esas felicitaciones, tanto si tienen carácter privado, personal, como si se hacen en nombre de alguna Residencia, club, etc., llevan siempre —aun en las naciones donde los cristianos sean pocos— algún símbolo, artístico y sencillo, que signifique el genuino y verdadero carácter cristiano de la fiesta.
Finalmente, los Numerarios y Agregados no escriben a mujeres, salvo parientes muy próximos, o, según las fórmulas habituales en el país, cuando se trate de poner unas letras por motivos de caridad o de imprescindible cortesía: para dar el pésame, felicitar las Pascuas, o agradecer un regalo. Si necesitan mantener algún tipo de correspondencia por razones profesionales, escriben sus cartas a máquina, y conservan siempre copia.
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