Glosas sobre la
obra de San Miguel

ROMA, 29-IX-87


VIII   Descanso y atención a los enfermos

1. Descanso y cuidado de la salud

El espíritu y el celo apostólico de los Numerarios y Agregados les lleva a trabajar, sin pensar en el descanso. Nuestro Fundador, conociendo esta entrega de sus hijos, y como manifestación de su cariño y su desvelo paterno, quiso establecer como obligación lo que ninguno exigiría jamás como un derecho.

Estas indicaciones, por tanto, no son nimiedades o detalles dictados por un corazón demasiado materno, sino consecuencias prácticas del espíritu de la Obra, y obedecen a razones de buen gobierno y a la experiencia de tantos años de trabajo. Los miembros del Opus Dei aceptan gustosamente la enfermedad; pero si ésta llegara por haber descuidado estos consejos, además del perjuicio que supondría para la labor, no cabría esperar una ayuda especial del Señor, porque se habrían omitido los normales medios humanos.

En los comienzos de la Obra nuestro Padre no pudo, ciertamente, obligar a descansar a los primeros:

89


eran tiempos de especial heroísmo cotidiano, que aprendieron a vivir con buen humor y sin darle importancia, compaginando los deberes profesionales con el apostolado y los encargos, a costa del sueño si era preciso: y fue preciso con mucha frecuencia. Por eso, nadie debe inquietarse si, a veces, por exigencias del trabajo o de la pobreza, descansa menos de lo habitual, pero ha de procurar evitarlo, exponiendo la situación con sencillez a los Directores.

Los Consejos locales, graviter onerata conscientia, cuidan de que en los Centros se destinen al sueño, por lo menos, siete horas y media, y no más de ocho, a no ser que el médico en algún caso particular disponga otra cosa. Si en un Centro no se puede dormir las horas necesarias —o comer lo suficiente, salir de paseo, etc.—, el Consejo local comunica las dificultades a los Directores inmediatos, para que éstos pongan el remedio oportuno.

Cuando alguno, por las características de su ocupación profesional —trabajo nocturno en la prensa, turnos de noche, etc.—, sigue un horario que se sale de lo habitual, los Directores cuidan de que dedique al sueño el tiempo necesario. Para esto, se acuesta antes o se levanta más tarde, según las circunstancias, evitando dormir la siesta.

Si alguien, por indicación médica, debe dormir más de ocho horas, es mejor que se acueste antes que los demás. De esta forma, puede levantarse a la hora señalada en el horario del Centro, para hacer la oración y asistir a la Santa Misa con todos. Con este criterio se evitan, además, pequeños inconvenientes para el horario de limpieza de la casa.

90


Los somníferos se usan sólo por prescripción facultativa, y en la dosis y frecuencia que se determine expresamente; esta recomendación, que dicta la prudencia, también es válida cuando el interesado es médico: no debe recetarse a sí mismo.

Cuando un Numerario ha de pasar una temporada de descanso o convalecencia en un lugar distinto de su residencia habitual —siempre en un Centro que reúna las debidas condiciones, y nunca en la casa de un Supernumerario—, el Consejo local consulta a la Comisión Regional sobre el sitio al que podría ir.

La vida en familia proporciona muchos modos adecuados y eficaces para descansar y distraerse, y por eso se prescinde de los que constituyen una pérdida de tiempo, como los juegos de mesa, los naipes, las damas, el dominó, o el ajedrez.

Los Numerarios y los Agregados procuran hacer una excursión al mes, y dar un paseo por lo menos cada semana. El rato que se dedica semanalmente a practicar un deporte, o a dar un paseo, a la lectura o a la música, y a la excursión mensual, no es un tiempo perdido, porque ese descanso es necesario para trabajar luego con intensidad. De ordinario, si no hay un motivo importante, los seglares no salen a la calle con sacerdotes —para dar un paseo, o para hacer una compra, etc.—, a no ser en coche.

El Director y el médico del Centro cuidan especialmente de que ninguno de la Obra practique un deporte que —por su naturaleza o por su frecuencia— vaya en perjuicio de la salud.

91


De la misma manera que una persona que vive de su trabajo no se permite el gasto que supone hacer todos los meses un viaje de descanso a un sitio lejano —aunque sea sólo por un día—, las excursiones se realizan con el mínimo coste posible. Por lo tanto, se elige como término de la excursión un lugar no lejano a la ciudad donde se vive, en donde se pueda dar un paseo por el campo, practicar algún deporte o visitar un monumento de valor religioso, histórico o cultural. Unas cuantas horas son suficientes para descansar. No hace falta pasar fuera de casa un fin de semana, porque no hay tiempo para eso. Se procura, además, hacer la excursión cuando las carreteras y los lugares adecuados no están excesivamente concurridos. En todo caso, se evitan playas concurridas, cacerías o, en general, ambientes frívolos o lujosos, poco acordes con la vida de entrega de los Numerarios y Agregados. No se utilizan para este fin, como es lógico, casas o fincas de Supernumerarios, aunque ellos no las estén ocupando. Tampoco resulta oportuno usar, por ejemplo, una embarcación grande o costosa de un Supernumerario o de un amigo para salir a dar un paseo, aunque sea él quien tome la iniciativa de la invitación.

Se prevén las cosas para excluir gastos innecesarios, como tener que comer —salvo que las condiciones climatológicas, o alguna otra razón, lo hagan aconsejable— en un restaurante o en un hotel. Ordinariamente se emplean en estas excursiones los medios públicos de transporte, a no ser que por dificultades de locomoción, o porque sea más barato, el Consejo local vea preferible que se utilice un automóvil.

92


Estos criterios se aplican también a las excursiones —si son necesarias— que se organicen durante los Cursos anuales.

Queda a la prudencia de los Directores determinar la forma de llevar a la práctica estas orientaciones, buscando, en cada caso, la manera de hacer agradable —viviendo bien el espíritu de pobreza— el deber de descansar.

Todo lo anterior no se opone —como es natural— a las salidas de varios días que se hacen con chicos de San Rafael o con vocaciones recientes en fines de semana, días de fiesta, vacaciones, etc., que —en lo posible— deben aprovecharse para hacer una Convivencia especial, o al menos para dar algunas meditaciones y charlas de formación.

2. Caridad con los enfermos

Los Numerarios y Agregados acuden a una revisión médica periódica, de acuerdo también con una práctica social prudente, cada vez más extendida en muchos países. De otra parte, como muestra de la confianza hacia los Directores, les exponen con sencillez cualquier enfermedad o malestar físico, sin esperar a que aparezcan síntomas de importancia. Con mayor motivo, se comportan así quienes han recibido algún encargo apostólico de particular responsabilidad: precisamente porque puede ser necesario sustituirles o proveer de otro modo, para que no se resienta la labor.

En la enfermedad, los Numerarios y los Agregados manifiestan su entrega plena a la Voluntad de Dios si-

93


guiendo con delicadeza extrema las indicaciones del médico y de los Directores, que se ocupan con todo cariño de que estén bien atendidos. Los enfermos son el tesoro del Opus Dei, y sus hermanos se esfuerzan para que no les falte nunca nada, no ya de lo necesario, sino también de lo conveniente; de manera que, especialmente en la enfermedad, experimenten la realidad del calor de hogar y las delicadezas de cariño humano propias de la caridad sobrenatural que se vive en la Obra.

Cuando hay que hospitalizar a un Numerario —y a un Agregado, en la medida en que las circunstancias familiares lo permitan—, los Directores escogen, de acuerdo con el médico, el centro sanitario en que debe ser internado: siempre un sitio digno y limpio —nunca lujoso—, donde esté asegurada la debida atención clínica, dentro de un ambiente adecuado para un miembro del Opus Dei.

Además de que en casa los enfermos se encuentran siempre mejor atendidos, el espíritu de pobreza exige que su permanencia en la clínica o en el sanatorio sea lo más breve posible: el tiempo estrictamente necesario.

Si se considera oportuno por las circunstancias de la enfermedad —permanencia larga en cama, necesidad de una intervención quirúrgica, estancia en otro país, etc.—, los Directores se ocupan de hacer llegar la noticia, del modo más conveniente en cada caso, a la familia del interesado: de ordinario, lo comunica el mismo enfermo.

El médico de cabecera de los Numerararios [sic] ha de ser un miembro de la Obra, o un buen amigo. Si, en al-

94


gún sitio, no es posible, se busca al menos a un médico católico.

Cuando un Numerario o Agregado acude al médico, le acompaña siempre otro miembro de la Prelatura, mayor y prudente; y, si resulta natural y se estima oportuno, que sea también médico. El Director tiene obligación de procurar que se viva siempre esta muestra de cariño, que se practica en cualquier familia cristiana. Sin embargo, para tratamientos periódicos muy sencillos, si no es fácil acompañarle y el médico es de confianza, el enfermo puede acudir solo. El buen criterio de los Directores determina en cada ocasión lo más oportuno.

Los que se ocupan de cuidar a los enfermos han de ser muy delicados con ellos en todos los aspectos. Cuando los atienden o los acompañan durante las visitas al médico, informan enseguida al Director inmediato del diagnóstico, del plan que debe seguir, etc. Un detalle más de esa delicadeza será pensar si, en alguna ocasión, es preferible hablar con el médico sin que esté presente el interesado. Como es lógico, basta comunicar a los demás del Centro que está enfermo y cómo sigue, de modo general, sin descender a detalles.

Uno de los primeros cuidados que necesita un enfermo es ayudarle a santificar la propia dolencia, a llevarla con sentido sobrenatural y alegría. Para esto, si su estado lo consiente, se le acompaña con gran afecto a cumplir algunas Normas de piedad: por ejemplo, leyéndole el Evangelio o un libro espiritual, rezando con él el Rosario, etc. Para respetar su libertad, no se le lleva la Comunión, si no lo pide expresamente, aunque se

95


le puede recordar de modo oportuno, para evitar un posible olvido. Si tiene alguna dificultad para deglutir, se deja antes, sobre la mesita de noche, un vaso con agua, que pueda beber después de recibir al Señor.

También hay que procurar que, de alguna manera, tenga el día lleno: en muchos casos se podrá encontrar alguna ocupación grata y perfectamente adecuada a sus circunstancias físicas y psicológicas, lecturas que distraigan y a la vez sean provechosas, etc. Generalmente, no es aconsejable el uso de la radio o de la televisión, y mucho menos de forma prolongada o al arbitrio del enfermo, porque más que un remedio constituiría un desorden y podría ser incluso perjudicial.

Consideraciones semejantes se tendrán también en cuenta en el caso de convalecencias más o menos largas, estados de agotamiento, o cuando alguien padece de insomnio crónico. Junto con el cumplimiento de las prescripciones médicas, y con detalles que la caridad sugerirá en cada caso, se les ayuda a que se santifiquen precisamente en ésa situación.

Se deja siempre un vaso de noche en las habitaciones de todos los enfermos; y en las de los que, por cualquier motivo, lo necesiten. Por delicadeza con la Administración, lo limpian quienes lo utilicen, o quien se ocupe de atenderlos, si, por estar enfermos, no pueden hacerlo ellos mismos.

Cuando un Numerario o Agregado ha de guardar cama durante un período largo, si su estado de salud lo permite, se le da el Círculo Breve con regularidad. A este Círculo, distinto del habitual, puede asistir algún otro del Centro.

96


Si un Agregado, de manera especial cuando no vive con su propia familia, tiene una enfermedad poco importante, pero que le obliga a estar en cama algunos días, el Consejo local se ocupa de que se le atienda muy bien, tanto espiritual como materialmente: cuida de que esté acompañado bastantes horas al día; de que reciba la comunión, si lo desea; de que tenga la atención médica necesaria; de que el cuarto esté limpio y acogedor; de que se le ayude a cumplir las Normas, etc.

Después de una enfermedad prolongada, o de una operación quirúrgica, pasará el periodo de convalecencia en un lugar donde pueda estar bien atendido: en su casa, con sus padres o parientes; en una casa de reposo, etc. Esta última solución puede adoptarse para las enfemedades [sic], crónicas o no, que requieren una atención médica especial, pero que no impiden el régimen normal de vida y de trabajo. Esos centros podrán servir también para temporadas de descanso extraordinario, si alguno no tiene posibilidad de vivir en otro sitio, acompañado por alguna persona de su familia.

Los Directores locales están atentos para que, en los Centros, la comida sea sana y variada, y contenga las calorías y vitaminas necesarias. Tienen el deber, graviter onerata conscientia, de hacer que el médico intervenga rápidamente, si alguno padece de insomnio o inapetencia.

También se preocupan de que cada uno mantenga su peso dentro de los límites que por su constitución física le corresponda, y hacen que intervenga el médico, cuando el peso de alguno no es normal o presenta tendencia a aumentarlo. Con ocasión de la revisión pe-

97


riódica, los médicos deben dar indicaciones oportunas en cuanto al régimen de comidas, al ejercicio físico, etc., para evitar que sea necesario recurrir después a un régimen especial de adelgazamiento o de sobrealimentación.

Atendiendo a lo que el médico aconseje, y dentro también de las más delicadas manifestaciones de cariño humano, hay que tender a que las excepciones —en los horarios de descanso y de trabajo, en el cumplimiento de las prácticas de piedad, en los regímenes de comida, etc.— sean realmente excepcionales.

Cuando, según el prudente juicio de un médico de Casa, no sea conveniente que alguno, por su estado de salud, practique una mortificación corporal establecida, el Director puede conceder la oportuna dispensa. Al mismo tiempo, le señalará otra mortificación corporal que pueda cumplir sin daño de su salud y con relativa facilidad.

3. Regímenes de comidas

Siempre ha de ser el médico quien juzgue sobre la oportunidad de que alguno siga un régimen especial de alimentación —comer menos, prescindir de alguna clase de alimentos, etc.—; nadie se impone una dieta por cuenta propia, pues sería una imprudencia. El médico ha de determinar también la calidad, la cantidad, y la duración del plan, pues, de ordinario, un régimen no es para toda la vida, sino para una temporada.

Para el buen gobierno del Centro, y para facilitar los datos oportunos a la Administración, el Director

98


tiene nota de los que siguen régimen: nombre de los enfermos; desde cuándo están a régimen; por qué enfermedad; cuál es el plan que deben observar; nombre del médico y fecha en que hizo la visita. Cuando se debe preparar varios regímenes en un Centro, se ruega a la Administración que sirva todos los días, junto al único tipo de comida, una sola variante que vaya bien a todos los enfermos: de este modo se vive mejor la pobreza, y se evita trabajo innecesario.

Los menús de régimen y las comidas de enfermos deben variarse al menos con la misma frecuencia que el menú ordinario de la casa: se preparan platos agradables; cosas que, como suele decirse en lenguaje familiar, entren por los ojos, hechas con la gracia y el esmero que pone una madre o una hermana mayor. En estos casos, es una muestra de caridad con los enfermos —sobre todo, cuando tienen poco apetito— conocer los alimentos que les apetecen más; sin olvidar tampoco entonces que un mismo plato, aun cuando sea agradable y se tome con gusto, no puede repetirse con demasiada frecuencia.

Si alguno tiene que seguir durante una temporada un régimen especialmente severo —de menor cantidad que lo normal, de alimentos pobres en calorías o proteínas, etc.—, es un detalle de cariño que no coma con los demás, sino en una habitación distinta o, si esto no resulta posible, a otra hora. Si se trata sólo de una persona, le acompaña, turnándose, otro del Centro, que sigue en esa ocasión el mismo régimen de comida.

99


Siguiente: Fallecimiento y sepultura

Volver al índice del documento

Volver a Documentos internos del Opus Dei