Glosas sobre la
obra de San Miguel

ROMA, 29-IX-87


X   Agregados

1. Régimen de vida

Las almas que el Señor acerca a su Obra manifiestan diferentes disposiciones de ánimo, presentan variadas circunstancias de vida. Por tanto, la diversidad de miembros de la Obra tiene por objeto dar a cada uno su lugar concreto, según esa diversidad de situaciones personales. Pero todos —Numerarios, Agregados y Supernumerarios— tienen la misma y única vocación, acomodada a las circunstancias personales de cada uno: el fenómeno vocacional, ascético y jurídico, es idéntico, uno solo, igual para todos. Son esas concretas y permanentes circunstancias las que determinan la disponibilidad personal para dedicarse a las tareas de dirección o formación y a trabajar en las labores apostólicas, y, por tanto, también al peculiar modo de recorrer el camino ancho y carretero del Opus Dei: por consiguiente, carecería de sentido hacer comparaciones entre esos diversos modos de andar el único camino, porque son y han de ser siempre diversos: pretender uniformarlos significaría destruir

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la realidad viva de nuestro espíritu, que hace posible santificar con la misma vocación todas las situaciones y circunstancias personales.

Los Agregados viven una completa y definitiva dedicación al servicio del Señor. Su entrega posee unas características específicas y perfectamente determinadas, y exige igualmente una cuidadosa selección.

Salvo cuando se indica expresamente otra cosa, los Agregados tienen los mismos derechos y obligaciones de los Numerarios, y se santifican utilizando los mismos medios ascéticos. Aunque el espíritu es idéntico en todos, es natural que la formación que reciben tenga aspectos propios. Por eso, no se pueden imponer a los Agregados exigencias exclusivas de los Numerarios.

Pueden pedir la Admisión en la Obra, como Agregados, personas de cualquier edad. Desde el principio, nuestro Padre soñó con muchas vocaciones de personas mayores, también de las que, quizás después de haber estado lejos del Señor durante su juventud o su madurez, vinieran luego a la Obra, para reparar —con mucho amor de Dios y deseos de santidad— por su vida anterior.

Una característica del régimen de vida de los Agregados es que no residen en un Centro de la Obra, sino con su familia o en el lugar más adecuado a la situación de cada uno; así les resulta más fácil disponer de la autonomía necesaria para el desempeño de sus obligaciones familiares, profesionales y sociales. De ordinario —otra forma de proceder es siempre una excepción—, tienen un domicilio lo más estable posible, de acuerdo con las exigencias de su profesión.

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Los Agregados no necesitan de la vida en familia, para la plenitud de su entrega: la vocación lleva consigo la gracia de Dios, especial y suficiente, para que —con la prudencia necesaria a toda alma dedicada al servicio de Dios en el mundo, y con el cumplimiento amoroso de las Normas y Costumbres—, puedan vivir siempre con delicadeza esa dedicación plena.

Esto no quiere decir que no necesiten o no tengan el calor de hogar de la Obra, o que puedan considerarse aislados, porque el ambiente de familia en el Opus Dei —con todas sus manifestaciones— no consiste en la materialidad de vivir bajo el mismo techo, sino que es unidad de espíritu, de apostolado, de vida práctica y jurídica: ninguno está nunca solo, sino acompañado por los demás, que se desviven por atenderle.

Hay algunas excepciones —muy pocas y, casi siempre, transitorias— a este planteamiento general: por ejemplo, cuando alguno, también por circunstancias personales, y con la previa autorización de la Comisión Regional, reside en la sede de la obra corporativa donde trabaja. Otros motivos para hacer vida en familia durante una temporada más o menos larga pueden ser: la urgencia de formar Celadores; la necesidad de que alguno reciba una formación más intensa; la condición de una determinada persona; el retiro —al mismo tiempo que hacen una labor concreta— de algunos ancianos, etc.

En estos casos, en los que parece conveniente hacer una excepción, y que algún Agregado cambie de lugar de residencia, es siempre el interesado quien decide con completa libertad si se traslada o no.

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Cuando, por motivos profesionales o por otras razones personales, un Agregado cambia de lugar de residencia de modo permanente, busca una solución adecuada a sus circunstancias familiares y sociales. En muchos casos, podrá montar un piso, en el que viva con sus padres o con alguna hermana; los parientes que le atiendan contarán con la justa compensación económica: la parte de sueldo —o, en su caso, de seguros y pensiones —que sirva para cubrir las necesidades personales del interesado y el tanto por ciento que se establezca de gastos generales. Otras veces no podrá vivir con nadie de la propia familia y, para la limpieza de la casa, para hacer la comida, etc., podrá contratar a una mujer mayor y de confianza; o vivirá en un hotel o en una pensión digna, aunque esta situación no se debe prolongar mucho, porque no es apropiada como solución estable.

Resulta muy desaconsejable que varios Agregados residan juntos en un piso, tampoco con el régimen que en algunos países llaman de república. Ni es prudente que alguno viva en casa de otro Agregado, a no ser por excepción y en circunstancias especiales: por ejemplo, cuando los padres —o la madre— conviven solos con su hijo y tienen como huésped a uno de los Agregados, que pagará por la pensión lo que sea justo. Pero si, además, viven en la casa hermanas u otras parientes, no sería aceptable esta solución.

Como es natural, no es necesario pedir ningún permiso para que los Agregados que sean estudiantes u obreros, vivan como uno más en una Residencia dedicada a la labor con personas de su misma condición, mientras cursan la carrera o los estudios correspondientes.

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En cualquier caso, cada Agregado reside donde libérrimamente quiere y decide, aunque a veces será imprudente que viva en determinados sitios, porque no estaría bien atendido, o por motivos de orden espiritual.

Cuando pasen los años, en caso de invalidez, vejez, enfermedad, etc., además de los seguros sociales que cada Agregado tenga, la Obra acudirá maternalmente en su ayuda. Unos harán vida en familia en Centros apropiados. Otros seguirán con su propia familia, que les tendrán muy a gusto, porque no supondrán ninguna carga económica, y con visitas continuas —pero prudentemente—, se cuidará de que estén bien atendidos: moralidad, limpieza, alimentación, etc. Algunos lo harán en sus casas con su propio servicio. Otros, en residencias que entidades privadas y públicas abren con ese fin, de ninguna manera en asilos. Y nadie echará en falta el calor de familia, porque la Obra derrochará cariño y comprensión con ellos.

Los Agregados viudos, en el cumplimiento de su deber de padres, se verán con cierta frecuencia obligados a acompañar a sus hijos, aunque ya no sean pequeños, a espectáculos y a reuniones de sociedad. En esas circunstancias, tendrán siempre presente la orientación apostólica que pueden y deben dar a todas sus relaciones sociales, para ser siempre un ejemplo de buen humor, de sobriedad y de templanza cristianas.

2. Grupos

Para facilitar la formación espiritual y apostólica de los Agregados, se distribuyen en Grupos homogé-

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neos, según el tiempo que llevan en la Obra, la edad, la condición social y cultural, etc. Se procura que haya personas de diferentes profesiones, sin que predomine ninguna; por ejemplo, en el caso de obreros o empleados, se evitará formar Grupos con trabajadores de una misma empresa.

Cada Grupo tiene un número de miembros adecuado, —asegura el ambiente de familia—, pero lo bastante reducido, para evitar todo peligro de gregarismo y fomentar el afán proselitista: diez o doce personas es una buena cifra.

Los Agregados que son hermanos, de ordinario, están adscritos a Grupos distintos, aunque pertenezcan al mismo Centro. Como regla general, no acuden juntos a la misma Convivencia.

Para retiros, tertulias en días señalados, o algunas clases, pueden reunirse los Grupos más afines: los que participan en labores apostólicas semejantes o los que, esparcidos por varios pueblos, dependen del mismo Centro; pero siempre con un motivo claro y concreto: el mismo retiro, una excursión, una conferencia o algo semejante.

3. Celadores

En cada Grupo hay dos Celadores, nombrados por la Comisión Regional, a propuesta del correspondiente Consejo local, entre Agregados incorporados definitivamente a la Prelatura.

Si el Consejo local considera necesario que se nombre Celador a un Agregado antes de que haya hecho la

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Fidelidad, lo comunica a la Comisión Regional, explicando las circunstancias del caso. Si se le nombra Celador, hace antes la preparación necesaria para la Fidelidad.

Su labor de consejo, de ayuda espiritual, supone una dedicación solícita, que informa el buen espíritu de los demás, fortalece la unidad, y mantiene vivo entre los miembros de la Prelatura el cariño humano y sobrenatural. Realizan su labor —que no es tarea de dirección— siguiendo fielmente las orientaciones del Consejo local del Centro.

No les faltará la gracia de Dios necesaria para colaborar, cuando las circunstancias lo aconsejen —dispersión de los Grupos en pueblos o barrios diferentes, número elevado de Agregados, etc.—, en la dirección espiritual de los adscritos al Centro, atendiendo las charlas fraternas de algunos o de todos los de su propio Grupo.

Cuando no puede dirigir el Círculo Breve un miembro del Consejo local, o el que tiene ese encargo, lo da el Celador dignior. A los primeros Círculos Breves que dirige el Celador asiste un miembro del Consejo local del Centro. Cuando el Celador ha adquirido la soltura necesaria, basta que lo dé alguno del Consejo local una vez al mes.

No se deja de facilitar al Celador la preparación del Círculo: entregarle un guión detallado, explicarle la forma de desarrollar los temas de las intenciones mensuales, señalarle algún libro de espiritualidad que convenga consultar, etc. Es importante que los Consejos locales cuiden con especial interés la formación de los

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Celadores, que han de tener tiempo —es una condición necesaria— para atender a los demás del Grupo.

Los Celadores asisten anualmente a una Convivencia especial, organizada exclusivamente para ellos y para los Agregados que sean Consultores.

Aunque los Celadores atiendan charlas personales y dirijan Círculos Breves, puede haber, además, Numerarios con el encargo apostólico concreto de recibir charlas fraternas o dirigir Círculos Breves a los Agregados. Siempre, como es natural, en estrecha unión con el Consejo local del Centro correspondiente.

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