ROMA, 19-III-87
1. La formación en general
El fundamento de la labor que el Opus Dei realiza en servicio de la Iglesia está en que cada uno de sus miembros alcance una intensa vida interior, y sea eficaz y realmente alma contemplativa en medio del mundo. Por eso, la primera preocupación de cada uno —especialmente de quienes han recibido encargos de dirección y de formación— es mejorar continuamente la propia vida interior y la de los demás. No se puede olvidar que sin vida interior no hay verdadero apostolado ni obras fecundas: la labor sería precaria o incluso ficticia.
Los medios para lograr esa vida interior son bien conocidos: las Normas y Costumbres de la Obra —manifestaciones prácticas de la piedad perenne de la Iglesia—, el cumplimiento delicado y constante del plan de vida espiritual. Además, los miembros de la Obra reciben la oportuna dirección espiritual colectiva (Cursos anuales, cursos de retiro, Círculos, meditaciones, Collationes mensuales y Convivencias especiales, etc.) y
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personal (la charla periódica, la corrección fraterna y la confesión sacramental). Estos medios de formación constituyen un derecho y un deber para todos.
La preocupación de los Directores por la vida interior de los demás les mueve a estar atentos, con solicitud eficaz, para que no falten a ninguno esos medios ordinarios de formación, y los medios extraordinarios precisos, cuando las circunstancias los requieran. En cualquier caso, la labor de formación no es nunca en la Prelatura tarea exclusiva de una persona, sino, con la gracia de Dios, resultado del esfuerzo conjunto de sacerdotes y seglares, y del ejemplo del ambiente familiar, alegre y acogedor, del Centro. Esa formación ha de ser continua, ininterrumpida, puntual: quienes dirigen a un alma, están diariamente al tanto de sus afanes y luchas, para conducirla con suavidad y fortaleza.
En el aspecto espiritual, se inculca la unidad de vida, que lleva a valorar el trabajo humano como realidad santificable y santificadora; a la afirmación de que es posible y necesario vivir vida contemplativa en medio de la más intensa actividad ordinaria humana; al reconocimiento práctico de la dignidad de los hijos de Dios, y al consiguiente amor a la libertad de las conciencias.
La formación doctrinal religiosa tiene como finalidad proporcionar un conocimiento profundo y seguro de la fe y la moral católicas, indispensable para iniciar y consolidar una verdadera vida cristiana.
La formación apostólica tiende a que, en todos los ambientes de la sociedad, haya personas intelectualmente preparadas para servir a la Iglesia con un eficaz
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apostolado de la doctrina, a través de su propio trabajo profesional.
Ha sido una tradición en la Obra dar siempre una visión positiva de las cosas y de los problemas, que se cuida especialmente al impartir la formación colectiva —y personal—, sobre todo si se trata de vocaciones recientes. Nunca habrá motivos para aceptar una visión pesimista y negativa, entre otras razones, porque no sería real. Por ejemplo, nunca se dice que se está en peligro de perder la vocación cuando no se cumple el plan de vida; por el contrario, se resalta el hecho real de que se va adelante precisamente porque se tiene vocación.
El amor a la libertad, tan propio del espíritu del Opus Dei, lleva a querer y a comprender a los demás como son, sabiendo respetar las características personales que responden a la mentalidad de su país, a su cultura, a sus costumbres y tradiciones. Dentro de la variedad que existe en la Prelatura —Dios la ha querido desde el principio con entraña universal, católica—, se vive también una maravillosa unidad, que determina el aire de familia, el denominador común: la fe y la moral católicas y el espíritu sobrenatural de la Obra de Dios. Por eso, los Directores y los encargados de tareas de formación, comprenden y respetan delicadamente la libertad de cada uno en las cuestiones opinables. Y, con este mismo desvelo, exigen la máxima fidelidad al espíritu de la Obra.
Los medios de formación
Los miembros de la Obra y de modo especial los Directores, fomentan el sentido de responsabilidad
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personal, con que procuran sostener y mejorar su propia vida interior y la de sus hermanos; la particular delicadeza, con que cuidan la asistencia y la puntualidad a las reuniones de familia, de piedad o de formación; la colaboración generosa, con que fortalecen la unidad y hacen que la vida en familia esté siempre llena de alegría y de paz, de sentido sobrenatural y de calor humano.
Para esto, es fundamental la atención que se presta a cada alma: que en todos los Centros se impartan todos los medios de formación con puntualidad y esmero desde el primer momento, cuidando especialmente la dirección espiritual personal. El Consejo local ha de estar vigilante para asegurarse de que se forma bien, desde el principio, a cada persona en la virtud de la sinceridad; cada uno ha de ser como una brasa encendida; nadie puede apagarse porque se le atienda superficialmente.
La puntualidad —consecuencia de la caridad con los demás, del orden y del deseo de aprovechar el tiempo— se ha vivido siempre en las reuniones de familia; en las actividades organizadas en los Centros —conferencias, retiros, Círculos, reuniones en general—; y en las actividades personales. Los actos empiezan y terminan a la hora prevista. No es razón para retrasarlos que alguno llegue tarde: con este desorden, se haría perder el tiempo a los que acuden puntualmente. Por tanto, quien tenga la responsabilidad de preparar una actividad, estará en el lugar señalado con antelación suficiente, para disponer lo necesario —mesa, sillas, libros, etc.— y empezar puntualmente.
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Los seglares y los sacerdotes no dejan de utilizar los escritos de nuestro Padre y del Padre para preparar los Círculos, las charlas, las pláticas o las meditaciones que dirijan: facilitan así que los demás miembros de la Obran conozcan bien su doctrina.
La charla fraterna
Quiere Dios Nuestro Señor que nadie en la Obra tenga una preocupación o una pena para él solo. Los fieles de la Prelatura disponen de la charla fraterna, que se prepara con empeño, para no quedarse nunca solos en la lucha por la santidad. Esta charla es siempre una conversación privada y fraterna, de consejo y aliento espiritual, que se puede designar de modos diversos, porque no tiene una denominación propia y exclusiva de la Prelatura. Por eso, no hay ningún inconveniente en utilizar expresiones equivalentes, sobre todo en el lenguaje oral; se puede decir, por ejemplo: vamos a charlar, desde nuestra última conversación, la próxima vez que hablemos, etc.
En la Obra, la dirección espiritual personal se ejerce in actu: por el que recibe la charla fraterna, y por el sacerdote, cuando confiesa. Por esto, la palabra Director no se emplea, como es lógico, para designar a la persona con quien se hace la charla; Directores son sólo los que tienen misión de gobierno y dirección de los apostolados, a nivel local, regional o central.
Ya en los comienzos de la Obra, la charla nació de manera espontánea, como una costumbre de familia, llena de sencillez, naturalidad y confianza. Por eso, se
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hace sin solemnidad alguna: es una conversación fraterna, que se mantiene paseando por el jardín, en una terraza, en la sala de estar, en un cuarto abierto a todos, etc. Por este tono familiar, amable y, a la vez, muy sobrenatural, quien recibe este medio de dirección espiritual personal, no muestra particular simpatía hacia una persona, sino que presta a todos la misma acogida fraterna, plena de caridad cristiana.
Esta charla se hace con puntualidad —el día de la semana previsto y, en la medida de lo posible, a la misma hora—, con humildad y brevemente; y, si se prepara bien, bastan diez o quince minutos para comentar con sinceridad y hondura todos los puntos necesarios. Sólo en casos excepcionales será preciso dedicar más tiempo a la conversación fraterna. Alargarla sin motivo, sería una pérdida de tiempo y una manifestación de falta de sencillez —porque no se afrontan las cuestiones directamente—; o señal de que se habla de asuntos que no tienen nada que ver con este maravilloso medio de dirección espiritual.
Una experiencia práctica: no es prudente llevar en los bolsillos notas sueltas de asuntos de conciencia, porque fácilmente se extravían. Si acaso, se utiliza una agenda o una pequeña libreta, con las oportunas anotaciones.
Los que atienden charlas, y los sacerdotes Numerarios, tienen la responsabilidad de dar una dirección espiritual verdadera y eficaz. Por esto, meditan en su oración la vida interior de sus hermanos, pidiendo luces al Espíritu Santo para ahondar, para aconsejar con prudencia —atendidas las concretas circunstan-
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cias personales—, para prever las dificultades y ofrecer a tiempo los remedios espirituales oportunos.
Saben escuchar a sus hermanos, enseñarles a vivir cada día mejor la sinceridad y conocerlos bien, para ayudarles eficazmente. No pueden limitarse a oír; han de comprender a fondo la lucha, las preocupaciones, las posibles dificultades, y valorarlas justamente: quitando importancia a lo que no la tiene y, a la vez, advirtiendo, aun en cosas pequeñas, lo que podría ser origen de un descamino: de esta manera, no pasarán por alto circunstancias o hechos que les refieren sus hermanos, sin detenerse a considerar en la presencia de Dios el alcance de una situación concreta, de un momento delicado.
Cuando el Director no tiene elementos de juicio para ponderar o resolver una determinada dificultad, lleva el asunto a la oración, ofrece mortificaciones especiales, tiene la humildad de consultar, de manera que luego realice una dirección espiritual incisiva, llena de eficacia. Así puede, además, advertir y corregir —con cariño y la necesaria fortaleza— lo que no esté de acuerdo con la espíritu de la Obra. A la sinceridad del que acude a la dirección espiritual, se ha de corresponder con una plena sinceridad en quien tiene el encargo de atenderle, para hablar claramente —crudamente, si fuera necesario, y siempre con caridad— de aquellos aspectos que debe mejorar en su vida espiritual, sin que falsas razones le hagan retraerse de este deber.
En definitiva, con oración y mortificación, con el ejemplo y con los consejos, se dará vibración a la vida espiritual de todos, de manera que se mantengan en-
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cendidos, con verdadera lucha interior, una vigorosa acción apostólica y un trabajo abundante y responsable, que aleje todo peligro de tibieza; que haya un examen particular vivo y bien elegido; que se cuiden las cosas pequeñas —materiales y espirituales—; que se haga corrección fraterna: en una palabra, que se ame y se santifique el trabajo.
En la Confidencia se fomenta también el amor a la unidad, que tiene manifestaciones prácticas de unión y de completa sinceridad con los Directores inmediatos, de afán por identificarse con su criterio apostólico, de obedecer puntual y generosamente, sin regateos.
Los Directores recuerdan con periodicidad las explicaciones del Catecismo de la Obra sobre este medio de formación: disposiciones personales, defectos que se han de evitar, temas que suelen tratarse.
En la tarea de formación espiritual, no es prudente dar las cosas por supuestas; por esa razón, no sería lógico prescindir sistemáticamente de algunos temas, concretamente la fe, la pureza y la vocación. Es indispensable formar muy bien en esos puntos, tratándolos con delicadeza y sentido sobrenatural, con claridad y sin ambigüedades.
También conviene hablar en la charla fraterna de las lecturas, para pedir el oportuno consejo; y del aprovechamiento del tiempo, que es para Dios. Será oportuno a veces facilitar la dirección espiritual, preguntando —en el caso de que a alguien se le olvidara— sobre esas materias, para poder así orientar y formar la conciencia, sugiriendo metas concretas de lucha y de progreso interior.
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Además, para mantener una viva preocupación por el proselitismo, quienes atienden las charlas de sus hermanos, les recuerdan la oportunidad de hablar siempre de su encargo apostólico, y muy especialmente del proselitismo y de lo que hacen por cada uno de sus amigos.
Los fieles de la Prelatura sienten el gustoso deber de acudir a la charla fraterna con agradecimiento y una fidelidad mayores a medida que van sucediéndose los años de entrega generosa en el Opus Dei. El Padre conoce la gran alegría que sienten sus hijos mayores, cuando un hermano suyo, quizá mucho más joven, les recuerda y exige en tantos aspectos del espíritu de la Obra, que ya viven y han enseñado a otros, porque ven a nuestro Fundador y al Padre en la persona que les atiende espiritualmente; saben bien que la charla, en frase de nuestro Fundador, es el medio de santificación más soberano que tenemos en el Opus Dei.
Por su parte, los Directores atienden con particular solicitud —amable y recia— a aquellos que, por su edad y por sus años de dedicación al servicio de Dios en la Obra, necesitan mayores cuidados. Esa solicitud les lleva a preocuparse, sobre todo, de su vida interior, a prestarles la ayuda necesaria, a saber comprender y exigir con caridad y fortaleza, para que cada uno sea —con su vida generosa, alegre y humilde— ejemplo para sus hermanos. Cuidan también de su salud con cariño fraterno, procurando —con prudencia— que tengan la atención médica necesaria, el descanso conveniente y la alimentación adecuada.
Es necesario, por ejemplo, facilitar todo lo posible la dirección espiritual personal de los mayores: que
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puedan recibirla con puntualidad —y con mayor frecuencia de lo habitual, siempre que lo deseen—; que las personas designadas reúnan las oportunas condiciones de edad, de experiencia, etc., de modo que nunca puedan presentarse a nadie ni de lejos el temor de desedificar o de no hacerse entender.
Los mayores y los sacerdotes, por su edad, y por el tiempo que llevan en la Obra, extreman la delicadeza, la sinceridad y la puntualidad en la charla fraterna; y ponen en práctica los consejos con prontitud y alegría. Piden que les exijan, sintiéndose también en esto uno más, y abominando de todo lo que pudiera parecer, aun de lejos, una excepción.
Los Directores, por su parte, procuran que —por circunstancias de trabajo o por otras causas— nadie llegue al agotamiento físico, que suele llevar al derrumbamiento psíquico, y que ocasiona una falta de defensas para la lucha interior, con las que ordinariamente cuenta la gracia de Dios. Si han aprendido a mandar, los Directores sabrán adelantarse a las necesidades de sus hermanos, a deseos nobles y buenos que en ocasiones pueden no manifestar —necesidad de descansar o de cambiar de ambiente—, llevados de su espíritu de sacrificio, quizá en algún caso no bien entendido. Además de hacer que todos cumplan lo dispuesto sobre el descanso ordinario, advertirán las circunstancias particulares de cada uno, para procurarles un descanso extraordinario cuando sea preciso.
Al atender a las almas, hay que tener muy presente —como un detalle más de caridad y delicadeza— que no se puede tratar ni decir las cosas, sin considerar las
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disposiciones, el modo de ser y las circunstancias de cada uno, para obrar en consecuencia.
Es competencia de la Comisión Regional autorizar que un Numerario o Agregado comience a atender charlas de otros miembros de la Obra. A no ser que se diga expresamente lo contrario, pueden recibirlas —sin necesidad de un permiso explícito— los miembros de los Consejos locales, los Numerarios que han hecho la Fidelidad y los Agregados que son encargados de Grupo o Celadores, siempre que en todos los casos hayan recibido previamente la formación necesaria para desempeñar este encargo.
Corresponde al Consejo local distribuir las charlas de los miembros adscritos al Centro, evitanto —en todo caso— que dos personas tengan que hablar entre sí o que se haga entre personas de la misma familia de sangre. Los Agregados que reciban ese encargo, serán de condición cultural análoga, o superior, a la de los miembros que hablen con ellos.
En general, las charlas fraternas de las personas del Consejo local se atienden —como las de las demás personas adscritas al Centro— en el propio Centro; en cada caso, el Consejo local pondera y decide la distribución que considere más conveniente. En las ciudades donde hay nombrado un Director senior, algunos de los Directores locales charlarán con él, aunque no es necesario que lo hagan todos, especialmente si en la ciudad hay muchos Centros; en otros casos, el Director del Centro puede hablar con otro miembro del Consejo local o con un Numerario mayor que no pertenezca al Consejo local. Si se plantea alguna duda, el Consejo local consultará a la Comisión Regional.
Los Agregados y los Supernumerarios que son Consultores hacen su charla fraterna con Numerarios; los
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Celadores, tanto Agregados como Supernumerarios, hablan siempre con un miembro del Consejo local.
La conversación fraterna es un medio de formación sobrenatural y, por tanto, aunque se procura que quien la reciba esté bien capacitado —por formación, edad, carácter—, no hay tampoco inconveniente en que los fieles de la Prelatura hagan esta charla con alguno más joven.
En determinadas circunstancias, puede ser aconsejable que algunos Numerarios y Agregados —durante una temporada— charlen también periódicamente con el sacerdote del Centro, y todos lo hacen en los primeros meses después de pedir la Admisión. En cualquier caso, pueden acudir siempre con entera libertad al confesor o a otro sacerdote Numerario.
Siempre hemos dado gracias a Dios, desde los comienzos, por la delicadeza tan extraordinaria con que se ha vivido en la Obra la dirección espiritual, y la obligación de guardar una reserva total, semejante al secreto natural. Los que atienden charlas fraternas no comentan con nadie, a quien no corresponda, ningún asunto de la vida interior, familiar, etc., de las personas que hablan con ellos. Faltar a este grave deber incapacitaría para ejercer cualquier tarea de formación o de dirección.
Por último, al tratar en la charla de la santificación del trabajo ordinario y del aprovechamiento del tiempo, nunca se desciende a detalles del ejercicio de la profesión, porque esos aspectos no tienen nada que ver con la dirección espiritual. Es evidente que los Directores jamás han intervenido, ni intervienen en los asuntos temporales, de carácter profesional, social o político, de los miembros de la Obra que atienden; y nunca han olvidado que cada uno tiene completa liber-
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tad para escoger, según su conciencia y con personal responsabilidad, los criterios que juzguen más oportunos, dentro de la fe y la moral católicas. Por estas razones, los fieles de la Prelatura se refieren a su trabajo profesional, sólo en cuanto se relaciona con su vida interior y su tarea apostólica.
Si alguna vez un miembro de la Obra quisiera dar cuenta de su trabajo profesional o pretendiera un consejo profesional, se le recordaría inmediatamente que esas cuestiones no son propias de la dirección espiritual, y que, por tanto, no debe comentarlas. Por este motivo, los Directores y los que atienden Confidencias no enjuician nunca la eficacia profesional de un determinado trabajo; sólo saben, y no para comunicarlo a nadie, si esa persona procura realizar su trabajo profesional o su oficio con rectitud de intención, convirtiéndolo en medio de santificación propia y ajena. Este mismo principio se aplica, por analogía, a los asuntos del propio Centro, Región, etc., cuando alguien hace la charla con una persona a la que no competen esas cuestiones.
Para evitar el más mínimo riesgo de que se mezclen las actividades profesionales con la dirección espiritual, siempre se ha procurado que ninguna persona de la Obra atienda la vida interior de otro miembro del Opus Dei, que sea un subordinado inmediato suyo en su trabajo profesional.
La confesión sacramental
Los miembros del Opus Dei gozan de libertad para confesarse con cualquier sacerdote que tenga licencias
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conforme a derecho, aunque es una muestra de muy buen espíritu hacerlo —siempre que sea posible— con sacerdotes de la Obra, aun cuando para eso hayan de emplear medios que se salgan de lo habitual. Los Directores disponen todo para facilitar a los fieles de la Prelatura —sacerdotes y laicos— la confesión semanal con un sacerdote de la Obra.
Para cada Centro se nombra un confesor y un confesor suplente. Este último debe acudir a confesar periódicamente, como mínimo cada dos meses. Cuando el confesor suplente va a un Centro de Numerarios, todos reciben al menos su bendición.
El Consejo local establece, de acuerdo con el confesor del Centro, el horario habitual de confesiones más adecuado, para que los miembros de la Obra puedan vivir con puntualidad esta Norma; y todos procuran también respetar, en lo posible, el orden personal del sacerdote. Naturalmente —como se ha hecho siempre—, el confesor está gustosamente disponible para atender en confesión siempre que se lo pidan, en cualquier momento del día.
En los lugares próximos a los confesonarios, se guarda silencio durante el tiempo destinado a las confesiones.
Se procura que las confesiones sean concisas, concretas, claras y completas. Esta norma es también recomendable para las charlas de dirección espiritual. Para evitar preocupaciones inútiles o escrúpulos, es preferible hacer de memoria la confesión, o la breve exposición de los puntos de dirección espiritual, dedicando cada uno a la preparación el tiempo que necesite. Acudir al
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confesonario con algo escrito resulta totalmente excepcional: y es muy aconsejable que estas excepciones nunca sean constantes en la misma persona.
Es muy aconsejable que todos los que son llamados por Dios a la Obra, hagan una confesión general antes de la Admisión. Y después que se olviden ya de cuanto les hubiese sucedido. Así comenzarán in novitate sensus, con esa gracia especial del sacramento de la penitencia, aunque su vida anterior haya sido también en la mayoría de los casos inocente y recta.
Según las normas de la Moral general, constituirían para una persona de la Obra materia necesaria del sacramento de la penitencia todas las faltas graves cometidas contra cualquiera de las obligaciones propias de la vocación. Los sacerdotes deben ayudar a todos a mantener despierta —en vela de amor— esta conciencia de responsabilidad.
Por tanto, si alguno tuviera la desgracia de ofender a Dios en algo importante y, por estar de viaje o por cualquier otra circunstancia, no pudiera acudir a un sacerdote de la Prelatura, o de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, deberá especificar —como es lógico— no sólo las faltas contra las virtudes cristianas en general, sino también —en su caso— las que se refieran al incumplimiento en materia grave de sus obligaciones específicas, haciendo notar la existencia de su compromiso espiritual personal, en virtud del cual esas faltas tienen para él razón de pecado o una gravedad especial. En este supuesto, que no será ordinario, el penitente debe manifestar de modo sencillo su compromiso con Dios, diciendo, por ejemplo: "me acuso de
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haber faltado gravemente contra una obligación de trabajar que he contraído delante de Dios", o "contra mi compromiso de dedicarme a una tarea de formación"; "de descuidar graves obligaciones que he contraído sobre la disposición y uso de los bienes"; "de faltas de justicia por haber dispuesto indebidamente de bienes que no son míos personales"; si se trata de pecados contra la castidad, "hago notar que me he comprometido por vocación a ser casto y a vivir en celibato" (los Supernumerarios, "a ser casto, según mi estado"); "de haber desobedecido en materia grave"; "de haber admitido graves juicios críticos contra personas o directores de una institución de la Iglesia".
Queda claro que no hay inconveniente en manifestar que se pertenece a la Prelatura. Pero el penitente ha de pensar que tiene obligación de no dar una impresión equivocada de la Obra, tanto porque la situación suya de ese momento no responde a su vida habitual, como porque todos los demás miembros de la Prelatura se esfuerzan diariamente en luchar de manera heroica para ser santos.
Se recordará de vez en cuando a los fieles de la Prelatura que, siguiendo las normas de la Moral, para que la absolución sea válida, debe haber —además de la integridad formal— las necesarias disposiciones de arrepentimiento, de apartarse de las posibles ocasiones, de remover el escándalo si lo hubiera, etc.
Los miembros de la Obra han de tener muy claro que ningún confesor puede dispensar, suspender o conmutar los compromisos adquiridos con la Oblación o la Fidelidad: esa potestad compete exclusivamente al
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Prelado, tanto para los fieles de la Prelatura como para los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Puede suceder que alguno, cuando recibe por primera vez el encargo de atender espiritualmente a sus hermanos en la charla fraterna, consulte —como expresión de su cuidado para que todos reciban con puntualidad los medios de formación personal— si es oportuno preguntar a un sacerdote si los del Centro se confiesan con la frecuencia establecida. Se le debe explicar, con claridad, la extremada delicadeza con que los sacerdotes viven todo lo referente a la administración del sacramento de la penitencia, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre, que les enseñó a no decir ni una palabra sobre nada que, ni de lejos, pudiera hacer odiosa la práctica de este sacramento. Por eso, como se ha hecho siempre, el Director o los que atienden charlas fraternas, cuando lo consideren oportuno, preguntan siempre directamente al interesado sobre la frecuencia con que se confiesa, haciéndole ver la importancia de ser puntuales en recibir ese sacramento, que es también medio de formación; pero nunca al confesor.
La corrección fraterna
La corrección fraterna es un medio de formación, de origen apostólico, que ayuda de modo eficacísimo en el camino de la santidad y de la identificación con Cristo. Esta ayuda se presta a cada uno cuando es necesaria o conveniente: todos tienen derecho a que se les facilite su perseverancia, su santificación y su fecundidad apostólica. Además, es una muestra espléndi-
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da de cariño: basta saber que en un Centro se vive la corrección fraterna de modo habitual, para tener la seguridad de que allí hay buen espíritu, preocupación por la santidad de los demás; y, al contrario, su ausencia sería señal cierta de egoísmo y de mal espíritu.
La visión sobrenatural con que se recibe la corrección fraterna asegura una reacción positiva, que mueve a llevar, si es preciso, el examen particular sobre este punto, y a comentarlo en la charla periódica. Las correcciones fraternas se agradecen con toda el alma, porque son una prueba evidente de que no se está solo en la lucha espiritual o —en el caso de los Directores—, en el ejercicio de las tareas de dirección.
Cuando una persona de la Obra consulta la conveniencia de hacer la corrección fraterna, el Director le pregunta si se ha examinado él mismo sobre ese punto, con el fin de que considere cómo se esfuerza en vivirlo. No se trata de quedarse en comparaciones, ni de fijarse en si es mejor o peor que el otro; sino de considerar sinceramente su lucha personal precisamente en ese aspecto. Ninguno ha de olvidar que a veces puede estar obcecado con el mismo defecto que intenta corregir. Y, en ese caso, basta poner empeño en desarraigarlo de la propia conducta, para comprobar que no se da ese defecto en los demás.
Conviene también que el Director aconseje al interesado que, antes de hacer la corrección fraterna, piense las razones que le llevan a plantearla: si no se ve con toda claridad en alguna ocasión que sólo le mueve el bien de aquella alma y de la Obra, y se duda sobre si se mezcla algún motivo humano, es preferible que no ha-
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ga esa corrección; pero se encargará a otra persona, si hay causa suficiente. Los Directores de los Centros tienen en cuenta las normas de la prudencia para juzgar si también en algunos otros casos es preferible que no realice la corrección fraterna la persona que la ha consultado.
La corrección fraterna, por razones evidentes de prudencia y de caridad, se consulta exclusivamente al Director —o, en su caso, al encargado de Grupo—, y a nadie más, y después se comenta al interesado. De este modo, jamás se podrá caer en la difamación y en la calumnia. Es muy importante asimilar bien esta enseñanza: antes que murmurar o difamar —decía nuestro Fundador en frase gráfica—, es preferible cortarse la lengua, y escupirla lejos.
Estos consejos aseguran el fruto espiritual de la corrección fraterna en quien la hace y en quien la recibe. Por eso, no impiden que se practiquen muchas correcciones fraternas, sino que sirven para ejercitar mejor esta manifestación de caridad cristiana. Las personas a las que compete autorizar la corrección fraterna, han de cumplir fidelísimamente estos criterios prudenciales. Habitualmente, a no ser que ya se haya autorizado a otra persona a hacer una determinada corrección, o existan motivos excepcionales que lo desaconsejen —por ejemplo, lo señalado antes sobre posibles motivos menos sobrenaturales—, los Directores darán su permiso, sin dejarse llevar por una falsa compasión, que impediría la práctica de este medio de formación fundamental en la Obra. Si en algún caso hay razones para pensar que puede costar más recibir la corrección fraterna, se intensifica la
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oración y la mortificación por esa persona, pero no se retrasa: no se debe privar nunca de esa ayuda sobrenatural a la que se tiene derecho.
El deber de caridad y de justicia de hacer corrección fraterna urge especialmente a los miembros Inscritos, y a los que han hecho la Fidelidad.
La corrección fraterna al Director incumbe a todos, hayan hecho o no la Fidelidad; precisamente porque el Director tiene más responsabilidad sobre sus hombros, es de buen espíritu ayudarle de esta manera, siempre que sea preciso. No practicar la corrección fraterna con los Directores, supondría privar de un medio eficaz de santificación a quienes precisamente necesitan ser más santos, ya que, si el Director no vive bien el espíritu de la Obra —incluso en detalles pequeños de orden o de puntualidad—, desedifica a los demás con su mal ejemplo.
Es natural que se extreme la prudencia al practicar la corrección fraterna con un Director, ya que —en principio— el buen espíritu de quien desea ejercitarla le hace pensar que la actuación del Director obedece a razones justificadas que él desconoce: por eso, resulta aún más necesaria la consulta previa. Para hacer la corrección fraterna al Director de un Centro —sea o no el Director del propio Centro—, se consulta siempre al Subdirector de ese Centro; o al sacerdote del Consejo local, si en algún caso es poco delicado preguntar al Subdirector. Si, transcurrido un tiempo prudencial, esa corrección fraterna no hace efecto, y el bien de la Obra lo exige, se debe dar cuenta al inmediato Director o, en su caso, al Padre.
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Entre las faltas que son materia de una urgente corrección fraterna a los Directores, pueden señalarse las siguientes: abuso de autoridad, si pretendiera, por ejemplo, influir en las opiniones públicas de sus hermanos o en su actuación profesional; cumplir mal el plan de vida espiritual, faltando con frecuencia a las reuniones de familia: Círculo Breve, retiro, etc.; llevar —aunque sea por razones de apostolado— una vida social demasiado intensa, que le aparte de su Centro y de las tareas específicas de formación o de dirección; no dar siempre una visión positiva de las cosas y de los problemas; permitir que haya disputas; no exhortar con frecuencia a que se viva la corrección fraterna.
Además de estos casos, hay que subrayar por su particular gravedad: no cuidar con extrema delicadeza el silencio natural sobre los asuntos propios de su oficio; ser "barrera" —obstáculo para la unidad— entre el Consejo local y la Comisión Regional, o entre los demás Directores; tener actuaciones de gobierno personal en el ejercicio de su encargo, como serían, por ejemplo, no trabajar ad mentem Patris, olvidando las indicaciones que se hayan hecho desde la Comisión Regional; no permitir —aunque sólo sea veladamente, con su actitud— que los demás den su opinión con toda libertad, o enfadarse cuando no coinciden con el propio criterio, etc.
También los seglares ayudan a los sacerdotes, mediante la corrección fraterna, a evitar posibles defectos cuando predican: repetición excesiva de una palabra, exposición monótona o poco clara, falta de vibración, etc.
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Para ejercitar la corrección fraterna entre los Numerarios, Agregados y Supernumerarios, cuando no sea fácil —o no sea oportuno— consultar directamente al Director del Centro al que pertenece la persona a la que se desea hacer la corrección fraterna, bastará comunicarlo al Director del propio Centro, quien se ocupará de hablar con el Director competente; si se trata de una corrección fraterna relacionada con el trabajo apostólico en un Centro al que no está adscrito quien se desea corregir, el Director del Centro al que está adscrito ese miembro cambiará impresiones con el Director del Centro en que realiza esa labor apostólica, para poder opinar con más elementos de juicio sobre la oportunidad de esa corrección.
En el caso de que, excepcionalmente —por motivos de formación, por ejemplo—, los Agregados o los Supernumerarios hagan vida en familia, la corrección fraterna se consulta al Director del Centro, o de la actividad de que se trate.
En los Centros de Supernumerarios formados por bastantes Grupos, las correcciones fraternas se consultan al encargado del Grupo al que pertenece la persona a la que se desea ayudar. Si el encargado duda sobre la conveniencia de esa corrección, preguntará al Director del Centro.
Círculo Breve y Círculo de Estudios
El Círculo Breve y el Círculo de Estudios tienen como finalidad primordial traer a la consideración y a
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la realidad práctica de cada uno de los miembros de la Obra, la necesidad de una vida de oración, de adoración, de reparación: sabiendo ofrecer al Señor las Normas de piedad, el trabajo y el cumplimiento de los personales deberes de estado, y acrecentar el espíritu de mortificación, aceptando con una sonrisa, cara a Dios, especialmente las contrariedades que no se esperan: ésa es la manera de vivir realmente el amor a Dios y, como consecuencia, una efectiva caridad con el prójimo. Quienes dirigen habitualmente los Círculos meditarán de vez en cuando estas consideraciones, para orientar bien ese medio de formación.
Es importante preparar el Círculo con esmero, para que tenga toda su eficacia sobrenatural. Por eso, la persona que lo dirige lleva a la oración los temas, y consulta los documentos de nuestro Padre y del Padre, para conseguir que la exposición sea clara y esté llena de espíritu sobrenatural y vibración apostólica. Al mismo tiempo, cuida de hacer ameno y agradable este medio de formación; y se esfuerza en buscar ejemplos apropiados, que sirvan para que la doctrina quede más grabada en todos. Como es natural, evita todo comentario que pueda resultar alusivo para alguno de los presentes.
La parte primera es un comentario vibrante, práctico y muy breve, de un texto del Evangelio, de ordinario, el correspondiente a la Misa del día. No es necesario leer todo el texto antes de comentarlo, aunque muchas veces será conveniente hacerlo así.
En la charla del Círculo se trata una Norma, una Costumbre o algún aspecto del espíritu de la Obra, que pueda ser punto de lucha concreto durante la semana.
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La parte más esencial del Círculo es el examen. Quien lo dirige comenta algunos puntos con sentido práctico, de modo que sirva de acicate para la vida interior y el apostolado de los asistentes. Se evita siempre una lectura rápida, que quitaría fuerza a este medio tan eficaz de estimular el deseo de santidad personal.
A la plática o lectura final puede llevarse a veces puntos de algún documento de nuestro Fundador o del Padre, o algunas indicaciones de los Directores, comentándolo con don de lenguas, de forma que esa doctrina llegue fácilmente a todos.
El que preside el Círculo, sintiéndose responsable de la vibración apostólica de los asistentes, procura encauzar la conversación sobre asuntos de la Obra hacia el proselitismo y el apostolado.
Los miembros de la Obra asisten al Círculo con actitud activa, dispuestos a concretar propósitos personales para mejorar su lucha interior y su eficacia apostólica. Por esto, nunca hacen comentarios —aunque no sean críticos— sobre lo tratado en el Círculo. Si alguno no entiende algo bien, lo pregunta privadamente al que lo dirigió.
El Círculo Breve se da según el guión señalado en el Caeremoniale o la correspondiente adaptación aprobada.
Durante el Círculo hay que santiguarse en tres ocasiones, cuando se reza: 1. In nomine Patris...; 2. Adiutorium nostrum...; y 3. A vinculis... Al rezar el Confíteor y los versículos siguientes, los sacerdotes no deben estar
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con las manos juntas —en actitud de orar—, puesto que no se trata propiamente de un acto litúrgico.
Como la jaculatoria que cierra nuestras reuniones de familia se reza ya en la primera parte del Círculo, no se repite al terminar; se acaba con las palabras Pax, in aeternum.
Siempre se rezan en latín las oraciones del comienzo, así como el Confíteor, Misereatur y A vinculis. Además, cuando los asistentes son Numerarios o Agregados que ya tienen hecha la Oblación, se usa el latín para la lectura del examen y del Plan de vida, y para las palabras del comienzo y final de la enmendatio, aunque cada uno diga en lengua vernácula lo que desee manifestar. De todas formas, si alguno tuviese dificultad para entender las preguntas del examen, se leen primero en latín, y seguidamente en la lengua vernácula, aunque el Círculo Breve dure más tiempo; sin embargo, esta situación se presentará pocas veces si, en los Semestres y Convivencias, se estudian y traducen bien esas preguntas en las clases de perfeccionamiento de la lengua latina, y todos viven con exigencia y aprovechamiento los cursos previstos para estudiar esa lengua.
La duración del Círculo Breve y del Círculo de Estudios, incluidas las Preces, no pasará normalmente de 40 minutos. No importa, sin embargo, que se prolongue algo más en los Cursos anuales y Convivencias, así como en los Centros de Estudios y en los Cursos de Estudios.
De acuerdo con el ejemplo de nuestro Padre, cuando un Numerario o Agregado dirige el Círculo Breve o
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el Círculo de Estudios, o da una charla de formación a miembros de la Obra o una clase de San Rafael, en días no festivos, lleva el cilicio durante ese rato, además del tiempo diario previsto. Esta práctica no se aplica en los cursos filosóficos o teológicos, ni en las clases de Doctrina Católica (Apartado IV del Programa de formación inicial). Cuando se imparten varias charlas o Círculos en el mismo día, el tiempo de alguna de esas actividades puede incluirse en las dos horas diarias. En caso de duda, se consulta al Director, pero evitando caer en la casuística.
El Círculo Breve y el Círculo de Estudios se tienen en día fijo. Si alguna circunstancia extraordinaria y previsible aconseja cambiarlo, es mejor adelantarlo: nunca retrasarlo.
Por razones de orden y eficacia, el Consejo local anota los sucesivos temas que van a tratarse a lo largo del año en las charlas del Círculo; y señala las modificaciones al plan previsto cuando, por cualquier causa, sea necesario hacerlo así.
El Director de un Centro de Numerarios no dirige siempre el Círculo Breve, aunque asista y lo presida. Con frecuencia —no más de la tercera parte de las veces—, se ocupan del Círculo Breve otros Numerarios, para que se vayan soltando y aprendan. El Director hace el encargo antes del día fijado para el Círculo, de manera que se pueda preparar con tiempo suficiente.
Quien dirige el Círculo Breve no asiste a otro, porque, al darlo, ya participa de este medio de formación. Pero los Numerarios y Agregados van al Círculo Breve
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de su propio Centro, aunque tengan como encargo apostólico dirigir un Círculo Breve para vocaciones recientes.
Se organizan Círculos Breves distintos para los Numerarios y para los Agregados. Si un Numerario o Agregado no puede asistir a un Círculo Breve con otros Numerarios o Agregados respectivamente, recibe el Círculo él solo.
Cuando alguno está fuera de la ciudad donde reside habitualmente acude al Círculo Breve del Centro donde se encuentra ocasionalmente —a no ser en casos excepcionales—, aunque en esa misma semana haya asistido o vaya a asistir al de su propio Centro.
El Círculo Breve —como el Círculo de Estudios— es una reunión de familia, en la que se evita cuanto desmerezca de su tono propio. Por eso, en los Centros con muchos Numerarios o Agregados, y en los Cursos anuales numerosos, se tienen varios Círculos cada semana, con un número reducido de asistentes a cada uno.
Cursos de retiro y retiros mensuales
Como una muestra más del amor a la libertad de las conciencias, en los cursos de retiro —tanto para miembros de la Obra como para otras personas—, además del sacerdote que lo dirige, uno de los últimos días conviene que acuda al confesonario al menos otro sacerdote de la Obra, para que puedan confesarse con él quienes lo deseen.
Se aconseja a todos que, para sacar el mayor fruto del curso de retiro, tengan una charla con el sacerdote
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que predica el curso, o con otro de los señalados para ayudarle.
El examen de conciencia se hace ordinariamente después de las dos primeras meditaciones y de la charla, dejando a continuación algún tiempo libre, para que puedan considerarse con más detenimiento los puntos del examen, relacionados con los temas del retiro.
En los cursos de retiro para personas de la Obra, cuando se reza en familia el Rosario, se sigue la costumbre de leer —antes de cada decena— las consideraciones de nuestro Padre en el libro Santo Rosario.
La lectura espiritual en familia dura quince minutos, y se procura que tenga relación con los temas del retiro. Al comenzar y al terminar, se reza de rodillas la oración acostumbrada al Espíritu Santo.
El Vía Crucis suele hacerse poco después de comer, cuando el retiro empieza a primera hora de la mañana y termina a media tarde; pero puede tenerse a cualquier otra hora.
Al final del retiro, después de la última meditación, si las circunstancias lo permiten, se oficia la exposición simple del Santísimo, con el rezo de las Preces de la Obra.
Cuando se reza colectivamente el Via Crucis, se utiliza, como es lógico, el texto de nuestro Padre. No es necesario leer los puntos de meditación —que cada uno puede considerar por su cuenta—, para no alargar excesivamente esa reunión. Si en alguna ocasión, por falta de tiempo o por otra causa, no se puede rezar el Via Crucis del modo tradicional, se omite el Padre
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nuestro y el Ave María que suelen decirse en cada Estación, rezando, por ejemplo, sólo las invocaciones que se acostumbren (Adorámoste, Cristo...; Señor, pequé..., u otras habituales).
Si los asistentes son personas mayores, es aconsejable que cada uno haga el Vía Crucis privadamente o con otros; también pueden rezar el Rosario dos o tres juntos. Sin embargo, hay plena libertad para seguir o no este consejo, pero sin reunirse más de tres para estas prácticas piadosas. En cada curso de retiro, el Director recordará esta orientación.
Si hay alguna comida —que no sea una simple merienda o desayuno—, se puede leer en la mesa algún artículo de Crónica, de Obras, una biografía de nuestro Padre, de un santo, etc.; y en cualquier caso, debe mantenerse el silencio, con el fin de que todos puedan guardar recogimiento.
Solicitud de los Directores en la labor de formación
Los Directores tienen el deber —un deber gustoso que nuestro Padre vivió siempre— de preocuparse por la salud espiritual y física de las personas del Centro.
La vocación al Opus Dei supone una vida de sacrificio y de trabajo intenso, generoso, alegre; y, con la ayuda de la gracia, la disposición de llegar al heroísmo en el servicio de Dios y de las almas. A la vez, hay que ser muy humanos —de lo contrario, no se podría ser sobrenaturales—, y tener muy presente que la gracia supone la naturaleza. Ciertamente, Dios suple los me-
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dios humanos cuando no se pueden poner, pero ordinariamente cuenta con ellos. Por eso, sería un grave error de los Directores permitir que alguien —sin verdadera necesidad— permaneciera en unas circunstancias que le exigieran un heroísmo continuo, sin considerar que estas situaciones han de ser pasajeras y sin adoptar las medidas necesarias para que cesen. Este error causaría un grave daño a las almas y a la eficacia de la labor apostólica.
Los Directores han de prevenir las dificultades psicológicas —no se trata, de ningún modo, de hacer psiquiatría— que pueden surgir en algunos casos, con motivo del exceso de trabajo, de la edad o de enfermedades. Esas dificultades —si se dan— no son generalmente consecuencia de un desequilibrio mental o nervioso, sino que suelen deberse al cansancio, a la tensión interior que comporta una vida de intensa labor; y pueden superarse, de ordinario, con los habituales medios humanos y sobrenaturales. Con frecuencia, muchos de esos posibles obstáculos desaparecen cuando se abre el corazón con sinceridad; pero a veces, es preciso adoptar, además, medidas que faciliten la solución, y que quizá el Consejo local no ha considerado o no está en condiciones de tomar. Por eso, aparte de los medios ordinarios de dirección espiritual, puede buscarse una ocasión para que el interesado tenga una conversación sobrenatural, honda y fraterna, con algún Director Regional o con otra persona designada por los Directores, que le ayude a enfocar los puntos precisos y —si es necesario— sugiera a la Comisión Regional otras medidas oportunas: un descanso especial; un cambio de ocupación o de Centro, etc.
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Sin embargo, no se puede olvidar que, a veces, una excesiva tensión —o su desenlace en una actitud de desaliento o de indiferencia— procede de escasa humildad en la aceptación de las propias limitaciones o de los errores en que uno haya incurrido; y entonces conviene mover al interesado a mejorar su contrición, a admitir con dolor de amor la propia responsabilidad en las posibles faltas o ineficacias, a pedir perdón al Señor frecuentemente. Esto devuelve siempre la paz al alma, sosiega también físicamente y atrae la gracia de Dios.
Los Directores extreman su cariño y su desvelo en situaciones especiales, que quizá surgen con el paso de los años. Son ya muchas las personas que llegan a la madurez de su vida sirviendo al Señor en su Obra. Por eso, los fieles de la Prelatura deben saber, para estar preparados psíquica y espiritualmente, que en algunas épocas, entre los 40 y los 50 años, determinadas circunstancias —incluso físicas— pueden originar una cierta depresión psicológica, que quizá repercute en el carácter y en la manera de ver las cosas, originando un estado general de cansancio y de falta de serenidad y seguridad. Este ligero desequilibrio psicológico —en la mayoría de los casos, pasajero— es un hecho absolutamente normal.
Puede ocurrir también que, en esos momentos, alguno llegue a plantearse —sin ningún fundamento objetivo— problemas de orden profesional o sentimental, e, incluso, dudas de vocación, a pesar de haber servido fielmente al Señor durante muchos años, con alegría y con eficacia. Los Directores y los que reciben Confidencias, estarán muy atentos para, si se manifestasen esos
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síntomas, saber prevenir, cuidar y orientar a sus hermanos con especial comprensión, ayudándoles con delicadeza y prudencia a superar esos estados. Cuando se prevén esas situaciones, se pueden suavizar en gran parte con la atención debida y, cuando sea necesario, con los cuidados médicos adecuados.
Será siempre oportuno —para evitar que alguien busque causas imaginarias— hacerles comprender el origen natural de ese estado pasajero de ánimo y, al mismo tiempo, insistirles en la necesidad de apoyarse más sólidamente en la vida interior y de ser muy dóciles. Además, hay que tener en cuenta que, en estas épocas, cuesta más adaptarse a cualquier nuevo trabajo, ya que las dificultades pueden acentuar la crisis. Al hacer la revisión médica periódica, se verá en cada caso la necesidad de una atención o un tratamiento médico especial.
Por estas razones, antes de que un Consejo local autorice a alguno a acudir a la consulta de un psiquiatra —y, con mayor razón, a un especialista en psicología que no sea médico—, consultará a la Comisión Regional, informando de las circunstancias del caso y sugiriendo lo que considere conveniente.
Como es natural, si se trata de un Supernumerario, ese consejo estará supeditado en muchos casos a la decisión familiar. Y, si el problema se plantea a un Numerario o Agregado que no haya hecho aún la Oblación, su propia familia de sangre tendrá que decidir sobre la oportunidad de una visita médica de ese tipo. Naturalmente, el Consejo local pondrá el hecho en conocimiento de la Comisión Regional, e informará del
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dictamen del médico, para tenerlo en cuenta antes de que se le conceda la Oblación o la Fidelidad. De todos modos, dejando siempre claro que la responsabilidad de cualquier decisión recae sólo sobre los padres, se procurará aconsejarles, para que elijan un médico de garantía.
En general, cuando resulta imprescindible acudir al psiquiatra, es muy difícil separar los aspectos estrictamente médicos de otros que pertenecen a la intimidad de la conciencia y de la propia vida interior; por eso, estas normas de prudencia se aplican también cuando esos especialistas son miembros de la Obra, o cuando otros médicos lo aconsejan al interesado.
En estos casos de depresiones y agotamientos, se acudirá a un médico experimentado y prudente —mejor, si es miembro de la Obra—, que sepa informar adecuadamente al enfermo, sin ocultar nada, pero sin insistir tampoco mucho sobre sus cansancios, pues, en ocasiones, sirve inconscientemente de pretexto al enfermo para no dejarse ayudar o para convertirse en médico de sí mismo. Por esto, es muy interesante que informen a los Directores, para prestar una ayuda eficaz al que lo necesita.
2. Formación doctrinal-religiosa
Importancia de la formación doctrinal-religiosa
Los fieles de la Prelatura, en consonancia con la peculiar vocación que han recibido de Dios —santificarse y santificar a los demás en medio de las realida-
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des terrenas— trabajan en contacto directo e inmediato con las estructuras sociales más variadas, con movimientos, instituciones y hombres de orientación ideológica muy diversa; y han de afrontar frecuentemente situaciones y problemas que exigen una respuesta claramente cristiana. Con este fin, reciben una formación doctrinal sólida que es parte integrante de ese denominador común —aire de familia— de todos los hijos de Dios en su Opus Dei.
La Obra educa a sus miembros en el amor a la Iglesia Santa, para servirla con fidelidad, les inculca una honda disposición de plena y filial adhesión al Magisterio; y fomenta en ellos el amor a las almas, para llevarlas a Dios, dándoles el alimento de la sana doctrina. Por eso, la formación doctrinal se nutre del depósito común de la Iglesia —in libertatem gloriae filiorum Dei—, sin tener escuelas propias en las cuestiones que el Magisterio eclesiástico deja a la libre disputa de los hombres: fortes in fide, con rectitud de intención, con apertura y vigilancia, evitando extremismos o conformismos, sin miedo al ambiente, aunque —como los primeros cristianos— por lealtad a Jesucristo y a su doctrina, haya que ir contra corriente. Por otra parte, estas características de la formación manifiestan el alma sacerdotal y la mentalidad laical propias de los miembros de la Obra: amor a la libertad, pluralismo en lo opinable, sentido de responsabilidad, fidelidad inquebrantable a las verdades de la Fe y a la vocación divina.
Recibir esta formación doctrinal-religiosa es una exigencia vocacional: la Obra se esmera en proporcionar a sus miembros los medios para conseguir este fin. Concretamente, entre otros: el plan de estudios filosófi-
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cos y teológicos, los Cursos anuales y Convivencias; los Círculos Breves y de Estudios; la información doctrinal periódica sobre cuestiones de actualidad; y el asesoramiento doctrinal para las lecturas y escritos: esto, junto con una vida de piedad intensa y los demás medios de formación personal, asegura el empeño fiel por conocer, practicar y difundir la doctrina de Nuestra Madre la Iglesia.
Antes de la Oblación, las nuevas vocaciones reciben las clases de Doctrina Católica —con arreglo al Programa de formación inicial—, que son de gran importancia para asegurar que cada uno adquiera, desde el principio, un conocimiento básico completo de la doctrina de la fe y de la moral, y una conciencia bien formada, ya que, por desgracia, la enseñanza primaria y media es insuficiente en muchos sitios. Se trata de impartir, de manera concisa, la doctrina positiva, con claridad, sencillez y profundidad. También, para mejorar la formación doctrinal-religiosa, es conveniente que estudien el Catecismo de San Pío V, en edición antigua o, si es reciente, completa y sin interpolaciones: auténtica.
Por muchas y evidentes razones espirituales y apostólicas, los estudios filosóficos y teológicos de los Numerarios son aún más importantes que los de su profesión civil: por eso, deben hacerse todavía con más empeño y dedicándoles el tiempo necesario. Procurar que sea así, constituye siempre un especial deber de los Directores. El amor al trabajo, propio del espíritu de la Obra, hace compatible esa profunda y completa formación filosófica y teológica con la formación profesional, realizada también con la máxima altura que la capacidad de cada uno permita.
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Los Directores han de asegurar que los Numerarios realicen sus estudios filosóficos y teológicos sin retrasos ni interrupciones, con profundidad y con intensidad: para que un Numerario, que no haya terminado por lo menos el bienio filosófico y el primer año del cuadrienio teológico, haga al año menos asignaturas de las correspondientes a un curso semestral completo, se necesita permiso de la Comisión Regional, que difícilmente lo concederá.
No puede ser motivo para retrasar la formación científica-religiosa de los Numerarios, el intenso trabajo apostólico y profesional que tienen: porque ese retraso repercutiría indudablemente en una menor eficacia apostólica; y porque los estudios de filosofía y teología, por su flexibilidad, son compatibles y armonizables con todas las demás actividades.
Los Numerarios seglares —lo mismo que los sacerdotes—, después de terminar el cuadrienio teológico, continúan cultivando, durante las Convivencias anuales y a lo largo del año, el estudio de la Sagrada Teología, repasando periódicamente los diversos tratados. Para facilitar este repaso, en los Centros donde vivan Numerarios con el cuadrienio teológico terminado, se dispone de una pequeña biblioteca, con los manuales teológicos necesarios: libros clásicos y seguros, incluidos en la bibliografía de los correspondientes programas, preferentemente los mismos que emplearon durante sus estudios del cuadrienio teológico.
Con todos estos medios, los miembros de la Obra se disponen para cumplir la gran tarea del apostolado de la doctrina, en primer lugar, a través de la amistad
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con sus colegas y compañeros y del esfuerzo por santificar el propio trabajo profesional; a través de las variadísimas labores apostólicas que existen y que existirán en los diversos lugares; y a través, en fin, de la labor de estudio, investigación y publicaciones de los que, profesionalmente, se dedican a cultivar las ciencias sagradas.
Rectitud de la doctrina
Periódicamente, suelen difundirse —junto a hallazgos felices de la inteligencia— doctrinas erróneas de carácter teológico, filosófico, social, etc., que, a pesar de estar en evidente oposición con la doctrina de la Iglesia —por ejemplo, porque son claramente marxistas en sus manifestaciones—, encuentran eco en sectores católicos. Las advertencias continuas del Magisterio de la Iglesia no reflejan un alarmismo exagerado. La insistencia sobre esos peligros debe ayudar a cada uno a procurar defenderse bien de esas insidias, y a proteger eficazmente a los demás. Es necesario no confundir la naturalidad, el ser del mundo y ciudadanos corrientes, estando a la cabeza de todos los verdaderos progresos humanos, con dejarse arrastrar por modos de vida o por corrientes de pensamiento que se oponen a la Fe. Muchas veces el peligro de contaminación por osmosis puede pasar inadvertido.
Desde hace años, el Magisterio de la Iglesia viene señalando numerosos errores en materia de fe y de moral, que siembran la confusión doctrinal y perturban la conducta de sacerdotes y de fieles, de modo bastante
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generalizado. Los miembros de la Prelatura han de mantener una serena, pero eficaz, actitud de vigilancia, para que las opiniones erróneas o temerarias sobre temas relacionados con la fe o las costumbres, no pongan en peligro su santificación y la eficacia de su acción apostólica.
La prudencia y el buen sentido —y también la larga experiencia de la vida de la Iglesia— enseñan que nadie se puede sentir inmunizado contra los errores doctrinales, que dejan huella incluso en gente de buena formación y, hasta entonces, de irreprochable conducta.
Se presenta, pues, como muy necesario ser dóciles, pedir consejo, consultar en la charla y en la confesión ante el más pequeño síntoma de inquietud, sin dejarse engañar por falsos pedestales y maniobras publicitarias. Ni la materia ni las circunstancias toleran impaciencias: el conveniente progreso en las ciencias teológicas se ha hecho siempre de modo prudente, nunca a saltos, subordinado a lo que es esencial: ita ut nunquam aliter credatur, nunquam aliter intelligatur absoluta et immutabilis ventas ab initio per Apostolos praedicata (Denz. 2147). Lo aprovechable de las nuevas corrientes de opinión, en materia de fe y de costumbres, podrá ser asumido por los no especialistas sólo cuando tenga las necesarias garantías.
Como primera medida, para afrontar problemas doctrinales de cualquier tipo y nivel, se aconseja a todos que hagan más intensa su vida de oración; que cultiven el espíritu de reparación; que sean profundamente piadosos; que lean y mediten con fe la Sagrada Escritura; que hagan más profunda su devoción a la Sagrada Euca-
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ristía y a la Santísima Virgen: que cumplan bien las Normas de piedad.
Los que cooperan en la formación personal y colectiva de los demás fieles de la Prelatura, han de proponer siempre doctrina segura: acomodada en cada caso a la preparación y a las disposiciones de los que escuchan, y teniendo muy presente —para facilitar los oportunos antídotos— cuáles son los errores o la confusión del correspondiente ambiente social, del país, de la opinión pública, etc.
Especialmente en la charla personal, insisten en la necesidad de vida interior y de una fe firme, en el criterio de homogeneidad que ha de presidir todo avance válido del pensamiento en lo que se refiere al depósito de la fe; en la conveniencia de exponer con sincera sencillez cualquier inquietud en este terreno: que hablen habitualmente de sus lecturas —de modo especial si, con el oportuno permiso, se trata de obras inseguras—, que sean prudentes y humildes. Con esto, no se limita ni se coarta de ningún modo la inteligencia, sino que se cumple el deber grave —común a todo cristiano— de no poner en peligro la fe, y de garantizar la rectitud de los propios conocimientos en materias que ponen en juego la salvación de las almas.
Al aplicar estas medidas prudenciales y al explicarlas de modo general a los demás, conviene hacer hincapié en el sentido positivo que tienen, y subrayar que son fieles aplicaciones concretas de los mandatos y de los criterios del Magisterio de la Iglesia. Y se insistirá siempre en la buena doctrina, evitando enfoques negativos o polémicos.
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Los Directores locales y los sacerdotes manifestarán a la Comisión Regional los problemas doctrinales que no estén en condiciones de resolver, también sobre cuestiones morales, ascéticas o litúrgicas que se refieran a materias de dirección espiritual común. En los diferentes ambientes donde se desarrolla el apostolado, se encuentran a veces personas que, de buena fe pero con poca formación, plantean dudas o dificultades sobre puntos de dogma o de moral, o incluso sobre aspectos concretos del espíritu sobrenatural de la Obra. Es interesante redactar notas breves y claras sobre esas dificultades y enviarlas a la Comisión Regional. Cuando se vea oportuno, se podrán preparar publicaciones —desde folletos hasta libros— que contesten de manera sencilla, con doctrina, a esas dificultades. Es un apostolado eficaz, especialmente en países donde los católicos son minoría o en los que existen sectas que trabajan para apartar a las almas de la Iglesia.
Por las exigencias de la propia vocación, muchos fieles de la Prelatura han de leer libros y publicaciones en relación con su trabajo profesional, y con los distintos aspectos de la formación doctrinal y cultural, o, en fin, como distracción en momentos o temporadas de descanso. Su prudencia sobrenatural les lleva a solicitar el oportuno asesoramiento, cuando esas lecturas se refieren de alguna manera a la fe o a las costumbres, con el fin de tener la seguridad de que el fruto no será negativo. En materia de tanta trascendencia, uno no se
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puede fiar del propio criterio: por tanto, pregunta a los Directores inmediatos.
Hay que considerar que suelen tener relación con la fe y las costumbres cristianas, no sólo las publicaciones de teología, filosofía o derecho canónico, sino también muchas novelas y obras de creación y publicaciones de ciencias como la psicología, la sociología, o la economía.
Periódicamente, se va enviando a los Centros la oportuna documentación, para ayudar a los Consejos locales en su tarea: calificaciones doctrinales de libros, notas bibliográficas breves, recensiones, bibliografías positivas, bibliografía general de formación cultural, etc. Los Consejos locales archivan con orden este material —pueden colaborar otras personas del Centro—, para poder localizar enseguida la información necesaria. Por esto, no se saca de las sedes de los Centros. Cuando algún miembro de la Prelatura necesita consultarla, el Consejo local se la facilita, aunque muchas veces, especialmente a los más jóvenes, bastará transmitir de palabra la información necesaria.
Es importante que los miembros de la Obra reciban, con prontitud, el asesoramiento oportuno sobre las lecturas que necesiten o que deseen hacer. Cuando el Director o el sacerdote no tiene el suficiente conocimiento de una obra determinada —por ejemplo, cuando se trata de estudios especializados, o de obras poco conocidas—, han de pedir, a su vez, orientación a quien pueda darla con seguridad y competencia.
Los Directores, al asesorar en las lecturas, no pierden de vista que no es fácil dar reglas generales: lo que
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es bueno para algunos, quizá haga daño a otros; en muchos casos dependerá de la preparación que se tenga. Y por eso, en quien tiene el deber de asesorar, una falta de prudencia —por exceso o por defecto— puede llegar a crear problemas innecesarios. Mediante la charla fraterna, o en una conversación con el sacerdote, se podrá prestar —normalmente— ese asesoramiento, de modo adecuado a las circunstancias personales de cada uno.
Junto a la petición de consejo, es importante que el interesado valore con sentido sobrenatural las circunstancias que, en alguna ocasión, presentan como necesaria o muy conveniente la lectura de publicaciones erróneas, sin que verdaderamente lo sea. Ese sentido sobrenatural ayudará a descubrir posibles falsos motivos: desde la vana curiosidad, escondida quizá como "interés científico", o "necesidad de estar al día", hasta un posible complejo de inferioridad ante falsos prestigios construidos por una opinión pública hostil a la doctrina de Jesucristo.
En general, para tener y dar buen criterio sobre autores y obras de doctrina errónea, suele ser suficiente leer otros libros de doctrina correcta que aporten la oportuna información. La lectura de obras peligrosas —con más razón las erróneas— debe reservarse a especialistas. Por otra parte, con naturalidad y sentido de responsabilidad, se puede eludir la lectura de ese tipo de libros. En muchos casos será, además, ocasión de dar buen ejemplo y criterio a otros.
En esta materia, por su gravedad, el principio que ha defendido siempre la Teología Moral para todos los
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fieles católicos es éste: en caso de duda positiva, no se lee; hay que estar por lo seguro. Cuando, al leer algún libro (o también artículos), se encuentran inconvenientes de relieve con relación a la fe o a las costumbres, se suspende inmediatamente la lectura. Como detalle de interés práctico —al menos, en el caso de libros— vale la pena entregar al Director una breve nota crítica.
El canon 823 §1 del C.I.C. señala: "para preservar la integridad de las verdades de fe y costumbres, los pastores de la Iglesia tienen el deber y el derecho de velar para que ni los escritos ni la utilización de los medios de comunicación social causen daño a la fe y a las costumbres de los fieles cristianos". Los fieles de la Prelatura deben cumplir con fidelidad esta norma, que responde a un criterio de moral general —evitar las ocasiones de pecado—, y que obliga a todos los católicos; la Iglesia no ha quitado ni puede quitar la prohibición moral de evitar lecturas, que entrañan grave peligro para el alma.
Además, dejando a salvo los derechos de los Ordinarios locales, respecto a los fieles de la Prelatura corresponde al Prelado, también en el ejercicio de su potestad de jurisdición, establecer las normas oportunas en esta materia para continuar velando, como lo hizo nuestro queridísimo Fundador, por la vida espiritual y la eficacia apostólica de los miembros de la Obra: Urgido por la responsabilidad que tengo ante Dios por las almas de mis hijos, y movido también por el cariño que os tengo, he venido disponiendo, a lo largo de estos años, abundantes medidas concretas (sobre las lecturas y publicaciones de los miembros de la Obra, de orientación sobre cuestiones doctrinales de actualidad, etc.), encaminadas a
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velar por la doctrina y a fortalecer a mis hijos en la fe.
Concretamente, no deben leerse sin el debido permiso: los libros que hayan sido expresamente reprobados por la competente autoridad eclesiástica; los libros y artículos de autores no católicos, que traten expresamente temas religiosos, salvo que conste con certeza que nada contienen contra la fe o las costumbres; los escritos contrarios a la fe o a las costumbres; los libros que carezcan de aprobación eclesiástica y que la necesiten a tenor del C.I.C., cc. 825–827; las obras de los autores de orientación marxista, teniendo en cuenta que la influencia de esa ideología se presenta en muy diversos campos culturales y científicos; los libros que sin ser explícitamente anticatólicos, heréticos, inmorales, etc., sean, sin embargo, ambiguos y confusos (y, por tanto, peligrosos) en puntos referentes a la fe o a la moral.
Como enseña la historia, no raramente se editan libros y revistas con Imprimatur —seguramente por error—, que, sin embargo, deben considerarse incluidos en el párrafo anterior. Este hecho no es nuevo, y ha sido lamentado por el Magisterio de la Iglesia, por ejemplo, en la Encíclica Pascendi de San Pío X. Esta indicación ha de recordarse especialmente a los sacerdotes y a todos los que se dedican a estudios teológicos o son profesionales en medios de comunicación.
Cuando un libro no puede leerse sin el oportuno permiso, es una elemental medida de prudencia excluir también la lectura —con carácter preventivo— de las demás obras del mismo autor, excepto aquellas de las que conste expresamente que no contienen errores o
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peligros. Este criterio de extensión preventiva no se aplica necesariamente cuando el libro erróneo o peligroso es una novela (o una obra de creación), con descripciones gravemente inconvenientes, si no hay a la vez confusión doctrinal implícita o explícita.
Cuando, por razón del oficio que desempeña, o por causas de estudio, de investigación, o de trabajo, etc., una persona de la Obra precisa leer libros erróneos o que puedan conducir al error, el Consejo local, después de asegurarse de la necesidad de la lectura, pedirá el permiso correspondiente a la Comisión Regional, especificando la obra o las obras, el motivo y el tiempo (nunca más de un año) para el que se pide el permiso. En el caso de libros marxistas o de autores considerados como precursores próximos del marxismo, salvo casos excepcionales, sólo se concederá permiso para leer una obra cada vez.
Si se concede el permiso, el Consejo local lo comunica al interesado, a la vez que le recuerda las cautelas que ha de tomar, con el fin de prevenir todo daño moral. Los Directores locales han de exigir el fiel cumplimiento de estas indicaciones, y prestar la ayuda necesaria para que el interesado las viva delicadamente.
Al recibir el permiso, el interesado queda obligado sub gravi a custodiar esas publicaciones, bajo llave, en un lugar oportuno —armario, librería, etc.—, de modo que no estén al alcance de otras personas; ha de utilizar simultáneamente la bibliografía positiva (antídoto) que se le haya indicado; durante el tiempo que use el permiso, tratará habitualmente en su charla personal —y quizá en alguna conversación con el sacerdote—,
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de esas lecturas, en relación con la propia vida interior y con la formación doctrinal; si es posible, evitará comprar los libros, procurando leerlos en alguna biblioteca pública, obteniéndolos en préstamo, etc. Y en todo momento pondrá un empeño particular en hacer esa lectura con presencia de Dios, encomendándose humildemente a Nuestra Señora, Sedes Sapientiae, y pidiendo gracia para no dejarse contaminar de los errores. A la vez que lee el libro, ha de ir redactando una nota crítica detallada —más o menos extensa, según los casos— que entregará a los Directores.
El carácter eminentemente positivo de estas disposiciones lleva a todos a un profundo agradecimiento a Dios y a la Obra, y a cumplirlas delicadamente, recordando siempre que la primera condición, también para ser fieles a la fe, es la de ser muy piadosos, porque sin una profunda y sincera piedad no se puede ser fiel ni en la vida ni en la doctrina.
Si un fiel de la Prelatura leyera sin el necesario permiso —cosa que no ocurrirá— publicaciones erróneas o confusas, estaría incumpliendo una disposición expresa dictada por la solicitud pastoral del Padre, y fácilmente se expondría a un grave peligro para su alma, que en sí mismo ha de valorarse además según la doctrina moral general acerca de las ocasiones voluntarias de pecado; y si lo hiciera de modo habitual, habría que informar inmediatamente a la Comisión Regional. Atenerse a los criterios de prudencia en esta materia constituye una grave obligación moral. Carecer de la disposición de hacerlo es motivo para que una persona no pueda ser admitida o —en su caso— deba pedir la salida: en primer término, por la natura-
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leza misma del precepto moral correspondiente; y además, porque manifestaría la carencia de un aspecto fundamental del espíritu de la Obra.
Asesoramiento para las publicaciones
El afán apostólico de los fieles de la Prelatura mueve, a los que reúnen condiciones, a publicar escritos —o a exponer ideas en los medios audiovisuales—, con el fin de acercar a las almas a Dios, haciéndoles conocer abundantemente la buena doctrina. Para garantizar esta finalidad apostólica, antes de dar a la imprenta o difundir esos trabajos, los miembros de la Obra los envían a la Comisión Regional, para su revisión doctrinal, y para, en su caso, recibir las sugerencias o indicaciones oportunas, que puedan mejorarlos desde el punto de vista de la fe y de la doctrina.
En particular, el Consejo local ha de hacer llegar a la Comisión Regional los originales que se refieran a la Obra, a sus apostolados y a nuestro Padre; los artículos, ensayos, comunicaciones en congresos, libros, guiones cinematográficos, televisivos o radiofónicos, etc., sobre materias relacionadas con la fe o las costumbres; aquellos trabajos que —aunque no se refieran directamente a materias de fe y costumbres ni a la Obra— aborden temas de particular repercusión apostólica o que, a juicio de los Directores, pudieran ocasionar perturbaciones en la labor; y, en fin, cualquier publicación de un sacerdote Numerario (se exceptúan lógicamente las homilías que pueda escribir para los periódicos locales: en este caso bastará, si es posible, que las lea y le haga las observa-
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ciones oportunas otro sacerdote de la Prelatura). Los autores han de entregar esos textos a su Director local con tiempo suficiente, y haciendo constar —si es posible— dónde piensan publicarlos.
El Código de Derecho Canónico, c. 827 § 3, recomienda que no se editen escritos, que toquen temas de fe y costumbres, sin contar previamente con el nihil obstat. Por este motivo, los trabajos sobre temas religiosos deberán enviarse a la censura diocesana, después de recibir la correspondiente respuesta de la Comisión Regional. Cuando necesita obtener el nihil obstat de la Curia diocesana, el autor no menciona el asesoramiento que le hayan podido prestar otras personas; actúa como lo que es: un fiel corriente —sacerdote o laico—, que no tiene por qué explicar las fuentes particulares de información o de asesoramiento de que se ha servido en su trabajo. No obstante, si lo ve oportuno por alguna razón, el interesado puede manifestar que, para facilitar el trabajo de la Curia diocesana, podría pedir un dictamen a un sacerdote de la Prelatura. Si la respuesta es afirmativa, pedirá a la Comisión Regional el oportuno documento.
Los miembros de la Obra hacen llegar a la Comisión Regional tres ejemplares de cada una de sus publicaciones: libros, ensayos, monografías, artículos, etc. No es necesario mandar artículos publicados en prensa periódica. Además, como detalle de cariño filial, cuando se trata de libros —o separatas de volumen equivalente—, cada autor envía al Padre, a través de la Comisión Regional, un ejemplar dedicado y encuadernado con dignidad.
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3. Formación profesional
Santificación del trabajo: orientaciones generales
Las ciencias humanas, en sus problemas más hondos y básicos, guardan siempre relación —más o menos directa— con el contenido de la fe, que debe fecundar todos los progresos del saber. Por su vocación específica, los miembros de la Prelatura tienen especial aptitud y responsabilidad en esta tarea de la Iglesia: de una parte, su formación profesional, realizada con vigor y empeño, les lleva de modo espontáneo a buscar soluciones esencialmente cristianas, porque toda ciencia verdadera conduce a Dios; de otra, la honda formación doctrinal-religiosa que la Obra les proporciona, fortalece y asegura su mente en las verdades divinas y, por tanto, les facilita —con luces nuevas— acertar en las humanas. Además, los Directores facilitan a cada uno —de modo particular a quienes se preparan para desempeñar labores de docencia o investigación— la ocasión de ampliar y profundizar especialmente en aquellas facetas de la doctrina católica que más atañen a los aspectos básicos de su profesión civil.
La marcha de la formación profesional de las personas de la Obra ha de ser objeto de especial atención por parte del Consejo local, para asegurar que todos alcancen un fundado y auténtico prestigio profesional, basado en un estudio y en un trabajo constantes y sacrificados. En los Centros en donde hay estudiantes, un miembro del Consejo local —con la ayuda de una o de varías personas del Centro, si hiciera falta— se puede
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encargar más directamente de esta labor. Y, como se ha hecho siempre, se ha de fomentar que los alumnos de los últimos años de Universidad orienten a los de los primeros cursos y a los de bachillerato.
Al menos una vez al año, los Consejos locales de los Centros de Numerarios y Agregados informan a la Comisión Regional sobre los estudios de las personas del Centro, indicando sus calificaciones, con las observaciones oportunas.
Los Numerarios han de obtener el título académico que, según la legislación del país, permite el ejercicio de la respectiva profesión universitaria.
Es muy recomendable que todos los que puedan, y especialmente los que tengan condiciones y aptitudes para la docencia a nivel superior, consigan además el título máximo que se otorgue en su carrera: doctorado, master, etc. Pero esta dedicación a los estudios no exime —como a cualquier padre de familia— de la obligación de sostenerse económicamente y de desempeñar con eficacia el encargo apostólico concreto.
Es natural que alguno, al mismo tiempo que cursa estudios universitarios, siga además determinadas enseñanzas —magisterio, periodismo, etc.— de especial interés apostólico, aunque en el país no tengan consideración de enseñanza superior. En algunos casos, esas razones apostólicas pueden hacer claramente aconsejables esos estudios.
Los Directores han de conocer las condiciones personales de los demás miembros de la Prelatura, de modo que les puedan encomendar aquellas labores y ta-
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reas apostólicas que estén más en consonancia con sus aptitudes. Este conocimiento, que han de adquirir desde que los interesados piden la Admisión, y especialmente, en el caso de los Numerarios, durante su estancia en el Centro de Estudios, permitirá también orientarles para que, en armonía con la total libertad profesional que cada uno tiene, se dediquen a las actividades para las que estén más dotados.
No se ha de olvidar, por otra parte, que algunos obstáculos que llegan a presentarse en la vida interior de una persona, pueden ser ocasionados, a veces, por las dificultades que encuentra al realizar un trabajo o al desempeñar una profesión u oficio, para los que no reúne condiciones. Con frecuencia, basta un cambio de actividad y desaparecen totalmente esos obstáculos.
Los Agregados, como los demás fieles de la Prelatura, sienten el afán por destacar en su profesión, de acuerdo con una exigencia básica del espíritu de la Obra. Desde que solicitan la Admisión, se les aconseja oportunamente para que adquieran y mejoren la formación espiritual, cultural, profesional y humana, propias de su vocación y de su condición social. El Consejo local procura disponer de los datos necesarios, contando con la ayuda de los Celadores o de otros Agregados mayores, para orientar adecuadamente a los más jóvenes, de modo que se encaminen con libertad hacia tareas para las que estén bien capacitados, y en las que puedan realizar una honda labor apostólica.
Los Directores —siempre con el propósito de que la luz de Cristo impregne todos los campos de la actividad humana— tendrán la preocupación de descubrir
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entre las personas de la Obra y entre los chicos de San Rafael, que comiencen sus estudios universitarios, a aquéllos que tienen condiciones para dedicarse a estudios de carácter humanístico: filosofía, historia, literatura, periodismo, derecho, sociología, etc. Sin disminuir de ningún modo su libertad en la elección de carrera, pueden ayudarles a superar los prejuicios que, por un motivo económico o social, existen en muchos países en relación con esos estudios. Conviene hacerles valorar el gran influjo —también apostólico— que ejercen en la sociedad quienes se dedican profesionalmente a esas actividades, si, reuniendo condiciones, adquieren la oportuna preparación y experiencia, y viven coherentemente su fe. Los Directores pueden prestar también esta orientación a personas que tengan muy avanzados o terminados sus estudios en otras direcciones científicas, si ven que reúnen condiciones para desarrollar un trabajo de este tipo.
Es un motivo de alegría comprobar cómo, de ordinario, los padres de las personas de la Obra aman la vocación de sus hijos y ayudan con cariño en los apostolados. Si alguno, a pesar de esta buena disposición, mantuviera un criterio personal cuando se trata de los estudios o de la orientación profesional de sus hijos, se le ayudará a comprender que los Directores se limitan a proporcionar a los miembros de la Obra una orientación sobre la profesión o la especialidad que consideran que está más de acuerdo con sus aptitudes personales, y con la que parece que más gloria puedan dar a Dios. Pero les recordarán que cada uno decide con absoluta libertad, aconsejándose con quien le parece oportuno.
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Orientación doctrinal a los estudiantes
La orientación filosófico-cultural e ideológica de la enseñanza influye muchas veces decisivamente —de modo favorable o creando serias dificultades— en la formación cristiana de los alumnos, tanto en lo que se refiere a la doctrina de la fe como en las costumbres.
Por tanto, resulta imprescindible que los Directores estén atentos, para que no haga daño a las personas de la Obra y a los chicos de San Rafael, la posible mala labor de los centros en donde cursan sus estudios. Interesa, pues, conocer bien la enseñanza que reciben; y cuando sea anticristiana —explícita o implícitamente—, y no es posible evitarla, poner los medios necesarios para neutralizarla y superarla.
En alguna situación extrema —sobre todo, al elegir carrera—, si se prevé un daño probable y difícil de remediar, se podría aconsejar la elección de otra rama, de otra Universidad o de una carrera distinta. En todo caso, es importante asegurar que nadie está indefenso ante una ocasión próxima —quizá habitual— de deformación doctrinal. Para afrontar con responsabilidad esas circunstancias adversas, la primera medida eficaz es ser muy piadosos. Después, poner mayor empeño en realizar con especial profundidad los estudios filosóficos. Es preciso cuidar con particular intensidad la formación doctrinal y espiritual de las personas de la Obra que proceden de ambientes contrarios o extraños a la fe católica. Se les aconsejarán los libros que puedan ayudar más eficazmente a mejorar algunos aspectos de su formación y a corregir posibles desviaciones incipientes, origina-
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das por libros de texto o de consulta que exponen confusa o erróneamente la doctrina, etc.
De otra parte, no se puede olvidar que las explicaciones orales de algunos profesores o tutores, causan quizá más daño que las lecturas; por tanto, conviene aplicar normas de prudencia análogas a las indicadas para las lecturas: aunque no es necesario ningún permiso para que una persona de la Obra asista a ese tipo de lecciones, el Consejo local ha de estudiar las circunstancias caso por caso. En situaciones graves, la prudencia puede exigir un cambio de centro de enseñanza, o incluso de estudios.
En cualquier supuesto, el interesado debe plantear su asistencia a esas clases con criterio muy restrictivo: sólo cuando sea verdaderamente imprescindible (quizá, por ejemplo, si pasan lista de asistencias). En la medida de lo posible, y aun a costa de exponerse a aprobar esas asignaturas con calificaciones poco brillantes, preparará los exámenes correspondientes pidiendo información o resúmenes a algún compañero, etc. Si no se puede evitar la asistencia a esas lecciones, se planteará al alumno que tome apuntes detallados de las explicaciones orales, que luego entregará a otra persona de la Obra, designada por el Consejo local, quien le expondrá después el contenido de la materia, con la crítica correspondiente. Para esto, a veces será conveniente que esa persona —y no el alumno— lea, con el oportuno permiso, el libro de texto, o los apuntes multicopiados, señalados por el profesor. En el caso de que varios estudiantes se encuentren en las mismas condiciones, puede ser útil organizar un cursillo sobre esa materia (también quizá para chicos de San Rafael interesados).
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Si, en la dirección espiritual personal, se observan faltas prácticas de unidad de vida, provenientes quizá de una formación racionalista recibida en el bachillerato y en la Universidad, la orientación doctrinal se hace especialmente necesaria para contrarrestar de modo positivo esas dificultades. Puede ser conveniente, por ejemplo, ayudar a que se comprenda bien que la plena adhesión al Magisterio eclesiástico —imprescindible para un católico— no disminuye nunca el rigor científico; facilitar que se entiendan del modo debido las relaciones entre la acción de la gracia y el propio esfuerzo, evitando posibles inquietudes y desánimos; enseñar a sacar de modo habitual consecuencias ascéticas de la formación doctrinal, lo que lleva a aumentar el interés por los estudios de Filosofía y de Teología; etc. Generalmente, las personas afectadas no se dan cuenta de estos problemas y, por tanto, tampoco suelen exponerlos en la dirección espiritual: por eso se les ha de facilitar el camino, adelantándose muchas veces, para que hablen de sus estudios en la charla semanal y —en el Centro de Estudios— en la charla con el Director Espiritual.
El trabajo de los que se dedican a la enseñanza
Las personas de la Obra que trabajan profesionalmente en el campo de la enseñanza, tienen el convencimiento de que su vocación les exige realizar una honda labor apostólica por medio de su plena dedicación al quehacer profesional: con sus publicaciones, en las que, con altura científica, procuran abordar
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cuestiones que sean también ocasión para dar doctrina; con su presencia en congresos y reuniones nacionales e internacionales, a las que contribuyen a dar orientación y sentido cristianos; con sus relaciones profesionales, acercando a sus compañeros de trabajo al calor de nuestros apostolados; con la dedicación a sus alumnos; etc.
Los buenos profesores y maestros, desde la escuela primaria hasta la enseñanza superior, viven una especial dedicación a la formación de sus alumnos, como parte integrante de su vocación docente. Concretamente, suelen reunir a su alrededor —con motivos didácticos, de trabajos especiales o de investigación— grupos de alumnos selectos, para prestarles una atención más intensa; y saben también aprovechar oportunamente este medio para formarles y darles doctrina.
Así, los miembros de la Prelatura que trabajan en estas tareas, como una consecuencia lógica de su intensa dedicación profesional, hecha con sentido apostólico, procuran crear escuela, equipo: reunir a su alrededor un grupo de seguidores y discípulos, a cuya atención y formación dedican el tiempo necesario, convencidos de que pueden hacer mucho bien.
Esos grupos o escuelas nunca serán o podrán considerarse —ni por su doctrina ni por las personas que los componen— como grupos o escuelas del Opus Dei, sino de aquél que las ha formado o impulsado: son siempre una labor profesional suya, iniciada libre y responsablemente, y conducida según su criterio. Y no podría ser de otra manera, porque en el Opus Dei no se tiene corporativamente ninguna doctrina propia; el es-
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píritu de la Obra impulsa no sólo a no formar nunca grupo con otros miembros de la Prelatura, sino a abrirse en abanico.
Se recuerda periódicamente a todos los que se dedican a la enseñanza en cualquier tipo de institución —también a los Cooperadores—, que han de sentir la responsabilidad de cumplir con este deber profesional y apostólico de constituir esas escuelas de alumnos selectos, para tratarlos y formarlos. Muchas veces —cuando esos chicos reúnen condiciones—, pueden orientarles con toda naturalidad, a través de terceras personas, hacia la labor de San Rafael.
Se procura que las personas de la Obra que son profesores publiquen —con cierta continuidad— libros, ensayos, artículos, etc., sobre las materias de su especialidad. Si preparan bien las clases y usan una buena biblioteca, les será fácil publicar trabajos, al menos, dignos y buenos, que contribuirán también a aumentar su prestigio profesional.
Es lógico que las personas de la Obra que trabajan como profesores en colegios manifiesten su afán apostólico queriendo dar a conocer, a sus alumnos, las labores de formación que se desarrollan en los diversos Centros, clubs, etc., y ayudándoles a ponerse en relación con otros chicos que frecuentan esas actividades. Esa tarea, fruto del apostolado de amistad y confidencia, es una labor personal y, en cada caso, el profesor verá con qué alumnos y en qué momento es más oportuno hablar sobre estos temas. Desde el principio ha de quedar muy claro que se trata de una invitación completamente libre, que no tiene ninguna relación con las
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cuestiones académicas, y que el asistir a esos actos les puede ser útil, personalmente, para mejorar su formación humana y cristiana. Sería, por tanto, poco razonable que algún profesor invitase a toda una clase a conocer o a participar en las labores de un club, etc.; mucho mejor será que vaya tratando a los demás profesores, sus colegas. Con naturalidad y sin prisas, surgirán espontáneamente comentarios sobre las actividades que se llevan a cabo en los Centros de la Obra; de esta forma, con el tiempo, estos Centros llegarán a ser bien conocidos, y muchos de los colegas podrán no sólo apreciar sino agradecer la labor que se desarrolla, que es, en cierto modo, complementaria a la que realiza el colegio.
4. La devoción privada a nuestro Padre
"Hablar de nuestro Fundador, dar a conocer su vida y su doctrina se integra ya, como elemento importantísimo, en la misión divina que hemos recibido y que nos urge a promover la busca de la santidad en medio del mundo. Aprovechad, hijas e hijos míos, cualquier ocasión para extender la devoción privada a nuestro Padre: es una manifestación de cariño, es un modo filial de agradecer su heroica fidelidad, es un servicio a la Iglesia. Y es, no lo olvidéis, la nueva arma de apostolado que nos ha regalado el Señor" (Carta del Padre, 24-IX-78).
Un medio muy eficaz, para propagar esa devoción, es hacer llegar a mucha gente las Hojas informativas y las estampas. Por eso, todos se sienten urgidos a lograr
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que aumente el número de suscriptores de la Hoja informativa, entregando ejemplares a personas que aún no la reciban. Con este fin, en los Centros hay ejemplares suficientes de cada número publicado, y también estampas. El Consejo local evita, sin embargo, que se formen charcos en la distribución, por quedar almacenadas las Hojas y las estampas en los Centros, sin darles una rápida salida. Y solicita a la Comisión Regional ejemplares de cada número de la Hoja, cuando esté para agotarse el depósito disponible.
Como muestra de delicadeza y de cariño hacia nuestro Fundador, al difundir las estampas y las Hojas informativas, nadie se limita a la materialidad de entregarlas. Por el contrario, aprovecha esas ocasiones para hablar de nuestro Padre, incluso a personas ajenas a la labor apostólica y aun alejadas de Dios. Así se da a conocer la vida santa de nuestro Fundador y su poderosa intercesión, de manera que muchas almas acudan a nuestro Padre, como eficaz y seguro intercesor ante el Señor, en sus necesidades espirituales y materiales. Los sacerdotes colaborarán muy intensamente en esta tarea, en el confesonario, en la predicación y, en general, en la dirección espiritual. En todo caso, es prudente aclarar que se trata de una devoción privada, que no prejuzga de ningún modo el juicio definitivo de la Iglesia.
A los que acuden a la intercesión de nuestro Padre, se les recuerda que un modo concreto de agradecer los favores recibidos es dejar constancia escrita del beneficio alcanzado. En estas relaciones, conviene precisar qué tipo de favor o gracia se ha conseguido, y narrar todos los detalles posibles, a no ser que en algunos ca-
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sos no resulte prudente o delicado descender a esos pormenores, porque atañen al fuero de la conciencia. Ordinariamente se hacen constar también el nombre completo y la dirección de la persona interesada, por si fuera necesario pedir alguna aclaración. Estas relaciones se envían a la Comisión Regional lo antes posible, en cuanto se tiene conocimiento de un favor. Si se prevé que la persona interesada —por dificultades de tiempo o por otros motivos— no redactará la relación correspondiente, hay que ofrecerse a poner por escrito lo sucedido, de manera que baste luego sólo firmar, después de que lo haya leído y esté enteramente conforme con lo que se narra.
El inmenso bien que producen a todas las almas las películas de la Catequesis de nuestro Padre, mueve a sus hijos a llevar ese tesoro de sus enseñanzas al mayor número posible de personas. Las proyecciones se programan con cierto orden y periodicidad: como son un instrumento de formación de gran fuerza apostólica, interesa estudiar el modo más eficaz de emplearlo: no se trata de ver de golpe, en muy pocos días, todas las películas que se reciben en un Centro.
Las películas que se refieren sólo a una Sección, se proyectan exclusivamente para la Sección respectiva: por ejemplo, las películas con sacerdotes se ven únicamente en la Sección de varones. Este modo de actuar no admite excepciones y, por tanto, se aplica también a las Convivencias especiales de sacerdotes Numerarios y Agregados, o de Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Las cintas que recogen tertulias en las que participan personas de diversas edades, matrimonios, familias, etc., pueden ver-
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se tanto en la Sección de varones como en la Sección de mujeres.
Las películas deben proyectarse solamente en los Centros y en locales donde se lleven a cabo labores apostólicas o que se utilicen para Convivencias, Cursos anuales o cursos de retiro. No hay inconveniente en que, en los colegios que sean labores personales, se proyecten, cuando convenga, a un grupo de alumnos, padres de alumnos y amigos, siempre que en sus locales se realicen ya otras actividades apostólicas.
Además, es necesario que el sitio donde se hagan las proyecciones resulte acogedor y digno, en consonancia con lo que se va a ver, y con el número y la condición de los asistentes; se utilizará un proyector de calidad y en buen estado, que reproduzca fielmente la imagen y el sonido, y no estropee la película. Siempre se ha de saber quiénes acuden a la proyección: para que asistan los que puedan entender, y vayan todos con rectitud de intención; es preciso asegurarse de que nadie utilice registradores u otros aparatos para hacer copias de la imagen o del sonido.
El que proyecte ha de cuidar con esmero todos los detalles: por ejemplo, haber enfocado antes de que entren a la sala los asistentes; tener regulado previamente el volumen del sonido; evitar que salgan en la pantalla las colas del principio o del final de la película, etc. Las películas están en los lugares donde se proyecten sólo el tiempo necesario, y se devuelven cuanto antes a donde indique la Comisión Regional.
Si a la proyección asisten personas que aún tienen poca relación con la Obra, se suele comenzar con una
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breve charla introductoria —ordinariamente bastan cinco o diez minutos—, para ayudarles a aprovecharla mejor. Se les puede explicar la ocasión en que fue tomada la película, y decirles además: que esa catequesis ha sido —con grupos más numerosos o más reducidos— una constante en la vida de nuestro Padre desde 1928; que viven esta doctrina miles de personas de toda raza, lengua, nacionalidad, condición, estado, edad y profesión: cuando el Señor quiso llevarse a nuestro Padre al Cielo, el Opus Dei estaba extendido por los cinco continentes, y había personas de la Obra de 80 nacionalidades diferentes; que ellos participarán de esa incansable predicación de nuestro Padre, que va, con la gracia de Dios, a charlar con cada uno, en la intimidad del alma; a hablar de Dios, para que veáis cómo El os quiere; que han de procurar aprovechar las palabras de nuestro Fundador para mejorar, para hacer propósitos, como a veces decía a mitad de una tertulia: Pero propósitos... Que yo no hablo por hablar.
Cuando hay razones que lo aconsejan —elevado número de asistentes; especial relieve que se quiere dar a una sesión; costumbre en el país; etc.—, se puede solicitar autorización a la Comisión Regional para entregar una invitación impresa, en la que no debe figurar el nombre de nuestro Padre. Si no se dan en mano, se envían con un tarjetón o tarjeta de la persona que invita, explicando que es una película de una tertulia de nuestro Fundador. De ordinario, sin embargo, bastará invitar de palabra.
Las películas de programas de televisión sobre la Obra y sobre nuestro Padre se pueden proyectar en cualquier lugar que parezca adecuado, y a los grupos
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de personas que, a juicio del Consejo local, puedan entender y sacar fruto de esas proyecciones, que serán un buen instrumento para la labor de San Rafael y de San Gabriel.
En el caso de que un miembro de la Obra, o alguna persona amiga, quiera hacer cuadros, dibujos, etc., de nuestro Padre, y tenga cualidades muy excepcionales para esa tarea, se informa enseguida a la Comisión Regional, y se le sugiere que no empiece a hacer nada antes de recibir contestación. Si se trata de una persona que no tenga esas cualidades, hay que disuadirle de acometer ese trabajo. Estas indicaciones se aplican también a los retratos de los Abuelos y de tía Carmen.
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