Vademecum de
los Consejos locales

ROMA, 19-III-87


III   Consejo local

1. Características del trabajo de los Directores

Colegialidad

En la Obra, el ejercicio de la misión de dirección y gobierno es siempre colegial, como también la responsabilidad de todos y de cada uno de los que participan en esa función. Por tanto, siempre que se habla del Director y se detallan consejos y normas de prudencia para su trabajo, se aplica a cuantos ocupan puestos de dirección, con independencia del nombre que reciba cada cargo.

Los asuntos se estudian y deciden colegialmente, porque un Director solo no recibe función de gobierno en el Opus Dei. El hecho de que se asignen determinadas tareas, más especialmente, a cada uno de los Directores, de ordinario persigue mejorar el orden y la eficacia del trabajo.

En el Consejo local tienen voz y voto el Director, el Subdirector —o los Subdirectores— y el Secretario. El

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sacerdote del Consejo local o el Director espiritual —cuando lo hay— no tiene voto, pero sus opiniones y consejos deben ser escuchados y considerados por los que forman ese Consejo local.

Los asuntos se deciden por mayoría de votos. Si se trata de materias de poca importancia, que no parece necesario llevar a una reunión del Consejo local, el Director resuelve de acuerdo con el Subdirector o con el Secretario, según las tareas que cada uno tenga designadas.

Tanto dentro del Consejo local, como en sus relaciones con la Comisión Regional, se vive la unidad hasta en los menores detalles. Si los Directores no están unidos, si no saben convivir con caridad, con sencillez y con alegría, si cada uno de ellos toca a destiempo, no puede haber gobierno eficaz, y se resentirá su propia vida interior y todo el apostolado del Centro.

Los miembros del Consejo local tienen el derecho y el deber de exponer libremente su opinión sobre los distintos asuntos. Si en algún caso un Director mostrara una voluntad tan débil que se sintiera cohibido para manifestar su opinión en las reuniones del Consejo local, o delante de otros Directores, sería necesario hacerle la corrección fraterna, para ayudarle a luchar y a ser eficaz instrumento de gobierno colegial.

Los asuntos no se discuten: se estudian, con entera libertad, y de ordinario por escrito. Por otra parte, cuando se actúa con sentido sobrenatural, no hay ni puede haber oposición: el posible contraste de opiniones, en alguna cuestión, no es más que una muestra del sentido de responsabilidad de los Directores, y un mo-

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tivo para seguir estudiando ese asunto o, en su caso, para remitirlo a la Comisión Regional.

Las reuniones del Consejo local son breves. Esto se logra siempre, si se cumplen puntualmente los criterios establecidos, y se prevén y estudian las diferentes cuestiones con la debida antelación. Para que esas reuniones sean efectivamente breves, los Directores se han de limitar a acordar si un asunto ha de consultarse a la Comisión Regional, o a tomar una decisión, mediante la votación oportuna. Una vez adoptada colegialmente una decisión, todos —y especialmente los que proponían una solución distinta— ponen empeño y entusiasmo en llevar a cabo lo que decidió la mayoría.

Como un medio indispensable para conseguir que los documentos respondan plenamente a la realidad, y no puedan interpretarse de modo incorrecto, se redactan de común acuerdo, rehaciéndolos cuantas veces sean necesarias.

Espíritu sobrenatural

En 1968 recordaba nuestro Fundador: me habéis oído decir muchas veces que quienes, en la Obra, tienen un encargo de dirección deben facilitar a sus hermanos, a quienes sirven, el deber gustoso y santificante de una obediencia pronta, sobrenatural, alegre y generosa, que no distingue entre cosas pequeñas y grandes, entre un Director y otro, porque toda la autoridad viene de Dios (cfr. Rom. XIII, 1).

Agradezco a Dios Nuestro Señor este afán santo

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que todos mis hijos tienen de obedecer; sintamos, quienes tenemos encargo de gobernar, el desvelo por facilitar el ejercicio de esta virtud de la obediencia con la plenitud que el Señor nos pide. Hoy, cuando tanta gente parece no entender el papel maravilloso que la obediencia tiene en la historia de nuestra salvación, yo veo a mis hijos obedecer con la nobleza, con la dedicación y con la generosidad de quienes han entendido —y esto es don de Dios— que quien vive de Cristo, obedece como Cristo —factus oboediens usque ad mortem... (cfr. Filip. II, 8)— e introduce en el mundo, con Cristo, santidad y limpieza de vida (cfr. Rom. V, 19).

Yo deseo que todos los hijos míos que ocupan cargos de dirección tengan presente siempre que el encargo que Dios les da, de ser mediadores, introductores de las conciencias en el ámbito de los sobrenaturales designios de Dios, les impone un grave deber: el deber de ser muy sobrenaturales y de ser hombres de conciencia muy recta. Sólo así —siendo hombres de conciencia, muy sinceros ante Dios, conscientes de las propias limitaciones, atentos al soplo del Espíritu Santo—, sabremos desempeñar nuestro encargo, con una fortaleza que no abandonará el ejercicio de la corrección fraterna, y con una rectitud y humildad que lleva a no esquivar las personales e ineludibles responsabilidades en el servicio de los hermanos. Esta fortaleza da a los demás la seguridad del querer de Dios; y esa rectitud da al ejercicio de la autoridad una fuerza moral, que lleva a los demás a obedecer de buen grado, arrastrados por el ejemplo de una conciencia recta, desasida de sí misma, reflexiva acerca de sus responsabilidades, ajena a toda ligereza, y que no justifica con otros debe-

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res —que los demás no pueden conocer— lo que podría ser abandono o facilonería en el modo de ejercitar la autoridad. Ejerciendo el deber de mandar con esta fuerte y recta humildad, haremos posible que la obediencia sea en la Obra, siempre, lo que ha sido desde el primer día: esa virtud gozosa, que sabe del calor de familia y de la pronta y estricta diligencia de la milicia.

Tened en cuenta —hijos míos Directores— que todas las medidas que he dispuesto, para que el gobierno, en la Obra, sea colegial y no haya nunca tiranos, se podrían convertir en mero legalismo, si en el fondo de la conciencia de cada uno de vosotros no estuviera firmemente arraigado, con plenísimo convencimiento, este criterio: que en la Obra no caben los tiranos y que la actitud tiránica procede de un corazón lleno de sí mismo. Atajad, por tanto, allí, en vuestro corazón, lo que veáis que es una tendencia al mando falto de templanza y moderación. Examinad el modo en que ejercitáis vuestro deber de servir, mirad que no se introduzca en vuestro espíritu el afán desconsiderado de tratar, como propietarios, los asuntos de gobierno y de formación. Arrancad, hijos míos, apenas la notéis, la tendencia que pretenda empañar la limpieza de vuestra labor —santificadora— de gobierno. Veréis cómo se hace así más fácil el peso que el Señor ha puesto sobre vuestros hombros y cómo sabréis enseñar a vuestros hermanos a obedecer con plenitud y con finura.

Por esa característica fundamental de la ascética del Opus Dei, que es la unidad de vida, los Directores, al darse a los demás en las tareas formativas y apostólicas, no olvidan que lo más importante, para ellos mismos y para la Obra, es siempre su propia vida interior:

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todo su trabajo se fundamenta en una sólida vida de piedad, en el fiel cumplimiento de las Normas y de las Costumbres del plan de vida. Tienen siempre la convicción profunda de que son sólo instrumentos: toda la eficacia viene de Dios; y la luz y el calor que atrae a las almas, procede de que —en medio de los errores personales— se refleja el espíritu que el Señor ha dado a su Obra. Con este convencimiento —y con la colegialidad, bien llevada— se evita cualquier actitud que pueda parecer presuntuosa, así como el desaliento cuando el Señor de vez en cuando deje ver la insuficiencia de la propia capacidad personal.

El trabajo de los Directores y la vida en familia se caracterizan siempre por un ambiente sobrenatural, noble y sincero, que aleja cualquier asomo de visión humana o de diplomacia al tratar las cuestiones de gobierno; y, a la vez, por una corrección humana —buena educación—, que es exigencia de la caridad sobrenatural.

Para servir, servir, os he repetido muchas veces —escribe nuestro Fundador—, pues en esa frase se condensa una gran parte de nuestro espíritu: servicio a Dios, repito, a su Santa Iglesia y al Romano Pontífice; servicio a todas las almas; especialmente a los que el Señor ha puesto junto a nosotros, dándoles la vocación al Opus Dei, o a aquellos otros que —no teniendo vocación— reciben el influjo del ejemplo y de la doctrina, que es también otro servicio apostólico.

Queremos servir, ser útiles a nuestra Madre la Obra, en bien de las almas, pero no hemos de olvidar que el lugar, en el que somos más eficaces, es aquél en el que nos han puesto los Directores Mayores: ésa es la Voluntad de Dios.

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Y en ese lugar —y no en otro, que acaso nos parezca más apropiado por nuestras disposiciones, o por nuestras aptitudes, o quizá por nuestro capricho—, en ese lugar, es donde la gracia de Dios nos ayudará con mayor eficacia.

Por esta misma razón, os he enseñado desde el principio a considerar los cargos internos, no como un puesto de honor o de privilegio, que no lo son, sino como una oportunidad más de servir. Así se explica —lo contrario iría contra nuestro espíritu— que no acostumbremos a felicitar a los que reciben el nombramiento para un cargo dentro de la Obra, porque no pensamos en el cargo, sino en la carga —gustosamente llevada— que supone servir a nuestros hermanos.

Para allanaros el camino, para señalaros expresamente un obstáculo que podría presentarse —la soberbia y el afán de figurar—, y para ayudaros a sortearlo, quise que todos los que se dedican a la labor de gobierno, tengan muy en cuenta que no agrada a Dios el ambicionar cargos, ni desear retener los que ocupan. Dejar de ocupar un cargo, no es fracaso: es otro modo de servir.

Sé que vosotros, hijos míos, los que quizá seréis llamados más adelante a un puesto de dirección interno, meditaréis con frecuencia las cosas que os digo, porque queréis ser santos, manteniendo limpio vuestro corazón de toda apetencia humana. Seguid obrando siempre así, y enseñad a vuestros hermanos a hacer lo mismo; que repasen y mediten estas consideraciones, cuando deban tomar posesión de un cargo o cuando dejen el que ocupaban.

De este modo la eficacia de la labor será muy grande, y mantendremos vivo en el corazón el propósito que nos trajo a la Obra: servir a Dios, entregárselo todo, hacer siempre lo que su Voluntad Santísima quiera en cada mo-

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mento para cada uno de nosotros, sin que un celo mal entendido o un razonamiento nacido del orgullo empañe jamás la rectitud de intención que debemos tener.

Todos, al tomar posesión y al cesar en un cargo local, leen y meditan este texto de nuestro Fundador. A los encargados de Grupo, y a los Agregados y Supernumerarios nombrados Consultores o Celadores, se les explica detenidamente su contenido —sin leérselo—, para que lo lleven a su oración personal.

Dedicación profesional

La tarea de los Directores es trabajo y dedicación profesionales y un apostolado directísimo, el más eficaz que pueden realizar, el más fecundo, el más esbelto, el más formidable y el más directo: porque sólo se buscan las almas. Requiere mucha vida interior, espíritu de sacrificio y un gran celo apostólico: en la Obra se vive no de entusiasmos, sino cargados de visión sobrenatural.

Los Directores locales —y de modo especial los de los Centros de Estudios—, residen habitualmente en su lugar de trabajo, porque su ocupación principal es atender debidamente la labor apostólica que se les ha encomendado. Evitan, por tanto, hacer viajes que les distraigan de su labor de dirección, a no ser que haya una causa grave que lo justifique o que, para algunos Directores, realizar determinados viajes sea una obligación de su cargo. Esta exigencia de la eficacia apostólica se tiene en cuenta también al señalar la época del año que los Directores dedican al descanso y a su propia formación: se organizan las cosas de modo que,

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alternándose entre ellos, los Directores locales no dejen desatendida la labor que se realiza en y desde el Centro que dirigen.

Denotaría un falso celo apostólico que los Directores quisieran hacer trabajos que pueden y deben realizar los demás; esa actitud podría estar originada por un movimiento de soberbia, por pensar que las cosas se hacen más eficazmente por los propios Directores, o con mejor espíritu. Y, si eso fuera verdad, querría decir precisamente que los Directores no saben mandar ni formar a sus hermanos.

Una de las condiciones del buen gobierno es prever las cosas con anticipación suficiente, de manera que se resuelvan los asuntos sin precipitación, y después del conveniente estudio. Esto supone realizar el trabajo con orden, que no es siempre cronológico: el último asunto planteado puede ser más urgente o más importante, y tener prioridad sobre todos los demás. Este mismo orden exige especial diligencia en el cumplimiento de las indicaciones que se reciben de la Comisión Regional, sin desvirtuar su contenido por una subjetiva ponderación de las especiales circunstancias del lugar o de la labor. No obstante, cuando existen dificultades objetivas, se consulta.

No se debe confundir la serenidad en el gobierno con la dejadez y los retrasos en el estudio de los asuntos: la serenidad se compagina perfectamente con la necesaria diligencia para estudiarlos y resolverlos.

La constancia en el trabajo es también condición imprescindible para la eficacia. Hay que empezar las cosas y acabarlas, tanto si se resuelven en pocos días,

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como si se prolongan durante años. Y siempre con el mismo interés y la misma dedicación, porque lo que mueve al trabajo no es el entusiasmo ni la simple ilusión humana, sino la conciencia del cumplimiento del deber, por amor a Dios.

Cuando tengáis que firmar algún escrito —del tipo que sea—, no debéis hacerlo sin haberlo leído antes detenidamente, para daros cuenta exacta de su contenido y aceptar con vuestra firma lo que en él se expresa. Esta es una medida de elemental prudencia, que, por tanto, no puede significar para nadie una falta de confianza. No es solamente un consejo que os doy: es una indicación que os hago, para que todos mis hijos demuestren también así el sentido de responsabilidad que han de vivir en todo momento.

Cada Director lleva un calendario —una agenda perpetua— en donde anota los asuntos que, por razón de su cargo, tiene que resolver en fechas determinadas. Con este detalle de orden, se evitan retrasos por simples olvidos.

Al recibir de otro Consejo local una comunicación que requiere respuesta, se ponen los medios necesarios para despacharla con diligencia, procurando siempre contestar con prontitud dentro de un plazo razonable, no superior al corriente —en casos semejantes— entre organizaciones de tipo profesional. Los retrasos en la correspondencia originan con frecuencia trastornos e inconvenientes que se deben evitar, tanto por motivos de caridad y de justicia, como por razones de buen gobierno. Si las circunstancias o las características de la materia no permiten una respuesta a corto plazo, será

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siempre aconsejable contestar enseguida —al menos acusando recibo—, dando una idea aproximada de cuándo se podrá enviar una respuesta más concreta. Nunca se dilata una contestación varias semanas: incluso, una respuesta negativa, pero rápida, tiene ya cierto valor positivo, porque permite emprender otros caminos para resolver el problema, enfocarlo de otro modo, tomar una resolución, etc.

Relaciones con la Comisión Regional

Los Consejos locales han de resolver con plena libertad y responsabilidad los asuntos para los que gozan de facultades. Sería, por tanto, una comodidad poco responsable descargar sobre la Comisión Regional la decisión de cuestiones que son competencia del Consejo local. Cuando se tiene una duda positiva sobre la solución del caso, y se estima prudente consultar a la Comisión Regional, el Consejo local, para no eludir su responsabilidad, expone el criterio o la solución que juzga más oportuna, expresando las razones en pro y en contra.

Las cosas urgentes pueden esperar, y las muy urgentes deben esperar. Por tanto, es una manifestación de buen gobierno, cuando se tramita una consulta, no resolver nada hasta que conteste la Comisión Regional. Denotaría también falta de delicadeza enviar a los Directores una consulta precipitada, exigiendo una respuesta urgente o señalando el plazo en que han de contestar. Los Consejos locales remiten sus consultas a la Comisión Regional, con antelación suficiente, para que

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puedan estudiarse y decidirse a tiempo. Sin embargo, si en algún caso hay probabilidad de que la espera dé ocasión a perjuicios o molestias, se toma una resolución antes de recibir la respuesta de la Comisión, pero se comunica inmediatamente la decisión adoptada y las razones que la motivaron.

Las personas de la Obra, y sobre todo los miembros de los Consejos locales, no asaltan con preguntas a los Directores Regionales, cuando éstos se encuentran de paso en un Centro, con la pretensión de que resuelvan enseguida un determinado problema; tampoco sería prudente presentarles algún documento, una petición escrita, una minuta, etc., para obtener una contestación inmediata o la aprobación de ese documento. La función de gobierno nunca es personal. Las consultas, por consiguiente, se envían a la Comisión Regional; y allí, en la sede oportuna, estudian el asunto, y se contesta después de que lo hayan visto quienes tienen competencia.

Durante su permanencia en los Centros, los Directores Regionales pueden asistir —siempre que lo juzguen oportuno— a la reunión del Consejo local. Pero no la presiden, a no ser que se trate del Consiliario o del Delegado.

Silencio de oficio

Las materias conocidas por razón del cargo, sólo pueden comunicarse o comentarse con aquellas personas que —también por razón de su cargo— deban conocerlas. Si un médico o un abogado guardan un natu-

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ral secreto profesional —silencio de oficio— sobre los asuntos que conocen con motivo de su trabajo, con mucha mayor razón han de vivir ese silencio quienes se ocupan de las tareas de dirección o de formación espiritual de las almas.

El Opus Dei es una familia de vínculos sobrenaturales, y —como sucede en las familias— los hijos no tienen por qué estar enterados de todo lo que preocupa a sus padres; y los hijos menores no tienen por qué saber las cosas que, algunas veces, conocen con sus padres los mayores. Sería una grave imprudencia —incluso una falta contra la caridad y la justicia— comunicar detalles que se conocen por razón del cargo a personas que no tienen derecho a saberlos. Tampoco es motivo pensar que las personas con quienes se habla son mayores, o han tenido cargos de dirección en la Obra, o merecen una especial confianza. Sería también un falso celo comentarles algunas cosas que no tengan derecho a saber, pensando que así se les ayuda en su vida espiritual: la función de criterio de quien no tiene por qué ejercitarla es difícil que no acabe en murmuración y enredo. Saber contar a los demás lo que realmente se debe decir, es parte de la ciencia que han de tener los Directores. Una actuación de este tipo —que gracias a Dios no se ha dado ni se dará nunca— originaría, además, un ambiente contrario al calor de la lealtad, de la caridad y de la nobleza, propias del espíritu de la Obra.

Este aspecto de la virtud de la prudencia se completa con la delicadeza y con la elegancia, rechazando hasta la apariencia de secreteo, caricatura del silencio

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de oficio. Resultarían inadmisibles frases como: "Esto lo sé, pero no te lo puedo decir".

Los Directores, aunque estén solos, nunca hablan de asuntos de gobierno en la tertulia, en el comedor, etc. Evitan así el peligro de que no se interprete bien una noticia o comentario, o de ocasionar molestias para alguna persona. Además, tratar esos asuntos fuera de las habitaciones de trabajo, obligaría a usar tonos de voz propios del secreteo, tan ajeno al espíritu de la Obra, o frases de sentido oscuro, que resultarían poco naturales, poco elegantes y, por consiguiente, inadmisibles.

De otra parte, nunca se dejan llevar por el afán de notoriedad o el deseo de darse importancia, aun en detalles pequeños. Por ejemplo, no tendría sentido que desde un Centro se comunicase a otro el número de peticiones de Admisión, los nombres de los que han sido destinados a otra Región o de alguno que no ha seguido adelante, o los resultados de gestiones hechas para ayudar al sostenimiento de las labores apostólicas.

Los que han sido designados para ocupar cargos de gobierno, antes de comenzar sus funciones, meditan los criterios de prudencia, justicia y caridad relacionados con esta materia, sabiendo que tienen el compromiso sub gravi de vivirlos, durante y después de cesar en el cargo.

Los Directores que cesan en sus cargos olvidan completamente los asuntos de gobierno que han conocido y en los que han tenido que intervenir durante el tiempo de su mandato. Solamente hablan de esas cuestiones si los Directores les preguntan expresamente.

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Siempre se han vivido en la Obra, gracias a Dios, las virtudes relacionadas con el silencio de oficio, y los Directores sienten la obligación de cuidar que se observen cada día con la máxima fidelidad, haciendo la corrección oportuna, si alguna vez no se cumplieran. Si hay reincidencia —o cuando la gravedad de la falta lo aconseje—, lo comunican a los Directores inmediatos, graviter onerata conscientia.

Finalmente, aunque conviene agradecer a nuestra Madre la Iglesia las gracias y facultades que ha ido concediendo a la Obra, y usarlas con gratitud, no es razonable hablar de esto si no hay necesidad: aparte de una razón de humildad colectiva, puede dar lugar en algún caso a envidias, murmuraciones y molestias, que ocasionan personas que no poseen esas gracias o que —ante alguna de esas facultades— se sienten heridas.

Comunicaciones telefónicas

La tarea de gobierno no se puede hacer nunca por teléfono. Los asuntos se estudian y se comunican siguiendo los cauces adecuados, previendo con anticipación las posibles dificultades. De esta forma, todas las cuestiones urgentes se pueden examinar muy bien y cursar las consultas de modo oportuno.

Tampoco resulta prudente, ni lógico, informar por teléfono sobre la marcha de las labores apostólicas ni comunicar noticias que no tienen urgencia. Muchas veces, esta forma de actuar denotaría deseo de satisfacer la curiosidad o afán de darse importancia; y, si las con-

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versaciones son interurbanas, además de la pérdida de tiempo, constituiría una falta de pobreza.

El teléfono se utiliza sólo cuando se prevé objetivamente que una comunicación por correo no llegará a tiempo, para tramitar un asunto que ha de resolverse en un plazo fijo. La excepción, pues, ha de ser muy extraordinaria: las conferencias interurbanas serán pocas —las imprescindibles— y breves. Pero, aun en estos casos, antes de llamar por teléfono, intervienen en el estudio oportuno, siguiendo los cauces previstos, quienes tienen derecho y obligación de hacerlo. El sentido común, la prudencia y la pobreza llevan, además, a escribir previamente el texto de la comunicación: de esta forma, se dice exactamente lo que se desea, con claridad, brevedad y naturalidad. Luego, se envía copia por escrito de ese texto. Muchas veces, es también aconsejable que quien recibe la llamada tome nota literal de todo. Siempre que sea posible, las llamadas se hacen a las horas de tarifa rebajada establecidas en algunos países.

En definitiva, se procura reducir al mínimo el uso del teléfono. La tendencia a resolver los asuntos de esa manera puede provenir de la precipitación, de la superficialidad en el estudio de los problemas, y de un mal entendido afán humano de eficacia: circunstancias que hacen prácticamente imposible gobernar ad mentem Patris, o ad mentem Conditoris nostri.

Por otra parte, es de caridad, y en muchos casos de justicia, no tratar determinados asuntos por teléfono, y siempre hay que hablar con naturalidad. Sería absurdo dar la falsa impresión de que se quiere ocultar algo,

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porque alguien emplease giros desusados, abreviaturas o siglas. En cualquier caso, tampoco se usa el teléfono para algunos asuntos, cuando la calidad de la persona, que habla o a la que se habla, exige especial prudencia. Si llaman por teléfono y quieren entablar una conversación que resulta imprudente se corta —con delicadeza, pero decididamente—, diciendo que se prefiere hablar despacio y en otro momento o una excusa parecida. Y esto, cualquiera que sea la persona que haya llamado.

Estas exigencias de la prudencia y la pobreza se viven a todos los niveles: entre los Consejos locales; entre los Consejos locales y la Comisión Regional, o con las Delegaciones dependientes. Y se aplica especialmente a las conversaciones telefónicas todo cuanto se ha dicho sobre el silencio de oficio. También los Numerarios, Agregados y Supernumerarios, que trabajan en obras corporativas de apostolado, han de extremar la prudencia en sus conversaciones por teléfono, para no faltar a la caridad o a la justicia, al tratar asuntos especialmente delicados.

2. Documentos

Redacción

Los escritos se redactan de manera que se diga todo lo que se desea decir: con claridad, para que no se pueda entender otra cosa; con brevedad, sin circunloquios; con orden, enumerando, si es preciso, las distintas materias; con caridad, para que —si se refiere di-

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recta o indirectamente a alguna o algunas personas— lo pudieran leer los interesados con alegría y agradecimiento; con objetividad, sin dejarse llevar por prejuicios. Especialmente, las respuestas a los Directores Regionales han de ser concretas, con cifras o datos bien precisos, cuando el asunto lo requiere; nunca se contesta con un "aproximadamente" o un "más o menos". Si no se tiene información suficiente para responder con exactitud, se reconoce así; y después se busca y se envía cuanto antes.

Es importante cuidar la redacción, para que nada pueda interpretarse de manera peyorativa para nadie, tampoco para la Obra: sería una gran injusticia. Por ejemplo, cuando se redacta un informe sobre una conversación mantenida con una persona que afirme cosas erróneas relativas a la Obra, siempre se incluye la contestación que se le dio —la aclaración, rechazando esos errores— para hacerle ver su equivocación. O, cuando se escribe sobre alguna persona que, siendo buena, no comprende o tiene algún recelo de la Obra, se deja claro que se trata de una excepción; gracias a Dios, la mayoría de las personas relacionadas con su ambiente, amarán, apreciarán y ayudarán la labor que la Obra realiza. Hacerlo así, además de ser de justicia, es la única forma de dar una idea exacta de la realidad.

Los escritos que los Centros envían a la Comisión o a otros Centros —en papel sin membrete—, llevan un número de protocolo, como es usual en cualquier organización: el número que corresponde al documento dentro de la serie del año en curso, una barra inclinada y las dos últimas cifras del año. Resulta muy práctico hacer dos numeraciones distintas: una para los docu-

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mentos dirigidos a la Comisión Regional, y otra para los que se envían a los demás Centros. En el segundo caso, se pone además, entre el nombre del propio Centro y el número de protocolo, la referencia al Centro al que se remite el documento.

Envío

Los documentos se pueden mandar por correo ordinario, es decir, a través del servicio público de correos, o bien en mano, aprovechando el viaje de algún Numerario o Agregado, o, en casos urgentes, de un Supernumerario que lleve ya bastantes años en la Obra, y que vaya directamente al lugar de destino. Al darles el correo, se les encarece que lo entreguen inmediatamente, apenas lleguen a la ciudad. Se envían siempre en mano los escritos que indique la Comisión Regional, y aquellos que el Consejo local considere menos prudente remitir por correo ordinario.

Los Consejos locales envían sin demora el correo ordinario a la Comisión Regional con la periodicidad que ésta indique. Nunca es motivo para retrasarlo la ausencia —por causa de enfermedad, viaje, descanso, etc.— de algún Director: en la Obra no hay gobierno personal.

No se manda nunca por correo ordinario muchos papeles en un mismo sobre, aunque sea resistente, porque fácilmente se puede romper: es preferible enviar varios sobres con poco contenido cada uno. Además, el tamaño de los sobres se acomoda siempre al contenido; se doblan los papeles —folios, etc.—, para poder utili-

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zar sobres pequeños, que llegan menos deteriorados. Al enviar fotografías, folletos, artículos, etc., que no convenga doblar, los sobres han de ser todavía más resistentes y, si es necesario, se protege el material remitido con unos cartones adecuados.

Periódicamente, se remiten a la Comisión Regional los comentarios del Evangelio.

Antes de enviar a la Comisión Regional una carta para el Padre, como la mayor parte de las veces no llevará, ni tiene por qué llevar, el apellido en la firma, el Director o el mismo interesado lo añadirá a lápiz, con caracteres de imprenta. Además, se señalará si es Numerario, Agregado, Supernumerario, Agregado o Supernumerario de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Si por su contenido o por cualquier circunstancia, conviene que una carta sea leída cuanto antes, el Director local escribirá en el sobre la indicación urgente. Y en algunos casos —por ejemplo, cuando es respuesta a una carta personal del Padre— se mandará directamente a Roma.

No hay inconveniente en que los Directores locales lean las cartas ordinarias que las personas de la Obra escriben al Padre —nunca, como es lógico, las que entreguen en sobre cerrado—, e incluso en algunos casos será conveniente hacerlo. Si el Director juzga oportuno leer una de esas cartas, no ha de tachar nada en absoluto, y sólo hará alguna indicación o aclaración al interesado, cuando sea necesario para facilitarle que escriba con claridad, sencillez y naturalidad.

Los diversos envíos se hacen a la dirección de la sede de la Comisión Regional, y a nombre de alguno de

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los miembros de la Comisión, con excepción del Consiliario.

Archivo y conservación de los documentos

Solamente conviene guardar los documentos necesarios para las tareas de dirección y formación, siguiendo las indicaciones recibidas de la Comisión Regional. Corresponde al Secretario llevar un registro y un índice de los principales documentos del archivo: facilitará la consulta y la redacción de otros escritos semejantes. Lógicamente, se conserva copia de los documentos enviados a las autoridades eclesiásticas o civiles, y otra copia se envía a la Comisión Regional, salvo de las simples cartas de cortesía, para pedir audiencia, etc.

Las Instrucciones y Cartas de nuestro Fundador, las Glosas, los Vademecum, etc., se guardan en la sede, del Centro al que han sido asignados; se custodian bajo llave en el despacho del Director, y no se sacan de la sede del Centro. Si hiciera falta, por alguna circunstancia muy extraordinaria —cambio de casa, por ejemplo—, se trasladan con la máxima prudencia: en una cartera de mano, en una bolsa o en un maletín, exclusivamente destinados a este fin, que lleva siempre consigo un Director. De modo semejante, en los viajes, los escritos no se llevan en las maletas, porque pueden confundirse o perderse, etc. En las estaciones o aeropuertos, no se dejan en la consigna de equipajes o sitios similares. Si se viaja en coche, no quedan dentro del automóvil, cuando se deja solo, aunque se cierre con llave. También, por análogas razones de prudencia

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y de orden, es muy aconsejable no llevar papeles en los bolsillos, ni dejarlos sobre la mesa de trabajo cuando se sale de la habitación.

Si alguna vez se extravían todos o parte de los documentos, se comunica inmediatamente a la Comisión Regional, informando de todos los detalles, sin pensar que ese contratiempo tiene categoría de catástrofe. Si se pierden, no pasa nada: todo lo que se escribe es, por el fondo y por la forma, no sólo bueno y noble, sino santo. Por eso, si alguna persona que no es de la Obra lo leyera, se llenaría de alegría y de afecto, al ver la rectitud de conciencia, la limpieza de medios sobrenaturales y humanos que se emplean, y el amor y el sacrificio que se pone para servir y hacer bien a la humanidad entera sin distingos, sin fobias. Sin embargo, ese descuido sería una falta de pudor: el pudor de cualquier familia, que se preocupa lógicamente de que no trasciendan, a los extraños o a los curiosos, los detalles íntimos de su vida de hogar.

Cuando en un Centro de Numerarios, excepcionalmente, no va a vivir nadie durante algún periodo del año, se consulta a la Comisión Regional cómo proceder para la custodia de los documentos durante ese tiempo.

Estudio de los documentos

Los miembros del Consejo local organizan su tiempo, de modo que les permita leer periódicamente los documentos de nuestro Padre y del Padre. Será una lectura meditada, con labor de examen, y, además, llevarán a su oración esos escritos, porque se han prepa-

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rado con una razón de servicio a Dios, aunque a veces traten de cosas muy concretas, hasta de tipo material: todos encierran vida, exigencia, realidad del espíritu de la Obra, dan siempre doctrina y estimulan al ejercicio de las virtudes.

Los diversos escritos que se mandan a los Consejos locales no tienen como fin dar criterio únicamente a los Directores. Por eso, éstos no se limitan a leerlos y meditarlos y guardarlos después cuidadosamente. Son doctrina viva y clara que han de transmitir a los demás. Una vez que los Directores los han leído y meditado, a fondo, los comentan en la reunión del Consejo local: de esa comunicación de ideas obtendrán el mayor provecho posible personal y para el Centro y abundante experiencia práctica, para utilizar en Círculos, charlas personales, etc.; y el sacerdote, en pláticas y meditaciones. Con este estudio permanente —responsabilidad grave de los Directores—, conservan fácilmente en su memoria los criterios básicos sobre cómo desempeñar su tarea, evitando omisiones, improvisaciones, pérdidas de tiempo o actuaciones personales; y así, además, realizan con perfección su principal trabajo profesional.

Si alguna vez el Consejo local no entiende un documento enviado desde la Comisión, o piensa que no lo puede cumplir, o que puede mejorarse de algún modo, lo hará saber enseguida a la Comisión.

Documentos para la formación

Los documentos internos de formación son para uso de los Directores y de las personas que se indique

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expresamente en cada caso. Sin embargo, su doctrina ha de llegar a todos los miembros de la Obra —porque a todos se destina— de una manera ordenada, prudente, que asegure la exacta y precisa comprensión. Los Directores, o las personas a las que se encargue esta tarea, leen y comentan esos documentos a los demás, del modo conveniente, después de haberlos meditado despacio. No obstante, durante las charlas de formación y en las reuniones en las que se utilizan estos documentos, no se toman notas escritas, ni se usa el magnetofón: es un modo prudente de asegurar que, por descuido o por negligencia, no se extravíen o deformen. No hay nada que ocultar, pero tampoco sería razonable no tomar precauciones para impedir que vayan a parar a quienes no entienden y tergiversan.

El Programa de formación inicial es para uso del Consejo local y de los que tienen el encargo de ayudar en la formación de las nuevas vocaciones. De ese Programa no se toman notas textuales. Tampoco se copian puntos ni se sacan fichas del Catecismo de la Obra.

Los guiones y la bibliografía sobre las intenciones mensuales, que se reciben de la Comisión Regional, pueden utilizarlos las personas que hayan de dirigir Círculos o atender charlas fraternas. Devolverán este material al Consejo local inmediatamente después de estudiarlo.

Además de los documentos señalados anteriormente, hay otros —Cartas del Padre, Crónica, Obras, Meditaciones, Cuadernos, etc.— que las personas de la Obra utilizan directamente para mejorar su formación y su actividad apostólica. Hay que adoptar soluciones que

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armonicen la facilidad para que los Supernumerarios consulten estas publicaciones, con la seguridad de que no se extravíen.

En los Centros de Numerarios donde no se realiza una labor apostólica, no es necesario guardar esos documentos bajo llave ni que estén en el despacho del Director.

Pueden tenerse también, de modo estable, en las casas de retiros, custodiados en un armario, bajo llave, en la zona de huéspedes o en la habitación del sacerdote. Durante las actividades para Supernumerarios y Cooperadores, se trasladan al despacho del Director; en los Cursos anuales, Convivencias, retiros, etc., de Numerarios y Agregados, se ponen al alcance de todos, pero cada noche el Director comprobará que están todos los ejemplares; así, se evita que se extravíe alguno. En las demás casas que se utilicen para Convivencias y cursos de retiro, pueden quedar durante los días que dure la actividad, guardados bajo llave, en la habitación del Director. Terminada la actividad, se devuelven al Centro de donde se sacaron. Cuando se dan los medios de formación en lugares donde no se conserven esos documentos, se pueden llevar en una cartera los ejemplares que se necesiten, y se devolverán a su sitio el mismo día.

Cuando llega a un Centro una Carta del Padre, se procura que, cuanto antes, todas las personas de la Obra puedan utilizarla para su oración y su lectura espiritual. Los sacerdotes Numerarios emplean el texto de la Carta —leyéndolo y comentándolo— en las meditaciones y homilías, dirigidas a los que participan en

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las labores de San Rafael y de San Gabriel. También pueden utilizarla, de la misma manera, los que dirigen clases de San Rafael o Círculos de Estudios para Cooperadores, y los que dan charlas en Convivencias; como de costumbre, los asistentes no toman notas por escrito. Siempre que, para cumplir lo que se dice en este párrafo, se saque un ejemplar del Centro en donde está guardado, se anotará en una ficha, por motivos de orden: quién se lo ha llevado, la fecha de salida y la fecha de devolución.

Donde no se haga labor apostólica externa, podrá haber uno o varios ejemplares de Meditaciones en el oratorio o en la biblioteca de lectura espiritual, para que lo utilice cada uno cuando quiera, aparte de que se emplee en la meditación de la mañana. En los sitios donde no se pueden utilizar los libros de Meditaciones, se sustituye la lectura de Meditaciones por textos de las publicaciones de nuestro Padre, o de otros libros de espiritualidad escritos por personas de la Obra.

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Apéndice 1 y 2