APARTADO
I Charla nº 17
Presencia
de Dios
Hemos recibido, con la vocación, la llamada a ser contemplativos en medio del mundo.
Es una consecuencia lógica de sabernos en todo momento hijos de Dios, contemplados
sin cesar amorosísimamente
por nuestro Padre del cielo. Aunque a veces "vivimos como si el Señor estuviera
allá lejos, donde brillan las estrellas", lo cierto es que "también está siempre a nuestro
lado" (Camino, n.
267).
Somos templos del Espíritu Santo, sagrarios vivientes de la Trinidad
Beatísima. "El corazón necesita entonces, distinguir y adorar a cada una de
las Personas divinas (...) Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo" (Amigos de Dios,
n. 306). "La contemplación no es cosa de privilegiados"(De
nuestro Padre, cn VII-1969, p. 7).
La persona que
tiene un verdadero amor piensa siempre en quien ama.
3. "Hemos comenzado con oraciones vocales, que muchos -probablemente todos, como yo- hemos aprendido de
la boca de nuestras madres: cosas
dulces y encendidas a la Madre de Dios, que es Madre nuestra (...) Primero una oración, y luego otra, y otra., hasta que casi no se puede hablar con la lengua, porque las palabras resultan pobres: y
se habla con el alma. Nos sentimos
entonces como cautivos, como prisioneros; y así, mientras hacemos con la mayor perfección posible, dentro de
nuestras equivocaciones y limitaciones, las cosas que son de nuestro
oficio, ¡el alma
ansia escaparse! ¡Se va! Vuela hacia Dios, como el hierro atraído por la
fuerza del imán" (De nuestro Padre, cn 1972, p. 725).
"Entonces ya no se habla, porque la lengua no sabe expresarse; ya el entendimiento
se aquieta. No se habla, ¡se mira! Y el alma rompe a cantar, porque se siente y se sabe mirada amorosamente por Dios, a todas
horas" (ibid., p. 728).
"No
sabéis que consuelo he tenido cuando, después de repetir durante años y años que para un alma contemplativa hasta el dormir es oración, me encontré
un texto de San Jerónimo que dice lo
mismo" (ibid.). "Hijos míos, no os hablo de cosas extraordinarias.
Son, tienen que ser, fenómenos ordinarios de nuestra alma" (ibid.,
p. 729).
"Nuestro Fundador pidió a Dios la gracia de continuar su oración mientras dormía, y
el Señor lo escuchó, concediéndole además la merced de notar claramente que estaba metido en oración. ¡Una maravilla!"
(Del Padre, cn 1976, p. 1563).
Era el premio de una
lucha heroica por mantener sin descanso la unión con Dios, el diálogo con las Tres
Personas divinas, die noctuque.
Se hacían realidad
prodigiosa las palabras de San Pablo: ut siye vigilemus sive
dormiamus, simul cum illo vivamus
(1 Thes 5,10).
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Para
seguir la senda contemplativa de nuestro Padre, hemos de esforzarnos por no perder la presencia de Dios, con industrias humanas, despertadores, que nos recuerden
esa gozosa realidad.
Sobre
las industrias humanas, nos ha dicho el Padre: "Es mejor que cada uno invente la suya; a veces, a uno se le ocurre una que le parece muy
buena, y luego no le dura más que
media hora Hay que variar; la vida
interior debe ser eso: vida. Si no hay lucha, no hay vida; y uno de los
aspectos de la lucha es inventarse industrias humanas diversas; si va bien una,
con esa basta: adelante con ella, sin
cejar" (Del Padre, nc 1982, p. 855).
La presencia de Dios, si es auténtica, se traduce en un trabajo bien hecho, en
Normas primorosamente cumplidas, en una caridad sin límites, opere et veritate (cfr. Amigos de Dios, n. 58; Camino, n. 265).
Fraternidad
El Mandatum novum
nos lleva a amar intensamente a todas las almas sin excepción; y "sobre todo a aquellos que son mediante la fe de la misma
familia que nosotros" (Gal 5,10); y especialísimamente a aquellos que, por ser hijos
de una misma Madre, la
Obra, están unidos con nosotros por lazos más fuertes que los de la sangre:
"Formad un sólo corazón. Quereos como una madre a su hijo, como un padre a su
hijo, como hermanos, que sois más que hermanos" (De nuestro Padre, cn
1973, p. 491). "Sentid
en vuestras almas esta
bendita fraternidad, que se traduce en quereros de verdad, más que si tuviéramos la misma sangre: que, además,
la tenemos, porque somos hijos de Dios, bañados y purificados con su Sangre misma, y elegidos con idéntica
vocación" (De nuestro Padre, Meditaciones
VI, p.
12).
La
filiación y la fraternidad bien sentidas, son nuestra gran fuerza, contra la que
nada pueden "los enemigos de fuera, por grande que sea su poder" (cfr.
Camino, n. 955). Es preciso que ambas cosas -imprescindibles-
se encuentren bien asentadas en
nuestro corazón.
Cualquier cosa de nuestros hermanos es cosa nuestra y cosa de Dios (cfr. Mt 25,31-40). Nadie debe sentirse solo; nadie debe padecer la amargura de la
indiferencia (cfr. en 1969, p. 493).
Característica de este trato es la delicadeza extrema, sin sensiblerías, sin
particularidades, sin apegos ni desapegos. "Que os queráis; sin ninguna cosa particular, que es de gente boba, mal formada" (De nuestro Padre, cn VIII-1962, p. 13).
"Al
ser muy humanos, sabréis pasar por encima de pequeños defectos y ver siempre, con comprensión maternal, el lado bueno
de las cosas. De una manera gráfica y bromeando, os he hecho notar la distinta
impresión que se tiene de un mismo fenómeno, según se observe con cariño o sin él. Y os decía -y perdonadme, porque es muy gráfico- que, del niño que anda
con el dedo en la- nariz, comentan
las visitas: ¡qué sucio!; mientras su madre
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dice: ¡va a
ser investigador!
"Hijas e hijos míos, ya me comprendéis: hemos de disculpar. No manifestéis repugnancia
por pequeñeces espirituales o materiales, que no tienen demasiada categoría. Mirad a vuestros hermanos
con amor y llegaréis a la conclusión -llena de caridad- de que ¡todos somos
investigadores!" (De nuestro Padre, cn 1969, p. 489).
Los
defectos de nuestros hermanos, se ven, para ayudarles con la corrección fraterna, pero no detenemos en ellos nuestra mirada, sino en su entrega, en su calidad
de almas escogidas por Dios con amor de predilección, en tantas cosas positivas que destacan en su conducta.
Una Costumbre estupenda, que refuerza y enriquece la fraternidad: el día de guardia.
Las tertulias. La oración saxum, etc.
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