APARTADO I Charla nº 2
Ofrecimiento de obras
Deseo de santidad. Filiación divina
Durante el
descanso de la noche, Dios Padre, con el Hijo y el
Espíritu Santo, ha velado nuestro reposo con su mirada de infinito Amor, como una madre junto a su hijo. Como es
lógico, al despertar, nuestro primer
pensamiento ha sido para El; y
también para nuestra Madre Santa María, para San José nuestro Padre y Señor,
para nuestro Ángel Custodio y para nuestro Padre: siempre
estamos acompañadísimos.
"El
minuto heroico. -Es la hora, en punto, de levantarte.
Sin vacilación: un pensamiento sobrenatural y ¡arriba!" (Camino, n. 206; ver también nn.
78, 191, 253). Al levantarnos besamos
el suelo con un Serviam!, que expresa la voluntad de
convertir todo el nuevo día en un acto de servicio a Nuestro Señor, para quien ha de ser toda la gloria. "Vosotros
y yo sabemos y creemos que el mundo tiene como misión única dar gloria a Dios. Esta vida sólo tiene razón de ser en cuanto
proyecta el reino eterno del
Creador. Por eso escribe San Pablo: todo cuanto hiciereis, tanto de palabra como de obra, hacedlo en
nombre del Señor Jesús, dando gracias
a Dios Padre por mediación de El (Col 3,17). Y se lee en la primera Epístola a los Corintios: ya
comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Cor 10,31) (De nuestro Padre, cn II-1969, p. 7).
Así pues,
junto a la acción de gracias por el tesoro que Dios pone en nuestras manos
-el tesoro del tiempo-, ponemos el ofrecimiento de todo lo que
con él hagamos -pensamientos,palabras, obras-, ut cuncta nostra oratio
et operatio a te semper incipiat
et per te coepta finiatur(Preces), para que siempre por El empiecen y en El hallen su fin.
Cada uno a
su modo "le decimos al Señor: mi libertad para
Ti" (De nuestro Padre, cn II-1969, p. 11). Nos
pueden servir las oraciones que quizá aprendimos de
niños: "Todavía, por las mañanas y por las tardes, no
un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento
que me enseñaron mis padres: ¡oh
Señora mía, oh Madre mía!, yo
me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos,
mi lengua, mi corazón" (Amigos de Dios,
n. 296).
La oración termina así: ". en una palabra todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, oh Madre de bondad, guardadme y defendedme como cosa y
posesión vuestra. Amén".
Después es
natural pedir ayuda para cumplir los propósitos
-especialmente los que hicimos en el examen de la noche anterior-, porque "si el Señor no edifica la casa,
en vano trabajan los que la construyen. Si no
guarda el Señor la ciudad, en vano vigilan sus centinelas.
En vano madrugaréis y os acostaréis tarde."
(Ps 126,1-2).
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Pero no basta ese ofrecimiento
general de la mañana. No es suficiente que
la nave, al zarpar, dirija su rumbo al puerto de destino: la fuerza del viento y de las olas -las pasiones desordenadas-
imponen una rectificación incesante. "Que vayáis
ofreciendo al Señor -según el espíritu de la Obra- todo lo que hagáis; que
vuestro ofrecimiento de obras no se reduzca a unos pocos momentos: al levantaros, después del examen de conciencia al
mediodía, por la noche. el ofrecimiento de obras ha de
ser constante: Señor, esto lo hago
por Ti y, aunque me cuesta, quiero terminarlo
bien, sin hacer chapuzas. Si obramos así, ¡qué felices somos!" (Del Padre,
cn III-1982, p. 75).
Así
convertimos todo nuestro día en oración, en "hostia viva, santa, grata a Dios: ése es vuestro culto
racional" (Rom 12,1).
"Recordad que nuestro Padre escribió que para un apóstol moderno, una hora de estudio es una hora de
oración; una hora en la que se procura ofrecer
todo a Dios por la Iglesia, por la Obra (...) Sin embargo, como
somos tan poca cosa, olvidamos actualizar
ese ofrecimiento (...) Yo no puedo estar estudiando o despachando determinados asuntos, y a la vez
diciendo continuamente al Señor que
le quiero y que hago todo por El. Pero el dilema se resuelve fácilmente: se
trata de trabajar lo mejor posible,
por Dios y, cada vez que nos acordamos, ofrecer el estudio o el trabajo, y manifestar en ese momento todo el
amor que quisiéramos haber puesto diluido a lo largo de los minutos., que habéis puesto, hijos míos, aunque no os dabais
cuenta, si habéis luchado por
trabajar bien" (Del Padre, cn VI-1981, p. 59).
Deseo de santidad. Filiación divina
"Os tengo
que recordar que en la Obra estamos por vocación
divina; porque Dios nos ha llamado. Y nos ha llamado para darnos del todo,
sin regateos, para ser santos y santificar" (De nuestro Padre, Cuadernos
3, p. 45). Por tanto, "una preocupación
hemos de tener
los hijos de Dios en el Opus Dei, una preocupación exclusiva; y es ésta: ser santos" (De nuestro
Padre, ibid.).
Es el eco
de la enseñanza del Apóstol: Haec est enim voluntas
Dei, sanctificatio vestra (1 Thes 4,3). Estote imitatores Dei, sicut filii charissimi (Eph 5,1).
Imitar a Jesucristo -Dios
hecho Hombre- es el programa lógico de los que son hijos queridísimos;
que -por la gracia- participan de la vida íntima del Dios tres veces Santo.
La gracia
nos hace partícipes de la naturaleza divina e hijos adoptivos
de Dios. Por eso el afán de santidad y la lucha concreta por alcanzarla se apoyan siempre en sabernos hijos
de Dios: "el fundamento de la vida espiritual de los miembros
del Opus Dei es el sentido de su filiación
divina" (De nuestro Padre, Cuadernos
3, p. 10), que se traduce en "un deseo ardiente y sin cero, tierno y profundo a la vez de imitar a Jesucristo"
(ibid., p. 11), de modo que cada uno pueda repetir en su
vida, con toda sinceridad, el grito
del Apóstol: "no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí"
(Gal 2,20).
Bien
anclados en la filiación divina, nada puede hacernos desfallecer
en la lucha por alcanzar la santidad. Vemos en todo la mano amorosa de nuestro Padre Dios: también en el sufrimiento,
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porque
"tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios" (De nuestro Padre, Cuadernos 3,
p. 15)
Hemos de
considerar frecuentemente la filiación divina cada
día, y no sólo ante las contrariedades, sino en muchos otros momentos: dar gracias a nuestro
Padre Dios por sus beneficios; llenarnos de la seguridad de
quien se sabe hijos de Dios, al hacer
apostolado, etc.
Pero es
preciso desear ardientemente esa identificación con
Cristo; esa plenitud -aunque relativa en nosotros- de la vida
divina que hace posible la gracia santificante. Tota vita christiani boni
-decía San Agustín- sanctum desiderium est(Comentarios
a la primera Epístola de San Juan, 4,6), la vida entera de un buen cristiano se reduce a un santo deseo:
el deseo santo de ser santos.
Nuestro Padre
Dios nos ha otorgado el inmenso don de la
libertad. Pues bien, "la libertad adquiere su auténtico sentido cuando
se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar
el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las
servidumbres" (Amigos de Dios, n. 27). Por eso
la más alta manifestación de libertad es querer la santidad,
que es tanto como querer a Dios ex toto corde. De ahí que "la libertad
y la entrega no se contradicen;
se sostienen mutuamente. La libertad sólo puede entregarse por amor" (ibid.,
n. 31).
En definitiva
-supuesta la gracia de Dios, que nunca falta- es santo el que quiere; y es más santo el que más
quiere. Por eso nuestro Padre nos pedía "un
gran deseo de ser santos" (De nuestro Padre, cn XII-1970, p. 9), que
seamos -como Daniel- varones de deseos (cfr. Dan 9,23), porque la santidad
que Dios nos pide y nos ofrece es una santidad de altar (cfr. Del Padre, cn
III-1982, p. 70).
Siempre
hemos de tener, al menos, deseos de tener deseos, que ya es querer; pero sólo es el principio, porque con la ayuda de Dios -que pone en nosotros tanto el obrar como
el querer (cfr. Phil 3,13)- hemos de querer
"como un avaro quiere su oro, como una
madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere sus honores o como un pobrecito sensual su placer" (Camino,
n. 316; cfr. n. 317). No es cosa de sentimiento, sino de voluntad.
8. Cuanto mayores sean nuestros deseos de ser santos,
tanto más operativos serán. "Me
has dicho, y te escuché en silencio: Sí: quiero ser santo. Aunque esta afirmación,
tan difuminada, tan general, me parezca de ordinario una tontería" (Camino,
n. 250). Pero no basta con ilusionarnos y renovar cada día nuestra
ambición de santidad; después hemos de concretar esos deseos con humildad
-con realismo-, con fe: "Haz pocos propósitos. Haz propósitos concretos. -Y cúmplelos con la ayuda
de Dios" (Camino, n. 249), conscientes de que "la santidad 'grande'
está en cumplir los 'deberes pequeños' de cada instante" (Camino, n.
817).
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