APARTADO I Charla nº 21
Estudio
Corrección fraterna
1. "Oras, te mortificas, trabajas en rail cosas de apostolado, pero no estudias. -No sirves entonces si no
cambias.
"El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre
nosotros" (Camino, n. 33) Lo nuestro es santificar la profesión,
santificarse en la profesión y santificar con la profesión. Y esto supone trabajar "con la
mayor perfección posible;
con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y
en servicio de los hombres)"
(Conversaciones, n. 10).
Por eso, "al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea; pero no es preciso,
ni necesario, que todos lo seáis. En cambio es necesario que todos los miembros del Opus Dei sean doctos, competentes en su labor
profesional, con prestigio de rectitud y de ciencia o
de arte entre sus colegas" (De nuestro Padre,
Cuadernos
3, p. 176).
El
estudio es, en consecuencia, para todos nosotros, una Norma de siempre. Siempre nos hallamos en trance de aprender más y mejor las cosas que se refieren al propio
trabajo profesional. Cada uno, con afán incesante de superación, anda en busca
de "toda la ciencia humana que
su capacidad le permita adquirir." (Camino, n. 857).
"Hay sitio para todos: para intelectuales, para empleados, para obreros, para
campesinos: para todos aquellos -hombres y mujeres- que, en las circunstancias ordinarias de su vida, se esfuerzan en adquirir la
santidad. Y todos, cada uno a su modo, necesitan tener
ciencia: es decir, el conocimiento de lo que
constituye su profesión u oficio, para hacer dignamente la faena habitual de cada día" (De
nuestro Padre, Cuadernos
3, p. 177).
Por su
parte, "los estudiantes, deben sacar buenas notas; si no, ¿cómo van a atraer
a sus compañeros?" (ibid.).
Pero el estudio es Norma de siempre para todos, para ser "docto
entre los de tu clase y categoría: labriego, obrero, médico, diplomático." (De
nuestro Padre, cn XII-1964, p. 61).
Cuando ponemos ilusión -con motivos sobrenaturales y humanos- en la propia
formación profesional, resulta siempre una tarea apasionante, y se comprende que no ha de acabar nunca: exige tener cierto conocimiento de los avances en los
principales campos del saber, sobre todo en la especialidad profesional de cada uno, y según lo requerido por las
circunstancias del trabajo propio.
"Así, una persona que ejercite una profesión de carácter más práctico, no tiene por qué estar tan al día
como un profesor, que debe poner los últimos conocimientos de su materia
especializada al alcance se sus
alumnos" (De nuestro Padre, Cuadernos
3, p. 176).
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8.
"Tienes ambiciones: de saber, de acaudillar, de ser audaz.
"Bueno. Bien -Pero por Cristo, por Amor" (Camino, n. 24).
No podemos olvidar el fin de todo nuestro quehacer: la gloria de Dios. Deo
omnis gloria!
Corrección
fraterna
"Tenemos este mandamiento de Dios, que, el que ama a Dios, ame también a su
hermano" (1 Ion 4,21). La caridad nos mueve a
procurar con eficacia el bien de los que amamos. El mejor bien es la santidad personal. Por tanto,
"querer, en la Obra, es ayudarnos
a ser santos. Os quiero con locura, pero os quiero santos" (De nuestro
Padre, Carta del Padre 1-1980, n. 23). "Cada uno de vosotros tiene el deber de una dirección
espiritual prudente, pero heroica,
con los otros hermanos que están cerca de él.
Todos sois el buen pastor. Todos,
por el hecho de estar en el Opus Dei, tenemos la misión, que es un
deber, y el derecho sacrosanto de ayudar a
santificarse a los demás" (De nuestro Padre, cn
V-1961, pp. 10-11).
Esta ayuda nos compete a todos mediante la corrección fraterna: "si tu hermano peca contra ti, ve
y corrígele a solas tú con él. Si te
escucha, habrás ganado a tu hermano" (Mt 18,15).
La corrección fraterna no es algo que puede hacerse o dejarse de hacer: es un mandato
del Señor, una obligación de amor,
de la que nadie puede sustraerse pensando en su inexperiencia, en su escasa
edad o en los pocos años que lleve en la Obra.
"Algunas veces nos cuesta -a mí también- que nos digan las cosas claras, pero lo agradecemos tanto. Y
muchas veces cuesta más hacerla, porque viene al pensamiento: si
no soy tan bueno como ése a quien voy a corregir; si tengo más
defectos.
"Tendrás más defectos, pero le puedes ayudar. No hay dificultad: con un instrumento defectuoso se puede
hacer una obra de arte, que casi no tiene
defectos o no tiene ninguno. Al realizar
activamente la corrección fraterna, podemos y debemos sentirnos llenos de miserias, pero eso no nos debe
detener. Hay que practicarla con las
condiciones necesarias, pidiendo permiso al Director. Pero no es para mortificar, ni para hacer la vida imposible a la gente: es para ayudar. Haceos
corrección fraterna, hijos míos, sed
sinceros" (De nuestro Padre, Catequesis en América I, p. 222).
Además de ser un compromiso de amor, la corrección fraterna es una obligación de
justicia, pues si la falta de una persona es perjudicial para ella, repercute
también en otros, a los
que puede hacer daño o desedificar; en este caso, corregir al que faltó es un deber de
justicia que viene exigido por el bien común; por el bien no sólo de aquel hermano nuestro, sino también por el de toda la Obra, que ha
de mantener en todas partes y en todos los tiempos la identidad del buen espíritu.
"Cuando hacéis la corrección fraterna, además de vivir la caridad con vuestros
hermanos, estáis amando la Obra, porque la
santificáis" (De nuestro Padre, n.
133; cfr. nn. 130, 131 y 132). Si no se hace corrección fraterna, no hay buen espíritu.
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Al hacer la corrección fraterna hemos de llenarnos de humildad y de sentido
sobrenatural. A ello nos ayudará examinarnos sobre cómo vivimos ese punto concreto, y
considerar también si
son sobrenaturales los motivos que nos llevan a hacer esa corrección fraterna. Debemos
hacerla con delicadeza y fortaleza; con cariño y claridad. Y recibirla también
con humildad; sin una protesta, al contrario, con alegría y gratitud. Por
decirlo de un modo
gráfico: que la persona que nos ha hecho la corrección, se quede con ganas de hacernos
más, debido a nuestra buena acogida.
Hacerla con prontitud: hodie, nunc, de
ahí reside buena parte
de la eficacia. La negligencia en este punto denotaría desinterés por la santidad de los demás, es decir,
tibieza. La diligencia, en cambio, es
prueba de lealtad y nobleza con la Obra y con nuestros hermanos.
La consulta
debida al Director en modo alguno es delación, sino norma de prudencia y de caridad.
Los
Directores también necesitan -e incluso más- la ayuda de la corrección fraterna.
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