APARTADO I Charla nº 6
Oración vocal
Filiación a nuestro Padre y al Padre
La
naturaleza humana -alma sustancialmente unida al cuerpo- ha de expresar a
menudo sus pensamientos y afectos con signos
externos, sensibles. La palabra es el gran instrumento del pensar y del querer. Ex abundantia cordis os
loquitur (Mt 12,34). Con palabras que salen de la boca, procedentes del corazón, nos dirigimos a Dios, para alabarle, adorarle,
desagraviarle, agradecerle y pedirle
cuanto necesitamos. Gran importancia tiene la oración litúrgica (cfr.
Camino, n. 86); y, siempre, la oración vocal
será un estímulo seguro de la piedad, de la devoción, que arrastrará todo nuestro ser hacia Dios.
"'Domine, doce nos orare' -¡Señor, enséñanos a orar! -Y el Señor respondió: cuando os pongáis a orar
habéis de decir: 'Pater noster, qui es in coelis' -Padre nuestro, que estás en los cielos. ¡Cómo no hemos de tener en mucho la oración
vocal!" (Camino, n. 84).
3. "El sendero, que conduce a la santidad, es
sendero de oración; y la oración
debe prender poco a poco en el alma, como la pequeña semilla que se convertirá más tarde en árbol frondoso.
"Empezamos
con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases
ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y
a su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no
un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía! (...) ¿No es esto -de
alguna manera- un principio de contemplación,
demostración evidente de confiado abandono?" (Amigos de Dios, nn. 295-296. Vid. Camino, n. 553).
"Primero una
jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que
parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres! y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio" (Amigos de
Dios, n. 296). "En este entramado, en este actuar de la fe
cristiana se engarzan, como joyas, las
oraciones vocales. Son fórmulas divinas:
Padre Nuestro, Dios te salve, María, Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo. Esa corona de
alabanzas a Dios y a Nuestra Madre que
es el Santo Rosario, y tantas, tantas otras aclamaciones llenas de
piedad que nuestros hermanos cristianos han
recitado desde el principio" (ibid., n. 248).
"Despacio. -Mira qué dices,
quién lo dice y a quién. -Porque ese hablar
deprisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas.
"Y te diré con Santa
Teresa, que no lo llamo oración, aunque
mucho menees los labios" (Camino, n. 85).
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Sin una gracia
especial, la limitación humana impide una atención continua y
perfecta. Las distracciones, si no son voluntarias,
son imperfección, no irreverencia, ni motivo de desánimo (cfr.
Cuadernos 4,
pp. 41-42). Si luchamos, tampoco indican rutina. Te diré que, si tienes esa preocupación,
ya no tienes rutina. ¿Tú eres cariñoso
con tu madre? ¿La besas? Muchas veces, casi no te darás cuenta de que la besas; y es
un acto de amor, no es rutina.
No te preocupes, no dejes tu vida de piedad (...)
Supongamos que tocas la guitarra, y que cantas, y
que casi no te das cuenta. Te distraes,
pero sigues tocando. ¡Es una maravilla! En tu vida espiritual lo mismo. Sigue
con la oración vocal y con la oración
mental. En la oración vocal hablas con palabras; en la mental, con la cabeza (...) ¡Háblale con palabras tuyas, con espontaneidad! Y sin miedo a la rutina. Estoy
seguro de que no tendréis rutina
nunca" (De nuestro Padre, Catequesis en América I, pp. 31-32).
Habíamos
empezado con plegarias vocales, sencillas encantadoras,
que aprendimos en nuestra niñez, y que no nos gusta abandonar nunca. La oración que comenzó con esa
ingenuidad pueril, se desarrolla ahora en cauce ancho, manso y seguro, porque sigue el paso de la amistad con Aquel que afirmó: Yo soy
el camino" (Amigos de Dios, n. 306).
Pero
"no dejéis nunca la oración mental (...) Cuando un alma
empieza a pensar que no sabe hacer oración, que lo que nos enseña el Padre es muy
difícil, que el Señor no le dice nada, que no le oye, y se le ocurre: pues para
estar así, lo dejo todo, y me quedo
con las oraciones vocales, tiene una mala tentación" (De nuestro Padre, cn X-1973, p. 30).
El recurso
constante a la oración de la estampa para la
devoción privada a nuestro Padre.
Filiación a nuestro Padre y al Padre
Una de las
más grandes maravillas que Dios ha puesto desde el principio en el Opus
Dei es la naturaleza del vínculo que nos
une a la Obra y a todos nuestros hermanos: vínculos sobrenaturales, entrañables, más fuertes que los de
la sangre, que nos constituyen en
auténtica familia; ampliación maravillosa de la Sagrada Familia de Nazaret. San José hacía cabeza, y la Virgen y el Niño obedecían en todo, con veneración y
cariño sin límites.
Siempre, en
Casa, habrá una cabeza visible: el Padre, partícipe
de la espiritual paternidad de nuestro Padre. Y recibirá a lo largo de los siglos, entre las circunstancias
cambiantes, la luz del Espíritu Santo, a través
de la intercesión de nuestro Fundador, para gobernar la Obra con plena
fidelidad al querer de Dios.
¿Como conjugar la filiación a Dios, a la Virgen, a San José, a
nuestro Padre y al Padre? "Es todo una sola cosa, hijo mío. La Santísima Virgen es Hija, Madre y Esposa
de Dios. Si tratas a Dios Padre,
tratas a Santa María, su Hija predilecta; si tratas a Dios Hijo, tratas también a su Madre; si tratas al Espíritu Santo, necesariamente tratas a su Esposa
inmaculada. No es posible separar a
la Virgen de Dios.
20 -
"¿Y cómo vamos a desunir a
San José de Santa María? ¡No podemos!
¿Y a Jesús de su padre putativo? ¡Tampoco! Y nuestro Padre Nuestro
Fundador es un eslabón absolutamente necesario en
esta cadena sobrenatural de la Obra: es el primero, bien anclado a la Santísima Trinidad. Si no estuviéramos
muy unidos a nuestro Padre, nos
vendríamos inmediatamente abajo. Además, sigue viviendo ahora en mí, que soy su sucesor. A pesar de ser un pobre hombre, mientras esté aquí abajo soy también un
eslabón necesario para vosotros.
Ya podéis rezar por mí, para que no me resquebraje ni me rompa, para que siempre
sea un eslabón fuerte y bueno, bien unido
a nuestro Padre" (Del Padre, cn III-1980, pp.
73-74). "¿Lo ves? No puedes separar una cosa de otra: sería un verdadero desastre. Por lo tanto, a apretar fuerte. Si te diriges
a la Santísima Virgen, terminarás
pidiendo por este pecador; y si empiezas rezando por mí, acabarás alabando a la Trinidad Beatísima" (ibid.).
Tenemos el
gozoso deber filial de no ser remisos, sino muy
generosos (siempre cabrá serlo más) en la oración y mortificación por la persona e intenciones del Padre. Hemos
de pedir siempre lo que pida el Padre, muy
unidos a su Misa.
Da la medida
del buen espíritu el interés por oír -o leer- su palabra, ponderándola
amorosamente en el corazón, con firme
propósito de hacerla carne de nuestra carne.
Las cartas al Padre, otra
manifestación de la filiación bien sentida.
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