APARTADO II
Charla n° 6
I. Otras características del espíritu de la Obra
II. Oración mental
III. Comentario a las Preces (II)
I.
Otras características del espíritu de la Obra
Todos, en la Obra, estamos
consummati in unum, apiñados en torno a nuestro Padre y al Padre; como los
sarmientos que, unidos a la vid, dan mucho fruto. La unidad es señal de vida;
la desunión es signo de muerte. La unidad -espiritual, moral y jurídica-
es un don maravilloso concedido por el Señor a la Obra, que
hemos de custodiar celosamente: defenderla de todo lo que pueda
-siquiera de lejos- atentar contra ella. Amar la unidad de la Obra es una de
nuestras pasiones dominantes.
La unidad se manifiesta en el
cariño al Padre, a los Directores y a todos nuestros hermanos. Como de los
primeros cristianos, se ha de poder decir de nosotros: mirad cómo
se aman. Amar con obras.
El cariño fraterno pasa por
encima de todas las diferencias. La diversidad en lo que es opinable no es
obstáculo para la unidad; al contrario, es manifestación de buen espíritu. Tenemos un
común denominador -la fe católica y el espíritu de la Obra- y
un numerador diversísimo. Respetar y amar los diferentes temperamentos, gustos
aficiones y modos de ver y resolver las cuestiones opinables.
La Obra es familia y es
milicia: familia, con todas sus consecuencias, y milicia, también con todas
sus consecuencias. "Somos un rinconcito de la casa de
Nazaret" (De nuestro Padre). "Los corazones laten al unísono.
Manda el amor" (Del Padre) .
La filiación divina nos mueve a
amar -entrañablemente, con todo nuestro ser- a Dios, y -apasionadamente-
al mundo, obra de Dios. De esta sola raíz y único amor, brotan tanto el alma
sacerdotal como la mentalidad laical, sin contradicción, con plena armonía.
Sentimos la necesidad de llevar a Dios ese mundo y esas almas:
"Todos en la Obra tenemos
alma sacerdotal: primero, porque en el bautismo hemos sido hechos -como
proclama San Pedro- linaje escogido, sacerdocio real, gente santa, pueblo de
conquista para publicar las grandezas de Aquel que os saco de las tinieblas a
su luz admirable (1 Pet 2,9); y luego porque la vocación al
Opus Dei ha fortalecido más esa participación en el sacerdocio de Jesucristo,
que es propia de todos los cristianos. Algunos reciben el sacerdocio
ministerial, pero todos, ¡todos!, de las dos ¡Secciones, tenemos alma
sacerdotal. ¿Y en qué se manifiesta? En alabar constantemente a Dios, en darle
gracias, en ofrecerle el trabajo, los sacrificios y pequeñas
mortificaciones de la jornada con espíritu de reparación, pedir su ayuda con
celo por la salvación de todas las almas.
Esto se realiza de modo
particular en la Santa Misa, que es (...) el centro y raíz de la
vida interior" (Del Padre).
6. Mientras desarrollamos nuestra actividad en la misma
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entraña de la sociedad,
participando en todos los afanes nobles y en todos los trabajos rectos de los
hombres, no debemos perder de vista el profundo sentido sacerdotal que tiene
nuestra vida: somos mediadores en Cristo Jesús, para llevar a Dios todas las cosas, y
para que la gracia divina lo vivifique todo.
7. Mentalidad laical:
"Nada distingue a mis hijos de sus conciudadanos -dice nuestro
Padre-. En cambio, fuera de la fe, nada tienen en común con los
miembros de las congregaciones religiosas" (Conversaciones,
n. 118).
Amamos apasionadamente el mundo que Dios ha creado bueno; respetamos
las naturales leyes de las cosas, descubrimos su sentido divino y las
encaminamos a la gloria de Dios.
Amamos y defendemos la
legítima libertad de todos, como un tesoro que Dios ha concedido al hombre
para hacer el bien y alcanzar la bienaventuranza eterna.
Nos sentimos comprometidos en
el progreso de la sociedad a la que pertenecemos (cfr. Conversaciones,
n, 120).
8. La mentalidad laical nos
lleva a "pechar con la propia responsabilidad personal"
(Conversaciones, n. 117), sin servirnos de nuestra Madre la Iglesia en
nuestras opciones temporales. De otra parte, mantenemos la más
estricta fidelidad a la Iglesia y a su doctrina de salvación.
II. Oración mental
Oportet
semper orare et non deficere (Lc 18,1); sine intermissione
orate(1 Thes 5,17). Todo lo que se hace por amor al
Señor es oración; pero más propiamente se suele llamar oración a la
conversación íntima con Dios: "es el diálogo eterno, el que han tenido todas las personas que se amaron en la
tierra" (De nuestro Padre) (cfr.
Camino, n. 90-91).
Media hora por la mañana y
media hora por la tarde para los Numerarios y Agregados. Sin anonimato, con sencillez.
Intensidad: llenar los minutos; es corto el tiempo para amar. Es tema de
oración todo lo que constituye nuestra vida (cfr. Camino, n. 91).
3- La oración es la caldera que
da calor -amor de Dios- a todo el edificio, a todos los instantes y ocupaciones
de la jornada. "Y en mi meditación, se enciende el
fuego" (Camino, n. 92).
A ser posible, procurar hacer la oración ante el
sagrario, aunque también se puede hacer en cualquier sitio.
Escuchar a Dios. Propósitos eficaces.
Posibles dificultades: distracciones, aridez, sueño.
III. Comentario a las
Preces (II)
1. En las Preces actualizamos nuestras devociones colec-
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tivas: a la Santísima Trinidad,
a la Humanidad Santísima de Jesucristo, a la Madre de Dios y Madre nuestra, a San José, a
los Santos Ángeles Custodios. Así nos
sabemos protegidos y acompañadísimos
en toda circunstancia. Con nosotros está el Cielo, "empeñado en que la
Obra se realice" (De nuestro Padre).
Dominus illuminatio mea...;
siempre habrá alguna dificultad; el demonio no cesará de presentar batalla: "no se toma vacaciones" (De nuestro Padre). Pero también
en la dificultad, en la lucha,
mantenemos la esperanza: in hoc ego sperabo; porque contamos con la
omnipotencia de Dios, con el amor de Cristo, con la protección maternal de la Santísima Virgen y con la ayuda de San José y de los Ángeles.
Pedimos por el Romano
Pontífice, Padre común de todos los cristianos. Nuestros
grandes amores: Cristo, María y el Papa. Por el Obispo de la diócesis.
Tiramos del carro en la misma dirección que los Revmos.
Ordinarios locales; les guardamos la máxima veneración y afecto.
4- Pedimos por la unidad del
apostolado, para que en la Iglesia todos -fieles a la vocación específica de
cada uno- sea-bos un
solo corazón y una sola alma: unum. Siempre nos alegra el trabajo
que otros realizan por Cristo. Y pedimos también por la unidad
de la Obra, que es condición de eficacia.
5- Por
nuestros bienhechores, que así participan de los frutos de la oración de
la Obra entera. Al saberlo, se sentirán movidos a ser
más generosos en su ayuda a nuestros apostolados.
6- Petición
por el Padre, que necesita de toda nuestra oración. Por nuestro Fundador,
porque es deber de piedad filial mientras la Iglesia no haya proclamado
oficialmente la santidad de su vida en la tierra. Por nuestros hermanos
vivos y difuntos; es un deber de caridad y de justicia. Frater qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma.
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