APARTADO III Charla nº 2
Llamada universal a la santidad
1. Haec est enim voluntas
Dei: sanctificatio
vestra (1 Thes 4,3) Elegit nos in ipso
ante mundi constitutionem ut
esse mus sancti et immaculati in conspectu eius (Eph 1,4). Los primeros cristianos, fieles corrientes, casados y
célibes, de toda edad y condición, se sabían "santos por
vocación" (Rom 1,7), "elegidos por Dios, santos y amados" (Col
3,12). Buscaban la santidad, en todas las actividades de la tierra. "Los cristianos
no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por
sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan
un género de vida aparte de los demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos
inventada gracias al talento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una
enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras,
según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y
demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestra de un tenor de peculiar conducta admirable y, por
confesión de todos,
sorprendente" (Epístola a Diogneto).
2. Pasados los primeros siglos de cristianismo, se olvida prácticamente el
carácter universal de la llamada a la santidad y se llega a considerar como patrimonio exclusivo de los que se apartan del mundo, para dedicarse a la
contemplación de las cosas divinas en la soledad del desierto o del claustro y
la celda. Los fieles corrientes que siguen en el mundo
aparecen como cristianos de
"segunda categoría", como si sólo pudiesen aspirar a una mediocre
versión de la santidad. "Cuando se ven las cosas de este modo, el templo se convierte en el lugar por
antonomasia de la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al
templo, participar en sagradas ceremonias,
incrustarse en una sociología eclesiástica,
en una especie de mundo segregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el
mundo común recorre su propio
camino" (Conversaciones, n. 113).
3. El ideal de vida cristiana se llegó a reducir
al contemptus saeculi, a la
renuncia de las cosas de la tierra, que es uno
dé los elementos que definen el estado religioso. El apartamento del mundo lleva a plasmar la vocación de los
religiosos, en sus sucesivas formas
diversas.
4. De otra parte, las
necesidades apostólicas han originado, sobre todo en los tiempos más recientes,
un proceso de regreso
al mundo por parte de los religiosos, llegando incluso a tomar una apariencia de seglares, por su forma de
vestir y trabajar en tareas
seculares. Sin embargo, su estado sigue siendo distinto, lógicamente, al de los
fieles corrientes, y se caracteriza también por su renuncia al mundo (cfr. Conc. Vaticano II, Decr. Perfectae caritatis n. 5). Sólo así,
además, pueden y deben cumplir su santa y eficaz función en el seno de
la Iglesia: "Los
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religiosos,
por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede
ser transformado ni ofrecido a Dios fuera del espíritu de las bienaventuranzas"
(Const. Lumen gentium, n. 51).
5- La Obra no es un eslabón
en la cadena evolutiva del estado religioso. "En nuestro caso nos encontramos
frente a un fenómeno completamente
diferente, porque no somos religiosos secularizados, sino ciudadanos cristianos
que no buscan la vida de perfección evangélica propia de los religiosos, sino
la santidad en el mundo, cada uno en
su propio estado y en el ejercicio de su propia profesión u oficio.
Quien no sepa superar los moldes clásicos
de la vida de perfección, no entenderá la estructura de la Obra" (De
nuestro Padre). "El canino de la vocación
religiosa me parece bendito y necesario en la Iglesia, y no tendría el
espíritu de la Obra el que no lo estimara.
Pero ese camino no es el mío ni el
de los socios del Opus Dei. Se puede decir que, al venir al Opus Dei» todos y
cada uno de sus socios lo han hecho con la condición explícita de no cambiar de
estado" (Conversaciones, n. 62).Nosotros no
somos religiosos. "Ninguna autoridad en la tierra me podrá obligar
a ser religioso, como ninguna autoridad puede
forzarme a contraer matrimonio" (Conversaciones, n. 118).
"Con el comienzo de
la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para
privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la
tierra, todos los estados,
todas las profesiones, todas la tareas honestas".
Precisamente "el mensaje del Opus Dei es
que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las
circunstancias en que se
desarrolla" (Conversaciones, n. 26).
Siendo vieja como el
Evangelio, esta doctrina sonó tan nueva en los oídos de
algunos, que la tacharon de herética.
Sin embargo, el Concilio Vaticano II la confirmó expresamente en diversos
lugares de sus documentos: "todos los fieles, de cualquier estado
o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana
y a la perfección de la caridad" (Const. Lumen gentium, n. 40; cfr. nn. 39 y 41 i Const. Gaudium
et spes, nn. 35, 38, 48; etc.).
El mensaje del Opus Dei
será siempre actual, y al llamarnos a la Obra para difundirlo por
todos los rincones de la tierra, el Señor nos exige de modo especial que seamos
santos en medio del mundo, siendo gente de la calle, en nuestro estado, en
nuestra profesión u oficio, en los deberes ordinarios de la vida corriente.
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