APARTADO III Charla nº 28
Castidad
1.
"Glorificad, pues, a Dios y llevadle en vuestro cuerpo" (1 Cor 6,20). "La
pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de
Dios en el cuerpo humano" (Juan Pablo II Discurso,
18-111-1981). "El sexo no es una realidad
vergonzosa, sino una dádiva divina
que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad" (Es
Cristo que pasa, n. 24). "Respetad el sexo, que es un don de Dios, y sabed que sólo se puede emplear dentro del matrimonio cristiano, y con el fin de procrear" (De nuestro Padre).
2. El cuerpo humano
también está llamado a participar de la
bienaventuranza del Cielo donde será revestido de inmensa gloria. Para eso es
preciso santificarlo ya aquí en la tierra; espiritualizarlo de algún modo, sometiéndolo al imperio de la razón iluminada por la fe. Así también el cuerpo
interviene eficazmente en la santificación del alma: "Bienaventurados los
limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios" (Mt 5,8). Por eso hemos de guardar
el corazón con siete cerrojos, llenarlo de Amor, con mayúscula, para que ningún afecto se desordene.
3.
La santa pureza es, pues, como nos ha enseñado nuestro Padre,
una afirmación gozosa. "Vivamos delicadamente la castidad -cada uno en su estado: solteros, casados, viudos,
sacerdotes-, que hace a los hombres recios y señores de sí mismos, les
da optimismo, alegría y fortaleza; les acerca
a Jesucristo, Nuestro Señor, y a nuestra Madre Santa María; y es
condición indispensable para nuestro
servicio a la Iglesia y a las almas" (De nuestro Padre). "Sin la
santa pureza no se puede perseverar en el apostolado" (Camino, n. 129).
4. La castidad no es
la principal virtud ni la primera preocupación de una persona normalmente
constituida; pero es el "clima" necesario -conditio sine qua non- del
crecimiento en el amor a Dios y de la
vibración apostólica. De otra parte, no deben asombrar nunca las tentaciones de la sensualidad. "Siendo muy niños delante de Dios, no podemos estar
infantilizados. A la Obra se viene
con la edad conveniente para saber que tenemos los pies de barro, para saber que somos de carne y hueso.
Sería ridículo darse cuenta en plena
madurez de la vida: como una criatura de meses, que descubre asombrada sus
propias manos y sus pies" (De nuestro
Padre).
5. Como consecuencia del
pecado original, el cuerpo de muerte no cesa
de clamar "por sus fueros perdidos" (cfr. Camino, n. 707), y es preciso tenerlo a raya mediante la
mortificación y la templanza:
"Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y
concupiscencias" (Gal 5,24), “a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne
mortal" (2 Cor 4,11). No se puede ir por ahí "con los sentidos despiertos
y el
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alma
dormida". "¡Cuántas experiencias a lo David" (Camino, n. 183). Los medios son bien conocidos: la oración y los sacramentos; no dialogar con la tentación, guardar los
sentidos y, siempre, huir de las
ocasiones de peligro.
Procuremos
no olvidar que tenemos los pies de barro (cfr. Dan 2,31-33)-
Nunca podemos dar por definitivamente conquistada
la castidad y descuidar las oportunas normas de prudencia. Lo que
mancha a un chiquillo, mancha también a un viejo (De nuestro Padre). No podemos dejarnos engañar por la ola de erotismo que trata de convertir al hombre y a la mujer en
bestias. "Acostumbrarse” y
considerar "normal" lo que es consecuencia del olvido de Dios y del embrutecimiento de la
persona, significaría una grave
corrupción de la sensibilidad, el embotamiento de la mente, la muerte de la vida de la gracia, la
ruina espiritual.
"El
pudor y la modestia son hermanos pequeños de la pureza"
(Camino, n. 128).
El pudor no es algo pasado de moda. Para
“superar” la necesidad del pudor sería necesario dejar de ser hombres o
mujeres, para ser ángeles o simples animales. Los ángeles no tienen necesidad del pudor porque no
tienen cuerpo; los animales tampoco,
porque no tienen alma espiritual. Nosotros tenemos alma espiritual, y cuerpo,
con pasiones que -como consecuencia del pecado original- no requieren estímulos
extraordinarios para exacerbarse. El
pudor y la modestia deben impregnar
nuestra conversación y la forma de
comportarnos.
De
impureza, nec nominetur in vobis, sicut decet sanctos (Eph 5,3); "-Mira que es materia más pegajosa que la pez"
(Camino, n. 131).
9-
"Ahora hay gente un poco desvergonzada: con ocasión del deporte, de esto y de lo otro, fácilmente se falta a
la modestia. Yo querría que vosotros no
fuerais ñoños, pero que seáis siempre cristianos.
Y por tanto, amigos de la custodia de vuestro cuerpo, que es el santuario del alma en la tierra. Que penséis que en vosotros está viviendo Nuestro Señor" (De
nuestro Padre).
"La
santa pureza la da Dios cuando se pide con humildad" (Camino, n. 118). Con humildad y perseverancia, la oración no puede fallar. Si la castidad falla, habrá que examinar
cómo anda la soberbia, el egoísmo. Y procurar una sinceridad más honda, más plena, con nosotros
mismos y en la charla fraterna: "lo que no podemos es
hacer cosas malas y decir que son santas" (De nuestro Padre). Hablar antes.
Hay
que limpiar las alas, si están manchadas -hablando, obteniendo el perdón de Dios en la confesión, haciendo penitencia- pero nunca cortarlas.
12.
El gran recurso, la gran fortaleza está en la Eucaristía y en la filial devoción a la Santísima Virgen:
¡Bendita sea tu pureza...!
13.
"Vuestro voluntario celibato recoge, en estos años -de hedonismo, de búsqueda egoísta del placer, una vibrante y
cons-
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tructiva
protesta: la gozosa afirmación de que en Dios se
encuentra el bien más sublime, y de que, a fin de cuentas, sólo una cosa
es necesaria (cfr. Le 10,42): estar muy cerca de
Jesucristo, al alcance de su mirada, de su
palabra y de su Corazón" (Del Padre).
14.
Criterios específicos sobre la castidad en el noviazgo (para Supernumerarios).
"Los
que tenéis novia, como imagino que vais con una
rectitud de intención muy grande, procurad portaros con mucho respeto con la que pensáis que va a ser la madre de
vuestros hijos, después, que el
noviazgo no sea muy largo; y que no os avergoncéis
de hablar de la novia con vuestra mamá; si os avergonzáis, malo" (De nuestro Padre).
"El noviazgo debe ser una ocasión de ahondar en el afecto y en el
conocimiento mutuo. Y, como toda escuela
de amor, ha de estar inspirado no por el afán de posesión, sino por espíritu de entrega, de comprensión, de
respeto, de delicadeza"
(Conversaciones, n. 105).
El
amor no lo justifica todo; el amor humano no es fin último ni bien supremo. Por encima del amor humano está el amor de Dios. Fuera del legítimo matrimonio, es pecado
mortal la búsqueda directa del placer
sexual o la realización -total o parcial-
de acciones que están destinadas por su naturaleza, independientemente
de la intención del hombre, a la transmisión de la vida. Y esto, aunque -por las razones que sean- se sepa que no llegará la concepción, y aunque la intención no sea
ofender a Dios, sino manifestar el
cariño.
No
se puede hacer lo que, en el fondo de la conciencia, tenga un timbre de lujuria, de bajeza, de
egoísmo o de clandestinidad.
Nunca
deben suscitar directamente ninguna de las manifestaciones
corporales que son propias de la intimidad conyugal.
A
la hora de la responsabilidad moral, no puede prescindirse de lo que pase en la conciencia del otro, porque los novios son dos. Una intención afectuosa, si es
imprudente, puede ser la causa de un pecado.
Siempre
debe quedar tal limpieza, que no se enfríe la
vida de piedad, ni parezca haberse levantado un muro entre el alma y Dios.
Cuando
hay un fondo de rectitud y de buena voluntad,
muchas victorias y muchas derrotas espirituales dependen de que se hayan sabido evitar o no unas pocas ocasiones de
peligro.
Invocar a
la Madre del Amor Hermoso; y contar con la ayuda inestimable del Ángel Custodio.
15. Criterios sobre la
castidad en el matrimonio.
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Para
quien vive en el estado matrimonial, "el amor y los deberes conyugales son parte de la vocación
divina" (De nuestro Padre). Pero fuera del ámbito del propio y legítimo matrimonio, la obligación de guardar la continencia -de
cuerpo y de espíritu- es tan total y
excluyente como para una persona soltera.
Dentro
del estado matrimonial, vivir la pureza lleva
consigo -entre otras cosas- que el amor conyugal esté abierto generosamente a la transmisión de la vida, sin poner
obstáculos a esa confianza del Señor
que ha querido contar con la cooperación de
los hombres para aumentar el número de sus hijos sobre la tierra (cfr. Conversaciones, n. 93-95).
Sólo por causas graves o serias puede ser
lícito evitar un nuevo hijo por medio de la continencia periódica. Si parece
que se dan esas circunstancias, una elemental
medida de prudencia será pedir consejo en la dirección espiritual, aunque la decisión pertenece sólo a los
cónyuges.
¿Cómo
crecer en generosidad y fortaleza para tener muchos hijos, cuando se cuenta con pocos medios económicos? A esta pregunta de una madre brasileña de cinco hijos,
respondía nuestro Padrea "Crece
en amor de Dios y en amor a tu marido, y no te faltará espíritu de sacrificio,
ni salud, ni alegría. Crece en vida interior,
reza, ten presencia de Dios, pequeñas mortificaciones, jaculatorias, que son como el latir de corazón... Y si tienes
esa vida interior, recibirás con alegría todos los hijos que vengan".
Cada
hijo es una bendición de Dios (lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada
Escritura), y "trae un pan debajo del brazo".
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