14. HISTORIA DE LA IGLESIA
1. El sentido de la historia. Historia de la salvación e historia de la Iglesia
a)
La
historia no está sometida a fuerzas ciegas, ni es el resultado del acaso, sino que es manifestación de la
Providencia divina y de la libertad humana169.
b)
Los
cristianos estamos llamados a ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cfr. Mt 5,13-14). Todas las incidencias de la vida —las de cada existencia
individual, las de la convivencia social y
las grandes encrucijadas de la historia— son otras tantas
llamadas de Dios: ocasiones
que se nos ofrecen para ser santos y llevar todas las cosas a Dios, procurando
que Cristo reine. La vida de los santos ha iluminado efectivamente la historia. Pero la familia humana se renueva
constantemente y cada generación de cristianos tiene la responsabilidad de santificar su tiempo170.
c)
La
historia de la Iglesia es, en su sentido más profundo, la historia de la
santidad y del apostolado:
— de la santidad, porque es la historia de
la salvación de los hombres: historia del amor de Dios, que quiere que todos
los hombres se salven y les otorga constantemente su gracia; e historia de
la respuesta de los hombres a la gracia de Dios;
— del apostolado, porque Dios ha querido
salvarnos no aisladamente a cada uno, sino formando una comunidad, la Iglesia. Su obra quedó
cumplida con la Ascensión a los cielos. Pero es necesario que el fruto de la Redención se aplique a
todos los hombres, a lo
largo de la historia. Ésta es la tarea que el Señor encomendó a los Apóstoles y
a todos
169 Dios es el
Señor de la historia porque la encamina hacia su fin (nuestra felicidad y
salvación: su gloria). Al mismo tiempo, ha querido
"correr el riesgo" de nuestra libertad: ha querido una historia
verdadera hecha de auténticas decisiones de los hombres y no una ficción ni un
juego.
Así sucedió desde la creación de nuestros
primeros padres: tras el pecado de Adán y Eva, Dios decretó la Encamación del
Hijo para salvarnos. Al misterio de la iniquidad, Dios responde con el misterio
de su misericordia. Por eso afirmamos en la liturgia: felix culpa! Incluso de los males Dios saca
bienes, de modo que "para los que aman a Dios, todas las cosas concurren
para el bien" (Rom
8,28).
170 De la historia de la salvación, cuyo lugar privilegiado es la Iglesia,
depende la historia de la humanidad. La mayor parte de esta historia queda
escondida a los ojos humanos, pues pasa a través del corazón de cada uno de los
hombres y es fruto del eterno designio de Dios y de la libre correspondencia a
la acción del Espíritu Santo. Solamente al final de los tiempos, cuando
"el Cordero abrirá el libro" (cfr. Apoc 5 y ss.), el
Señor nos revelará plenamente la totalidad de la historia de la salvación, de
la que, por su voluntad, somos cooperadores.
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los cristianos (cfr. Mt 28,19). El día de Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo para que asistiera perpetuamente a la Iglesia en el cumplimiento de su misión.
d) La Iglesia, aun siendo santa171, no se cansa de hacer penitencia porque está compuesta por hombres y mujeres que somos pecadores. Junto a innegables frutos de santidad, en la historia de los cristianos hay también errores e infidelidades. Reconocer los pecados y las equivocaciones del pasado es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces de afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy172.
2. La predicación apostólica y los primeros cristianos
a) Los apóstoles, después de Pentecostés,
comenzaron a predicar a todas las gentes (cfr. Act 2,1-41; 4,4). Más tarde, en la ciudad de Antioquía —donde muchos se habían bautizado—, los discípulos de Cristo
"comenzaron a llamarse cristianos" (Act 11,26).
b) Los Apóstoles se esparcieron por todo el mundo entonces
conocido. San Pedro, Cabeza del Colegio Apostólico, estableció su sede en Roma.
San Pablo —que primero persiguió a la
Iglesia y después se convirtió— realizó viajes por Asia Menor y por Europa abriendo las puertas de la fe, por voluntad
divina, a los que no eran judíos: los "gentiles"
(cfr. Ef 3,5-12). Muchos judíos se incorporaron a la Iglesia, pero también otros muchos no quisieron convertirse y la
persiguieron.
c) Todos los Apóstoles, concordes y
unánimes en comunión con Pedro, predicaban por todas partes la misma fe, establecían comunidades
cristianas y consagraban Obispos
en cada lugar para que continuasen su ministerio. Estas comunidades, gobernadas por los Obispos, se llamaron "iglesias" (la
"Iglesia de Corinto" o "Iglesia en Corinto"; la
"Iglesia de Éfeso" o "Iglesia en Éfeso", etc.).
3. Las persecuciones y la evangelización de Europa