CARTA 14-II-1974
Josemaría Escrivá de Balaguer
1 Queridísimos: que Jesús me guarde a mis
hijas y a mis hijos. Salgo otra vez a vuestro encuentro, volviendo a sonar la
campana. Siento el deber de avisaros y lo hago como tradicionalmente se convoca
a los fieles, para acercarlos al Sacrificio de Jesucristo: repitiendo las
llamadas. Tres solían darse, para anunciar el comienzo de la Santa Misa. Las
gentes, al oír el repique ya familiar, aceleraban definitivamente el paso,
corrían hacia la casa del Señor. Esta carta es como una tercera invitación, en
menos de un año, para urgir vuestras almas con las exigencias de la vocación
nuestra, en medio de la dura prueba que soporta la Iglesia.
Quisiera que esta campanada metiera en vuestros corazones, para siempre, la misma alegría e igual vigilia de espíritu que dejaron en mi alma —ha trascurrido ya casi medio siglo— aquellas campanas de Nuestra Señora de los Ángeles. Una campana, pues, de gozos divinos, un silbido de Buen Pastor, que a nadie puede molestar. Sin embargo, hijos míos, habrá de moveros a contrición y, si es necesario, suscitará un deseo de profunda reforma interior: una nueva ascensión del alma, más oración, más mortificación, más espíritu de penitencia, más empeño —si cabe— en ser buenos hijos de la Iglesia.
Espero
—con estas líneas— impulsaros a que busquéis con mayor esfuerzo la presencia,
la conversación, el trato y la intimidad con Dios Señor Nuestro, Trino y Uno, a
través de la devoción familiar a la trinidad
de la tierra: que esta habitual confianza con Jesús, María y José sea para
nosotros y para quienes nos rodean como una continua catequesis, un libro
abierto que nos ayude a participar en los misterios, misericordiosamente
redentores, del Dios hecho Hombre.
Así
iremos por este mundo, camino adelante, cantando coplas de amor, anunciando la
infinita clemencia de Dios con sus criaturas, que en tantas ocasiones no se
dirigen al Señor ni le aman, porque no le conocen, ya que se ha secado la
lengua de quienes deberían predicarle, hasta el punto de que no pocos han
perdido lo único de apariencia cristiana que les quedaba: la técnica de hablar
claramente de Jesucristo y de su doctrina salvadora.
2 Servite
Domino in laetitia (Ps. XCIX,
2). ¡Sirvamos al Señor con alegría!
Este es nuestro afán, todo un programa de vida santa, al comienzo del nuevo
año. Para servirle, nos ha empujado a marchar por este camino divino de la Obra
—tú eré mi siervo: yo te elegí (Isai. XLI, 9)— y a
acompañarle sin condiciones: como acabamos de contemplar durante la Navidad
que, en los planes colmados de ansias redentoras de Dios, ha tenido por
protagonista admirable a la Sagrada Familia de Belén. Hemos sido escogidos para
que demos la vida entera, sin reservarnos nada, como hijos queridísimos (Ephes. V, 1) que sirven
de todo corazón (cfr. I Reg. XII,
20).
Con
el ejemplo de Jesucristo que viene a entregarse por nosotros (cfr. I Ioann. III, 16), hemos de animarnos a
responder con la misma generosidad con que Tomás moviliza a los demás
Apóstoles, para seguir a Jesús, arriesgando la vida: vayamos también nosotros y muramos con El (Ioann. XI, 16).
Hijos
míos, Dios nos enseña a abandonarnos por completo. Mirad cuál es el ambiente,
donde Cristo nace. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones: José
—una historia de duros sucesos, combinados con la alegría de ser el custodio de
Jesús— pone en juego su honra, la serena continuidad de su trabajo, la
tranquilidad del futuro; toda su existencia es una pronta disponibilidad para
lo que Dios le pide. María se nos manifiesta como la esclava del Señor (Luc. I, 38) que,
con su fiat, transforma su entera existencia en una
sumisión al designio divino de la salvación. ¿Y Jesús? Bastaría decir que
nuestro Dios se nos muestra como un niño; el Creador de todas las cosas se nos
presenta en los pañales de una pequeña criatura, para que no dudemos de que es verdadero Dios y verdadero Hombre.
Sería
suficiente recordar aquellas escenas, para que los hombres nos llenáramos de
vergüenza y de santos y eficaces propósitos. Hay que embeberse de esta lógica
nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra. En Belén nadie se reserva
nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni
de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al
servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención.
Rendida nuestra soberbia, declaremos al Señor con todo el amor de un hijo: ego servus tuus, ego servus tuus, et filius ancillae tuae (Ps. CXV, 16): yo soy tu siervo, yo soy tu
siervo, el hijo de tu esclava, María: enséñame a servirte.
3 Paraos por ahora un poco, hijos, y pensad
en vosotros mismos. Quizá comencemos a sentir ya el repique de la campana gorda —de la gracia del cielo—
en el fondo del alma. Dios nos advierte, desde su donación incondicionada, que
la conducta auténticamente cristiana se teje con los hilos de una trama divina
y humana: la voluntad del hombre que enlaza con la voluntad de Dios. Soltar un
hilo, aunque parezca sin importancia, supone empezar a deshacer el tapiz. ¡Triste fracaso, un buen tapiz deshilachado¡ ¡Qué dolor, si
un hijo de Dios se atreve a reclamar la voluntad, que había entregado al
servicio de esta Obra donde reina la Cruz salvadora!
Os
escribo para que estéis prevenidos ante los asaltos del diablo, que ataca a la hora undécima quizá, casi al fin de
este caminar de aquí abajo, cuando vuelve a remover los resortes de la
prudencia carnal. Tú y yo, tenlo presente, hemos venido a entregar la vida
entera. Honra, dinero, progreso profesional, aptitudes, posibilidades de
influencia en el ambiente, lazos de sangre; en una palabra, todo lo que suele
acompañar la carrera de un hombre en su madurez, todo ha de someterse —así,
someterse— a un interés superior: la gloria de Dios y la salvación de las
almas.
A
servir a Dios y sólo a El (cfr. Matth. IV, 10; Luc. IV, 8) hemos sido llamados. Responder sinceramente a esta
elección significa, en el Opus Dei, dirigir la vida entera al fin apostólico de
nuestra vocación. Si algo, en nosotros, quedara voluntariamente al margen de
ese intento, sería señal cierta de que habíamos emprendido el descamino de
vivir para nosotros mismos y, como sugiere San Agustín, mortui sumus illi, quando viximus nobis: estamos muertos para Él, cuando vivimos para
nosotros (In Ioann.
Ev., 75, 3).
La unidad de vida, tan necesaria —indispensable— para nuestra fisonomía
espiritual, constituye la más clara manifestación de la plenitud de entrega que
tratamos de hacer realidad.
4 Pensad en esta unidad de vida cuando, con
el paso del tiempo, os encontráis cogidos de lleno por el quehacer profesional.
Debéis sentir la responsabilidad de quienes han de permanecer más metidos en
Dios que nadie, haciendo de la profesión una continua ocasión de apostolado. Si
en esos años de madurez la profesión se fuera convirtiendo como en un coto
aislado, donde sólo con dificultad tienen acceso los criterios apostólicos,
hemos de ver ahí un indicio evidente de que se está rompiendo la unidad de
vida: y habría que recomponerla. Habría que volver a vibrar, esdecir, habría que volver a la piedad, a la sinceridad, al
sacrificio —gustoso o dificultoso— por las cosas de la Obra, del apostolado, a
hablar deDios sin empachos ni respetos humanos.
Hijos
míos, no os podéis entibiar: la profesión u oficio es el ámbito natural de
nuestro apostolado y, por tanto, el punto de encuentro constante con Dios, el
terreno para nuestro diálogo divino y para nuestra lucha interior. Revelaría un
síntoma indudable de tibieza que nuestro trabajo ordinario se transformara en
campo para satisfacciones de afirmación personal, de influjo a lo humano, de
mundano progreso.
Nos
exige la Obra de Dios, repito, que santifiquemos la profesión. No es la Obra un
conjunto de tareas de apostolado para gente menuda: es trabajo esforzado de
cristianos adultos, que procuran comportarse como niños delante de Dios. Con
Dios nos espera una cita importante siempre, especialmente en está hora en la
que, por la experiencia de cada uno y por las circunstancias de la sociedad,
podemos —debemos— dar más abundantemente.
No
olvidéis el particular empeño que pone en estos tiempos el demonio, para lograr
que los fieles se separen de la fe y de las buenas costumbres cristianas,
procurando que pierdan hasta el sentido del pecado con un falso ecumenismo como
excusa. Deseamos, tanto como el que más lo desee, la unión de los cristianos: y
aun la de todos los que, de alguna manera, buscan a Dios. Pero la realidad
demuestra que en esos conciliábulos, unos afirman que sí y —sobre el mismo
tema— otros lo contrario. Cuando —a pesar de esto— aseguran que van de acuerdo,
lo único cierto es que todos se equivocan. Y de esa comedia, con la que
mutuamente se engañan, lo menos malo que suele producirse es la indiferencia:
un triste estado de ánimo, en el que no se nota inclinación por la verdad, ni
repugnancia por la mentira. Se ha llegado así al confusionismo: y se aniquila
el celo apostólico, que nos mueve a salvar la propia alma y las de los demás,
defendiendo con decisión la doctrina sin atacar a las personas.
5 He de agradecer al Señor su gran bondad,
porque mis hijas y mis hijos me han proporcionado, en este casi medio siglo,
tantas y tantas alegrías, precisamente con su adhesión firme a la fe, su vida
reciamente cristiana y su total disponibilidad —dentro de los deberes de su
estado personal, en el mundo— para el servicio de Dios en la Obra. Jóvenes o
menos jóvenes, han ido de acá para allá con la mayor naturalidad, o han
perseverado fieles y sin cansancio en el mismo lugar; han cambiado de ambiente
si se necesitaba, han suspendido un trabajo y han puesto su esfuerzo en una
labor distinta que interesaba más por motivos apostólicos; han aprendido cosas
nuevas, han aceptado gustosamente ocultarse y desaparecer, dejando paso a
otros: subir y bajar.
Es
el juego divino de la entrega, al que
mis hijos han respondido conscientes de su
responsabilidad ante Dios de sacar adelante la Obra en bien de las almas. El
Señor se ha lucido y, sobre vuestra generosidad, ha volcado su eficacia
santificadora: conversiones, vocaciones, fidelidad a la Iglesia en todos los
rincones del mundo. Así brota el fruto sobrenatural de un entregamiento sin
condiciones. Y esto, en la Obra, se pide a todos: porque ha de ser siempre lo
ordinario, lo natural.
¡Ay,
si una hija mía o un hijo mío perdiera esa soltura
para seguir al ritmo de Dios y, con el correr del tiempo, se me apoltronara en
su quehacer temporal, en un pobre pedestal humano, y dejara crecer en su alma
otras aficiones distintas de las que enciende en nuestros corazones la caridad
de Dios! En una palabra: produciría una pena inmensa que, al cabo de los años,
un alma no rechazara la tentación de condicionar su entrega.
Cuando
escritores embusteros, que se atreven en su soberbia y en su ignorancia —quizá
en su mala fe— a calificarse como teólogos, perturban y oscurecen las
conciencias, cada uno de nosotros ha de anunciar con mayor fuerza la doctrina
segura, a través de un proselitismo incesante. Para que esta acción apostólica
sea fructuosa, dediquemos cada día más empeño a nuestra formación teológica
personal y a nuestra vida interior. Pidamos al Dios Trino y Uno que aumente
nuestras hambres de meternos en la sobrenatural oscuridad de su luz, y que esa
luz de su verdad luzca en la cumbre, para que se verifique aquello del salmo: lux orta est iusto, et rectis corde laetitia (Ps. XCVI, 1 1);
ha nacido la luz para el justo, y para los rectos de corazón la alegría.
6 Estamos en continuo contacto con la
realidad eterna y con la terrena, realidad que sólo admite una postura: vivir
en la Iglesia de siempre. Es cierto que, en alguna ocasión, el hecho de tener y
propugnar la verdad, algunos lo interpretan falsamente como un acto de
soberbia, como si nos preocupáramos de salvaguardar un derecho a nuestra
vanidad personal, cuando cumplimos estrictamente un enojoso deber.
Llena
de dignidad cristiana aparece la figura de San Pablo, mientras se defiende de
los que le iban a azotar, declarando su condición de ciudadano romano; y cuando
con decisión expone al tribuno, que afirma que él consiguió con dinero ese
privilegio, ego autem
et natus sum (Act.
XXII, 28), yo lo soy por nacimiento. San Pablo no teme ser acusado de soberbia
porque proclama la verdad, en cosa que se refiere a él mismo: si he hablado
antes de dignidad cristiana y de firmeza, ahora lo alabo por su valentía.
Dignidad,
firmeza, valentía. Resulta difícil descubrir gentes que procedan con esa
reciedumbre. Por eso, vienen ganas de gritar: ¿dónde estás, Señor, que no te
siento: que no te veo, que no te oigo, que no te toco? Y me responde con
palabras del Salmo: si ascendero in caelum, tu illic es: si descendero in infernum, ades (Ps. CXXXVIII, 8); me encontrarás en las
alturas del cielo, lo mismo que en los abismos. Y en cada persona, en cada
suceso, en cada instante, en cada latido de tu corazón. Adelante, pues, a no
olvidar que la verdad no tiene más que un camino.
Hay
que servir a Dios sin poner condiciones, si queremos serle fieles con alegría.
Decidme, ¿qué gozo alcanzaría quien diera de mala gana, como quien hace un
favor extraordinario? Pensad que cuando no fijamos condiciones a Dios, se caen
las montañas: se desvanecen los obstáculos más grandes. Lo que parecía una
dificultad que excedía nuestras fuerzas, se resuelve en un espejismo. No te
puedes quedar, hijo mío, con reservas dentro de tu corazón: planes,
aspiraciones, deseos o un fondo de desconfianza, que te dejarían sombrío y
helado.
7 Estamos llamados a vivir al día, con lo
puesto, sin que nada nos ate, confiados a la Providencia de nuestro Padre Dios.
Si no, el camino se torcería. Quizá alguno aguantara un tiempo en ese estado,
pero el clima peculiar de la Obra —de entrega total— acabaría por rechazarlo,
como cuerpo extraño. Qué horizonte más pobre el de un hijo mío que se embebiera
de tal modo en sus cosas que se
juzgara intocable, incapaz de considerarse disponible.
Vigilad,
porque arranca de ahí el itinerario de la soberbia. Después se perciben los
síntomas de enmohecimiento del corazón para la piedad, para la fraternidad,
para los encargos apostólicos; se enrarece el carácter, con reacciones
desproporcionadas ante estímulos ordinarios; el alma se ensombrece y crea
distancias respecto a los demás y como un alejamiento de lo que, en horas de
fidelidad, era algo entrañable; aparece la frialdad de una criatura que no ha
asimilado sobrenaturalmente una humillación, o un error o un detalle que
suponía un vencimiento.
Vuelve,
añadiría yo, si tropezara con un hijo mío en esa situación: vuelve a la piedad
de hijo pequeño de Dios, a la sinceridad fraterna, reconoce humildemente que
has descubierto —tú, que te creías ya por encima de tantas cosas— las más
baratas miserias metidas en el corazón. Reza, habla, piensa de nuevo en las
almas. Comprobarás que recomienzas a luchar y a vencer como el Señor espera de
ti. Tus heridas se cambiarán en condecoraciones.
Comprende
que eres de barro de botijo y no te asustes, nunca más, de topar dentro de ti con
abismos de vileza. Clama, ruega, recorre las etapas del hijo pródigo. Tu Padre
Dios sale a tu encuentro apenas te confiesas pecador, en aquello que la
soberbia te ocultaba como pecado. Comienza para ti una gran fiesta —la profunda
alegría del arrepentimiento— y estrenas un traje limpio: una caridad más honda,
más divina y más humana, porque cuentas ya con la seguridad de haber aceptado
humildemente la poquedad de tu condición.
8 ¿Aprenderás, hijo mío, a no señalar
limitaciones a quien te amó tanto que dio su vida por ti? Este camino de
generosidad y de prontitud, para la contrición, marca la senda de la alegría.
Tú y yo no podemos poner condiciones al Creador: El a nosotros, sí, porque es
Dios y es el Dueño de nuestro corazón, de nuestra vida entera. Pero como Dios
se identifica con el Amor (cfr. 1 Ioann. IV, 8) y
las obligaciones que exige el Amor elevan y liberan la conducta entera, resulta
que dejarse condicionar por nuestro Dios es entrar en el maravilloso recorrido
de los que participan de su Amor. De ahí que, con la libertad de quienes sirven
como hijos, repitamos, sabiendo muy bien lo que expresamos: gaudete in Domino semper! (Philip. IV, 4), alegraos siempre en el Señor. Nuestro gozo está en
servirte: con las barreras que Tú quieras, Señor mío.
Precisamente
quien no pone condiciones servirá al Señor con alegría, y quien se hace siervo
de Dios libertus est Domini (I Cor. VII,
22), es liberto del Señor. Qué libertad la nuestra, hijos míos, si nos
decidimos a perder la vida sirviendo; qué libertad, cuando renunciamos de
verdad a ocuparnos de nosotros mismos. Perdonad mi insistencia, pero me urge
que me entendáis muy bien: hemos de respetar todos, en el Opus Dei, el
compromiso de no permitir que nada ni nadie enturbie —con disquisiciones,
teorías o ejemplos de ajenas experiencias más o menos de moda en un momento— el
ambiente, el espíritu peculiar nuestro de entrega total.
Esto
—y más hoy, y aun más en algunos círculos eclesiásticos— choca y no me extraña
que choque, porque la lógica de Dios desafía abiertamente a la lógica de los
hombres. Unos, con pretextos de evangelizar el mundo, se afanan en ceder y
ceder, desvirtuando la sal cristiana. Nosotros procuramos exigirnos, y exigir
mucho. Hijos míos, nos ha ido muy bien perseverar así, a pesar de las resistencias
de nuestra personal debilidad. Justamente por el convencimiento de nuestra
flaqueza, nos consta que cediendo no se consigue nada. Percibimos el grave
deber de transmitir a las generaciones que vendrán detrás de nosotros este
espíritu de radical dedicación, de no poner límites ni condiciones a cuanto el
Señor nos pida en su servicio.
9 Tú, hijo mío, ¿cómo vigilas ahora, ante
este gran compromiso de amor?, ¿cómo es tu fidelidad diaria al plan de vida, en
medio de los ajetreos y responsabilidades de tu trabajo?, ¿cómo rezas?, ¿cómo
te preocupas de aprovechar todas las relaciones con el prójimo, para
convertirlas en ocasión de apostolado?, ¿te esfuerzas en los encargos
apostólicos? No te puedes conformar con una ocupación incolora, tarda para
llegar al fondo de un alma hasta abrirle horizontes divinos.
Dios
nos necesita con una descarada carga apostólica, para que hablemos de El a las
gentes. Crecer, en la Obra, es ir profundizando en esta unidad de vida, que nos
lleva a engarzar el apostolado en las incidencias de la labor profesional, en
la tarea ordinaria de cada jornada, sin tapujos ni falsas discreciones —hace
años que enterré esa palabra, discreción,
para que no hubiera lugar a equívocos—, procurando dar a conocer la
doctrina y la vida de Jesucristo.
Hay
que vibrar, hijos míos, hay que vibrar, porque rendiremos cuenta del tiempo
inútilmente gastado. Para nosotros, el tiempo es gloria de Dios, el tiempo —en
cada momento— es ocasión irrepetible de sembrar buena doctrina. No existen
nunca razones para descuidar el apostolado. Cuanto más lejos de la verdad de
Cristo esté el lugar en que os mováis, más dentro de Dios debéis meteros, con
nuestra vibración interior y con el fervor apostólico. Así seremos luz, farol
resplandeciente, encendido en las encrucijadas de esta tierra.
10 Pero la humanidad actual, me diréis, no se
presenta nada propicia para entender estos deseos de total dedicación a Dios.
Efectivamente, el viento que corre, dentro y fuera de la Iglesia, parece muy
ajeno a aceptar estos requerimientos divinos tan profundos. Personas alejadas
de hecho de Jesucristo, porque carecen de fe, han ido fomentando un clima de
renuncia a toda lucha, de concesiones en todos los frentes. Y así, cuando el
mundo ha necesitado una fuerte medicina, no ha habido poder moral capaz de
parar esta fiebre, esta organizada campaña de impudor y de violencia, que el
marxismo explota tan hábilmente, para hundir aun más al hombre en la miseria.
Se
escucha como un colosal non serviam! (Ierem. 11, 20) en
la vida personal, en la vida familiar, en los ambientes de trabajo y en la vida
pública. Las tres concupiscencias (cfr. 1 Ioann. 11, 16) son como tres fuerzas gigantescas que han desencadenado
un vértigo imponente de lujuria, de engreimiento orgulloso de la criatura en
sus propias fuerzas, y de afán de riquezas. Toda una civilización se tambalea,
impotente y sin recursos morales.
No
cargo las tintas, hijos míos, ni tengo gusto en dibujar malaventuras: basta
abrir los ojos y, eso sí, no acostumbrarse
al error y al pecado. Un lamentable modo de acostumbrarse ha ocasionado la
petulancia de algunos eclesiásticos que —posiblemente para encubrir su
esterilidad apostólica— llamaban signos
de los tiempos a lo que, a veces, no era más que el fruto, en dimensiones
universales, de esas concupiscencias personales. Con ese recurso, en lugar de
imponerse el esfuerzo de averiguar la causa de los males para ofrecer el
remedio más oportuno y luchar, prefieren claudicar estúpidamente: los signos de los tiempos componen la
tapadera de este vergonzoso conformismo.
11 ¿Qué remedios emplearemos nosotros, cuando
abunda tanta facilidad para desvariar? Hijos míos, inactivos no vamos a
quedarnos. Equivaldría a desertar. El procedimiento primero se basa en la
santidad individual. Es hora de exigencias en la conducta. Cada uno debe
considerarse personalmente comprometido a responder con generosa fidelidad a la
vocación recibida. No hemos de aflojar en el cumplimiento de nuestras Normas de
piedad, si queremos aportar algún auxilio contra estos males. Hemos de luchar
por guardar los sentidos, para que la presión de toda una sociedad cargada de
erotismo no debilite la finura de nuestra vida casta; ni hemos de abrir la mano
tampoco en las lecturas, aunque se lancen a diario, llenando kioskos y librerías, quintales de basura contra la fe y
contra la moral.
Hay
que pelear y resistir, hijos, no cabe más solución que ir contra la corriente,
ayudándonos a mantenernos fieles y atribuyendo mucha importancia aun a lo más
insignificante, en el ejercicio cotidiano de las virtudes. No existe nada de
poca categoría: un abandono, en algo que se nos antoja de escasa monta, puede
traer detrás una historia desagradable de traiciones. No os fiéis, pues, de
vosotros mismos, aunque pasen los años. Mirad que lo que mancha a un chiquillo
mancha también a un viejo.
Velad,
para individuar con prontitud el menor síntoma de flojera en la lucha. Así no
nos dejaremos dominar por una mentalidad y una norma de conducta ajenas a las
enseñanzas de Jesucristo. Todo tiene su trascendencia. Mirad que el demonio
pretende engañar y sugestiona, argumentando que tal o cual detalle no lesiona ni la fe ni el camino
y, si uno se deslizara por esos pequeños abandonos, acabaría perdiendo el
camino y la fe. Atentos, hijas e hijos de mi alma, que el diablo no para, y
todos arrastramos concupiscencias y pasiones.
12 En esta última decena de años, muchos hombres de Iglesia se han apagado
progresivamente en sus creencias. Personas con buena doctrina se apartan del
criterio recto, poco a poco, hasta llegar a una lamentable confusión en las
ideas y en las obras. Un desgraciado proceso, que partía de una embriaguez
optimista por un modelo imaginario de cristianismo o de Iglesia que, en el
fondo, coincidía con el esquema que ya había trazado el modernismo. El diablo
ha utilizado todas sus artes para embaucar, con esas utopías heréticas, incluso
a aquellos que, por su cargo y por su responsabilidad entre el clero, deberían
haber sido un ejemplo de prudencia sobrenatural.
Resulta
muy significativo que —quienes promovían todo este fenómeno de desmejoramiento—
solían escamotear las exigencias cristianas de reforma personal, de conversión
interior, de piedad; para abandonarse, con un obsesivo interés, a denunciar
defectos de estructura. Entraban ganas de clamar, con el profeta, scindite corda vestra et
non vestimenta vestra (Ioel II, 13): ¡basta de comedias hipócritas!: a confesar los propios pecados, a
tratar de mejorar cada uno, a rezar, a ser mortificados, para ejercitar una
auténtica caridad cristiana con todos.
Hijos
míos, curaos en salud y no condescendáis. El demonio anda rondando tamquam leo rugiens circuit (I Petr. V, 8):
como un león inquieto, y espera que hagáis la mínima concesión, para dar el
asalto al alma: a la entereza de vuestra fe, a la delicadeza de vuestra pureza,
al desprendimiento de vosotros mismos y de los bienes terrenales, al amor de
las cosas pequeñas.
13 En una palabra: el mal viene, en general,
de aquellos medios eclesiásticos que constituyen como una fortaleza de clérigos
mundanizados. Son individuos que han perdido, con la
fe, la esperanza: sacerdotes que apenas rezan, teólogos —así se denominan
ellos, pero contradicen hasta las verdades más elementales de la revelación—
descreídos y arrogantes, profesores de religión que explican porquerías,
pastores mudos, agitadores de sacristías y de conventos, que contagian las
conciencias con sus tendencias patológicas, escritores de catecismos heréticos,
activistas políticos.
Hay,
por desgracia, toda una fauna inquieta, que ha crecido en esta época a la
sombra de la falta de autoridad y de la falta de convicciones, y al amparo de
algunos gobernantes, que no se han atrevido a frenar públicamente a quienes
causaban tantos destrozos en la viña del Señor.
Hemos
tenido que soportar —y cómo me duele el alma al recoger esto— toda una
lamentable cabalgata de tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos
nuevos, procuraban ocultar, aunque no lo consiguieran del todo, el rostro del
hereje, del fanático, del hombre carnal o del resentido orgulloso.
Hijos,
duele, pero me he de preocupar, con estos campanazos,
de despertar las conciencias, para que no os coja durmiendo esta marea de
hipocresía. El cinismo intenta con desfachatez justificar —e incluso alabar—
como manifestación de autenticidad, la apostasía y las defecciones. No ha sido
raro, además, que después de clamorosos abandonos, tales desaprensivos
desleales continuaran con encargos de enseñanza de religión en centros
católicos o pontificando desde organismos paraeclesiásticos,
que tanto han proliferado recientemente.
Me
sobran datos bien concretos, para documentar que no exagero: desdichadamente no
me refiero a casos aislados. Más aún, de algunas de esas organizaciones salen
ideas nocivas, errores, que se propagan entre el pueblo, y se imponen después a
la autoridad eclesiástica como si fueran movimientos de opinión de la base. ¿Cómo vamos a callar, ante
tantos atropellos? Yo no quiero cooperar, y vosotros tampoco, a encubrir esas
grandes supercherías.
14 A este descaro corruptor, hemos de
responder exigiéndonos más en nuestra conducta personal y sembrando audazmente
la buena doctrina. Hijas e hijos míos, que nadie nos gane en diligencia: es la
hora de una movilización general, de esfuerzos sobrenaturales y humanos, al
servicio de la fe. Ninguno de mis hijos puede ausentarse de esta batalla. Saber
estas cosas y lamentarse no bastaría: debemos esparcir la buena semilla a manos
llenas y con constancia, de palabra y por escrito. Pero, sobre todo, con
nuestro comportamiento: que se note que reverenciamos la fe y amamos fielmente
a Jesucristo y a su Santa Iglesia. Cada uno de vosotros debe ser un foco activo
de apostolado, que haga eco y difunda doctrina cristiana diáfana, en medio de
este mundo y de esta Iglesia, tan enfermos y tan necesitados de la buena medicina
que encierra la verdad que Jesús nos trajo.
Persuadíos
de que, si procuramos trabajar con esta sinceridad, no nos ganaremos las
simpatías de algunos. Sin embargo, no caben ni ambigüedades ni compromisos. Si,
por ejemplo, os llamaran reaccionarios porque os atenéis al principio de la
indisolubilidad del matrimonio, ¿os abstendríais, por esto, de proclamar la
doctrina de Jesucristo sobre este tema, no afirmaríais que el divorcio es un
grave error, una herejía?
Hijos
de mi alma, que ninguno me venga con remilgos y distingos, en estos momentos en
que se requiere una firme entereza doctrinal. Abominemos de ese cómodo irenismo de quien imaginara pacificar todo, encasillando
unos a la izquierda y acomodando otros a la derecha, para colocar graciosamente
en un prudente centro —nada de
extremismos, aseguran— el fruto de su juego dialéctico, ajeno a la realidad
sobrenatural.
Ellos
inventan el juego y deciden la posición de los demás. De estas típicas posturas
falaces de ciertos eclesiásticos, que traicionan su vocación, brota como
resultado la frívola componenda, la doctrina desvaída, el alejamiento del
pueblo de sus pastores, la pérdida de autoridad moral y la entrada en el ámbito
de la Iglesia de facciones partidistas. En el fondo, todo se reduce a que han
caído en las redes de la dialéctica propia de una filosofía opuesta a la
verdad, porque se fundamenta en violencias a la realidad de las cosas. Se
descubre, también, que se teme más el juicio de los hombres que el juicio de
Dios.
15 El remedio de los remedios es la piedad.
Ejercítate, hijo mío, en la presencia de Dios, puntualizando tu lucha para
caminar cerca de Él durante el día entero. Que se os pueda preguntar en
cualquier momento: y tú, ¿cuántos actos de amor de Dios has hecho hoy, cuántos
actos de desagravio, cuántas jaculatorias a la Santísima Virgen? Es preciso
rezar más. Esto hemos de concluir. Quizá rezamos todavía poco, y el Señor
espera de nosotros una oración más intensa por su Iglesia. Una oración más
intensa entraña una vida espiritual más recia, que exige una continua reforma
del corazón: la conversión permanente. Piensa esto, y saca tus conclusiones.
Si
tú y yo no nos decidiéramos seriamente a cultivar esta reforma nuestra
interior, imprescindible para un alma de oración, contemplativa, defraudaríamos
al Espíritu Santo, que santifica a su Iglesia y nos impulsa a clamar Abba, Pater! (Rom. VIII, 15), a rezar como buenos hijos
de Dios. Cualquier resistencia a esta acción del Espíritu Santo equivale a
contribuir a la labor de quienes pretenden destruir la Iglesia, adulterando sus
fines. Recemos más, ya que el Señor ha encendido en nuestra alma este gran amor
a la Iglesia Santa. Clamemos, hijos, clamemos —clama, ne cesses! (Isai. LVIII, 1)—, y
el Señor nos oirá y atajará la tremenda confusión de este momento.
16 Nos ocupamos, sólo y exclusivamente, de una
tarea espiritual. La alternativa es indudable: o secundamos el ímpetu del
Espíritu Santo, que nos lleva a servir al Señor con alegría —con espíritu
filial— o nos arrastrará el espíritu propio, nuestra soberbia: y entonces
fácilmente quedaremos a merced del diablo, porque sólo el Espíritu divino posee
la fuerza definitiva para arrojar lejos a Satanás. Meditad, por tanto, en la
importancia de entrar por caminos de oración, que así se recorren las sendas de
docilidad a la gracia.
Añadiría
de nuevo que abunda el desconcierto y se causa mal impunemente —incluso con
máscara de bien— porque se reza poco, y rezando poco no se logran discernir los
espíritus y se confunde el error con el bien. Todo el designio del diablo, me
atrevo a asegurar, está centrado en disuadir a los hombres de perseverar en la
oración, porque la oración es el modo de introducirse en la amistad con Dios.
Es
lógico que, para un combate de esta naturaleza, busquemos alianzas
espirituales. Por tanto, para servir al Señor con fidelidad, hemos de fomentar
el trato con los Santos Angeles. Ellos, firmemente asentados en la caridad,
criaturas espirituales, se demuestran los grandes y más leales aliados para
luchar por Dios. Convenceos, hijos míos, de esta trascendencia espiritual de la
pelea que hemos de sostener, porque esta consideración nos dará luces de fondo
que orientarán nuestra conducta.
En
primer término hemos de persuadirnos de que los medios sobrenaturales son los
más adecuados, para afrontar una contienda de este tipo: la oración, la
mortificación, el conocimiento de la doctrina de la fe, los sacramentos. Esto
es lo sabio y prudente. Esto es lo propio de adultos, que eligen los auxilios
más aptos para alcanzar su fin. Como consecuencia, cuanto podáis ver, oir o leer con posibilidad de apartaros de esta verdad,
rebatidlo como enredo de personas inmaduras, proceda de donde proceda.
Por
desgracia, se observan también en la Iglesia sitios —cátedras de teología,
catequesis, predicación— que deberían alumbrar como focos de luz, y se
aprovechan —en cambio— para despachar una visión de la Iglesia y de sus fines
totalmente adulterada. Hijos míos, es un grave pecado
contra el Espíritu Santo, porque precisamente el Paráclito vivifica con su gracia y sus dones a la Iglesia (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 143), establece allí el reinado de la verdad y
del amor, y la asiste para que lleve con seguridad a sus hijos por el camino
del cielo (ibid.).
Confundir
a la Iglesia con una asamblea de fines más o menos humanitarios, ¿no significa
ir contra el Espíritu Santo? Ir contra el Espíritu Santo es hacer circular, o
permitir que circulen sin denunciar sus falsedades, catecismos heréticos o
textos de religión que corrompen las conciencias de los niños, con enseñanzas
dañosas y graves omisiones.
17 Frente a ese griterío, hemos de exclamar:
basta. De una parte, no cediendo nosotros a los halagos del embrollo diabólico
y, simultáneamente, colaborando cada uno en la difusión de la doctrina, en
especial de aquellos puntos que algunos se empeñan en oscurecer.
Hijos,
no os durmáis en un quehacer rutinario. Sentid el desvelo por cumplir el bien,
que el tiempo es corto. No os acobardéis jamás de dar la cara por Jesucristo.
Hemos de avergonzarnos solamente por nuestros pecados, por no haber
correspondido a tanta gracia de Dios. Pero nunca admitiremos ningún sentimiento
de vergüenza porque nos señalen como sus discípulos: acordaos de Pedro, en la
casa de Anás (Ioann. XVIII,
13-27), aquella mala noche. Os contaré, como en otras ocasiones, lo que mi
madre me repetía a mí cuando yo era chico: Josemaría, ¡vergüenza sólo para pecar! Hemos de abominar del pecado mortal,
del venial deliberado y aun de la más leve falta, porque ha de dolernos no
agradecer con mucho amor, el inmenso amor que Dios nos manifiesta.
Para
ser así, fieles, apoyaos en el Señor: es decir, no confiemos únicamente en
nuestras escasas energías. Nadie más ridículo que el que se jacta, presuntuoso,
de lo que realiza. El diablo se organiza para coger a los hombres por la
vanidad y por el orgullo. Tened el convencimiento de que nuestra fortaleza es
prestada, que la verdadera fuerza y perseverancia sobrenatural en el bien
vienen de Dios. Ninguno se crea mejor que los demás, ninguno se considere
exento de errores y de pasiones. Si nos supusiéramos al margen de la miseria
humana, seríamos la risa del diablo y del mundo. Fuera, hijos, el orgullo y la
vanidad: buscad solamente la gloria de Dios.
18 Hijas e hijos míos, deseo confirmar bien
claramente que siento mi responsabilidad ante Dios, por haberme confiado tantas
almas: y después de haber rezado mucho y de haber empujado a otros a rezar
durante largo tiempo, os he comunicado las disposiciones que en conciencia
estimaba prudentes, para que vosotros —en medio de este caos eclesiástico— encontarais con unas directrices seguras de orientación.
Algunas
de estas indicaciones molestarán a ciertas personas ajenas a nuestro
apostolado; otras opinarán —y con razón— que exigimos mucho. Pues bien, hijos
míos: seguiremos exigiéndonos. Insistiré en estas cautelas, con el fin de que
las grabéis en vuestras almas. Nos esforzamos, con la gracia de Dios, por no
abandonar y por utilizar con tenacidad los medios para que no nos arranquen la
fe, los medios para cultivar las virtudes cristianas en esta casi universal
deserción moral.
Ya
sé que este razonamiento implica que trabajemos a contrapelo en muchas cosas.
Pero hemos de mantenernos así, porque conviene delante de Dios y delante de los
hombres, y porque comprendemos que no existe otro modo cristiano de
comportarse. De esta manera, además, nos evitamos que venga a la Obra alguno
para causar perjuicios, porque no resistiría este empeño de humilde entrega, de
lucha y de madura abnegación.
19 Si algún hijo mío dudara en su interior, o
no captara la importancia de semejante actitud al verla aplicada en pormenores
prácticos, yo le urgiría a que, arreciando su penitencia, pida luces, aumento
de la fe y mejoramiento del Amor. Nosotros, porfío todavía, no hemos de
aflojar: se comienza tirando de un hilo y acaba uno con el traje en la mano,
reducido a un ovillo. Si alguno se resistiera y no se reformara, pienso que no
habría más solución que aconsejarle que solicitara la salida. En el Opus Dei no
podemos albergar a nadie con la desgraciada capacidad de romper la compacta —lo
digo adrede: icompacta!— unidad de fe y de buen
espíritu con que, a pesar de nuestras miserias personales, tratamos de estar
bien cerca del Señor. No se pierde lo que estaba perdido.
Perseverad,
pues, vigilantes. Hoy, especialmente entre los eclesiásticos y los clericales
tocados por las corrientes modernistas, todo se juzga con una visión ajena al
sentido sobrenatural. Me refiero a esas personas que, donde advierten una
obediencia cristiana, hablan de verticalismo;
si descubren certeza de fe en lo que todos hemos de creer, afirman que no
hay pluralismo; si se observan unas
normas litúrgicas con unción, serán capaces de sostener que falta espontaneidad en el culto. Se sujetan a
clichés que unos cuantos desaprensivos lanzan a la calle y, después, los más
impresionables los reproducen sin discriminación, en ocasiones —y ya es síntoma
de escasez de talento— por el gusto de repetir una frase que juzgan más o menos
de moda.
Tened
en cuenta que, ante su propio fracaso, a no pocos este ritmo de vivir de la
Obra —que sólo se comprende desde un punto de vista espiritual— les ha de
parecer equivocado, absurdo y fruto de locura intransigente. Es explicable que
insistan en sus afirmaciones heréticas, con irresponsables vociferaciones,
mientras nos alabarían si atacáramos a la Iglesia, al Papa, a la fe católica o
a la moral cristiana. Nos honran con su crítica cazurra, mientras el Señor, por
su Madre Santísima, envía almas abundantes a las filas de esta familia de la
Obra, para que el Opus Dei crezca cada día en el mundo con más intensidad y con
más extensión.
20 No queremos contribuir a empobrecer la
espiritualidad de la Iglesia, arremetiendo contra lo que Jesucristo mismo
instituyó: disminuyendo el sacerdocio ministerial y su santidad, para que se
confunda con el sacerdocio real de los fieles; quitando el culto y las
prerrogativas de la Madre de Dios, empequeñeciendo sus fiestas y su veneración;
ahogando la devoción a los santos y a sus imágenes; destruyendo el sacramento
del matrimonio. Y, sobre todo, dando disposiciones que conducen a arrancar de
las almas el amor al Santo Sacrificio de la Misa y la certeza en la Real
Presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar y Reservado en el Sagrario.
Errores
y desviaciones, debilidades y dejaciones he dicho ya: y ahora —como siempre— el
mal se envuelve diabólicamente en paños de virtud y de autoridad: y así resulta
más fácil que se fortalezca y que produzca más daño. Porque aparecen gentes con
una falsa religiosidad, saturada de fanatismo, que se oponen desde dentro a la
Iglesia de Jesucristo, dogmática y jurídica, haciendo resaltar —con increíble
desorden, cambiando por los del Estado los fines de la Iglesia— lo político
antes que lo religioso.
Todo
coopera al desprestigio general de la autoridad eclesiástica y a que no se
corrijan con oportunidad y energía los desórdenes: los desatinos heréticos, la
inestabilidad, la confusión, la anarquía en asuntos de fe y de moral, de
liturgia y de disciplina. A esta situación la llaman algunos —defendiéndola— aggiornamento, cuando es relajación y menoscabo del
espíritu cristiano, que trae como consecuencia inmediata —entre otros efectos—
la desaparición de la piedad, la carencia de vocaciones sacerdotales o
religiosas, el apartar a los fieles en general — ya lo dije— de las prácticas
espirituales. Y, por tanto, menos trabajo en servicio de las almas, al paso que
los eclesiásticos —al verse ineficaces— se muestran desgraciados y abandonan el
proselitismo, porque piensan que procurarán también la infelicidad a otros.
21 Nosotros nos negamos a jugar con la fe.
Roguemos a diario a Nuestro Señor: adauge nobis fidem! (Luc. XVII, 5): auméntanos la fe; y la esperanza y el amor: la vida sobrenatural.
Todas esas medidas de prudencia, que procuramos cuidar, indican que deseamos
ser leales y que no queremos desviarnos: conocimiento de nuestra debilidad y
confianza fundada en Dios.
Fijaos
en que, a la debilitación de la fe, acompaña una desorientación de la
conciencia. Se llega hasta el extremo de considerar, con categoría de fenómenos
positivos, sucesos que no admiten más explicación que la caída de la criatura,
por flojedad en la lucha: esas defecciones o hechos semejantes de clérigos y de
laicos son interpretadas cínicamente por algunos como búsqueda de mayor
autenticidad.
Convenceos,
hijos míos, que en cuestiones de fe, de pureza y de camino no hay detalles de
poca importancia. Si se escribiera el itinerario de los desertores, al
principio de cada historia se encontraría siempre una reata de pequeños abandonos
en materia de fe, por ejemplo, en el culto; o de pureza, porque se descuida la
guarda de los sentidos; o de vocación, porque se dialoga admitiendo
pensamientos contra la perseverancia, que habrían de rechazarse prontamente.
Confirmo que, en estas materias, no se encuentran pormenores de poca monta,
porque esta infidelidad se manifiesta muy pronto en una progresiva disminución
de la alegría en el servicio de Dios.
Esa
persona —que ya está caída o ha empezado a caer— responde con mala cara, con
malos modos; habla habitualmente hiriendo, discute agresivamente, sobre todo de
cuestiones políticas; se muestra más amigo de los que difunden errores —o de la
gente lejana, que no trata— que de los que conviven a su lado, con los de su
casa. Deja de rezar. Los más soberbios ocultan esta crisis bajo la máscara
orgullosa de la frialdad, de una postiza actitud intelectualoide:
hombres o mujeres que no se sabe nunca dónde ocultan el corazón, hasta que se
descubre que lo tenían puesto en sí mismos.
Hijas
e hijos míos: escarmentemos en cabeza ajena. No nos fiemos jamás de nuestra
opinión. Aunque pasen los años y se cuenten por decenas los de fiel
perseverancia, ¡no os fiéis!: estad alerta sobre vosotros mismos, y ayudaos
mutuamente. Hemos de luchar hasta que nos muramos. Os lo volveré a recordar: lo
que es una mancha para un hombre joven, mancha también a un viejo; no penséis
nunca que a nosotros ya no nos causan perjuicio ciertas concesiones.
No
olvidemos las pobres miserias de nuestra vida, frecuentes como el tictac de un
reloj: porque así no nos. olvidamos tampoco de que nuestra pobre fortaleza,
lograda con la gracia divina, está formada de debilidad. Entonces comprendemos
que hemos de ser humildes y nos dirigimos al Señor, diciendo: Tú, por tu
bondad, cuentas con mi mezquindad y, de esta basura, sacas algo divino, me
enciendes como el carbón en el fuego, que se hace brasa y luz, y se transforma
hasta desprender destellos como un rubí.
Me llené, temblando, de temor; y me rodearon
las tinieblas. Invoqué, entonces: ¿quién me pondrá alas de paloma, y volaré y
descansaré? (Ps. LIV, 6 y 7). Renovemos nuestra
oración, con el Salmo, al reconocernos tan inseguros, y nos encontraremos
esforzados y capaces de dar fuerzas a quienes vacilen. Pero atentos a la
advertencia, que recuerda San Pablo a los de Corinto: conocimiento propio,
porque qui se existimat stare, videat, ne cadat (I Cor. X, 12);
el que se juzga fuerte y seguro, no olvide que es capaz de caer. Insisto en que
el humilde reconocimiento de nuestra debilidad, ante el Señor, será la mejor
base para nuestra firmeza.
22 No os exhorto para provocar en vosotros un
simple movimiento emotivo, sino para que no decaigáis en la pelea, con
licencias que os llevarían a perder la vibración interior. Hemos venido a esta
tierra, para ofrecer nuestra vida en un holocausto a Dios: no os canséis de
entregaros; no paréis en vuestro afán por alcanzar la santidad, echando mano
—al cabo del tiempo— de compensaciones humanas que apagarían vuestro celo.
Procurad que haya siempre en vuestros corazones un sincero sentimiento de
dolor.
Esta
es la invitación que os he dirigido al comenzar el año 1974, al pedir para todos la alegría, y para mí —con la alegría— la compunción.
Hemos de comprender que no valemos nada —menos que nada—, y apoyarnos en la
fortaleza de Dios. Por esto, hijos míos, no seáis jamás engreídos. No os
durmáis en las buenas obras realizadas, adoptando un aire de suficiencia,
porque sólo el corazón humilde está preparado para no malearse.
Buscad,
siempre y para todo, la ayuda y el auxilio de Dios. Persuadíos de que, sin Él,
ninguna tarea provechosa se acaba. Ambicionad, por tanto, su misericordia y
rezad así: dirigat corda nostra, quaesumus Domine, tuae miserationis operatio, quia tibi sine te placere non possumus (oración del Dom. XVIII después de Pent. Misal Romano): necesitamos que nos gobierne la
clemencia de Dios, porque no podemos agradarle ni servirle con alegría, si Él
no nos asiste. Es preciso que contemos con Él para todo, abriendo el corazón, a
fin de que de una manera sobrenatural y paterna nos lleve por caminos de vida
interior y de apostolado.
Importa
mucho percibir las mociones que utiliza esa misericordia de Dios, para dirigir
nuestro corazón hacia su servicio. Uno de estos impulsos consiste en
facilitarnos la ayuda fraterna: a través de una mediación humana, que por la
gracia se convierte en divina, Dios se adentra en nuestras almas. La práctica
de la sinceridad, esencial para ser fieles, se hace camino de encuentro con
Dios.
No
me cansaré de porfiar, afirmando que sin plena sinceridad resulta imposible
perseverar. Por eso demuestra tanto interés el diablo en cegar nuestras
inteligencias con la soberbia, que enmudece: sabe que, apenas abrimos el alma,
Dios se vuelca con sus dones. Hijos, en el principio de todo descamino hay una
resistencia a referir algo que humilla,
se esconde una falta de sencillez. En el principio de toda ruptura con el
afán de seguir al Señor con alegría,
está siempre la tristeza de no haber
hablado a tiempo.
23 Con esta delicadeza tan sobrenatural y tan
terrena, se acerca a nuestros corazones la compasión del Señor por nuestra
nada: un socorro del cielo, valiéndose de un hermano. De aquí el papel capital
de la caridad fraterna, en la economía de nuestra santificación. Sitúa el Señor
a nuestro lado un alma, que aconseja, que estimula,
que advierte o que corrige. Os he dicho siempre que servir, en la Obra, se
traduce en empujarnos ser santos.
Corazón,
hijos míos, poned el corazón en serviros. Cuando el cariño pasa por el Corazón
Sacratísimo de Jesús y por el Dulcísimo Corazón de María, la caridad fraterna
se ejercita con toda su fuerza humana y divina. Anima a soportar la carga,
quita pesos, asegura la alegría en la pelea. No es algo pegadizo, es algo que
fortalece las alas del alma para alzarse más alta; la caridad fraterna, que no
busca su propio interés (cfr. 1 Cor. XIII, 5),
permite volar para alabar al Señor con un espíritu de sacrificio gustoso. Las
lañas que colocamos, —o que nos aplican— lucen como condecoraciones en el pecho
de un soldado. Hijos de mi vida, quereos, ayudaos, y dejaos ayudar, haciéndoos
las oportunas advertencias con comprensión y con caridad. Así, bien unidos,
venceremos tantas batallas de paz, que aún hemos de combatir en nombre del
Señor y de la Iglesia. Solos, no podemos nada; con Dios y con el concurso de
nuestros hermanos, todo lo podemos. Un firme propósito, pues, de ayudar y de
dejarnos ayudar.
24 Recientemente os había ya urgido sobre esta
mutua vigilia de amor que hemos de vivir, muy especialmente en estos tiempos en
los que, desde dentro de la Iglesia, se siembra descaradamente la confusión.
Agitadores de sacristías y de conventos, gente que ha hundido seminarios y
vaciado iglesias, parecen destinar todo su interés a que haya hombres que sin guardar el Evangelio de Cristo y su ley,
se llamen cristianos y envueltos en oscuridad se crean que tienen luz, por los
halagos y embustes del enemigo, que, según nos dice el Apóstol, se transfigura
en Angel, y reviste a sus agentes de ministros de justicia: presentan la noche
como día, la muerte como salud, la desesperación con apariencia de esperanza,
la perfidia como fidelidad, el anticristo con el nombre de Cristo; así
escamotean con sutileza la realidad, engañando con apariencias de verdad. Esto
sucede, hermanos amadísimos, por no volver al origen de la verdad, por no
buscar la fuente, por no guardar la doctrina del Maestro celestial (San
Cipriano, De Ecclesiae
Catholicae unitate, c.
3).
Acudamos,
pues, a la buena doctrina, que enciende con lumbres la inteligencia y mueve a
obrar rectamente, porque trae claridad a la conciencia para discernir el bien
del mal. La gran catequesis, que es nuestra tarea, requiere un asiduo estudio;
y requiere también, cualquiera que sea la ciencia que se cultive, aprender a
situar rectamente y bajo la luz de la fe aquella parte del saber humano al que
se dedica, por profesión, el propio esfuerzo. Así se evita uno de esos males
tan corrientes hoy: que un sector de la ciencia pretenda aplicar soluciones
para todas las exigencias de la criatura, como si el hombre fuera un simple
animal.
25 No se relee sin gran dolor lo que San Pío X
describió en su encíclica Pascendi, cuando
exponía las características del modernismo, que en ese documento definía como compendio de todas las herejías. Todo
aquello que entonces el Magisterio universal de la Iglesia intentó atajar con
penetrante visión y energía sobrenatural, aparecía ya con su enorme gravedad,
pero era todavía un mal relativamente limitado a algunos sectores. En nuestros
días ese mismo mal —idéntico en su inspiración de raíz y con frecuencia en sus
formulaciones— ha resurgido violento y agresivo, con el nombre de neomodernismo, y en proporciones prácticamente
universales. Aquella enfermedad mortal, antes localizada en unos pocos
ambientes malsanos, y contenida dentro de esas fronteras por prudentes medidas
de la Santa Sede, ha alcanzado aspectos de epidemia generalizada. Su extensión
ha facilitado su virulencia y la manifestación de efectos monstruosos en
cantidad y en calidad, que quizá ni siquiera hubiésemos podido imaginar ante
los primeros brotes del modernismo.
Lo
que inicialmente se mostraba sólo, aunque ya fuese muy grave, como la reducción
de las Verdades dogmáticas a la simple experiencia subjetiva, conservando algún
matiz espiritual, se ha degradado aún más: las hondas exigencias del alma —y
aun las de la misma gracia divina— quedan disueltas en la horizontalidad sin
relieve de lo mundano: identificando el amor de Dios con las aspiraciones o
deseos más inmediatos del hombre-masa, sometido a los determinismos de la
planificación materialista y atea, y a la de los instintos animales.
La soberbia de la vida (I Ioann. II,
16) presenta su vanidad total en la exteriorización de la concupiscencia de los ojos, ambición de poder y de bienes terrenos,
sin mesura; y de la concupiscencia de la
carne, sensualidad sin freno y degradación libertina. Es como la
descomposición entera de un cuerpo, después de haber perdido el alma.
26 Si, para combatir eficazmente los males del
modernismo, San Pío X —como de modo análogo había hecho antes León XIII—
señalaba, entre los más importantes remedios que urgía poner, el fiel
seguimiento de la filosofía y de la teología de Santo Tomás, es patente que
ahora se impone como nunca el estricto cumplimiento de esa disposición. Con el Motu proprio Doctoris
Angelici, San Pío X traducía, en normas
disciplinares concretas, lo que había sido una constante recomendación de sus
antecesores en la Sede de Pedro, desde el año 1325.
No
me parece ocioso transcribir aquí algunas de las afirmaciones de ese documento
pontificio: se deben conservar santa e
inviolablemente los principios filosóficos establecidos por Santo Tomás, a
partir de los cuales se aprende la ciencia de las cosas creadas de manera
congruente con la Fe, se refutan los errores de cualquier época, se puede
distinguir con certeza lo que sólo a Dios pertenece y no se puede atribuir a
nadie más, se ilustra con toda claridad la diversidad y la analogía existente
entre Dios y sus obras.
Y
añade: por lo demás, hablando en general,
estos principios de Santo Tomás no encierran otra cosa más que lo que ya habían
descubierto los más importantes filósofos y Doctores de la Iglesia, meditando y
argumentando sobre el conocimiento humano, sobre la naturaleza de Dios y de las
cosas, sobre el orden moral y la consecución del fin último. Con un ingenio
casi angélico, desarrolló y acrecentó toda esta cantidad de sabiduría recibida
de los que le habían precedido, la empleó para presentar la doctrina sagrada a
la mente humana, para ilustrarla y para darle firmeza.
Los puntos más importantes de la
filosofía de Santo Tomás no deben ser considerados como algo opinable, que se
pueda discutir, sino que son como los fundamentos en los que se asienta toda la
ciencia de lo natural y lo divino. Si se rechazan estos fundamentos o se los
pervierte, se seguirá necesariamente que quienes estudian las ciencias sagradas
ni siquiera podrán captar el significado de las palabras, con las que el
Magisterio de la Iglesia expone los dogmas revelados por Dios. Por eso quisimos
advertir a quienes se dedican a enseñar la filosofía y la sagrada teología, que
si se apartan de las huellas de Santo Tomás, principalmente en cuestiones de
metafísica, será con gran detrimento.
Así,
entre otras determinaciones, San Pío X exhortaba: pondrán en esto un particular empeño los profesores de filosofía
cristiana y de sagrada teología, que deben tener siempre presente que no se les
ha dado facultad de enseñar, para que expongan a sus alumnos las opiniones
personales que tengan acerca de su asignatura, sino para que expongan las
doctrinas plenamente aprobadas por la Iglesia. Concretamente, en lo que se
refiere a la sagrada teología, es Nuestro deseo que su estudio se lleve a cabo
siempre a la luz de la filosofía que hemos citado.
¡Cuánto
dolor se hubiese ahorrado a la Iglesia y cuánto daño se hubiese evitado a las
almas, con la fiel obediencia a esos mandatos de San Pío X! Pido ahora a mis
hijas y a mis hijos, precisamente en este año en el que se conmemora el VII
centenario de la muerte del Doctor Angélico, que sigan delicadamente esas
indicaciones de la Iglesia en el estudio y en la enseñanza de la doctrina
filosófica y teológica, seguros de que también así contribuiremos a que, por la
misericordia divina, las aguas vuelvan a su cauce.
27 Indudablemente, esta tarea requiere
paciencia, virtud que non tantum bona custodit, sed et repellit adversa (San Cipriano, De bono patientiae, c. 14), que además de
custodiar lo bueno, rechaza lo que se opone al bien. Se muestra impaciente, en
este sentido, el que deja de guardar la verdad y renuncia, porque no resulta
cómodo ir contra la corriente, a la lucha contra el mal. Muchos perjuicios han
venido a la Iglesia por la impaciencia, es decir, por la negligencia en cuidar
la recta doctrina —el depósito de la fe— y en contrarrestar con fortaleza la
herejía. Con razón afirmaba además San Cipriano que impatientia etiam in Ecclesia haereticos facit (De bono patientiae,
c. 14): la impaciencia hace herejes, precisamente porque los pastores
abandonan la vigilancia del depósito de la fe, expuesto a los asaltos de
cualquier aventurero, y hasta ellos mismos —sufriendo y desorientados—
desconfían de la Iglesia.
Faltan
ganas de luchar, porque falta fe. Pensad, hijos, en los Santos Padres y en los
grandes Santos Doctores. Todos han puesto su vida al servicio de la verdad del
dogma y de la moral de Cristo: la han protegido, la han defendido de los
ataques heréticos, la han difundido, la han practicado, aun a costa de
sacrificios personales y persecuciones, sin miedo a llamar a los herejes por su
nombre. Hay que apoyarse en la intercesión de estos celosos baluartes y conocer
bien su enseñanza y sus ejemplos, para ayudar a desterrar de la Iglesia la
visión que lleva a claudicar ante cualquier cosa, o a disolver el mensaje de
Jesucristo en un humanitarismo adornado de preocupaciones sociales.
28 El cristiano debe superar cualquier temor a
que su fe contraste con las ideologías o valores que, en un determinado
momento, traten de imponerse. Querer agradar a todos, y siempre, equivale a
prepararse para traicionar. El cristiano tampoco ha de presentarse como un
hombre que busca pelea con todos y por cualquier motivo. Pero no ha de soslayar
la obligación, gustosa obligación, de proclamar su ideal sin ambigüedades.
Además,
cuenta con el derecho de sentirse apoyado en este comportamiento, por quienes
están designados por el Señor para custodiar ese sagrado tesoro. Causa pena el
espectáculo de algunas altas deserciones, a la hora de hablar o de decidir con
iluminada convicción, a la hora de cortar un abuso. Bien triste resulta que en
estos tiempos se haya utilizado la palabra caridad —no causar un dolor al
hermano, dicen—, como coartada de la cobardía.
Ruego
al Señor, con todas las fuerzas de mi alma, que conceda a mis hijas y a mis
hijos la gracia de ser, en su Iglesia, fieles
cristianos: fieles a la herencia sobrenatural recibida, y que jamás ninguno
traicione o ceda en cuestiones dogmáticas o morales. Hemos de aumentar nuestra
lealtad con Dios, en estos momentos de deslealtad.
A
rezar, pues. A estudiar la buena doctrina, para que haya en nuestro espíritu un
sereno remanso de aguas limpias, donde beban las criaturas sedientas de
certidumbre. Cuando acudáis a lucrar las indulgencias del Año Santo, al invocar
a la Santísima Virgen, orad por, la Iglesia entera. Suplicad a la Madre que
mire con compasión a sus hijos: con la misma compasión que en las bodas de Caná.
29 Esta humanidad corre el riesgo de quedarse
sin el vino del anuncio salvador de Jesucristo. Recurramos a María Santísima y
escuchemos su consejo: haced lo que El os
diga (Ioann.
II, 5). María, nos remite al poder
sin límites de su Hijo. Ella intercede y Él se decide. Pero se requiere que los
hombres nos dispongamos también a servir, a llenar hasta arriba las tinajas. Te
encomendamos, Señor, que no prives a tu Iglesia de buenos ministros, de buenos
pastores, de ejecutores puntuales de tus mandatos. Pastores que pongan su
esfuerzo, con santo celo, en predicar la ciencia indiscutible e iluminar la
tierra con la recta conducta. Tú convertirás en gracia este celo: ¡ven, Señor, no tardes! (cfr. Hab. II, 3; Hebr. X, 37).
Hijas
e hijos míos, a no ceder ni un milímetro, que nos jugamos el alma. Son años,
éstos, para vivir más piadosamente que nunca, con más sinceridad que nunca, con
más obediencia que nunca, más apostólicos que nunca. Dios nos ha bendecido
mucho: agradecédselo muy de veras. Sintamos, junto con nuestra personal
indignidad, una confianza inmensa en la misericordia de su Sacratísimo Corazón,
urgido por el dulcísimo Corazón de Nuestra Madre Santa María. Con esta confiada
piedad nunca dejaremos de comportarnos con completa adhesión al Señor, a su
Iglesia y al Romano Pontífice, y gozaremos de la alegría de los hijos recios de
esta Iglesia Santa.
Cariñosamente
os bendice vuestro Padre.
Mariano
Roma,
14 de febrero de 1974.
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