NUESTRO PADRE, EN
EL CIELO
Roma, 26 de junio de 1975
Alvaro del Portillo
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Hermanas y hermanos míos queridísimos: ¡que Jesús y
nuestro amadísimo Padre nos guarden!
¡Qué duro se me hace escribir esta carta! Pero siento el
deber de no retrasarla ni siquiera otro día, porque todas las hijas y los hijos
del Padre tienen derecho a saber algo más que la escueta noticia que acaba de
causarnos a cada uno este dolor tan inmenso. Comprenderéis que me es muy
difícil hilvanar estas líneas, porque cuesta mucho razonar cuando se está
sumergido en la pena.
El día 25, miércoles, pasamos en familia el aniversario de
la ordenación de los tres primeros sacerdotes, y a cada uno de los tres nos
había encomendado el Padre de modo especial en esa fecha. Celebró la Santa Misa
haciendo un Memento particular, me dijo, por todos los sacerdotes de la
Obra, por los Numerarios que se van a ordenar dentro de pocos días y pidiendo
al Señor que todas sus hijas e hijos seglares -todos- tuvieran siempre alma
sacerdotal: ansias de corredimir. Al terminar la Santa Misa, mientras nos
comentaba
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esta intención,
añadió que había rezado mucho por todos, y concretamente para que calara muy
hondo en cada una de sus hijas el alma sacerdotal: también en esto, subrayó, se ve la unidad de la Obra.
Fue una fiesta de familia en la que el Padre, con el buen
humor de siempre y con su delicadeza, no dejó de hacernos disfrutar en la
tertulia. En la del mediodía encargó que trajeran, para que lo probáramos
nosotros, un obsequio que le había mandado un hijo suyo, profesor de
universidad en Alemania: un licor húngaro que regaló un catedrático de Budapest
a quien ese hermano nuestro, con motivo de un congreso, le había entregado un Camino en húngaro. Tomamos -menos el Padre,
que nunca probaba licores, sobre todo desde que, como decía él,
había cumplido siete años; y menos yo, porque me había dicho:
tú, Alvaro,
no lo tomes- una
copa de esa bebida, y el Padre bromeaba porque nos había visto, decía,
con ojos de curiosidad, por tratarse de una bebida exótica.
En esta ocasión, como en la noche anterior y en otras pasadas, el Padre -de vez
en cuando y tratando de coger a Javi de sorpresa-
sacaba del bolsillo un pequeño silbato de barro que llevaba, y daba un largo
silbido volviendo la cabeza hacia Javier. Se lo habían regalado semanas antes
unas niñas de un club, que querían ya pitar. Había que pitar bien,
pensábamos todos.
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Por la tarde, a la hora acostumbrada -las 19,20- tuvimos
en el oratorio de la Sagrada Familia la Exposición y Bendición con el Santísimo,
a la que asistió el Padre, como siempre, con todos los del Centro del Consejo
General. Cantamos el Gloria.
El día siguiente, 26 de junio, el Padre celebró la Santa
Misa -votiva de la Virgen- a las 7 horas y 53 minutos, en el oratorio de la
Santísima Trinidad, ayudado por Javier. A la misma hora celebré yo, en la
Sacristía Mayor, porque el Padre deseaba ir esa mañana a Villa delle Rose, para estar con nuestras hermanas del Colegio Romano de
Santa María. Efectivamente, hacia las 9,35, salimos para Castelgandolfo. Nada más pasar la puerta del garaje, comenzamos a rezar
los misterios gozosos del Santo Rosario, en el coche. Llegó el Padre a Villa delle Rose hacia las 10,30, acompañado por Javi,
por Javier Cotelo, que conducía, y por mí.
Algunas de nuestras hermanas le esperaban en el garaje. El
Padre, como siempre, llevaba unos regalos a sus hijas. Comentó, por el pasillo,
que eran sus últimas horas, antes del verano, en Roma, y que no estaba ya para
nadie, pero que para sus hijas sí. Se encaminó el Padre a saludar al Señor,
permaneció arrodillado ante el Sagrario unos momentos, besó la Cruz de palo y
se dirigió hacia el soggiorno de los Abanicos, donde iba a tener un
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rato de
tertulia. Al entrar, nuestras hermanas, con la alegría de la presencia del
Padre, le respondieron con voz alta a su saludo, diciéndole que estaban muy
contentas de que hubiera ido. El Padre comentó con una sonrisa:
¡qué buena voz tenéis!
Después comenzó a hablarnos y, gracias a Dios, también
conservamos grabada en magnetofón esa charla: son las
últimas palabras del Padre que hemos podido recoger y os las enviaremos en
cuanto nos sea posible. Precisamente en esa tertulia -que fue corta: no llegó a
veinte minutos-, al final, el Padre renovó ese acto de amor a la Iglesia y al
Papa, cualquiera que sea,
que en tantas ocasiones le hemos
oído.
Pocos minutos después, el Padre comenzó a sentirse
cansado. Se suspendió la tertulia, y el Padre -siempre con Javier y conmigo-
bajó a la habitación del sacerdote, y descansó un poco. Nosotros, y también las
Directoras del Centro, le insistíamos para que descansara más. El Padre se
negó, quizá para recordarnos una vez más que los sacerdotes, en los Centros de
la Sección de mujeres, sólo estamos el tiempo imprescindible para cumplir
nuestro ministerio sacerdotal. Enseguida, cuando parecía que se había repuesto,
salimos hacia Roma en el coche, después de haber pasado al oratorio, donde
nuevamente se detuvo unos instantes para despedirse del Señor. Mientras iba al
garaje, con su buen humor habitual, bromeó:
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Perdonadme, hijas,
por la lata que os he dado. Añadió:
Pax, hijas mías,
y nos fuimos.
El Padre volvía de Villa delle Rose indudablemente cansado, pero sereno y contento. En el
viaje de ida había comentado que quizá por la tarde podíamos ir a Cavabianca, con el fin de ver cómo quedaban algunos
detalles de decoración, que él mismo había indicado, para mejorar el oratorio de Nuestra Señora de los Angeles.
Al entrar en Bruno Buozzi, pocos
minutos antes de las 12, saludó nuestro Padre al Señor, en el Oratorio del
Padre, con una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor,
como solía hacer. A continuación subimos al cuarto donde habitualmente
trabajaba -todos sabéis que era en mi despacho- y, pocos segundos después de
pasar la puerta, llamó: ¡Javi! Javier se había quedado detrás, para cerrar la puerta del
ascensor, y el Padre repitió con más fuerza: ¡Javi!,
y después, en voz
más débil: no me
encuentro bien. Inmediatamente
el Padre se desplomaba en el suelo. Estábamos ya también en el cuarto Joe Soria y yo. Pusimos todos los medios posibles,
espirituales y médicos. Yo le di la absolución y la Extremaunción, cuando todavía
respiraba. Fue una hora y media de lucha, de esperanzas: oxígeno, inyecciones,
masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución. Nos
turnábamos, con algunos del Consejo General -llamamos a Dan, Fernan-
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do, Umberto, Peppino, y
a Juan Manuel Verdaguer-, bajo la dirección médica
de Joe. No podíamos creer que se cumplía la hora de este grandísimo
dolor.
Seguíamos esperando contra toda esperanza. Llamé por
teléfono a la Directora Central, para que se reunieran urgentemente todas nuestras
hermanas de Villa Sacchetti en sus oratorios, y rezaran con
muchísima intensidad, al menos diez minutos, por una intención muy urgente. Y
continuábamos intentando lo imposible. Nos resistíamos a convencernos de que
había fallecido. Para nosotros, ciertamente, se ha tratado de una muerte
repentina; para el Padre, sin duda, ha sido algo que venía madurándose -me
atrevo a decir- más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la
frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia.
A la una y media entraron en mi cuarto los demás del
Centro del Consejo General. Todos nos arrodillamos al lado del cuerpo de
nuestro Padre, y le besamos las manos y la frente. Rezamos el responso, y
seguimos rezando, destrozados por el dolor, sin poder ni querer contener las
lágrimas. El cuerpo del Padre estaba extendido, al lado de la pared que preside
un gran Crucifijo, en el suelo de mi despacho; debajo, habíamos colocado la
colcha de mi cama.
Enseguida comuniqué la increíble y dolorosa
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noticia a la
Asesoría Central y a todos los Centros dependientes del Consejo General y
de la Asesoría y a todas las Regiones, pidiendo a todos que hicieran muchos
sufragios, como nos obligaba la piedad filial, y que al mismo tiempo empezaran
a encomendarse a nuestro Padre. Como al Padre no le gustaban las grandes solemnidades,
me pareció que lo mejor era que cada uno permaneciera en su sitio, en su Región.
Solamente me permití una lógica excepción: llamé al Consiliario de España,
para que viniera con algunos de la Comisión Regional, y también la Directora
Regional con alguna de la Asesoría. Una excepción de justicia, porque la Región
de España es la primogénita. También llamé, y era bien natural, al Consiliario de Italia.
El Consiliario y el Delegado de Perú vinieron, porque cuando intentaron pararlos
ya estaban en el avión.
Se cumplieron enseguida esos encargos. Nosotros seguíamos
al lado de nuestro Padre. Avisamos a la Administración que nos entregaran una
tabla. Sobre la tabla preparamos una colcha blanca de mi cama, que estaba
limpia, y allí colocamos al Padre, para llevarlo -por la escalera de la Villa y
a través del Cortile vecchio- hasta
el Oratorio de Santa María. Lo trasladamos entre todos los del Centro del
Consejo General, ayudados por Jesús G. y Juan Manuel V.
En el oratorio de Santa María lo dispusimos, con toda
nuestra veneración y cariño, delante del
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altar, retirando
previamente el candelabro votivo que allí hay siempre. El Padre estaba todavía
vestido con la sotana negra.
Extendimos sobre el suelo el paño negro que se suele
utilizar para el túmulo en las misas de difuntos. Se trajeron también cuatro
candeleros. Se compuso bien, con todo amor, el cuerpo de nuestro Padre. Poco
después, se le revistió -sobre la sotana negra- con el amito, el alba, la
estola y la casulla roja. El alba era de batista de hilo, color marfil, con
viso de seda roja bajo el encaje de Bruselas desde la
cintura hasta los pies. Era el alba que el Padre usaba los días de fiesta. La
habían confeccionado nuestras hermanas del Centro de Villa Sacchetti. Los encajes tenían dibujos con espigas, hojas pequeñas y
guirnaldas de flores. La casulla roja era del taller de Los Rosales, y se
empleaba en el oratorio del Santo Cristo, de Villa Sacchetti : de otomán, de estilo semigótico,
con una tira central adamascada, bordada de galón de oro; en
el centro, por delante y por detrás, el sello de la Obra. El forro es de seda
roja.
Se apoyó la cabeza del Padre sobre un almohadón de
terciopelo rojo, colocado a su vez sobre una pequeña almohada, después de que
con inmenso cariño y gran piedad, le habíamos peinado
y afeitado.
Una sábana blanca quedaba debajo del cuerpo
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del Padre, ya revestido de los ornamentos sacerdotales.
Las manos del Padre, cruzadas, cogían el Crucifijo que el
Santo Papa Pío X tuvo entre sus manos a la hora de su muerte. Este Crucifijo lo
cambiamos después por otro, y este segundo lo hemos
conservado también como reliquia, dejando uno diferente entre las manos del
Padre, ya dentro del féretro.
El rostro del Padre aparecía enormemente sereno: una
serenidad que infundía una gran paz a cuantos lo miraban: ha sido el comentario
unánime de todas las personas que se han arrodillado delante de los restos
mortales de nuestro santo Fundador.
Enseguida indiqué a Jesús que hiciera venir a un escultor,
para sacar la mascarilla del Padre: del rostro y de las manos. Acudió este
hombre y, con gran delicadeza, llevó a cabo su tarea: tardó una hora y media.
A continuación, nuestras hermanas, también con un inmenso cariño,
se encargaron a petición mía -sabía que les daría consuelo: ¡un tristísimo
consuelo!- de limpiar el rostro del Padre, la cabeza, las manos, los
ornamentos, y le volvieron a peinar, porque era necesario quitar cuidadosamente
las pequeñas motas blancas que se habían desprendido de la escayola. Acudieron,
para ocuparse de esta tarea filial, Carmen R., Marlies
K.,
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Marisa V.,
Blanca F., María Dolores M., y Conchita A. Por indicación de Javi, se cortaron unos mechones de pelo de la cabeza, en la
parte de la nuca, de modo que no se notaba nada. Limpiaron también el suelo
y pusieron rosas y gladiolos rojos.
Inmediatamente, sin perder un minuto, celebré entre
sollozos la primera misa de corpore insepulto, en el Oratorio de
Santa María. Asistieron todas nuestras hermanas de la Asesoría Central y de la
Administración. Me ayudaron Javier y Joaquín. Antes de comulgar dirigí a
nuestras hermanas unas palabras: las que el Señor puso en mi boca. Después
celebró Javier. Y así, Misa tras Misa -cincuenta y una- durante todo el resto
de la tarde, la noche y el día siguiente, hasta la Misa de exequias, se
sucedieron nuestros hermanos sacerdotes, ofreciendo el Santo Sacrificio del
Altar por el alma de nuestro Padre. Todos los oficiantes fueron sacerdotes
Numerarios, salvo uno, don Pedro Altabella, que
quería entrañablemente al Padre, y que se pasó horas ante el cuerpo del Padre,
rezando y llorando.
En la primera parte de esa noche, socios de la Sección de
varones velaron al Padre. A partir de las cuatro, nuestras hermanas, que ya
habían estado antes, de ocho a diez de la noche. Como os digo, las Misas se
sucedieron sin interrupción.
La noticia de la muerte del Padre circuló en-
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seguida por
Roma y por el mundo entero. Esa misma tarde comenzaron a llegar personas de
todos los ambientes a manifestar su dolor y a rezar. No paramos de recoger
los comentarios de tantísima gente que ha pasado
ante el cuerpo del Padre, y ya os iremos comunicando, para vuestro consuelo,
estas manifestaciones de amor, estos testimonios de quienes sabían que rezaban
delante del cuerpo de un santo. Altos personajes de la Iglesia o de la vida
civil, empleados, obreros, jóvenes y ancianos, madres de familia con sus chiquillos,
etc. Todos querían ver al Padre. Tío Santiago y su mujer vinieron esa misma
noche. Comprenderéis su inmenso dolor.
Yo no puedo detenerme en contaros los detalles y noticias
que, desde aquellos primeros instantes, se han recibido de las más diversas
Regiones: frutos de remoción espiritual, que empuja a las almas a confesarse, a
decidir dar un rumbo nuevo a sus vidas, a pedir la admisión. En una de las
iglesias encomendadas a sacerdotes de Casa, al día siguiente se presentaron
unos sacerdotes diocesanos: deseaban pedir la admisión en la Obra.
Uno de los más conocidos Cardenales de la Curia Romana me
comentaba: esto
no es sólo un luto para el Opus Dei, es un grave luto para toda la Iglesia. Un obispo polaco me abrazaba, repitiéndome: hoy he celebrado la
Misa por su glorificación. Espero ser uno de los primeros obispos que
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postule su
beatificación. Yo he de agradecer al Padre y al Opus Dei lo que ha hecho por
la Iglesia en el terreno de las comunicaciones sociales, y lo que ha hecho
por mi alma. Un arzobispo italiano, afirmaba abrazándome: ¡yo también
me he quedado huérfano!
Hermanas y hermanos míos: cuantos entraban en el Oratorio
de Santa María se conmovían profundamente por la serenidad de aquel dolor, por
la piadosa celebración continua de la Santa Misa, y especialmente por aquel
querido rostro sereno, de sacerdote santo consumido en servicio de Dios.
Hermanas y hermanos míos, el Cielo estaba muy cerca.
En la entrada del n° 75 de Bruno
Buozzi se puso el libro de firmas y la bandeja para
las tarjetas. Fue un ininterrumpido y masivo ir y
venir.
A las ocho de la mañana del viernes día 27, el Sacerdote
Secretario Central ofició un funeral solemne, en el oratorio de Santa María, al
que asistieron muchísimas hermanas nuestras de la Sede Central y de los
diversos Centros de Roma. Yo, con Javier, asistí desde la parte de arriba del oratorio.
No faltaron Yoya y Tío Santiago, y una hermana mía
con su marido, los dos Supernumerarios. Después prosiguieron las Misas y el
desfile interminable de personas, en un fervoroso recogimiento de oración y de
sereno dolor.
Hermanos, no escribo una frase
retórica si afir-
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mo que esas horas
primeras de nuestro Padre muerto ya han sido una inmensa catequesis: ¡cuánto va a hacer por la Iglesia en el Cielo!, decía un Cardenal que quería mucho al Padre.
Alrededor de las dos de la tarde trajeron el féretro y nos
ocupamos de trasladar el cuerpo del Padre desde la tabla, donde lo habíamos
colocado, a la caja, con sumo cuidado: un féretro de caoba, con una caja
interna de zinc, forrada con seda morada. Tenía un pequeño cojín para la
cabeza, también morado: apoyamos la cabeza del Padre sobre este cojín, y
quitamos el almohadón rojo, para conservarlo como reliquia.
En cuanto terminamos este tristísimo y piadoso deber,
avisamos a nuestras hermanas, y nos fuimos nosotros, con el fin de que
prepararan el oratorio para la última Misa de corpore insepulto, que
era la exequial solemne, y que celebré yo. Actuaron Javi de diácono y Dan de subdiácono: Sabino fue
el maestro de ceremonias. Mientras nuestras hermanas de la Asesoría Central y
de los Centros dependientes disponían lo necesario para la Misa, pasaron por
las manos del Padre muchos rosarios. Besaban al Padre en la frente.
Para esta última Misa indiqué que asistieran, en la parte
de abajo del Oratorio nuestras hermanas, y arriba
nuestros hermanos. Fue una Misa cantada en gregoriano por el coro de nuestros
hermanos del Colegio Romano. En el presbiterio y en las tri-
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bunas estaban
también muchos sacerdotes Numerarios, todos revestidos con sobrepelliz. Nuestras
hermanas, para esta Misa, habían puesto el cáliz que entre todos le habíamos
regalado el 28 de marzo pasado, con motivo de sus bodas de oro con el sacerdocio.
Dije unas palabras como homilía, implorando a todas y a
todos que hiciéramos el propósito firmísimo de ser más fieles que nunca a
nuestro Padre, de vivir muy unidos, de ser muy humildes.
A1 terminar se desalojó el oratorio de Santa María, y se
procedió a cerrar la caja. Una vez cerrado el ataúd, entraron hacia la cripta
un grupo de hermanas nuestras, que presenciarían el entierro. Como la vocación
es única, según nos ha repetido sin cesar el Padre, pedí que ese grupo
estuviera compuesto por la Asesoría Central, y algunas Numerarias y Numerarias
Auxiliares.
Hermanos nuestros del Consejo General y Auxiliar, con Paco
García Labrado, guiados por Jesús y con la ayuda de tres empleados de la
Empresa Castelli y un enterrador del Ayuntamiento de Roma que es Cooperador
-se llama Fedele-, trasladaron el féretro desde delante del altar del
Oratorio de Santa María, hacia la Cripta. La escalera es estrecha y empinada e
hicieron la operación con un gran cuidado.
Acompañamos a los venerados restos mortales del Padre,
hasta la Cripta, todos los del Consejo
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General
residentes en Roma, Tío Santiago y Yoya, los Consiliarios
de España, Italia y Perú, y mis hermanos Tere, Santi y Carlos. Estaba la sepultura abierta, la lápida al lado.
Colocado el féretro con los queridísimos restos mortales
del Padre junto a la tumba, bendije la sepultura según las normas del Ritual, y
di la solemne absolución super feretrum, acompañado por Javi, como
diácono, y por Dan, como subdiácono, actuando Sabino de maestro de ceremonias,
mientras el coro cantaba en latín cuanto prescribe la liturgia.
Recordé que la cabeza del Padre debía estar mirando al
altar, y poco a poco bajaron el féretro a la tumba, y el Cooperador, que
esperaba abajo, con un gran cariño se ocupaba de terminar esta piadosa
obligación: después el Cooperador besó el Crucifijo del ataúd, y saltó hacia
arriba. Luego cubrieron el sepulcro, dirigiendo Jesús a los obreros de la
Empresa, hombres que llevan ya muchos años trabajando en Villa Tevere o
en Cavabianca, y que estaban enormemente conmovidos y
llorando por la muerte del Padre. Sobre el féretro había un Crucifijo y una
placa con los datos que exige la ley italiana: nombre y apellidos del difunto,
fecha de la muerte.
A propósito de esto os quiero contar un detalle muy
significativo. El 4 de octubre de 1957, el Padre había dicho a Jesús G.,
dictándole el texto,
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que
deseaba que sobre el féretro se pusiera lo que os copio a continuación, aunque
después subrayó que obráramos con libertad
IOSEPHMARIA
ESCRIVA DE BALAGUER Y ALBAS
PECCATOR
ORATE
PRO EO
----------
GENUIT
FILIOS ET FILIAS
Respecto a estas cuatro últimas palabras, comentó,
sonriendo: si
queréis, podéis añadirlas.
Yo he pensado, en la presencia de Dios, que no podíamos
escribir esa primera parte: tanto más, cuanto que nos dejó en libertad. Me acuerdo de que, durante muchísimos años, el Padre se firmaba
y todavía con frecuencia seguía firmándose: Josemaría, Pecador;
o
el pecador Josemaría:
y decía de sí mismo, en su profunda humildad, que era
un pecador que amaba a
Jesucristo. Una gran lección
más de humildad -insisto- para nosotros todos, pero me parece que no hubiéramos
sido buenos hijos si hubiésemos grabado una inscripción así sobre la tumba. No
he querido, sin embargo, que desconozcáis esta anécdota, sencilla y edificante,
que recoge la honda desestimación que nuestro santo Fundador tenía de sí mismo.
Y, por otra parte, considero que con sólo comunicaros estos datos, ya se ha
cumplido con aquel pensamiento suyo.
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Sobre la gran losa de mármol verde muy oscuro, casi negro,
de la tumba, interpretando el deseo de todas y de todos, mandé que, enseguida,
con letras de bronce dorado, se pusiera solamente: EL PADRE. Encima va el
sello de la Obra, también en bronce dorado, y abajo, hacia la derecha, las
fechas de su nacimiento y de su muerte. Este sello es uno de los que encargó
personalmente preparar nuestro Padre, para enviarlos a las Regiones, con el
fin de que sirvieran para adornar los frontales de los altares.
Enseguida desalojamos la Cripta, para que la Sección
femenina limpiara ese lugar, santificado por la presencia de nuestro Padre, y
después, rodeando la tumba, se volvieran a colocar los cuatro cordones rojos
oscuros, que con tanta sencillez había mandado preparar el Padre, hace ya
muchos años.
El sábado fue el funeral público, a las once de la mañana,
en la Basílica de San Eugenio, que está muy cerca de nuestra casa. Se trata de
un templo construido, para cumplir un deseo del Santo Padre Pío XII, con
limosnas de los fieles de todo el mundo: nuestro Padre, en nombre del Opus Dei,
había contribuido a la edificación con una limosna muy generosa. Fue un funeral
en latín, con canto gregoriano, cantado por el coro del Colegio Romano de la
Santa Cruz. Oficiaba don Francisco Vives, con el Consiliario de Italia como
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Diácono, y otros sacerdotes Numerarios
de Subdiácono, acólitos, etc.
La iglesia estaba abarrotada de gente. En el presbiterio,
Cardenales y personalidades de la Curia Romana. Yo presidí el duelo, con Dan y
Javier. Son muchas las manifestaciones de inmenso cariño al Padre, y a lo que
el Padre significa para la Iglesia entera, las que hemos recibido y estamos
recibiendo estos días. No considero que en estos momentos pueda detenerme más,
porque ahora nos consume el dolor. Pero el Padre, desde el Cielo, va a hacer
de las suyas. Nosotros, hermanos míos, hagamos aquí abajo de las nuestras,
siendo muy fieles al Padre. Lo suyo ha sido dar la vida por la Iglesia y, desde
el Cielo, intercederá por esta Santa Madre nuestra, que tanto lo necesita.
El funeral ha sido también otra gran catequesis del Padre.
Los Cardenales y hombres de Curia seguían el rito desde el presbiterio,
admirados al ver esa inmensa multitud tan variada, rezando con tanta fe,
vibrante de amor, y todos comulgando de rodillas y en la boca, con una piedad
indescriptible. Muchos se han fijado especialmente en lo que el órgano incoó al Memento de difuntos, y que prácticamente toda la
iglesia cantó: el Oremus pro Patre. Durante la Comunión, Rolf sonaba
al órgano el villancico que la Abuela enseñó al Padre y que a él le daba
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tanta emoción,
también porque, cuando era niño, su madre le cogía en brazos y le dormía cantándole
esa canción -Madre en la puerta hay un Niño-; después, motivos de Casa: Soy una
mula.
Pienso que el Padre evidentemente presentía la muerte, y últimamente
repetía una frase que a todos nosotros nos dolía
mucho. Afirmaba yo pido
a Dios que me lleve, por la Iglesia; aquí ya no hago más que estorbar, y en el
Cielo podré ayudar mejor. Nosotros
-insisto- nos sentíamos profundamente dolidos, ante esa confesión -que el Padre
hacía con tono fuerte, sincero y humilde-, porque lo que él pensaba que era un
estorbo, nosotros lo veíamos como un tesoro insustituible, que derramaba
constantemente, a manos llenas, sobre sus hijos.
En la tierra nos ha dejado tanto, tanto, escrito; nos ha
legado tantas enseñanzas de palabra; por gracia de Dios tenemos anotadas tantas
anécdotas suyas... Hemos sacado muy claro el camino. Sin embargo, estoy
persuadido de que el Padre, desde el Cielo, actúa en el corazón de cada socio de
la Obra, de cada hija suya, de cada hijo suyo, para que seamos mejores hijos
del Padre y, por tanto, mejores hijos de la Iglesia, mejores hijos del Romano
Pontífice, mejores hijos de Dios.
A todos nos parece aún increíble. Segura-
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mente lo
primero que habréis pensado es que ahora sí que nos hemos quedado huérfanos.
Fue también mi primer pensamiento, cuando a mediodía del jueves 26 de junio
cogía entre mis brazos el cuerpo exánime del Padre.
Pero enseguida me he corregido: no nos hemos quedado
huérfanos. No somos huérfanos: Dios, que es nuestro Padre, está en los Cielos;
y, además, tenemos allí con El a nuestro Fundador, a
quien el Señor nos dio en la tierra para llenar nuestro barro de Luz y de Amor,
para transfigurarlo, para divinizarlo.
Hermanas mías, hermanos míos: el Padre sigue y seguirá con
nosotros para siempre. Vive aún más cerca de todos, porque ahora supera todas
las distancias físicas; y, participando de la visión de Dios, su conocimiento
de nosotros es más profundo, más íntimo, y su amor y su desvelo por todos y por
cada uno de sus hijos, todavía más grande, y más eficaz.
En medio de la gran pena que todos sentimos, hemos de
ejercitar la esperanza cristiana. Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo,
la Trinidad Beatísima acoge en su seno con una unión inefable de caridad, de
tal manera que casi podría decirse que las funde en su propia Vida, a las almas
que han correspondido a la gracia divina. A los que mueren por Jesús, Dios los
lleva allí. Y allí tenemos al Padre, unido
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por la trinidad de la tierra a la Trinidad del Cielo: el amor profundo de toda su vida.
El Padre ha creído siempre en Dios con una fe heroica. Tan
firme era su fe, que solía repetir que casi no la necesitaba, porque veía a
Dios en todo. Tan sólida era, que gráficamente había explicado también más de
una vez que su fe era tan
gorda, que
se podía cortar. Por eso nosotros debemos recordar, bien seguros, aquellas
palabras del Señor: etiam si mortuus fuerit,
vivet. Et omnis qui vivir et credit in me, non morietur in aeternum. El Padre vive y, porque ha creído con amor inmenso, vivirá
para siempre. Es lo que él mismo nos había predicado en tantas ocasiones: que
para nosotros la muerte no significa más que un cambio de casa. Nuestro Padre
está con Dios, en la Casa del Cielo.
Para este año, nos había sugerido que invocásemos al Señor
con la misma jaculatoria de aquellos años de barruntos
divinos:
Domine, ut videam!, ut videamus!, ut videant!
Afán de luz de Dios, para él, para
cada uno de nosotros; petición de luz divina para todos los hombres, para que
supieran descubrir los caminos divinos de la tierra. Ha terminado su vida en el mundo con la misma oración con
que se disponía, en su adolescencia, a cumplir heroicamente lo que Dios quería
de él.
Nuestro Señor ha colmado sus deseos: nos
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invade la
serena certeza de que el Padre goza ya de la visión de Dios. El
ha premiado su entrega saciando sus ansias de contemplar a la Trinidad Beatísima.
Y desde esa luz, nos ve, nos mira, nos sonríe a cada uno con cariño, como
ha hecho siempre: nos bendice. Hermanas y hermanos míos todos: el Padre vive;
vive en Dios, y desde esa participación de la vida divina seguirá guiándonos,
continuará dirigiendo la Obra. Nos seguirá amando, más intensamente aun, por
ser más total su unión con Dios, que es la plenitud del Amor.
Así, y sólo así, este grandísimo dolor nuestro puede
encontrar consuelo, y convertirse en el gaudium
cum pace: la alegría y la
paz de saber que, para el Padre, han pasado ya los dolores y las penas, y ahora
¡todo es alegría! ¿Os dais cuenta? Nuestro Padre, que tantos sufrimientos ha
padecido en la tierra, ofreciéndolos siempre a Dios con serena alegría
-in laetitia,. nulla dies sine cruce-,
goza ya de la felicidad eterna. Estas
palabras que os acabo de decir, solía escribirlas nuestro Padre todos los años,
en la primera página de su epacta: era un acto generoso de aceptación
anticipada de todos los dolores con los que el Señor quisiera probarle a lo
largo de esos doce meses. Pero en la epacta última, como previendo su muerte,
escribió la frase que nos enseñó a todos, y que él repitió millones de veces:
Fiat,
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adimpleatur,... Y, como aseguraba en Camino a propósito
de esta jaculatoria, ha alcanzado la paz que no termina nunca.
En las dos Misas que celebré de corpore insepulto, en el
oratorio de Santa María, al dirigirme a mis hermanas y a mis hermanos que
asistían al Santo Sacrificio del Altar, yo me preguntaba si el Padre nos
pudiese hablar, ¿qué nos pediría? Pienso que ya nos lo ha dicho a todos: ¡que
tenemos que ser fieles! Que me seáis fieles, era
como el estribillo del Padre: ¡que me seáis fieles! Me
permito insistiros, hermanas y hermanos míos, que nos ha
llegado la hora: éste es el momento de serle más
fieles que nunca. Es el tiempo de una decidida conversión de nuestra vida a una
fidelidad más plena, más delicada, más sincera, más enamorada, más generosa, a
toda la herencia espiritual que el Padre nos ha trasmitido, entregando por
nosotros su misma vida: porque no podemos dudar de que
ha muerto bajo el peso de este quehacer de servicio a Dios, a la Iglesia y al
Papa, para el que le llamó el Señor ut iumentum!
Aunque no sea necesario, me da consuelo escribirlo de
nuevo, con persuasión firmísima: el Padre no nos ha
dejado huérfanos, porque velará por cada uno de nosotros, cuidará de que
nuestros Ángeles Custodios nos inspiren momento a momento lo que hemos de
hacer, nos pedirá
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insistentemente -por el bien de nuestras almas-: ¡fidelidad,
fidelidad, fidelidad!
Frecuentemente el Padre comentaba:
hijas mías, o hijos míos,
cuando yo muera no ha de pasar absolutamente nada.
Eso es lo que nos exige ahora. El
dolor lo conservamos dentro, y ya no lograremos borrarlo a lo largo de nuestra
vida en la tierra. Pero quiere que sigamos el camino que nos ha marcado, el
sendero que lleva al Cielo bien apiñados, formando una familia muy unida, con
el espíritu de Dios que nos ha legado el Padre. Un espíritu que es más poderoso
que los lazos de la carne.
Hermanas mías, hermanos míos: que seamos fieles, que
estemos muy unidos. La fidelidad se demuestra cumpliendo bien las Normas de
vida que nos ha señalado el Padre. La unión la demostraremos por la caridad
mutua y por la unión de todos en el corazón de nuestro Padre, que en la tierra
ya no late, pero que latirá en el Cielo. Su alma inmortal vibra de amor por
cada uno de nosotros, como animaba su cuerpo y le daba una fuerza increíble, si
se tiene en cuenta que su organismo ya no era el de un hombre joven.
Es inútil que en este momento nos detengamos en una u otra
de las Normas de vida. Afortunadamente, el propósito que hay en los corazones
de todos nosotros es tan fuerte, tan saludable, que nos mueve a poner cada vez
más amor,
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más atención en el
cumplimiento de cada una de esas Normas. Todas son importantes. El Padre siempre
nos ha comentado que están como concatenadas. Para ser fieles no podemos contentarnos
con cumplirlas, sino que hemos de tener el afán de hacer de cada una un encuentro
más íntimo con Dios, y de esta manera una unión más prolongada.
Lo que en el Círculo se nos indica que debemos cumplir
cada día, cada semana, cada mes, cada año, nos debe llevar por fuerza a lo que
se añade después: semper, presencia de Dios, consideración de nuestra filiación divina,
comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, etc. Y en ese etcétera están -y lo subrayo porque es muy importante para
nosotros-, aparte de las oraciones jaculatorias, flechazos de amor que van de
nuestro corazón al Corazón de Dios, como consecuencia de otras saetas que
vienen del Corazón de Dios al nuestro, y que son una respuesta a la instigación
del Espíritu Santo, están, decía, el estudio, labor, ordo,
y, como consecuencia, el gaudium, el gozo
de saberse hijo de Dios.
Cada una de esas Normas espaciadas nos ha de impulsar a
cuidar bien las otras que se citan bajo el título semper, y que
son su consecuencia. El que se esfuerza en la oración mental por la mañana y
por la tarde; quien hace la lectura no de cualquier manera, sino procurando
fijarse bien
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en lo que lee y aplicándolo
a su alma; quien reza con devoción el Santo Rosario,
empeñándose en que de verdad cada Avemaría sea un montón de piropos a la Santísima
Virgen, y contemplando no de un modo rutinario los misterios; quien
se confiesa con corazón contrito y humillado; ése,
por fuerza, llega a tener presencia de Dios a lo largo del día, y no sólo
a lo largo del día, sino –como enseñaba nuestro Padre- también mientras duerme.
Recuerdo que, mientras se celebraba el Concilio, en una de
las sucesivas redacciones del decreto Presbyterorum ordinis
se hablaba de que había que estar die noctuque orantes, y alguno dijo que eso era triunfalismo, y lo suprimieron,
porque -aseguraban- no se podía estar el día y la noche orando. El Padre nos ha
confiado su experiencia. El Padre nos ha confiado que se daba cuenta de que
-también dormido- hacía oración: estaba metido en Dios durante todo el día y
toda la noche. Y, para lograrlo nosotros, tenemos el camino: las Normas de
vida, que no son un fin, como nos advertía constantemente el Padre, sino un
medio. Un medio ¿para qué? Un medio para que, semper, siempre
permanezcamos en la presencia de Dios, le digamos que le amamos, nos
consideremos hijos suyos y, por lo tanto, llenos de fortaleza prestada, porque
somos hijos del Padre más
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poderoso que
se pueda imaginar, y más lleno de Amor.
Y no hemos de olvidarnos de rectificar la intención
durante el estudio, durante el trabajo. Recordemos que, en esto, es donde se
puede insinuar fácilmente el diablo por medio del amor propio, de la vanidad.
Todo ha de estar acabado por amor de Dios, y así todo se transforma en oración,
según la enseñanza -que hemos de poner en práctica cada vez con mayor amor, con
más esforzado empeño- de nuestro Padre. El Padre quiere de cada uno de nosotros
esa fidelidad en lo ordinario: como tantas veces nos ha dicho,
hemos de querer morir de viejos, exprimidos como un limón,
consumirnos día a día como esas lámparas del Sagrario, amando lo que Dios
quiera, cuando Dios quiera, como Dios quiera. Así nos lo enseñó el Padre con su vida.
Que apretemos todos. Vamos a ayudarnos unos a otros a
cumplir bien las Normas, con la corrección fraterna, rezando unos por otros,
cooperando unos con otros para convertir nuestras Normas en una filigrana de amor.
Hemos de procurar que, según el deseo del Padre, subamos todos juntos al Cielo.
Que no se quede ninguno rezagado, ni más abajo.
Para ser fieles y para estar bien unidos, la receta que
nos ha dado el Padre, es que seamos humildes. La soberbia, la vanidad, el buscarse a
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sí mismo, producen
como efecto la separación, las rencillas, las molestias entre hermanos, que
jamás se han dado en la Obra y que nunca se deben dar. Y para que esta unidad,
que el Padre consideraba siempre como uno de los bienes más preciosos, haga
caminar a la Obra firme, compacta y segura -como mandó grabar el Padre en años muy duros-, se necesita
que seamos muy humildes. Así seremos aquí en la tierra el gozo y la corona
del Padre.
Busquemos solamente la gloria de Dios: Deo omnis
gloria! Vivamos según la constante lección de
la vida del Padre: lo mío es ocultarme y desaparecer. Cada uno a
cumplir las Normas, a trabajar para Dios, a desvivirse en el servicio a los
demás, sabiéndose el último. Hermanas y hermanos míos: os lo escribo con todo
el amor que el Padre me ha enseñado a teneros: vamos a ser muy humildes. No
olvidéis que el Padre siempre nos ha prevenido de que el gran enemigo se
esconde en la soberbia. Pienso que es el momento de pedir al Señor, por la
intercesión del Padre, que nos conceda a todos esta gracia: un hambre santa de
desaparecer, de ser el último, de obedecer con mayor finura que nunca.
El Padre, cuando estaba en vida, decía que en el momento
de morir no quería dar la lata, y así lo suplicaba
al Señor. El Señor le ha escuchado. Después de trabajar -de entregarse a su pre-
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dicación, a
su quehacer en un Centro de la Sección femenina-, parece como si la Virgen
Santísima, a quien tantísimo amaba como Madre del Amor Hermoso, le hubiera
besado en la frente y le hubiese susurrado: ya está
bien, ya estás maduro, ven con nosotros, a gozar para siempre de la Trinidad
Beatísima, bien unido a Mí y a San José, a quien tanto amas.
Meditemos seriamente que el mejor servicio que podemos
prestar a Dios, a la Iglesia, al Romano Pontífice, a la Obra, consiste en
recomenzar a aprender a ser humildes: que gastemos toda nuestra vida para la
gloria de Dios y la salvación de las almas. Siendo humildes, seremos fieles y
la Obra caminará, os repito con el Padre, firme, compacta y segura, en
medio de los oleajes de este mundo.
Después de contaros las últimas horas del Padre entre
nosotros, os remacharé lo que ya os comunicamos enseguida por teléfono o con
telegrama: que es la hora de rezar. Tenemos una obligación grave de piedad
filial de rezar mucho por el Padre, aunque estemos seguros de que al Padre, lo
mismo que Dios le ha oído cuando le rogaba morir sin molestar a nadie, le habrá
escuchado también cuando repetía que esperaba de la misericordia divina la
gracia de saltarse a la torera
el Purgatorio. ¡Se lo ha concedido!
Sin embargo, la piedad filial nos obliga a re-
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zar, a hacer sufragios.
Vosotros, hermanas y hermanos míos, cuando veáis a gente ajena a la Obra -porque
los de Casa rezan ya todos mucho- comportaos como el Padre: extended la mano,
suplicando la limosna de una oración por su alma. El Padre lo solía repetir
siempre, especialmente después de esas tertulias donde millares de personas
le escuchaban embebidas, transportadas al amor de Dios por el fuego que ardía
en el alma del Padre: alargaba sus manos como un pobrecito de Cristo, y les rogaba que rezaran por él. Vamos
a seguir todos pidiendo esas limosnas, que servirán también para cubrir la
multitud de nuestros propios pecados y los de quienes acojan nuestra invitación.
Aclarad que pedís la limosna de la oración por el Padre que nos ha dejado,
pero que no nos ha dejado.
Me parece que os he dicho ya lo fundamental: ubi caritas et amor,
ibi Deus est, donde
está la caridad, donde está el amor, ahí está Cristo. Y para nosotros, la
caridad y el amor son, se reflejan, se manifiestan en la unión al Padre. Y la
unión al Padre se cumple viviendo fielmente las Normas y Costumbres que nos ha
legado, cuidando con esmero de enamorados lo pequeño. El Padre insistía
muchísimo, quizá más durante los últimos meses, que
no hay cosas de poca
importancia, que hemos de hacer grande todo por el Amor.
Cuidemos mucho lo poco, también las
cosas materiales.
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que será la señal cierta
de que marchamos por donde el Padre ha ido, por el camino del Amor.
Cuidemos la humildad verdadera -perdonadme la
machaconería- estando en lo pequeño: que la soberbia se fija sólo en lo que
parece grande, y gusta de aparentar, de ostentar, de atraer la atención. Si procuramos ser humildes, iremos, como el Padre, por el
sendero de los contemplativos
en medio del mundo, e
iremos consummati
in unum!, unidos en
nuestro dolor y en este grandísimo Amor de Dios, que nos liga sólidamente al
Padre y entre nosotros, sin tiquismiquis, ni
rencillas, que nunca se han dado ni se darán en esta gran familia sobrenatural,
que es la Obra.
De nuevo os pido perdón por lo deshilvanado de estas
líneas. Pero de sobra comprendéis que ahora no puedo fijar, con el orden que desearía,
todo lo que quiero transmitiros, para que os sirva de consuelo en medio de
nuestras lágrimas.
Necesito recordaros algo que todos sabéis muy bien. Desde
hace tiempo, el Padre -con una progresiva intensidad, me atrevo a asegurar-
ofrecía al Señor su vida y mil
vidas que tuviera -añadía
habitualmente- por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este
ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma,
era dolor de su corazón, era el desvelo de su vida.
Hemos contemplado cómo le urgían las ansias
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de desagraviar por
tanto desamor, de ofrecer oraciones, trabajos, sacrificios, velas encendidas,
de buscar la intercesión de los Santos: cómo perdía
el sueño, al pensar en tantas almas que se perdían, y no se deberían perder.
El Padre ha fortalecido nuestra fe, como Buen Pastor que da su vida por las
ovejas, exponiendo su persona, su honra, su fama, porque para él lo único
que contaba era la gloria de Dios y las almas : servir a la Iglesia Santa. Era el tema continuo de su oración,
de sus Mementos, presentando también al Señor por la Iglesia, últimamente,
el esfuerzo que indudablemente le supondría seguir trabajando apostólicamente,
con el mismo empeño y con el mismo vigor que en los comienzos de la Obra.
Así hasta la última jornada, hasta las últimas horas que
pasó en la tierra. Efectivamente, en la tertulia de aquel mismo día 26 de
junio, entre las diez y media y las once de la mañana, en Villa delle Rose, menos de tres horas antes de morir, nos urgía: me imagino que, sobre todo, me cumplís
muy bien las Normas, y de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre
bendita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Angeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que
está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos
momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa cualquiera que sea.
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Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para
el Santo Padre.
Y también esa misma mañana, antes de salir de Villa Tevere, hacia las nueve y veinticinco, en el salón de Comisiones
dio un encargo a dos hermanos nuestros del Consejo General. Se trataba de ir a
visitar a un profesional italiano, muy amigo del Santo Padre, y que deseaba hablar
con una persona de Casa. Aparte del encargo concreto de atenderle, el Padre les
confió, para que lo supiera ese señor, que todos los días, desde hace años, ofrezco la Santa Misa por la
Iglesia y por el Papa; y añadía también el Padre:
podéis asegurarle -porque me
lo habéis oído decir muchas veces- que he ofrecido al Señor mi vida por el
Papa, cualquiera que sea. Nosotros estamos callados y procuramos trabajar mucho
y con paz, aunque en la Iglesia haya algunos que no nos ven con simpatía.
Para terminar, hermanas y hermanos míos, dejadme que os
recuerde una vez más cuánto el Padre amaba la humildad, el pasar inadvertido:
hasta el Cielo lo veía el Padre como un lugar para ocultarse y desaparecer:
tengo una gran debilidad
-nos aseguraba-: y es que os quiero mucho. Pienso que mi Cielo va a consistir en
colarme por una puertecita y ponerme en un rincón,
mirando y amando a la Trinidad Beatísima. Y desde allí, es-
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condido,
ver en el paraíso a mis hijas y a mis hijos muy en alto, muy cerca de Dios.
Vamos a suplicar todos al Señor, por la intercesión de
Santa María y de San José, que aumente a nuestro Padre su participación en la
felicidad eterna, y que él, desde su lugar en el Cielo, continúe siempre
bendiciéndonos y guiándonos.
Con todo cariño se encomienda a vuestras oraciones vuestro
hermano
Alvaro
Roma, 29 de junio de 1975.
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Apud Collegii Romani Sanctae Crucis
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