CARTA 28-III-1973
Josemaría Escrivá de Balaguer
1 Queridísimos: que Jesús me guarde a esos
hijos, que la gracia y la paz llenen
vuestras obras, por el conocimiento de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo
(II Petr. I, 2).
Una
vez más me siento urgido a escribiros, haciendo eco en vuestros corazones de aquellas
palabras que San Pedro dirigía a los fieles de la Iglesia naciente:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha regenerado con una viva
esperanza, mediante la resurrección de Jesucristo entre los muertos, para una
herencia incorruptible, que no puede contaminarse y que es inmarcesible,
reservada en los cielos para vosotros, a quienes la virtud de Dios conserva por
medio de la fe, para haceros gozar de la salud, que ha de manifestarse en los
últimos tiempos.
Esto es lo que debe transportaros de
gozo, aunque ahora por un poco de tiempo conviene que seáis afligidos con
varias tentaciones. para que vuestra fe, probada de
esta manera y mucho más acendrada que el oro —que se acrisola con el fuego—, se
halle digna de alabanza, de gloria y de honor, en la venida manifiesta de
Jesucristo (I Petr. I, 3-7).
2 Tiempo de prueba son siempre los días que
el cristiano ha de pasar en esta tierra. Tiempo destinado, por la misericordia
de Dios, para acrisolar nuestra fe y preparar nuestra alma para la vida eterna.
Tiempo
de dura prueba es el que atravesamos nosotros ahora, cuando la Iglesia misma
parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese
deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido
sobrenatural de la vida cristiana.
Llevo
años advirtiéndoos de los síntomas y de las causas de esta fiebre contagiosa
que se ha introducido en la Iglesia, y que está poniendo en peligro la
salvación de tantas almas.
3 Deseo insistiros, para que permanezcáis
vigilantes y perseveréis en la oración: vigilate, et orate, ut non intretis in tentationem (Matth. XXVI, 41):
¡alerta y rezando!, así ha de ser nuestra actitud, en medio de esta noche de
sueños y de traiciones, si queremos seguir de cerca a Jesucristo y ser
consecuentes con nuestra vocación. No es tiempo para el sopor; no es momento de
siesta, hay que perseverar despiertos, en una continua vigilia de oración y de
siembra.
¡Alerta
y rezando!, que nadie se considere inmune del contagio, porque presentan la
enfermedad como salud y, a los focos de infección, se les trata como profetas
de una nueva vitalidad.
Hijos
míos, vivamos cara a la eternidad de esa herencia
incorruptible que nos ofrece Dios Padre por Jesucristo. Los días, aquí, son
pocos y urge trabajar en la tarea de la salvación sin perder un momento,
ahogando el mal en abundancia de bienes. Quien se quedara paralizado, por la
fuerza agresiva de esa amarga oleada, acabaría siendo arrastrado.
4 Convenceos, y suscitad en los demás el
convencimiento, de que los cristianos hemos de navegar contra corriente. No os
dejéis llevar por falsas ilusiones. Pensadlo bien: contra corriente anduvo
Jesús, contra corriente fueron Pedro y los otros primeros, y cuantos —a lo
largo de los siglos— han querido ser constantes discípulos del Maestro. Tened,
pues, la firme persuasión de que no es la doctrina de Jesús la que se debe
adaptar a los tiempos, sino que son los tiempos los que han de abrirse a la luz
del Salvador. Hoy, en la Iglesia, parece imperar el criterio contrario: y son
fácilmente verificables los frutos ácidos de ese deslizamiento. Desde dentro y
desde arriba se permite el acceso del diablo a la viña del Señor, por las,
puertas que le abren, con increíble ligereza, quienes deberían ser los
custodios celosos.
Pensaréis
que, entonces, ser fieles no es tarea cómoda. Hijos míos, dificultades las ha
habido y las habrá siempre, aunque las circunstancias actuales son
verdaderamente duras, precisamente porque las asechanzas del diablo —repito—
vienen alentadas desde dentro de la Iglesia. Pero siempre son superables las
dificultades por quien, reconociendo su personal debilidad, confía en la
fortaleza de Dios. Confiar en la fortaleza de Dios es decidirse a rezar y a
tomar la firme resolución de vigilar, con la lucha interior, para alejar las
ocasiones de cuanto pueda debilitar la fe o entibiar nuestro Amor al Señor.
Alerta, pues, hijos míos. Alerta: sin olvidar jamás de dónde venimos y adónde
vamos; es decir, conscientes de nuestra filiación divina y del fin sobrenatural
al que Dios, gratuita y misericordiosamente, nos ha llamado. Sabedores de la
bajeza de nuestra pobre condición humana —que nos ayudará a no fiarnos de
nosotros mismos— y, a la vez, de la grandeza de nuestra vocación.
5 En situaciones como las que padecemos,
las verdades eternas han de quedar firmemente asentadas en nuestra alma,
orientando nuestra conducta. Para que las verdades eternas estén con esta
firmeza, hemos de ser hombres o mujeres de vida interior. Por eso, hijos míos,
desde el comienzo de nuestra Obra, no me he cansado de enseñar lo mismo: la
única arma que poseemos es la oración, rezar de día y de noche. Y ahora os
vuelvo a repetir lo mismo: ¡rezad!, ¡rezad!, que hace mucha falta. Estoy
persuadido de que esa corrupción creciente que se ve en el mundo, se debe a que
muchos en la Iglesia han dejado de rezar. Vos
estis sal terrae... Lo
dijo el Señor: vosotros sois la sal de la
tierra. y si la sal se hace insípida, ¿con qué se le
devolverá el sabor? Para nada sirve ya, sino para ser arrojada y pisada de las
gentes (Matth. V, 13). La sal del mundo es la
Iglesia: si esa sal se desvirtúa y pierde su sabor, si la luz se apaga, toda la
tierra se hunde. Es hora, pues, de rezar mucho y con amor, y de pedir al Señor
que quiera poner fin al tiempo de la prueba.
6 No podemos dejar de insistir. No buscamos
nada para cada uno de nosotros, por interés personal; buscamos la santidad, que
es buscar a Dios. Y Él espera que se lo recordemos con insistencia. Se están
causando voluntariamente heridas en su Cuerpo, que va a ser muy difícil
restañar. Nos dirigimos a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino, para que se
digne acortar cuanto antes esta época de prueba. Lo suplicamos por la mediación
del Corazón Dulcísimo de María; por la intercesión de San José, nuestro Padre y
Señor, Patrono de la Iglesia universal, a quien tanto amamos y veneramos; por
la intercesión de todos los Ángeles y Santos, cuyo culto
algunos intentan extirpar de la Iglesia Santa.
Que
sepamos clamar con nuestra vida, con nuestras palabras, con nuestro deseo, con
nuestro pensamiento. Que sepamos porfiar de tal manera que Él se vea obligado,
dulcemente forzado a intervenir.
Hay
tantos miles de personas rezando por mi intención, tantos enfermos que ofrecen
sus dolores, tantos que van muriendo serenamente, entregando su vida siempre
por el mismo motivo, tantas Misas cada día, tantas horas de trabajo, tantas
mortificaciones voluntarias... Pongo todo eso en manos de Dios, en la presencia
del Señor, en la presencia de su Madre, en la presencia del Santo Patriarca; y
a la vez, pongo las miserias mías y las de todos, las faltas que por fragilidad
o por inadvertencia hayamos podido cometer: nuestros pecados. Imploramos perdón
al Señor. Le rogamos que tenga piedad de su Iglesia, de las almas, en estos
momentos que son como de locura colectiva.
¡Oyenos, Señor! Aumenta nuestra fe, más aún. Repitamos, con
el centurión: tantum dic verbo (Matth. VIII, 8), di una, sola palabra, ¡una sola!, y se arreglará todo:
desaparecerán esas continuas dudas, temores y vacilaciones, y en tu Nombre nos
confirmarán en la fe. Mira, Señor, que andan sueltos los ángeles infieles,
sueltos en la tierra como los lobos, y tu rebaño se dispersa: percutiam pastorem, et dispergentur oves gregis (Matth. XXVI, 31).
7 Junto con la oración de petición, hijos
míos, hagamos oración de adoración. Adoremos a Dios, cuando se le está
arrojando de la vida de los hombres —y hasta de sus templos— como a un intruso.
Adorad a Dios Uno y Trino, en medio de este desierto que se va poblando de
tantos falsos dioses, construidos con las manos —con la soberbia, con la
avaricia, con la sensualidad— de los hombres.
Cuidadme
los actos de culto, de modo especial los sacerdotes. El que no diese categoría
a una simple inclinación de cabeza, no ya como manifestación elemental de
respeto, sino de amor, no merecería llamarse cristiano. Alabad continuamente a
la Trinidad Beatísima, a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, con
vuestra vida entera, pero de modo particularmente intenso en la Santa Misa.
La
Santa Misa es el centro y la raíz de nuestra vida interior, es el momento
supremo para adorar, para romper en acción de gracias, para invocar, para
desagraviar. Algunos se afanan todo lo posible por arrancar, del dogma, la
certeza de esa renovación incruenta del Sacrificio divino del Calvario. ¡Razón
de más para que nosotros cuidemos con especial tesón vivir la Misa bien
identificados con Cristo Señor Nuestro, que es el Sacerdote principal y la
Víctima!
Señor,
yo creo firmemente. ¡Gracias por habernos concedido la fe! Creo en Ti, en esa
maravilla de amor que es tu Presencia Real bajo las especies eucarísticas,
después de la consagración, en el altar y en los
Sagrarios donde estás reservado. Creo más que si te escuchara con mis oídos,
más que si te viera con mis ojos, más que si te tocara con mis manos. Jesús
Sacramentado, que nos esperas amorosamente en tantos Sagrarios abandonados, yo
pido que en los de nuestros Centros te tratemos siempre bien, rodeado del cariño nuestro, de nuestra adoración, de nuestro
desagravio, del incienso de las pequeñas victorias, del dolor de nuestras
derrotas.
8 Petición, adoración y desagravio, hijos
míos. Es hora de reparar al Señor. Desagraviadle, porque es el momento de
quererle. Siempre es la hora de amarle, pero en estos tiempos, cuando se hace
tanta ostentación de presuntuosa indiferencia, de mal comportamiento, cuando se
pretende ahogar el trato personal entre Dios y la criatura con la excusa de un
superficial comunitarismo; en estos tiempos, hijos,
hemos de acercamos más aún al Señor para decirle: Dios mío, te quiero; Dios
mío, te pido perdón.
Cultivemos
un fuerte espíritu de expiación, también porque hay mucho que reparar dentro
del ambiente eclesiástico. Debemos pedir perdón, en primer lugar, por nuestras
debilidades personales y por tantas acciones delictuosas que se cometen contra
Dios, contra sus Sacramentos, contra su doctrina, contra su moral. Por esa
confusión que padecemos, por esas torpezas que se facilitan, corrompiendo a las
almas muchas veces casi desde la infancia.
Cada
día caigo más en la cuenta de esta urgente necesidad. Y esto nos obliga a
buscar cada día más la intimidad con Dios: os aconsejo que hagáis lo mismo.
Pongámosle delante, al Señor, el número de almas que se pierden y que no se
perderían si no se les hubiese metido en la ocasión; almas que abandonan las
prácticas religiosas, porque ahora se difunde impunemente propaganda de toda
clase de falsedades, y resulta en cambio muy difícil defender la ortodoxia sin
ser tachados —dentro de la misma Iglesia, esto es lo más triste— de extremistas
o exagerados. Se desprecia, hijos míos, a los que quieren permanecer constantes
en la fe, y se alaba a los apóstatas y a los herejes,
escandalizando a las almas sencillas, que se sienten confundidas y turbadas.
Vamos
a tomar, pues, resoluciones firmes y concretas de adorar, de pedir, de
satisfacer, acudiendo por el Corazón Dulcísimo de María, al Corazón Sacratísimo
y Misericordioso de Jesucristo. Una oración así será bien recibida por el Señor
y encenderá nuestro celo, dará diligencia a nuestro Amor, para caminar por este
mundo sembrando la verdadera paz de Cristo.
9 Comprendemos claramente que la fidelidad
a Jesucristo exige permanecer en continua vigilia, porque no cabe confiar en
nuestras pobres fuerzas. Hemos de luchar siempre, hasta el último instante de
nuestro paso por la tierra: éste es nuestro destino. Luchar, no sólo en nuestro
interior, sino también por fuera, oponiéndonos a esa presión destructora,
peleando denodadamente contra el demonio, porque Satanás no descansa en su
labor devastadora: él fue homicida desde
el principio (Ioann. VIII, 44). No es lógico desentenderse
de esa contienda, hijas e hijos míos. Nos hemos negado a tantas cosas lícitas y
nobles por servir a la Iglesia, por salvar almas. Tenemos más deber y más
derecho que otros, tenemos más responsabilidad.
En
una palabra, vigilar, hijos, es luchar, para ser buenos cristianos. La
situación actual de la Iglesia impone, con más responsabilidad que nunca, la
correspondencia sincera a nuestra vocación. Precisamente ahora es más
indispensable la fidelidad, el procurar vivir cara a Dios, sabiendo que
arrastramos defectos, pero que esto no nos autoriza a desertar. Renovemos todos un propósito firme de lealtad. Si vosotros y yo
decidimos —¡seria y serenamente!— luchar, dejar que
Dios actúe con libertad en nuestro corazón y en nuestra alma, lograremos que
sea menor el número de los que le ofenden, de los que se olvidan de Él.
10 La lucha tiene un frente dentro de nosotros
mismos, el frente de nuestras pasiones. Vigila quien pelea interiormente, para
apartarse decididamente de la ocasión de pecado, de lo que puede debilitar la
fe, desvanecer la esperanza o desmejorar el Amor. Es fuerte, y bien estimulada
por el diablo, la presión que todo hombre padece para alejarle de la
consideración de su destino eterno. No olvidéis que el pecado —aversión a Dios
y conversión a las criaturas, decían los buenos maestros— comienza a insinuarse
en el alma, justamente por un interés y por una tendencia desordenados a gozar
de los bienes terrenos, a embeberse en las ambiciones de aquí abajo hasta
olvidarse de Dios y del fin para el que hemos sido creados. Fijaos que se
fomenta un clima mundial, para centrar todo en el hombre; un ambiente de
materialismo, desconocedor de la vocación trascendente del hombre, que sofoca
cruelmente la libertad de la persona humana o, al menos, confunde la libertad
con el libertinaje, comercializando las pasiones. Causa pena contemplar masas
enteras de gente que se dejan conducir por el dictado de unos pocos, que les
imponen sus dogmas, sus mitos e incluso todo un ritual desacralizado.
Es
preciso enfrentarse contra esta tendencia, con los resortes de la doctrina
cristiana, en una perseverante y universal catequesis. Es, hijos míos, un
elemental compromiso de caridad para la conciencia de un católico. Resulta muy
penoso observar que —cuando más urge al mundo una clara predicación— abunden
eclesiásticos que ceden, ante los ídolos que fabrica el paganismo, y abandonan
la lucha interior, tratando de justificar la propia infidelidad con falsos y
engañosos motivos. Lo malo es que se quedan dentro de la Iglesia oficialmente,
provocando la agitación. Por eso, es muy necesario que aumente el número de
discípulos de Jesucristo que sientan la importancia de entregar la vida, día a
día, por la salvación de las almas, decididos a no retroceder ante las
exigencias de su vocación a la santidad. Sin este esfuerzo de auténtica e
interior fidelidad, decidme ¿qué servicio prestaría la Iglesia a los hombres?
Considerad,
hijos míos, que la lucha interior no es una simple ascesis de rigor humano. Es
la consecuencia lógica de la verdad que Dios nos ha revelado acerca de Él
mismo, acerca de nuestra condición y acerca de nuestra misión en la tierra. Sin
esa batalla interior, sin participación en la Pasión de Cristo, no se puede ir
detrás del Maestro. Quizá por esto contemplamos una dolorosa desbandada: muchos
pretenden componer una vida según las categorías mundanas, con el seguimiento
de Jesucristo sin Cruz y sin dolor. Y esto no es posible sin alterar
sustancialmente el mensaje de Nuestro Redentor, porque no es el discípulo más
que el Maestro (Matth.
X, 24) y el discípulo de Cristo ha de estar dispuesto a negarse y a dar la
propia vida (Matth. XVI, 24-25) por la salvación de los
demás.
11 La lucha interior —en lo poco de cada día—
es asiento firme que nos prepara para esta otra vertiente del combate
cristiano, que implica el cumplimiento en la tierra del mandato divino de ir y
enseñar su verdad a todas las gentes y bautizarlas (cfr.
Matth. XXVIII, 19), con el único bautismo en
el que se nos confiere la nueva vida de hijos de Dios por la gracia.
Mi
dolor es que esta lucha en estos años se hace más dura, precisamente por la
confusión y por el deslizamiento que se tolera dentro de la Iglesia, al haberse
cedido ante planteamientos y actitudes incompatibles con la enseñanza que ha
predicado Jesucristo, y que la Iglesia ha custodiado durante siglos. Éste,
hijos míos, es el gran dolor de vuestro Padre. Éste, el peso del que yo deseo
que todos participéis, como hijos de Dios que sois. Resulta muy cómodo —y muy
cobarde— ausentarse, callarse, diluidos en una ambigua actitud, alimentada por
silencios culpables, para no complicarse la vida. Estos momentos son ocasión de
urgente santidad, llamada al humilde heroísmo para perseverar en la buena
doctrina, conscientes de nuestra responsabilidad de ser sal y luz.
12 Hemos de resistir a la disgregación,
cuidando sobrenaturalmente nuestra propia entrega y sembrando sin desmayos, con
decisión, con serenidad y con fortaleza, la doctrina y el espíritu de
Jesucristo.
Considerad
que hay muy pocas voces que se alcen con valentía, para frenar esta
disgregación. Se habla de unidad y se deja que los lobos dispersen el rebaño;
se habla de paz, y se introducen en la Iglesia —aun desde organismos centrales—
las categorías marxistas de la lucha de clases o el análisis materialista de
los fenómenos sociales; se habla de emancipar a la Iglesia de todo poder
temporal, y no se regatean los gestos de condescendencia con los poderosos que
oprimen las conciencias; se habla de espiritualizar la vida cristiana y se
permite desacralizar el culto y la administración de los Sacramentos, sin que
ninguna autoridad corte firmemente los abusos —a veces auténticos sacrilegios—
en materia litúrgica; se habla de respetar la dignidad de la persona humana, y
se discrimina a los fieles, con criterios utilizados para las divisiones
políticas.
Toda
esa ambigüedad es camino abierto, para que el diablo cause fácilmente sus
estragos, más cuando se ve que es corriente —en todas las categorías del clero—
que muchos no prediquen a Jesucristo y, en cambio, parlotean siempre de asuntos
políticos, sociales —dicen—, etc., ajenos a su vocación y a su misión
sacerdotal, convirtiéndose en instrumentos de parte y logrando que no pocos
abandonen la Iglesia..
13 No olvidemos, hijos míos, que en la vida de
cada uno, en la vida familiar y en las costumbres sociales, encontraremos la
paz y la justicia en la medida en que se acepte la verdad de Cristo en las
conciencias, como luz orientadora para la acción y conducta de los hombres. No
se puede imponer por la fuerza la verdad de Cristo, pero tampoco podemos
permitir que, con la violencia de los hechos, nos dominen como ciertos y
justos, criterios que son una patente deserción del mensaje de Jesucristo: esta
violencia se comete por algunos, impunemente, dentro de la Iglesia. Sería una
deslealtad y una falta de fraternidad con el pueblo fiel, no resistir al
presuntuoso orgullo de unos pocos que han maleado ya a tantos, sobre todo en el
ambiente eclesiástico y religioso.
Comprended
que no exagero. Pensad en la violencia que sufren los niños: desde negarles o
retrasarles el bautismo arbitrariamente, hasta ofrecerles como pan del alma
catecismos llenos de herejías o de diabólicas omisiones; o en la que se actúa
con la juventud, cuando —¡para atraerla!— se presentan principios morales
equivocados, que destrozan las conciencias y pudren las costumbres. Violencia
se hace, también diabólica, cuando se manipulan los textos de la Sagrada
Escritura y se llevan al altar en ediciones equívocas, que cuentan con
aprobaciones oficiales. Y no podemos dejar de ver el brutal atropello que se
impone a los fieles, y en los fieles al mismo Jesucristo, cuando se oculta el
carácter de sacrificio de la Santa Misa o cuando el dinero de las colectas se
malgasta en propagar ideas ajenas al enseñamiento de Jesucristo. Hijos, míos,
nunca se ha hablado tanto de justicia en la Iglesia y, a la vez, nunca se ha
empleado tanta injusta opresión con las conciencias.
14 Resistir, a esta campaña continuada y
nefanda, forma parte de nuestro deber de luchar por ser fieles. Es una
obligación de conciencia, ante Dios y ante tantísimas
almas. Pensad que abunda una muchedumbre silenciosa, por amor a la Iglesia, que
no protesta, que no habla a grandes voces, que no organiza manifestaciones
tumultuosas. Pero que sufre por la buena causa y que, con confianza en la
Providencia, espera, pasmada y muda, orando sin cesar y sin ruido de palabras, para
que la Iglesia de Dios recobre su autenticidad. Los herejes lo saben: así se
explica que ni siquiera se ha intentado demostrar que los católicos desean esos
cambios, que están variando el rostro de la Esposa de Cristo. Ni existe ninguno
capaz de confundir al pueblo fiel con la algarabía de los tumultuosos
conventículos revolucionarios, patrocinadores de radicales modificaciones
deformadoras e innecesarias, peligrosas e impías, que conducen sólo a rebajar
la espiritualidad de la Iglesia, a despreciar los Sacramentos, a enturbiar la
fe, cuando no a arrancarla de cuajo.
Nos
sentimos obligados a resistir a estos nuevos modernistas —progresistas se
llaman ellos mismos, cuando de hecho son retrógrados, porque tratan de
resucitar las herejías de los tiempos pasados—, que ponen todo en discusión,
desde el punto de vista exegético, histórico, dogmático, defendiendo opiniones
erróneas que tocan las verdades fundamentales de la fe, sin que nadie con
autoridad pública pare y condene reciamente sus propagandas. Y si algún pastor
habla decididamente, se encuentra con la sorpresa —amarga sorpresa— de no ser
suficientemente apoyado por quienes deberían sostenerlo: y esto provoca la
indecisión, la tendencia a no comprometerse con determinaciones claras y sin
equívocos.
Parece
como si algunos se empeñaran en no recordar que, a lo largo de toda la
historia, los que guían el rebaño han tenido que asumir la defensa de la fe con
entereza, pensando en el juicio de Dios y en el bien de las almas, y no en el
halago de los hombres. No faltaría hoy quien tachara a San Pablo de extremista
cuando decía a Tito cómo debería tratar a los que pervertían la verdad
cristiana con falsa! doctrinas: increpa illos dure, ut
sani sint in fide (Tit. I, 13);
repréndelos con dureza —le escribía el Apóstol—, para que se mantengan sanos en
la fe. Es de justicia y de caridad, obrar así.
Ahora,
sin embargo, se facilita la agitación con un silencio que clama al cielo,
cuando no se coloca a los saboteadores de la fe en puntos neurálgicos, desde
los que pueden sembrar la confusión «con aprobación eclesiástica». Ahí están
tantos nuevos catecismos y programas de «enseñanza religiosa» testimoniando la
verdad de lo que afirmo.
Hijos
de mi alma, pidamos a Nuestro Señor que ponga término a esta dura prueba. Mientras
tanto, me considero obligado a advertiros de estos peligros, porque hay muchos
también que confiesan a Dios con las
palabras, pero lo niegan con los hechos (Tit. I, 16): es la actitud de los que, con discursitos espirituales,
se buscan una coartada para sus acciones. El resultado es la ambigüedad:
actitudes que anulan las palabras; palabras que, por su contradicción con las
obras, admiten todo tipo de interpretaciones.
15 Para resistir a esta presión, para
perseverar en la buena doctrina, en la piedad y en el apostolado vibrante,
hemos de ayudamos unos a otros.
No me
cansaré de repetiros que el primer proselitismo, en la Obra, consiste en no
dejar que se pierda ninguna vocación; no permitir que los demás se vuelvan
tibios, comodones, aburguesados. Hemos de ayudarnos, con la oración, con la
mortificación, con el trabajo, con la corrección fraterna, con el cariño de
hermanos. ¡Ay del hijo mío que no se diera cuenta de que un hermano está
necesitado de ayuda o está en peligro!
Ruego
a mis hijos mayores que tengan entre ellos, y con sus hermanos más jóvenes, una
caridad vigilante. Hijos míos, animaos a ser leales, que el demonio y las
pasiones no se declararán vencidos hasta que nos muramos. Velad, con cariño,
unos por otros; que en la madurez, el diablo insiste con asaltos más sutiles y
pertinaces, interesado en quebrar vuestra probada fidelidad: ataca vuestra
sencilla sinceridad, solicita la vanidad y el orgullo insinuando el espíritu de
autosuficiencia, revuelve la sensualidad. Sedme siempre, hijos queridísimos,
como ese hombrón-niño del que os escribía y hablaba hace
ya tantos años. Dios os pagará esta bendita caridad vigilante con las alegrías
de la fecundidad espiritual. No me olvidéis, hijos, que vosotros sois la
continuidad; en vosotros confío. No defraudéis a Dios, ni al cariño que os
tiene vuestro Padre.
Apoyaos,
quereos, fortaleceos unos a otros; sentid la responsabilidad de la vocación de
todos. Hagamos el propósito firme de defender la fe tradicional; de no tolerar
que se cuelen dentro de la Obra, los gérmenes de ninguna herejía. Es deber de
todos preocuparse por la perseverancia de los demás, cuidar de la salud
espiritual y doctrinal de la Obra. Auxiliaos para huir de las ocasiones, para
guardar los sentidos, para mortificar la curiosidad de la razón, para cumplir
amorosamente las Normas, para vibrar en el apostolado.
16 Una medida concreta de prudencia, para
rechazar y oponerse a la disolución de la fe y de las costumbres, es sujetarse
humilde y gustosamente al condicionamiento que supone evitar determinadas
lecturas. Hijos míos, sentid vosotros también el peso de esta responsabilidad,
estando en vela. Aceptad con agradecimiento y docilidad las indicaciones de
prudencia que os he ido dando, como observa una persona prudente las medidas
antisépticas de la autoridad sanitaria, ante una infección que causa estragos
en el país. Sed muy fieles en esto. No debemos leer libros de mala doctrina o
literatura que disuelve las costumbres.
No os
dejéis engañar incautamente por maniobras publicitarias —donde se mezclan
razones ideológicas y políticas con motivos comerciales— que tratan de
presentar ciertas publicaciones heterodoxas, especialmente si son más o menos
marxistas, como algo de valor científico o cultural; e incluso pretenden
convencernos de que el conocimiento directo de esas publicaciones es casi
indispensable, para una persona de mediana cultura. En algunos ambientes
eclesiásticos se percibe actualmente una especie de extraño complejo de
inferioridad, ante todo lo que está emparentado con el marxismo. Este complejo,
además de denunciar una notable pereza intelectual, evidencia de modo elocuente
la debilitación de la fe y la ignorancia o la superficialidad.
17 Desde hace tiempo os venimos proporcionando
abundante material de orientación doctrinal: desde documentos de carácter más
general hasta indicaciones prácticas muy concretas, para la administración de
los Sacramentos, para la disposición de nuestros oratorios, para nuestros
estudios de filosofía y de teología. Todo eso constituye también una verdadera
pedagogía de la vida cristiana. Se prepara ese material y se os envía, para
confirmar a todos en la fe y para extender ese apostolado ad fidem, que debemos realizar ahora
incluso en ambientes de gran tradición católica.
Cumplidme
esmeradamente todas estas indicaciones, que os vengo señalando periódicamente.
Asimilad bien y transmitid esos criterios y esos contenidos doctrinales, que
aumentan la capacidad de discernimiento en estos momentos de confusión. A la
vez que un poderoso antemural para la defensa del don precioso de la fe y para
la integridad de la vida cristiana, son una ocasión de catequesis, de sólido
apostolado. Es ésta una labor colosal que nunca debemos descuidar: robustecer
las creencias vacilantes de tantas almas, fortalecer la sana doctrina. La fe da
lugar a un avance indefinido en la teología; pero los dogmas no varían. La fe
es la de siempre, como son los mismos los medios con que contamos los
cristianos para hacernos santos.
18 Considerad la advertencia de San Pedro: tenemos un testimonio más firme que el
nuestro, que es el de los profetas, al cual hacéis bien en mirar atentamente,
como a una antorcha que luce en un lugar oscuro, hasta tanto que amanezca el
día y la estrella de la mañana nazca en vuestros corazones, bien entendido en
primer lugar que ninguna profecía de la Escritura se declara por interpretación
privada. Porque no traen su origen las profecías de la voluntad de los hombres,
sino que los varones santos de Dios hablaron por inspiración del Espíritu Santo
(II Petr. I, 19-21).
Cada
uno de nosotros ha de ser quasi lucerna lucens in caliginoso loco, como un farol encendido,
lleno de la luz de Dios, en esas tinieblas que nos rodean. Agradezcamos con
obras nuestra vocación de cristianos corrientes, pero con la luz de Dios dentro,
para derrocharla y señalar el camino del Cielo. En todo nuestro apostolado,
asume importancia primordial la tarea catequística, a todos los niveles. Ésta
es la mejor defensa, ante la labor destructora de tantos: es el mejor modo de
resistir, a la disolución que están sembrando.
No
podemos dormirnos, ni tomarnos vacaciones, porque el diablo no tiene vacaciones
nunca y ahora se demuestra bien activo. Satanás sigue su triste labor,
incansable, induciendo al mal e invadiendo el mundo de indiferencia: de manera
que muchas gentes que hubieran reaccionado, ya no reaccionan, se encogen de
hombros o ni siquiera perciben la gravedad de la situación; poco a poco, se han
ido acostumbrando.
Tened
presente que en los momentos de crisis profundas en la historia de la Iglesia,
no han sido nunca muchos los que, permaneciendo fieles, han reunido además la
preparación espiritual y doctrinal suficiente, los resortes morales e
intelectuales, para oponer una decidida resistencia a los agentes de la maldad.
Pero esos pocos han colmado de luz, de nuevo, la Iglesia y el mundo. Hijos
míos, sintamos el deber de ser leales a
cuanto hemos recibido de Dios, para transmitirlo con fidelidad. No podemos, no
queremos capitular.
No os
dejéis arrastrar por el ambiente. Llevad vosotros el ambiente de Cristo a todos
los lugares. Preocupaos de marcar la huella de Dios, con caridad, con cariño,
con claridad de doctrina, en todas las criaturas que se crucen en vuestro
camino. No permitáis que el espejismo de la novedad arranque, de vuestra alma,
la piedad. La verdad de Dios es eternamente joven y nueva, Cristo no queda
jamás anticuado: Iesus Christus heri et hodie, ipse et in saecula (Hebr. XIII, 8).
Por
tanto: no os dejéis descaminar por
doctrinas diversas y extrañas; lo que importa sobre todo es fortalecer el
corazón con la gracia de Jesucristo (Hebr. XIII, 9).
19 Así nos espera el Señor: leales, seguros,
con una gran serenidad, con un optimismo inquebrantable, porque sabemos de
quién nos fiamos (II Tim. I, 12). Leales, aunque veamos a nuestro alrededor tanta gente que se
tambalea, que vacila. Recordad la respuesta de Matatías a la intimación de
prevaricar, cuando muchos de Israel se
acomodaron a ese culto, sacrificando a los idolos
(I Mac. I, 45), y a él y a sus hijos les
ofrecían —a cambio de la infidelidad— toda clase de riquezas y de bienestar
(hoy ofrecerían, además, una imagen simpática y atractiva, presentándolos quizá
a la opinión pública como valientes profetas de nuevos tiempos): aunque todas las naciones que forman el
imperio abandonen el culto de sus padres y se sometan a vuestros mandatos, yo y
mis hijos y mis hermanos viviremos en la alianza de nuestros padres. Líbrenos
Dios de abandonar la Ley y sus preceptos. No escucharemos las órdenes del rey
para salirnos de nuestro culto, ni a la derecha ni a la izquierda (I Mac. II, 19-22).
20 Hijos míos: adelante, pues, con fe, con
piedad, obedientes, seguros en el Señor. Vayamos detrás de Él con la oración,
como la hemorroísa, tratando de tocar la orla de su
manto. Jesucristo nos escucha si le pedimos con la fe de aquel pobrecito: si vis, potes ... ! (Matth. VIII, 2). Sé bien que, para Ti, Dios
mío, los siglos son instantes, pero la pobre humanidad cuenta estos instantes
como siglos.
Por
los méritos infinitos de Jesucristo, con la intercesión de Santa María —Madre
de Dios y Madre nuestra—, confiando en el amor de Dios Padre y en la gracia del
Espíritu Santo, repetiremos aquella oración tradicional de la liturgia: ut inimicos Sanctae Ecclesiae humiliare digneris, te rogamus, audi nos!
Empecemos
ya a dar gracias al Señor: ut in gratiarum semper actione maneamus, vivamos en
una continua acción de gracias a nuestro Dios. Acciones de gracias que son un
acto de fe, que son un acto de esperanza, que son un acto de amor.
Agradecimiento, que es conciencia de la pequeñez nuestra, bien conocida y
experimentada, de nuestra impotencia; y que es confianza inquebrantable
—también de esto tenemos experiencias maravillosas— en la misericordia divina,
porque Dios Nuestro Señor es todo Amor: y de su Corazón paternal brotan
raudales de designios de paz y de gozo, para los hijos suyos. Designios
misteriosos en su ejecución, pero ciertos y eficaces. Gratias tibi, Deus; gratias
tibi!
Os
bendice con inmenso cariño vuestro Padre.
Mariano.
Roma,
28 de. marzo 1973
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