de 24 de marzo de 1931
Es
una reconstrucción fragmentaria a partir
de las citas publicadas en los seis tomos de Meditaciones (ed. segunda Roma 1987, 1989-1991) y en algunos
volúmenes de la serie de Cuadernos
(de momento, los números III, V, VII-VIII). Los lugares de localización de esos
fragmentos se ordenan según la división de números de la Carta. Se indica el
comienzo y el final de cada cita mediante paréntesis cuadrados [...]; los
paréntesis redondos que advierten sobre omisiones de texto (...) pertenecen a
la cita tal como ha sido editada. En los tomos de Meditaciones se indica primero su número y después, tras un punto
punto (.), el número de la página donde aparece
cada cita. La serie de Cuadernos
se menciona con la abreviatura C seguida del número de volumen unidos por un
guión (-) y después se añade el número de la página con indicación de la
respectiva nota.
Aparecen
fragmentos de la carta Videns eos en
estos lugares: 1: III.651,
I.641. 2: IV.153.
3: C-VIII.89
n.2, C-VIII.160
n.10, III.474.
4: C-III.78
n.12, C-VIII.98-99
n.34, C-VIII.160-61
n.11, III.474.
5: C-VIII.98
n.33, C-VIII.281
n.1, III.487.
6: C-III.78
n.13, IV.467.
7: IV.73.
9: C-VIII.89
n.3, C-VIII.281-82
n.3, IV.440.
10: C-VIII.285
n.16, III.156,
I.28,
II.681.
11: C-VIII.95
n.21, II.679,
IV.152.
12: C-VIII.204
n.6, C-VIII.264
n.35, II.683.
13: III.541, VI.44, VI.46.
14: C-III.186
n.28, C-VIII.84
n.22, II.620, IV.97, IV.97. 15: C-III.187
n.32, C-VIII.31-32
n.9, C-VIII.97
n.27, II.619,
II.563,
I.109,
III.114.
16: I.70,
I.70.
17: I.72,
IV.469.
18: I.634,
III.16.
19: I.634,
I.636.
20: I.635,
IV.471.
21: IV.185.
22: C-VIII.16-17
n.36, C-VIII.205-206
n.8, IV.254,
I.637.
23: C-VIII.206
n.8, C-VIII.206
n.10, I.637.
24: I.641,
I.730,
III.475,
VI.325.
25: C-III.183
n.17, n.21, I.642,
IV.207.
26: C-VIII.175
n.34, IV.126,
III.492,
VI.43.
28: III.186.
29: IV.154.
30: III.187,
IV.151.
31: I.732,
II.726.
32: IV.399.
33: IV.61,
III.695.
34: I.732,
IV.468,
II.450,
I.648.
36: C-III.201
n.15. 37: C-VIII.93
n.11, III.715,
I.530.
38: C-VIII.208-209
n.13, C-VIII.275-76
n.17, C-VIII.278
n.24, I.648,
I.649,
II.673.
39: C-III.139
n.34, I.649,
V.305.
40: C-III.147
n.18, II.450,
I.652.
41: C-VIII.277
n.22, IV.11,
VI.315,
I.652.
42: V.442,
III.493.
43: C-VII.80
n.5, II.452,
IV.694,
IV.256.
44: III.626.
45: C-III.109
n. 15, C-III.109
n,18, C-III.109
n.20, C-VIII.207-208
n.11, C-VIII.208
n.12, C-VIII.211
n.23, C-VIII.262
n.31, II.574,
IV.132,
II.431.
46: C-VIII.264
n.33, I.642,
II.431,
I.642,
III.386.
47: C-VIII.261-62
n.29, I.399,
I.729.
48: C-III.110
n.18, C-VIII.268-69
n.58, II.449,
I.708. 49: C-III.204
n.25, I.709 con la adición de un párrafo
tomado del original. 50: C-VIII.196
n.24, III.543, III.716, VI.313.
54: III.339, II.691, II.502.
55: C-VIII.279
n.27, IV.392, VI.113, II.594, IV.731. 56: I.733,
II.158,
V.341,
I.543.
57: C-V.127
n.23, C-VIII.17
n.37, C-VIII.213
n.30, I.644,
VI.334.
58: C-V.48
n.19, C-VIII.160
n.7, III.436, IV.118.
59: C-VIII.96
n.23, IV.631, IV.632, VI.47, V.274. 60: C-III.134
n.22, II.88,
I.681.
61: C-VIII.272-73
n.8, IV.628.
62: C-VIII.74-75
n.41, C-VIII.97-98
n.30, C-VIII.279
n.29, I.113.
63: C-III.220
n.14
1 VIDENS EOS [...] Me conmueve, hijos
queridísimos, contemplar a Jesús que ejercita su poder divino y hace un milagro
maravilloso, para ir al encuentro de los suyos, que se fatigan remando contra
el viento por llevar la barca a donde el Señor les ha dicho.
Cumplimos también nosotros un mandato imperativo de Cristo,
navegando en un mar revuelto por las pasiones y los errores humanos, y
sintiendo a veces dentro de nosotros toda nuestra flaqueza, pero decididos
firmemente a conducir a término esta barca de salvación que el Señor nos ha
confiado. Se levanta quizá en ocasiones, de lo profundo del corazón, ante la
fuerza del viento contrario, la voz de nuestra impotencia humana: ten misericordia de mí, oh Dios, porque me
persiguen, me combaten y me hacen sufrir constantemente. Sin cesar me persiguen
mis enemigos; y son muchos, en verdad, los que me combaten (Ps. LV,
2-3). El no nos deja, y siempre que ha sido necesario se ha hecho presente,
con su omnipotencia amorosa, para llenar de paz y de seguridad el corazón de
los suyos: Jesús les habló luego, y dijo:
buen ánimo, soy yo, no tenéis que temer. Y se metió con ellos en la barca, y
cesó el viento (Marc. VI, 50-51) [...]
[...] además de las faltas que tenemos en la conciencia,
habrá otras, que están ocultas a nuestros ojos [...]
2 [...] cada
uno de nosotros es como aquel gigante de la Sagrada Escritura: la cabeza de la estatua era de oro puro; su
pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus caderas, de bronce; sus piernas,
de hierro, y sus pies, parte de hierro, parte de barro (Dan. II,
32-33). No olvidemos nunca esta debilidad del fundamento humano, y así
seremos prudentes —humildes— y no sucederá lo que acaeció a aquella estatua
colosal: que una piedra desprendida, no
lanzada por mano, hirió a la estatua en los pies de hierro y barro,
destrozándola. Entonces el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro se
desmenuzaron juntamente y fueron como polvo de las eras en verano: se los llevó
el viento, sin que de ellos quedara traza alguna (Dan. II, 34-35).
Oíd, mis hijos, lo que el Espíritu Santo nos dice por San
Pablo: el que piensa estar firme, mire no
caiga. No habéis tenido sino tentaciones humanas, ordinarias; pero fiel es
Dios, que no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas, sino
que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis sosteneros
(I Cor. X, 12-13) [...]
3 [...] el alma
se endiosa: ¡su vida nueva contrasta
tanto con la de antes, y con la que a su alrededor encuentra tantas veces!
[...]
4 [...] ¿endiosamiento
sin humildad?, ¡malo! Y si el endiosamiento es corporativo, ¡peor! Porque Tú, Señor, salvas al pueblo humilde, y
humillas al soberbio (Ps. XVII, 28)
[...]
[...]
No puedo ocultaros, hijos míos, mi temor de que en algún caso ese
endiosamiento, sin una base profunda de humildad, pueda ocasionar la
presunción, la corrupción de la verdadera esperanza, la soberbia y —más tarde o
más temprano— el derrumbamiento espiritual ante la experiencia inesperada de la
propia flaqueza: ¡qué eficaces seremos, si no perdemos la humildad, si no
perdemos este propio conocimiento!
Suelo
poner el ejemplo del polvo que es elevado por el viento hasta formar en lo más
alto una nube dorada, porque admite los reflejos del sol. De la misma manera,
la gracia de Dios nos lleva altos, y reverbera en nosotros toda esa maravilla
de bondad, de sabiduría, de eficacia, de belleza, que es Dios. Si tú y yo nos
sabemos polvo y miseria, poquita cosa, lo demás lo pondrá el Señor. Es una
consideración que me llena el alma [...]
5 [...] En las
travesías de la vida interior y en las del trabajo espiritual, el Señor concede
a sus apóstoles esos tiempos de bonanza, y los elementos, las propias miserias
y los obstáculos del ambiente, enmudecen: el alma goza, en sí misma y en los
demás, la hermosura y el poder de lo divino, y se llena de contento, de paz, de
seguridad en su fe aún vacilante. Sobre todo a los que comienzan, suele
llevarlos el Señor —tal vez durante años— por esos mares menos borrascosos,
para confirmarlos en su primera decisión, sin exigirles al principio lo que
ellos aún no pueden dar, porque son sicut
modo geniti infantes (I Petr. II, 2), como niños recién nacidos [...]
6 [...] Es malo
el endiosamiento si ciega, si no deja ver con evidencia que tenemos los pies de
barro, ya que la piedra de toque para distinguir el endiosamiento bueno del
malo es la humildad. Por eso es bueno, mientras no se pierde la conciencia de
que esa divinización es un don de Dios, gracia de Dios; es malo, cuando el alma
se atribuye a sí misma —a sus obras, a sus méritos, a su excelencia— la
grandeza espiritual que le ha sido dada. ¡Humildes, humildes! Porque sabemos
que en parte estamos hechos de barro, y conocemos un poquito de nuestra
soberbia y de nuestras miserias... y no lo sabemos todo. ¡Que descubramos lo
que estorba a nuestra fe y a nuestra esperanza y a nuestro amor! [...]
7 [...] Para
hacer los cimientos de un edificio, a veces hay que ahondar mucho, llegar a una
gran profundidad, hacer grandes soportes de hierro y hundirlos hasta que se
apoyen sobre roca. Pero no hay necesidad de eso si se encuentra enseguida
terreno firme. Para nosotros la roca es ésta: piedad, filiación divina,
abandono en las manos de Dios [...]
9 [...] Un
hombre se va haciendo poco a poco, y nunca llega a hacerse del todo, a realizar
en sí mismo toda la perfección humana de que la naturaleza es capaz. En un
aspecto determinado, puede incluso llegar a ser el mejor, en relación con todos
los demás, y quizá a ser insuperable en esa actividad concreta natural. Sin
embargo, como cristiano su crecimiento no tiene límites [...]
[...]
Os decía que hay, a lo largo de esta navegación de la vida nuestra, tiempos de
bonanza —interna o externa— incluso prolongados; pero sólo en el Cielo la paz
es definitiva, la serenidad completa [...]
10 [...] Alta es
la meta, a la que Jesús nos llama: inasequible, hasta el fin mismo del camino
de la vida. Siempre se puede tender a más, y el que no avanza, retrocede; el
que no crece, mengua. Los que me comen,
se lee en el Eclesiástico, aún tendrán
hambre; y los que me beben, aún tendrán sed (Eccli. XXIV, 29) (...).
No nos queramos engañar: tendremos miserias. Cuando seamos
viejos, también: las mismas malas inclinaciones que a los veinte años. Y será
igualmente necesaria la lucha ascética, y tendremos que pedir al Señor que nos
dé humildad. Es una lucha constante. Militia
est vita hominis super terram (Iob
VII, 1). Pero la paz está justamente
en la lucha. ¡La paz es consecuencia de la victoria! [...]
[...] No podemos olvidar que llevamos en nosotros mismos un
principio de oposición, de resistencia a la gracia: las heridas del pecado
original, quizá enconadas por nuestros pecados personales. Se opondrán a tus
hambres de santidad, hijo mío, en primer lugar, la pereza, que es el primer
frente en el que hay que luchar; después, la rebeldía, el no querer llevar
sobre los hombros el yugo suave de Cristo, un afán loco, no de libertad santa,
sino de libertinaje; la sensualidad y, en todo momento —más solapadamente,
conforme pasan los años—, la soberbia; y después toda una reata de malas
inclinaciones, porque nuestras miserias no vienen nunca solas [...]
11 [...] Hijos
míos: no os avergüence ser miserables; no os acobardéis porque tengáis en el
corazón el fomes peccati, la materia
propia para que se cebe el fuego del pecado.
No os asustéis, porque el
justo cae siete veces, y otras tantas se levanta (Prov. XXIV, 16). En
nuestra pelea espiritual no faltarán fracasos. Pero ante nuestras
equivocaciones, ante el error, debemos reaccionar inmediatamente, haciendo un
acto de contrición, que vendrá a nuestro corazón y a nuestros labios con la
prontitud con que acude la sangre a la herida, combatiendo con eficacia el
cuerpo extraño, el germen de infección [...]
12 [...] Es
lógico, por otra parte, que sintamos la atracción, no ya del pecado, sino de
esas cosas humanas nobles en sí mismas, que hemos dejado por amor a Jesucristo,
sin que por eso hayamos perdido la inclinación a ellas. Porque teníamos esa
tendencia, la entrega de cada uno de nosotros fue don de sí mismo, generoso y
desprendido; porque conservamos esa entrega, la fidelidad es una donación
continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura, y no simple
resultado de la inercia. Dice Santo Tomás: eiusdem
est autem aliquid constituere, et constitutum conservare (Santo Tomás, S. Th. II-II, q.79, a.1 c). Lo mismo que
dio origen a tu entrega, hijo mío, habrá de conservarla [...]
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