«È
finita la commedia»
(El
ex masón León Taxil y el fundador del Opus Dei)
Castalio
León Taxil y José M. Escrivá
No
se preocupe ni confunda el visitante de esta web cuando, al leer la gran cantidad de testimonios de quienes pertenecimos
a la Obra (que somos muchos más de los que escribimos aquí), caiga en la cuenta
de que podría tratarse quizá de una institución en la que, si bien se cultivan
valores cristianos muy positivos, también se da cabida a uno de las más grandes
embustes que se han dado en la historia de la Iglesia católica. Me refiero a
esa rara invención del padre José M. Escrivá, llamada «numerario (a)» o, mutatis
mutandi, «agregado (a)» que es una suerte de rapsodia jurídica y mística
que no hay quien entienda.
Tampoco
creo que deba inquietarse aquél que perteneció a la Obra y se salió después de
pocos o muchos años, si al leer esta web siente
el dolor y la tristeza propios de un «desengaño».
Escribo esta pequeña historia especialmente para ellos, y más aún para quienes
pueden verse afectados en su fe y en su amor a la Iglesia católica, a la cual,
en lo personal (y dicho sea de paso) he amado, amo y defenderé siempre. Es a
ellos a quienes puede servir de algo el suceso de León Taxil aquí narrado. A
los demás, es decir, a los que todavía pertenecen al Opus como numerarios y
agregados o a los que nunca han formado parte de sus filas o de otras
instituciones por el estilo, el paralelismo que aquí se ofrece podrá
resultarles acaso algo exagerado o hasta propasado. Incluso, a estos últimos (y
a los supernumerarios husmeadores y curiosos que suelen entrar a esta web) les sugiero no leer este escrito
cuyo simbolismo tiene una carga sicológica muy relativa.
El
tema es el siguiente:
A
pesar de la santidad del origen de la Iglesia de Cristo, ha habido a lo largo
de su historia muchas personas e instituciones que, como el Opus Dei (y los
Legionarios de Cristo, entre otros), han medrado de sus estructuras y carismas
o los han utilizado muy a su estilo, modo y conveniencia.
Aquí
referiré de modo breve uno de esos engaños, el cual, en mi opinión, puede ofrecer
algunos paralelismos con el Opus Dei y, especialmente, con su fundador. Dejo
pues al lector frente a esta historia, pero no sin antes hacer una advertencia
más. Si algún ex Legionario de Cristo (o ex Regnum Christi) lee esta pequeña
historia, creo que también podrá
servirle para no generalizar sus juicios de reproche ni desalentarse en su fe
cristiana por lo ocurrido con su fundador. En fin… lo escribo y publico por si
a alguien le puede servir como lucecilla que ilumine un poco los misterios de
su propia historia.
***
Fue
el caso que, alrededor de 1890, un tal León Taxil, cuyo verdadero nombre era
Jean-Jogard Pagés, que había pertenecido a la masonería y abjuró de ella, se
dedicó a escribir libros en los que denunciaba las atrocidades de las logias
masónicas de Francia, y especialmente sus prácticas anticatólicas y hasta
satánicas. Sus libros fueron leídos por miles de católicos de todo el mundo,
los cuales se beneficiaron enormemente de ellos: algunos recuperando la fe que
habían dejado de lado, otros, acercándose a la Iglesia y a los sacramentos o
uniéndose a actividades piadosas en sus parroquias.
Pero…
¿quién era en realidad Taxil?
Según
lo relata él mismo en un libro con sentido autobiográfico, antes de su conversión,
había sido un masón convencido y autor de varios libros y folletos
sensacionalistas en los que calumniaba a la Iglesia y al papado (El cura culo de mono, El hijo del jesuita,
Los amores de León XIII y otras necedades por el estilo). Supuestamente se
convirtió al catolicismo por influencia de una tía monja que había rezado
intensamente por él y con quien había sostenido conversaciones muy profundas
sobre la Fe.
Sea
de ello lo que fuere, lo cierto es que su conversión fue tan sonada en toda
Francia que el Papa León XIII lo recibió personalmente en el Vaticano. Luego de
escuchar las razones del contrito ex masón, el pontífice le encomendó que, para
desagraviar lo que había escrito contra la Iglesia cuando había sido masón,
revelara todo lo que sabía sobre la secta y sus logias con la finalidad de
desengañar a algunos católicos ingenuos e incautos, que creían que la masonería
era compatible con el catolicismo. Fue así como, según él, escribió y publicó
por encargo del Papa algunas obras en las que revelaba con todo detalle los misterios del «satanismo masónico».
Las
obras del ex masón y converso Taxil
se tradujeron a varios idiomas, se publicaron en diversos formatos, y muchos
católicos cultos e instruidos de Europa y América (incluyendo un buen número de
obispos y clérigos) las leyeron con atención y avidez. Luego, se divulgaron
mediante comentarios en la prensa y en la pastoral de las parroquias llegando
así su mensaje de denuncia hasta los más bajos estratos de las sociedades. El
resultado, tal como lo esperaba el Papa, fue que un gran número de católicos
fríos o alejados de la fe, regresaron al redil de la Iglesia.
Al
poco tiempo de haberse publicado las obras de Taxil, aparecieron otras, no
menos sensacionalistas, de otra conversa y ex masona llamada Diana Vaughan,
quien al parecer había sido Gran Maestra del Perfecto
Triángulo Phébé-la-Rose en el Oriente
de Nueva York y Maestra Templaria Soberana y Honoraria de la Logia de Londres. Obispos, sacerdotes e intelectuales católicos de todo el mundo usaron
las obras de Vaughan como habían usado las de Taxil, para escribir sobre los
peligros de la masonería y de sus prácticas laicistas.
En
1896, movidos por Taxil y por la ex masona Vaughan, se reunieron más de 200
obispos y 700 delegados diocesanos (entre los que se encontraban estadistas,
periodistas y literatos de gran talla) para participar en el primer Congreso Antimasónico Internacional, que
tuvo lugar en la ciudad de Trento. El Papa León XIII acogió la iniciativa de
ambos ex masones y envió su saludo y bendición a los congresistas.
José M. Escrivá de
Balaguer y Diana Vaughan
En
una de las sesiones de aquel congreso, un obispo austriaco, extrañado por la
ausencia de Diana Vaughan, preguntó si alguien de los ahí presentes conocía
personalmente a esa señora pues nadie la había visto nunca, sembrando así la
duda sobre su existencia real. Taxil, que se encontraba ahí presente, pidió la
palabra, subió de inmediato a la tribuna y en un acto de teatralidad sacó de su
chaqueta una fotografía de la ex masona y la mostró al público como prueba de
su existencia. Varios obispos e intelectuales se dieron por satisfechos con
aquella supuesta evidencia. Pero, debido a la insistencia de los austriacos, se
formó una comisión que debía emitir un dictamen sobre la célebre ex paladista Miss Diana Vaughan.
A
los pocos meses de haber concluido el congreso antimasónico de Trento, Diana
convocó en un anuncio de la prensa a una reunión abierta que debería llevarse a
efecto en el salón de la Sociedad de Geografía de París. Además de presentarse
por primera vez en persona ante el público, dictaría una conferencia en la que
informaría de cosas todavía más estremecedoras que las reveladas en su libro y
en algunos folletos de gran circulación en todo el mundo.
El
día anunciado acudió numeroso público procedente de varios países de Europa y
América. Los asistentes, con gran inquietud y curiosidad, tomaron sus asientos
y se dispusieron a conocer por fin a la famosa señora. Así, a la hora señalada,
se anunció con gran estrépito, como si se tratara de una función teatral, la
inminente presencia de la desconocida conversa ex masona. El público quedó
pasmado cuando vio que, del fondo del estrado, salió nada menos que León Taxil
afirmando con todo descaro y cinismo que Diana Vaughan era invención suya (mixtificación, decía). Se jactaba,
además, de que nadie como él había logrado engañar a tantos católicos buenos,
bienintencionados y piadosos, incluyendo a curas, obispos, cardenales y ¡al
mismo papa!
Como
he dicho, muchos obispos del mundo (especialmente en Francia, España, Italia,
Canadá, México, Estados Unidos, Argentina y Brasil) habían citado y recomendado
a ambos autores al lado de los escritos pontificios (principalmente de la
Encíclica Humanum Genus), en instrucciones
y cartas pastorales, por lo que aquel suceso los dejaba perplejos: ¿cómo
decirle ahora al gran público lector (a su feligresía) que todas aquellas
historias y lecturas, que tanto bien les habían hecho en sus vidas, no habían
sido sino el fruto de un engaño fraguado por un embaucador en el seno de la
Iglesia y con la aprobación e impulso del mismo Papa?
En
un periódico francés de diciembre de 1896 (Le
Matin), se dio a conocer la noticia del embuste de Taxil en forma escueta;
sólo se hacía una advertencia a los católicos para que en adelante no creyeran tan
fácilmente en cualquier persona y en cualquier doctrina. El artículo, tal como
aparece publicado en la traducción española, concluye con una frase en italiano
con la que el autor intentaba poner punto final a la cuestión de Taxil y la Vaughan: «È
finita la commedia».
***
Cuento
esta historia tal como la he leído en las fuentes de la época, porque en
ocasiones pueden producirse en nuestra conciencia (especialmente en la de
quienes nos hemos salido de la Obra con la convicción de que la labor de San Miguel
es una invención sin fundamento) dudas acerca de nuestra fe en Cristo y en su
Iglesia. ¿Cómo es posible que exista en su seno y bajo su cobijo una
institución tan contraria al Evangelio como el Opus Dei? Contraria al Evangelio,
porque ahí se miente sistemáticamente,
de modo especial al inventar vocaciones al celibato (de numerario o agregado)
que no existen ni se disciernen, sino que se crean mediante ardides muy bien
encubiertos y con apariencia de tácticas apostólicas.
Además, hoy día esas supuestas vocaciones
sólo son producto del ímpetu de algunos cuantos numerarios ilusos que se
sienten paladines de las labores
apostólicas y a quienes se les tiene en la Obra por fieles muy de casa.
Pero
¿cómo habría de existir una vocación al celibato para casi todo aquel que se
acerque a una casa del Opus Dei? ¿De dónde tanto pitaje (petición de admisión) y
tanto despitaje (petición de dimisión) de numerarios y agregados en todo el
mundo? Digo esto porque si se observa esa cosa rara llamada labor de san Rafael
(labor dizque apostólica con la juventud, que en realidad no es más que un
proselitismo salvaje ataviado con mil bondades aparentes) al lado de esa otra
anormalidad de vida de los célibes, numerarios o agregados, a la que se llama labor de san Miguel,
se comprobará que pita cualquiera.
Sí, absolutamente cual-quie-ra puede pedir la admisión como numerario o
agregado. Basta con que sea una persona de buenas intenciones y que crea en
Escrivá y sus cosas, para que, al menor descuido, ya se le plantee la vocación o se
le hable para pitar después de mil acuerdos secretos y enjuagues de los
numerarios (que se dicen sus amigos)
con los directores locales y el cura del centro (véase mi escrito Cómo
fabricábamos numerarios en México).
Además,
para colmo de males, Juan Pablo II canonizó a Escrivá de Balaguer (a mí me
cuesta mucho llamarle san: es más, no
lo hago habitualmente aun cuando estuve presente en su canonización), y con
ello parece haber puesto el sello de garantía de veracidad, catolicidad y
santidad a la institución, es decir, a la entidad social y eclesiástica con
todo y esa rara normativa diseñada por Escrivá y Del Portillo. Normativa en la
cual se prescribe de modo frío e inhumano el modo de envolver (así, envolver) a todo aquel joven que se
acerca a sus casas. Quizá podríamos preguntarnos ¿cómo es posible que el papa
Juan Pablo II haya avalado eso? ¿desconocía el papa los modos subrepticios en
que se traman los pitajes en los
consejos locales? Insisto: ¿Qué no fue acaso el propio José M. Escrivá de
Balaguer el que ideó todo ese sistema de manipulación de la juventud y quien
prescribió en sus Instrucciones
del modo de hacer proselitismo el plan de acción para que los
directores de los centros hicieran caer a muchos en sus redes y en sus
discursos plenos de simulaciones e insinuaciones encubiertas? o ¿qué otra
explicación tiene el que exista en todo el mundo tal cantidad de ex numerarios
y ex numerarias, ex agregados y ex agregadas, ex numerarias auxiliares y ex
supernumerarios (as)? (somos miles, así, miles… y me consta sigue aumentando el
número). Luego, para aquellos que algún día creyeron en el Opus Dei, podrían
venir dudas de fe y quizá el abandono de
muchas prácticas piadosas que, por otra parte, no son privativas de Escrivá ni
de su fundación. Entre otras la asistencia a misa.
Como
León Taxil, a quien el papa León XIII dio su aval –por ignorancia o subrepción–
Escrivá de Balaguer se nos presenta como el fabricador de una de las más
grandes mentiras que se hayan dado en la Iglesia católica… ¡y con el aval
pontificio! E igual que en el caso del ex masón del siglo XIX, mucha gente se
ha beneficiado de su obra
(especialmente los supernumerarios y cooperadores) y han creído en él y en su
institución. Sin embargo, el costo de ese beneficio para un grupo selecto de
miembros no célibes ha sido enorme,
pues ha afectado a la fe y a la sicología de muchas personas que, como insumo desechable, han formado parte de
esa institución bajo el esquema de una supuesta vocación al celibato, sea como numerarios (as) o como agregados
(as). Digo supuesta, porque a poco que se le analice se comprenderá que aquel
estatus dizque jurídico o vocacional no tiene ni pies ni cabeza y no hay quien
lo pueda vivir sin depresiones, angustias o cinismos disfrazados de mentalidad abierta.
Dicho
en otros términos, el proceder de los directivos del Opus Dei en lo que hace al
reclutamiento de personas para la labor de san Miguel,
por mucho bien que pueda hacer a algunos (y de ello no me cabe la menor duda),
es a todas luces contrario a la transparencia y a la veracidad a las que nos
obliga el Evangelio de Cristo, sobre todo (permítanme que insista) en lo que se
refiere a su modus operandi, que, por
donde se le vea, es absolutamente sectario, pues su punto de partida y de
llegada es la manipulación de las conciencias por medio de estrategias muy bien
estudiadas y perfectamente previstas por el fundador.
Así
pues, como los periodistas del siglo XIX ante el fraude de Taxil, yo también me
quedo perplejo, dubitativo, pasmado ante tan paradójica institución, en la que
se hace mucho bien pero también mucho mal, y especialmente ante ese raro y enigmático
personaje que la fundó: el genio inventor de Barbastro y su creación malograda
del numerariado y de esa rareza existencial de los agregados. Mi perplejidad se
parece a la de aquellos que se dieron cita en la Sociedad de Geografía de París
y se desengañaron al ver que la Vaughan era pura invención de Taxil, puro
embuste. Me he preguntado como aquellos, una y otra vez qué hacer: ¿revelo
todas las paradojas y mentiras que vi y escuché por más de veinte años en los
que fui numerario y directivo del Opus? ¿Cómo hacer eso si, por otra parte, me
consta que hay en esa institución tantas personas inocentes y buenas que siguen
creyendo en Escrivá del mismo modo y con la misma buena fe que en otro tiempo
muchos creyeron en Taxil y en la inexistente Diana Vaughan?
Por
lo pronto diré (me diré y diré al lector): È
finita la commedia. Pero no puedo dejar de expresar que esa comedia –la de Taxil– me ha ayudado en
lo personal a entender que no es imposible que haya imposturas, «mixtificaciones»
(sic) o mentiras en el seno de mi madre la Iglesia. Creo, a pesar de los pesares (sic) en su carácter sobrenatural. Creo que
es el camino de nuestra salvación y también creo firmemente en el primado de
Pedro, con todo y sus misterios… Ya resolveré más adelante si sigo escribiendo
en esta web o si pongo el punto final.
Castalio