AMOR EUCARÍSTICO (*)
(27-V-1937)
J. M. Escrivá, fundador del
Opus Dei
Las personas piadosas, cuidadosas de su vida interior,
conocen muy bien este medio empleado en la oración, para sujetar la imaginación
y dejar libres las potencias: la composición de lugar. ¿Cuál ha de ser en
el día de hoy la composición de lugar de nuestra meditación, sino aquélla
tan conocida de los últimos momentos de Jesús con sus Apóstoles, en el Cenáculo?
Sí; vemos ahora aquella mesa -probablemente en forma
de herradura- cubierta de una comida sencilla y rodeada de lechos, en los
cuales, incorporados, comen y hablan Cristo y sus discípulos. Vemos a los
Apóstoles, toscos en general, que comen sobriamente, disimulando y refrenando
el apetito que deberían sentir, teniendo entre ellos delicadezas llenas de
caridad. Están hablando. Comentan la doblez de los fariseos, examinan los
engaños y las persecuciones de que los sacerdotes y poderosos les hacen objeto;
pero ya no se pasman de nada; son hombres que han visto a sus manos realizar
milagros.
(*) Esta meditación fue dirigida por el Beato Josemaría
de las 11.30 a las 12.00, en la noche del miércoles 26 al jueves 27 de mayo,
fiesta del Corpus Christi.
Junto a Jesús está reclinado un hombre, ya de edad,
con los ojos rodeados de ojeras -debidas a vigilias y trabajos- y con la frente
surcada de arrugas. Habla enérgicamente, con un vigor y una impetuosidad que
declaran la fe y el amor de su corazón. Es Pedro, el príncipe de los Apóstoles,
que está ahora pendiente -siempre lo estuvo- de lo que dice y de lo que hace
el Maestro. Al otro lado de Jesús se encuentra Juan, adolescente aún pero
varonil, pues nada tiene de afeminada su delicadeza; habla a Jesús con confianza
llena de amor y llega hasta reclinar su cabeza en el pecho del Maestro. Se
distingue también en este círculo de hombres a uno que es persona de autoridad,
de maneras correctas, con gesto de quien está acostumbrado a mandar, vestido
con elegancia; es Mateo, que abandonó una posición social elevada por seguir
a Jesús. También vemos a Andrés, hermano de Pedro, que reproduce quizá con
rasgos más juveniles la figura enérgica e impetuosa -aire de familia- del
príncipe de los Apóstoles. y aún nos fijamos en otros hermanos que inconscientemente
quizá conservan un resto de resquemor, resultado de una antigua disputa, sobre
quién de ellos sería el mayor. Descubrimos a Felipe y a todos los otros, rodeando
al Maestro; y entre ellos, vosotros y yo.
Todos callan y el Maestro les abre su corazón. Su oración
sube hasta su Padre, llena de cuidado y amor por éstos que van a quedarse
aquí abajo: ut omnes unum sint, sicut Tu, Pater, in me, et ego in te; ut
sint unum sicut et nos unum sumus (80); que sean uno, Padre, como Tú y yo lo somos. Mandatum
novum do vobis, ut diligatis invicem sicut dilexi vos, ut et vos diligatis
invicem. In hoc cognoscent omnes quia discipuli mei estis (81): que os améis unos a otros como Yo os he amado. En
esto conocerán que sois mis discípulos. Pide amor, pide caridad, en esta hora
suprema, para sus hijos. Que todos sean uno (82). Sí, que formen un solo rebaño, bajo un solo pastor
(83). Que se amen.
(80). Jn 17, 21-22.
(81). Jn 13, 34-35.
(82). Jn 17, 21.
(83). Cfr. Jn 10, 16.
Nosotros, ahora, ¿cómo podremos practicar esta caridad
que Cristo rogaba para sus discípulos? Una de sus formas ha de ser la corrección
fraterna. Cuando veáis que alguno de vuestros hermanos pierde el camino, procede
en contra del espíritu de la Obra, llamadle a solas, ordinariamente después
de haber consultado con el que hace cabeza en la casa. Con toda caridad, se
le dice: "Mira, yo creo que el espíritu de la Obra aconseja actuar así".
Si reincide, volved a hablarle ya delante, esta segunda vez, de un compañero
recto, juicioso y discreto. ¡Discreto! ¡Cuánto hay que insistir siempre, siempre,
en la Obra, sobre la discreción! ¡Líbrame, Señor -decía
el Profeta- de la lengua dañina! (84). Si vuelve a caer en
lo mismo, entonces se apela ya a la reprensión pública, a la autoridad de
la casa o de la Obra (85).
Entre los que rodean a Jesús hay uno que se encuentra
separado espiritualmente de los demás: Judas Iscariote. Ha fallado, sobre
todo, en el amor. Si hubiera errado en otra cosa, tendría fácil remedio. Si
nuestras faltas proceden no de falta de amor, sino de humana fragilidad, ¿por
qué hemos de apurarnos? Si, al examinarnos, vemos que nuestra caída se debió
sólo a flaqueza, no a buscarnos a nosotros mismos, olvidándonos de Dios, no
nos inquietemos; acudamos a nuestra Madre y Ella nos volverá a Jesús. ¡Nuestra
Madre! ¡Qué intimidad, qué trato continuo y amoroso debemos mantener con Ella,
así como con nuestro compañero, el Ángel Custodio! Ella nos lo conseguirá
todo delante de Dios. Acordémonos de las bodas de Caná.
(84). Sal 119, 2.
(85). El Beato Josemaría expone en estas líneas, siguiendo
el Evangelio de San Mateo (cfr. Mt 18, 15-17), un modo de ejercitar la
corrección fraterna. Más adelante estableció la manera precisa que se sigue
en el Opus Dei para cumplir este mandato del Señor: tras madurar el asunto
en la oración, se consulta al Director y se hace la corrección a solas con
el interesado, con prudencia y caridad, con formas y razones sobrenaturales.
Judas -insisto- ha fallado en el amor; ya no ama al
Maestro. Y cuando el amor se apaga, desaparece todo lo demás. Porque las virtudes
que hemos de practicar no son sino aspectos y manifestaciones del amor. Sin
amor no viven ni son fecundas. El amor, en cambio, todo lo hermosea, todo
lo engrandece, todo lo diviniza. Nada de cuanto se hace vale, si no se lleva
a cabo por amor. Por eso, yo no os quiero sin ambiciones, ni sin deseos; alimentadlos,
pero que sean ambiciones y deseos por Cristo, por Amor. Que todos nuestros
actos y pensamientos sean por Él y sean realizados en Él. Practicad una oración
que por amor os una a Cristo en todos los momentos del día: cuando habláis,
cuando reís, cuando coméis..., ¡hasta durmiendo!.
Nosotros tenemos ahora licencia para llegarnos hasta
Jesús y hablarle. Podemos caer a sus plantas y besar sus pies sagrados. Él
está ahí, oyéndonos. Le manifestaremos con un gesto varonil, que no excluye
cierto temblor de niño: "Yo... ¡no quiero ser como ése!". Señalaremos
con el dedo al traidor. ¡No, yo no quiero perder el Amor! Y este grito salido
del corazón, resumirá ahora todas nuestras ansias.
Pero Cristo está partiendo el Pan que distribuirá entre
sus discípulos: hoc est enim Corpus meum (86). Alza el Cáliz lleno de vino que beberán sus Apóstoles:
hic est enim calix Sanguinis mei, novi et aeterni testamenti, qui pro vobis
et pro multis effundetur in remissionem peccatorum (87). El Santo Misterio está teniendo lugar; el pan y el vino
se hacen Carne y Sangre de Cristo. ¡Jesús, Amor nuestro! Quizá hoy, en muchos
pueblos de España, se muestre tu Cuerpo Sacratísimo a las gentes, alzado en
la custodia. Yo recuerdo aquellas procesiones de antaño, llenas de ruido y
de jolgorio, en las que había tan pocas custodias vivas de Cristo; Él tenía
que soportarlo todo, cuando aparecía, bajo las especies del Sacramento, a
veces en pobres custodias.
(86). Cfr. Mt 26, 26.
(87). Cfr. Mt 26,27.
¿No buscaré yo para Ti, Dios mío, la riqueza y la
belleza? Bien sabes que sí. Pero prefiero, y Tú también lo prefieres, vivir
irradiando rayos de luz y de santidad en almas que te amen, a verte sobre
un armatoste que no lleva un sacerdote, sino que arrastran cuatro gañanes
a fuerza de tragos de vino (88). Yo deseo para Ti,
Dios mío, custodias vivas, y pido que mis hijos y yo, y todos los cristianos,
seamos esas custodias que despiden fulgores de amor y de mortificación, labradas
con oro puro, inalterable a toda influencia del mundo; cuajadas de rubíes,
que sean como las manchas de sangre de nuestro dolor y de nuestro sacrificio;
adornadas con esmeraldas, que signifiquen nuestra inmutable esperanza; sembradas
de otras muchas pequeñas piedras, que apenas se notan –pero que Tú miras siempre,
deleitándote en su brillo-, y que son las pequeñas mortificaciones, las negaciones
de cada instante. Que estas custodias vivas iluminen con un apostolado de
caridad a los que las rodean; dígnate Tú, Dios mío, viviendo en cada uno,
vivificar con los rayos de tu Amor a todos los que se pongan en contacto con
nosotros.
(88). El
Beato Josemaría tenía presentes algunos abusos que en ocasiones había presenciado
durante las procesiones del Corpus, en pueblos pequeños, y se duele de ese
trato poco delicado al Santísimo Sacramento.
Madre nuestra, Madre del Amor Eucarístico: ésta va a
ser hoy nuestra petición. Preséntala tú, te lo suplicamos, a los pies de tu
Hijo. Alcánzanos una vida repleta de espíritu eucarístico, que el amor a la
Sagrada Eucaristía colme nuestro corazón, y que todos tus hijos en la Obra
sientan -siempre renovado y engrandecido- su amor a Dios, por la recepción
del Cuerpo Sacratísimo de Jesucristo.
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