AMOR A LA MADRE DE
DIOS
(27-VI-1937)
J. M. Escrivá, fundador
del Opus Dei
Vamos a contemplar en el Evangelio la figura
de nuestra Madre, la Virgen. La vemos, primeramente, en Nazaret, entregada
en las tareas de familia. San José, Custodio de Jesús y de María, es un fiel
devoto de Nuestra Señora. Allí, la existencia de la Virgen se desarrolla normalmente,
con entera naturalidad; no llama la atención ni con sus maneras, ni con su
conducta.
Más tarde, la vemos intervenir en
un acontecimiento de la vida de Jesús y provocar su primer milagro (128). Con ese prodigio de las bodas de Caná, se manifiesta
la omnipotencia suplicante de la Virgen.
La encontramos, después, junto a
la Cruz, de pie, sufriendo como mujer recia los tremendos dolores de Madre
del Crucificado. Oímos las palabras de Jesús, que declaran para siempre su
maternidad sobre todos nosotros: Mujer, he ahí a tu hijo (129).
(128). Cfr. Jn 2, 1-12.
(129). Jn 19, 26.
¿Y después de la muerte del Salvador? María
es la Reina de los Apóstoles; se encuentra en el Cenáculo y les acompaña en
la recepción de Aquél que Cristo había prometido, del Paráclito (130); les anima en sus dudas, les ayuda a vencer los obstáculos
que la flaqueza humana pone en su camino: es guía, luz y aliento de aquellos
primeros cristianos (131), La veo,
en fin, como español y aragonés, visitando al Apóstol Santiago y a sus siete
compañeros y dejando, como recuerdo de su presencia, una columna de granito
que está en el origen de una de las más antiguas iglesias marianas del mundo.
Los primeros cristianos,
a los que hemos de acudir siempre como modelo, dieron un culto amoroso a la
Virgen. En las pinturas de los tres primeros siglos del Cristianismo, que
se conservan en las catacumbas romanas, se la contempla representada con el
Niño en brazos. ¡Nunca les imitaremos bastante en esta devoción a la Santísima
Virgen!
Nosotros, además,
le estamos obligados muy especialmente. Nuestra Señora ha sido singularmente
buena con la Obra, ha tenido con nosotros ternuras de madre. En momentos no
de desaliento, pero sí de ansiedad, Ella se dignó mandar ayudas y consuelos
extraordinarios. Y cada uno de nosotros, si repasa en su memoria, ¡cuántos
favores y gracias encontrará, que le han venido por su intercesión! La consecuencia
que hemos de sacar es clara: redoblar nuestro amor a la Madre de Dios, apoyarnos
con más confianza en su poder, hacer más asiduo y atento nuestro trato con
Ella.
(130). Cfr.
Hech 2, 1 ss.
(131). Cfr. Hech 1, 14.
Recordad que en la Obra tenemos tres grandes
amores: el de Cristo, el
de su Madre y el del Papa (132).
Quisiera que, desde ahora, con motivo de esta charla, adquirieseis una costumbre
-será una de nuestras Costumbres-, teniendo entendido que el no cumplirla
no se puede considerar como pecado, ni venial, ni siquiera como falta. Pero
el que la olvide lleva camino de no amar el buen espíritu. La Costumbre será
ésta: rezar todos los días a Nuestra Señora tres Avemarías, de rodillas y
con los brazos en cruz, siempre que sea posible, para que conceda el don de
la pureza a todos los de la Obra.
Abandonaos, pues,
más y más en nuestra Madre Santa María; confiad más y más en su auxilio. Haced
el propósito de acudir a Ella, no sólo en los grandes peligros de la vida
espiritual, sino en las luchas cotidianas con nuestro enemigo. Yo sé que con
este propósito, aunque en el momento del trance os olvidéis de suplicarle,
obtendréis sin embargo su ayuda.
(132). Lo había escrito ya
en una Instrucción de 1934: ”Cristo; María. El Papa. ¿No acabamos de indicar,
en tres palabras, los amores que compendian toda la fe católica” (Instrucción,
19-III-1934, n. 31)
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