(6-VlI-1937)
J. M. Escrivá, fundador del
Opus Dei
Si la noche es propicia a las confidencias, no vacilemos
esta noche en entrar en la intimidad de Nuestro Señor para hablarle, para
oír su voz. Ésta será nuestra composición de lugar: verlo en las páginas del
Evangelio. Lo contemplaremos amorosamente, y le abriremos de par en par las
puertas de nuestra alma, para que sus palabras penetren hasta lo más hondo
y la hagan fecunda en obras. Y en esto último consistirá nuestra petición.
San Mateo, en el capítulo vigésimo quinto de su Evangelio,
nos transmite aquellas palabras de Jesús, tantas veces consideradas: muy
bien, siervo bueno y leal, ya que has sido fiel en lo poco, Yo te confiaré
lo mucho: entra en el gozo de tu Señor (180). El Señor se dirige al criado que multiplicó los cinco
talentos, recibidos cuando su amo partió de viaje.
(180). Mt 25, 21.
También a nosotros nos ha entregado Dios, para que los
negociemos, cinco talentos. ¿Lo dudaremos? Es el mismo Señor el que parece
respondemos: “Mi llamada, tu correspondencia, la gracia honda de la vocación...
¿Y aún te niegas a reconocer la realidad?". Pero nosotros, reconociéndonos
tan pobres, insistimos: ¿A mí, pecador, me has llamado? "Sí, a ti",
nos contesta Dios. ¿Cómo vacilar, con esta seguridad de nuestra vocación?
El Señor me ha llamado, y yo deseo de veras obedecerle; ¿por qué me voy a
preocupar de algo más? Quiero obedecerle, quiero hacer fructificar los talentos
recibidos; pero ¿en qué, cómo? La voz de Dios nos responde: "¡La Obra!
¡Mi Obra! La Obra debe ser toda tu vida; a ella debes dedicarte enteramente.
Todo lo que no te encamine a servirla, todo lo que haces y no es para ese
servicio de Dios, es error, es muerte".
Sí, cumplir la Voluntad de Dios en la Obra, por la Obra;
ése es el campo inmenso, fecundo, donde los talentos recibidos de la mano
de Dios deben ponerse en juego. Vamos, pues, a considerar nuestro negocio,
a examinar los obstáculos que se opondrán a nuestro esfuerzo. Un parón en
nuestra actividad, para que nuestro apostolado vaya mejor dirigido; nos subiremos
a ese cerro, bien alto, de la meditación, y desde allí otearemos el horizonte
y examinaremos nuestro camino.
¿Qué es lo que puede oponerse al desarrollo de la actividad
de la Obra? ¿La falta de personal? Desde luego, pero ¿no faltará además campo donde desarrollar
nuestro trabajo? En esto no cabe ninguna duda: la tierra a la que el Señor
nos manda, para que la trabajemos con esfuerzo, se nos presenta a la mirada
cuajada de mies dorada y madura: espera sólo el brazo del operario para convertirse
en pan. La cosecha de las almas está pidiendo ser recogida. Y las palabras
que me vienen al corazón son las mismas ¡de Jesús: Messis quidem multa,
operarii autem pauci (181), la mies
es mucha; los operarios, pocos. Cumpliremos, pues, el mandato del Maestro:
Rogate ergo Dominum messis ut mittat operarios in messem suam (182), rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.
Sí, Dios mío: Tú, que eres el amo de las almas, concédenos operarios que,
con su trabajo, cambien pronto estas espigas doradas, que se ofrecen a la
siega, en pan, en hostia blanca para tus altares.
¿Qué habrá todavía que pueda dificultar nuestra marcha?
¿La falta de dinero? Ya sabéis hasta qué punto ha dejado esto de preocuparnos. Hemos estado
siempre seguros de que el Señor no ha de escatimar los medios humanos, que
necesitamos para cumplir su Voluntad. El dinero es un medio necesario. ¿Vamos
a inquietarnos porque nos falte o por la escasez en que nos encontramos? No;
sabemos que no es sino la añadidura; que no ha de faltarnos, si buscamos primero
el reino de Dios y su justicia (183).
Quizá el Señor quiera probar nuestra fe, no evitándonos los apuros económicos;
¿pero cabe turbarse, si no pretendemos otro fin que cumplir su Voluntad? Ocho
años de experiencia en la Obra nos confirman en esta opinión, en esta tranquilidad.
(181). Mt 9,37.
(182). Mt 9, 38.
(183). Cfr. Mt 6, 33.
¿Qué obstáculos habrá todavía? Ahora sí que considero
uno, que puede ser muy grande: la falta de espíritu sobrenatural en los que componen la Obra. ¿De qué sirve al
dueño de la mies tener abundantes operarios, si uno es cojo y otro manco y
otro apenas ve? ¿De qué servirá que seamos muchos, si somos todos flojos?
El remedio para esta carencia de espíritu ya sabéis cual es: la oración. "Sí,
trátame mucho -dice el Señor- y Yo te llenaré de amor, de amor que hará fecundas
tus obras. Con esa oración, sacrificio, sacrificio, sacrificio. ¿Qué importará,
con la oración, con el sacrificio, que hayas padecido cojera, ceguera o languidez?
Con esos dos medios, tu curación será absoluta".
¿Por ventura nos faltan ahora ocasiones de mortificación
corporal, aunque no las pidamos? ¿Y de mortificación interior? ¡Cuántas humillaciones
se nos brindan...! Y, sin embargo... Si somos generosos, toda esta vida sobrenatural
nuestra, sostenida y acrecentada sin cesar por la oración y el sacrificio,
se derramará en nuestros hermanos: ¡cómo contribuiremos a la labor de la Obra,
con este auxilio a los de Casa, de ahora y del futuro!
Otro posible obstáculo veo para la Obra, y grave: mi
falta de entregamiento. Quizá,
después de haber encontrado la Obra, no he renunciado a cuanto debo renunciar:
¡nos cuesta tanto ir contra la propia voluntad algunas veces! Pero, si no
me entrego completamente, me estoy engañando a mí mismo. Las causas de este
posible obstáculo pueden ser dos: motivos personales, que proceden de alguna
de las tres concupiscencias, o motivos externos, de apego a la familia. Examinémonos
detenidamente, para rectificar en lo que se refiera a nosotros mismos o a
una inclinación excesiva por los de nuestra sangre.
Aún puede haber otro obstáculo para mi labor, para la
labor de la Obra: la falta de comprensión y cordialidad por parte de personas buenas e influyentes.
Es un inconveniente con el que es preciso contar. Hasta ahora no vino con
fuerza, pero puede llegar impetuosa esta prueba: que quienes debieran comprender
y ayudar como hermanos a los que trabajamos por Cristo, se opongan abierta
o encubiertamente a nuestra labor. ¿Y entonces? Entonces, cuando el Señor
consienta esta otra cruz, la contradicción de los buenos, haré oídos de mercader; porque, si estoy seguro
de la Voluntad de Dios, ¿qué me pueden importar las críticas humanas, aunque
procedan de personas muy calificadas? ¿Ladran?; señal de que cabalgamos. Adelante,
siempre, sin ninguna vacilación: orar, sufrir, trabajar (184).
Quizá asalte nuestra mente la idea de que negociar con
los talentos que hemos recibido de Dios supone actividad, movimiento. ¡Y mi
vida es ahora tan monótona! ¿Cómo conseguiré que fructifiquen los dones de
Dios en este forzoso descanso, en esta oscuridad en la que me encuentro? No
olvides que puedes ser como los volcanes cubiertos de nieve, que hacen contrastar
con el hielo de fuera el fuego que devora sus entrañas. Por fuera, sí, te
podrá cubrir el hielo de la monotonía, de la oscuridad; parecerás exteriormente
como atado. Pero, por dentro, no cesará de abrasarte el fuego, ni te cansarás
de compensar la carencia de acción externa, con una actividad interior muy
intensa. Pensando en mí y en todos nuestros hermanos, ¡qué fecunda se tornará
la inactividad nuestra! De nuestra labor en apariencia tan pobre surgirá,
a través de los siglos, un edificio maravilloso.
(184). Con una frase gráfica tomada del Quijote -¿ladran?,
señal de que cabalgamos-, el Beato Josemaría expone cuál ha de ser la actitud ante la
contradicción externa, proceda de donde proceda. Inmediatamente añade la receta
que siempre señaló para estos casos: orar, sufrir, trabajar.
Yo os veo como a aquellos obreros que en tiempos pasados
aplicaban su esfuerzo, perseverante y anónimo, al levantamiento de una catedral:
del trabajo constante y oscuro surgían un día sillares bien tallados; luego,
un pilar esbelto; después, un recio muro; finalmente, una cúpula, donde los
adornos en piedra se multiplicaban, con estatuas de príncipes y santos, de obispos y guerreros, entre agujas de granito recargadas
de flores y de pájaros,
de frutos y de hojas
y de personajes de la
historia y de la leyenda,
dando expresión al fervor invencible de los artistas. Pasarán los siglos,
pero nuestra labor no conocida permanecerá y será útil. A fuerza de tiempo, de trabajo paciente,
iremos levantando nuestro edificio hasta coronado con los encajes y filigranas de las cresterías. ¡Ánimo, pues,
en nuestro trabajo!; aunque carezca de brillo, aunque parezca estéril. ¿Qué
importa que el invierno cubra de escarcha y hielo nuestro
campo, que todo se nos antoje como muerto? Ya vendrá la primavera florida,
el otoño fructífero, y entonces se revelará la actividad que ahora se esconde (185). Alentémonos para luchar contra los obstáculos que
embarazan nuestro camino; los que conocemos y los imprevistos, que son las trampas y engaños a que apelará el enemigo.
Terminemos implorando la intercesión de Nuestra Señora,
de San José y de los
Ángeles Custodios, para lograr lo que pedíamos al principio de esta oración.
(185). Cfr. Camino, n. 697.
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