EL GRANO DE MOSTAZA
(25-VII-1937)
J. M. Escrivá, fundador
del Opus Dei
1) El Evangelio de San Mateo nos ofrece hoy
el tema para nuestra meditación. Escuchemos las palabras del Maestro, de las
que siempre hay tanto que aprender. Habla del Reino de los cielos y lo compara
a un grano de mostaza; yo lo he tenido entre mis manos, y he visto que es,
entre las simientes, una de las más pequeñas. Pero después de ser arrojada
a la tierra se convierte al fructificar, no en un árbol, pero sí en un arbusto
tan grande que puede dar refugio entre sus ramas a las aves (223).
También es semejante el Reino de los cielos
a la levadura, que hace fermentar toda la masa de harina en que se introduce
(224). Con esta composición de lugar, entremos en los puntos
de nuestra meditación, pidiendo a Dios un fuerte amor a la Obra.
(223). Cfr.
Mt 13, 31-32.
(224). Cfr. Mt 13, 33.
Aprender a escuchar. Es la primera
lección que nos presenta este pasaje del Evangelio. Jesús habla, sentado a
la orilla del mar, y nadie le interrumpe (225). Oyéndole, agrupados jerárquicamente a su alrededor,
están los Apóstoles; sin atender a jerarquía ninguna, subidos en sus rodillas,
los niños; de vez en cuando, la multitud -que se apiña en torno suyo- se abre
para dejar paso a un enfermo o quizá a un pecador o a una mala mujer, que
vienen a echarse a sus pies y que no partirán, de seguro, sin una palabra
de alivio y de perdón. Todos callan y acogen la voz del Maestro. ¿Cómo no
saboreada también nosotros, si está tan llena de enseñanzas, de poder, de
eficacia? ¡Escuchar! Muy a menudo, nuestra oración ha de consistir en callarnos
y en ponernos a recibir con atención las palabras que Jesús nos dirige.
(225). Cfr. Mt 13, 1.
Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos
a escuchar cuanto quieras decirnos. Háblanos; estamos atentos a tu voz. Que
tu conversación, cayendo en nuestra alma como dardo encendido, inflame nuestra
voluntad para que se lance fervorosamente a obedecerte. Sí: escuchar en silencio,
con atención, a Dios, ha de ser en muchos momentos nuestra oración. Dejar
que, con la acción de sus consejos, brote y se derrame el caudal de nuestros
afectos; entonces nuestras frases están también fuera de lugar; su sonido
parece deslucir lo que siente el alma. Es el momento del Deus meus el omnia,
de Francisco de Asís; es
el instante en el que se exclama con ese otro gran santo tan poco conocido,
incluso por los españoles, San José de Calasanz: Dios mío, te amo sobre
todas las cosas.
El Evangelio, lo hemos recordado
y comprobado muchas veces, no tiene palabras que no sean aprovechables. Los
evangelistas, bajo la inspiración del Espíritu Santo, eligieron todo lo que
podía traer bien a nuestras almas y no añadieron una frase ociosa. Sepamos,
pues, recoger atentamente -y aprovecharlas- las enseñanzas del Señor. Y cuando
nos asalten preocupaciones, cuando nos sintamos tentados y desalentados, corramos
más que nunca a estar con Jesús. Saldremos de esa oración, con la confianza
y la serenidad del que sigue la Voluntad de Dios. Por terrible que sea el
oleaje que nos azote, por hondos que se nos antojen nuestro temor y nuestra
turbación, terminaremos siempre con la cabeza alta, dispuestos a arrostrar
todas las contradicciones sin perder la paz.
2) El segundo punto de nuestra meditación carece
aparentemente de relación con el primero, pero la tiene en realidad, y muy
íntima. La Obra...; ¿qué es ahora la Obra? Apenas hay nada visible; es verdaderamente
el grano de mostaza. Unos pocos hombres, sin prestigio, sin posición económica,
sin experiencia, casi todos al comienzo de sus vidas. Pero nosotros conocemos
que de este grano de mostaza, en el campo sobrenatural de la Iglesia, crecerá
un arbusto que cubrirá todo el mundo con su tallo, con sus raíces, con sus
ramas, en las que muchas aves viajeras buscarán cobijo.
Hemos contemplado
cómo el Señor, después de hacerlo nacer, lo cuida y lo transplanta y lo riega
y lo poda. ¿Cómo reaccionaremos si el huracán se desata, y en algunos momentos
no por parte de los malos, sino de los mejores; si experimentamos, en fin,
la contradicción de los buenos? Pues
lo que acabamos de aconsejar: callar y oír. Y, atendiendo a lo que Dios nos
sugiere, cobraremos nuevas fuerzas y podremos repetirle: estoy plenamente
seguro de que Tú, Señor, como en otros tiempos has impulsado otras empresas,
quieres realizar ahora esta Obra tuya. Estoy también íntimamente persuadido
de que tu Voluntad es que te sirva en esta parcela de la Iglesia. Cumpliendo
esa Voluntad, ¿qué me importa todo lo demás?
3) Hemos sostenido en más de una ocasión que
no se requiere que sean muchos los que, cumpliendo la Voluntad de Dios, extiendan
su reino en el mundo mediante la Obra. No es mucha la levadura que fermenta
la masa. Pero sí es necesario que esos pocos hombres tengan calidad de fermento,
que sean hombres de discreción extremada, de un amor a Dios que se desborde
en los demás. ¿Qué importa que haya en España tres mil personas de mi situación
y de mi clase, si yo solo -con la ayuda de Dios- las puedo arrastrar por el
camino recto? ¡Qué amor a la Obra debemos fomentar, y qué seguridad hemos
de abrigar en la fecundidad de su misión!
Un hombre -bueno o tibio o malo-,
si está solo, desarrolla en el mundo una actuación más o menos relevante.
Pero ese hombre bueno, engastado en una sana organización, hace labor que
se multiplica sin cesar en frutos; el hombre tibio está traicionando su vocación
y no alcanzará remedio, porque, creyendo que es idóneo, no se esfuerza por
enmendarse; un hombre malo produce corrupción y consigue, en lugar de eficacia
salvadora, frutos de maldad. La consideración de esta realidad ha de excitamos
a mejorar, a conservar y aumentar nuestro fervor. No estamos solos: muchas
almas en nuestro camino esperan en nosotros, y nos están gritando: ¿no ves
que pendemos de ti, que no contamos con más vibración que la que tu motor
sobrenatural nos transmite?
¡Cuántas enseñanzas hoy, aprendidas de Jesús!
La necesidad de saber escuchar; la confianza, en medio de las contradicciones;
la seguridad de que nuestra labor es fecunda... Para terminar, en el coloquio
con Nuestra Señora, Regina Apostolorum y Sedes Sapientiae, le pedimos que nos obtenga la ciencia para entender
y seguir la Voluntad del Señor, amando con amor intensísimo y operativo a
esta Madre nuestra, la Obra.
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