IDEAS MADRES
(26-VIII-1937)
J. M. Escrivá, fundador
del Opus Dei
1) Abrimos el Evangelio, como siempre, en
busca de un tema para nuestra meditación; y no lo abrimos al azar, sino por la
página que hoy nos señala la Iglesia.
Nos encontramos
con aquellas palabras de Cristo, tan conocidas: Si quis vult post me venire,
abneget semetipsum et tollat crucem suam et sequatur me (241). Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, coja su cruz y sígame.
Lo recordábamos en
nuestra meditación de anoche (242): que un
hombre dé hasta la última peseta por cumplir la Voluntad de Dios es poco,
aunque cueste mucho; dejar a la familia de sangre cuesta, pero es poco, y eso
lo hacen muchos; abandonar las ilusiones personales, las aspiraciones y ambiciones
científicas y sociales, también es poco y también lo aceptan muchos; pero
entregarse perfectamente a Cristo, ofrecerse a Dios eficazmente, ¡eso sí que es
mucho y eso sí que lo hacen pocos! Darse a Dios sin reservas, sin que quede
para nosotros el menor rincón, el menor detalle; pertenecerle enteramente,
renunciar a sí mismo con tanta verdad que no nos embarace ni el hilillo más
sutil, ¡eso sí que es difícil, eso sí que se ve raras veces!
(241). Mt 16, 24.
(242). No se conservan notas de esta
meditación del 25 de agosto.
Si nos paramos a examinar nuestra
entrega, descubriremos muchos defectos que la enturbian. Porque ¡en cuántas
cosas nos pertenecemos aún! Si no, ¿por qué paso malos ratos? ¿De qué pueden
provenir, sino de aficiones aún no abandonadas; de vicios medio consentidos; de
sentimientos que deberían estar ya muertos, si nuestra entrega fuera perfecta?
¡Qué paz y qué alegría perdemos, al reservar algo para nosotros mismos!
Desperdiciamos ese cielo que gozaríamos en la tierra, ese cielo que San Pablo
conoció en un arrebato de la gracia (243).
Miremos, pues, en nuestro
interior, y descubramos qué rincón es necesario esclarecer, qué hilo hay que
cortar para que sea verdadero y completo nuestro abandono. Insistamos: esta
continuada repetición, este machaqueo constante, ¿no ha de dar frutos? Si lo
que, aplicado a la vida humana -la constancia para progresar en un negocio, por
ejemplo-, alcanza éxito, ¿no ha de conseguirlo también en la vida sobrenatural?
2) Abneget
semetipsum et tollat crucem suam. Cada uno ha de tomar su propia cruz, según su particular situación. Pero
ha de coger a de modo recio, varonil, decididamente. La cruz arrastrada con
pena, con el regatón tropezando en todas las piedras del camino, desuella los
miembros y agota las fuerzas. No es la cruz en realidad lo que duele, sino la
mala gana con que se lleva. En cambio, acoger la cruz con amor, con alegría,
equivale a no sentirla. La aceptación plena del sacrificio convierte a Jesús en
nuestro Cirineo.
(243). Cfr. 2 Cor 12, 2.
Buscar paliativos, tratar de disminuir el
sufrimiento con consuelos humanos, no es malo en sí, pero equivale a perder la
gran ocasión de mortificarse, a olvidarse de ese ciento por uno que promete Cristo (244): es decir, la paz, el gozo y la alegría en Dios. Por
eso, buscar en la dirección espiritual un desahogo a nuestra pena -que a veces
puede ser un deber- constituirá en otras muchas ocasiones una falta de
mortificación. ¡Qué mal me he conducido en este aspecto! En determinados
momentos, lo reconozco, he sido poco mortificado: porque no he sabido ocultar
mi pena, porque no he sonreído a los demás cuando sufría en mi interior (245).
(244). Cfr. Mt 19, 29.
(245). En realidad, como explicaron
más tarde don Álvaro y otras personas allí presentes, los que estaban entonces
con nuestro Padre no percibieron nada en el comportamiento del Beato Josemaría
que denotase su sufrimiento interior; al contrario, siempre daba paz y
optimismo a todos.
La mortificación
cristiana no toma al hombre hosco y triste, no acogota, no vuelve al alma
agarrotada. Cuando todo esto suceda, conviene desahogarse con quien haga
cabeza, escuchando sus consejos y consolándose con sus palabras de aliento. En
otro caso, no; sería aceptar la cruz a medias y perder la alegría en el
sufrimiento. Porque la mortificación cristiana, lo repito, produce alegría y
paz: nos basta con recordar a los santos que, en medio de las pruebas más
espantosas, humanamente consideradas, redundaban en gozo y satisfacción.
Decidámonos a
recibir el sufrimiento con calma y contentos; sin tristezas, sin mal humor, sin
rebelarnos. Abandonémonos plenamente en Dios: que Él disponga absolutamente de
mí, para enviarme las pruebas y sufrimientos que desee. Porque ¿quién mejor que
Él conoce el límite de mi generosidad y de mis fuerzas? y un propósito
concreto: no enrabiarme por nada, no enfadarme jamás, sea cual sea el motivo
que me impulse a esa reacción.
3) Et sequatur
me. Y sígame. ¿Adónde nos
conducirá Cristo, si le seguimos? Pues al lugar del martirio, a la cumbre del
Calvario. Nos llevará allí, para que nos clavemos en la Cruz y muramos a
nosotros verdaderamente.
Son muchos los que aceptan ir en
pos de Cristo, pero con condiciones; los que intentan atarse a su cruz, pero a
una cruz hecha a la medida de sus propios deseos. Sin embargo, una entrega al
gusto de uno, ya no es entrega. Los que dicen "si yo dispusiera de tales
elementos, si me hallase en éstas u otras circunstancias, ¡cómo me entregaría!",
pierden el tiempo, por lo menos. Dios espera que nosotros vayamos por el camino
que Él nos marca. No hay santificación posible fuera del cumplimiento perfecto
de su Voluntad.
Todas las ideas del Evangelio son
nobles y grandes, pero algunas son como base y apoyo de las otras. Una de esas ideas
madres es la que nos brinda
en su Evangelio, hoy, San Mateo. Yo os propongo que acojamos bien y vivamos
eficazmente esta idea madre de la entrega y de la mortificación. Abneget
semetipsum et tollat crucem suam et sequatur me. Niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. ¿Qué vale
lo que se pierde, aliado de lo que se gana? ¿Qué vale, si después de estas
palabras podrían ponerse estas otras, que a tantos han santificado: ¿de qué
le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? (246).
(246). Mt 16, 26.
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