LA IGLESIA, BARCA DE
PEDRO
(30-VI-1937)
J. M. Escrivá, fundador
del Opus Dei
La composición de lugar de nuestra meditación
se centra en la contemplación de la Iglesia, en la imagen simbólica de la
barca de Pedro. La petición, una obediencia firme, hasta en los detalles,
para todos los de la Obra.
La Iglesia, fundada por Nuestro
Señor Jesucristo, no podía ser un cuerpo acéfalo, porque un cuerpo acéfalo
es incapaz de tener vida. Cristo dio al cuerpo de su Iglesia, en Pedro y sus
sucesores, una cabeza visible, pero solamente una. La pluralidad en el ejercicio
de la autoridad suprema hubiera perjudicado a otra característica esencial
de un organismo perfecto: la unidad. Cristo reúne a todas las ovejas de su
rebaño en un solo redil, bajo un solo Pastor (163).
(163). Cfr. Jn 10, 16.
Regida por esa jerarquía, ya dos
veces milenaria, la Iglesia prolonga su caminar a través de los siglos, en
un impulso tan maravilloso y único que apenas logramos los hombres comprender.
Pasan los imperios, se suceden dinastías, estallan revoluciones, pero la Iglesia
permanece. Los escritores enemigos del nombre de Cristo esgrimen sin cesar,
durante siglos, sus calumnias contra la Iglesia; los poderes inicuos la oprimen
con toda suerte de persecuciones, pero la barca de Pedro sigue su camino.
En la silla de Roma, un viejecito vestido de blanco sucede a otro viejecito,
pero ese hombre es, sigue siendo, lo será siempre, la primera magistratura
de la tierra; y su voz, la más autorizada entre las de todos los poderes.
Es que tras él está el Espíritu Santo, Dios, sosteniendo a su Iglesia, haciendo
visible en su Esposa su poder y su majestad; manifestando, con pruebas continuas,
la verdad de la promesa que el Hijo de Dios comunicó a San Pedro acerca de
su perennidad (164).
¿Pero de qué sirve
que un organismo tenga una cabeza que lo rija, si esa cabeza no es obedecida?
Los primeros monumentos cristianos nos hablan de la autoridad paternal del
Papa, piadosamente obedecida por todos. En las catacumbas, la cátedra en medio
de los oyentes es una tradición viva de aquella sumisión filial, llena de
amor, hacia el Padre de los cristianos. Si nosotros pretendemos que reviva
en el mundo el espíritu de los primeros cristianos, debemos procurar, ante
todo, dar ejemplo de esas dos maravillosas virtudes que tanto brillaron entre
ellos: la caridad y la obediencia, ambas unidas y completándose mutuamente.
Ha de ser una realidad en nosotros aquello que cantaban los primeros: congregavit
nos in unum Christi amor (165), nos reunió en uno
solo el amor de Cristo.
(164). Cfr. Mt 16, 18.
(165). Himno Ubi cantas.
Unión con el director, sujeción a él, es unión con Dios
y sujeción a su Santa Voluntad. El que obedece no sigue las órdenes de un
simple hombrecillo; obedece al mismo Dios. Obedeciendo, colabora -en cuanto
de él depende- a la ejecución de los designios que Dios ha asignado a su Obra.
Con esta obediencia sencilla y total a la cabeza, se evitan también esas consideraciones
humanas que, creando un ambiente de desconfianza y crítica entre alguno y
el director, consiguen que un grano de arena se transforme en una cordillera
y que cualquier pequeñez se convierta en un obstáculo que trastorna la vida
del alma. ¡Qué seguridad y qué paz alcanzan, en cambio, los que obedecen!
Es cierto que perseguir la propia voluntad trae, sin duda, un goce; pero es
un goce amargo, porque remuerde en la conciencia el pensamiento de la traición
a Dios, que ha traído la muerte a nuestra alma.
Entre las distintas
fiestas de San Pedro, la del 29 de junio, que le rinde culto en unión con
San Pablo, habrá de ser celebrada solemnemente en nuestra Obra, para significar
así la veneración a sus santos Patronos. Esta fiesta nos aumentará el recuerdo
de la unión, por caridad y obediencia, que reinaba entre los primeros. No
es que el espíritu de disgregación no intentara, entonces como siempre, levantar
cabeza. Ya recomendaba Pablo en sus Epístolas: "no digáis: soy de Pedro
o de Pablo o de Apolo, sino soy de Cristo" (166). Pero se sobreponía el espíritu de unidad, salvaguardado
por la obediencia. El ejemplo de la Virgen brillaba cercano para ellos: ecce
ancilla (167), y brillaba
especialmente el de Cristo, de quien decía el Evangelista: eral subditus
illis (168). ¡Con estas palabras
traza el resumen de treinta años de su vida! Que también estos ejemplos, estas
palabras, despierten en nosotros el espíritu de obediencia y lo mantengan
siempre, cada día más intenso. Pidámoslo así a Dios con todo fervor, por medio
de Nuestra Señora y de los Ángeles Custodios, para nosotros y para todos los
de la Obra, hasta el fin.
(166). Cfr. 1 Cor 1, 10-12.
(167). Lc 1, 38.
(168). Lc 2, 51.
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