NON SERVIAM!
(28-VIII-1937)
J. M. Escrivá, fundador
del Opus Dei
1) Dios Nuestro Señor ha asignado a todas las
criaturas una función; los animales y todos los seres inanimados, todos los irracionales,
cumplen necesariamente la finalidad que se les ha señalado; sólo el hombre,
esta criaturilla que ha sido objeto especial del afecto divino, ha recibido del
Señor el precioso don de la libertad, en virtud del cual puede, desgraciadamente,
enfrentarse con la Voluntad divina y gritar: non serviam!
Nosotros hacemos siempre
nuestra meditación pegados a Jesús, viéndole, oyéndole; ahora contemplamos en
el Evangelio como, con una palabra de su boca, calma la tempestad desencadenada
que amedrentaba a sus discípulos (254).
También con una palabra, con un gesto, cura de sus enfermedades a los tullidos
y a los leprosos (255). Una maldición de su boca, y se seca para
siempre a la higuera que no tenía frutos (256);
y una orden suya obliga a huir a las sombras de la muerte que habían envuelto a
Lázaro (257). Sin embargo, frente a este Dios, a quien todas
las criaturas obedecen y a quien todo está sujeto, a cuya voluntad nada resiste
(258), se alza la miserable criaturilla que se llama
hombre, con su grito de rebeldía: Non serviam!
(254). Cfr. Mt
8, 23-27.
(255). Cfr. Mt
8, 1-13;
(256). Cfr. Mt 21, 18-22.
(257). Cfr. Jn 11, 1 ss.
(258). Cfr. Est 13, 9.
¡Si yo pudiera conseguir
que las palabras del Evangelio de hoy fuesen eficazmente operativas en todos
los de la Obra! ¡Si yo lograse que en todos mis hijos se realizasen, Señor,
aquellas palabras tuyas a tus discípulos: Vos estis sal terrae; vos estis lux mundi (259)!
2) El Señor, ya lo sabemos, ha creado al hombre
como objeto principal de sus pensamientos: su amor y sus cuidados le rodean
incesantemente. Él mismo proclama que sus delicias son estar con los hijos de
los hombres (260). Lo vemos constantemente. Si le rodea una
multitud. hambrienta, enseguida se preocupa de remediar
su necesidad multiplicando los panes (261);
para sanar al pueblo de Israel, que moría en el desierto, indica a Moisés que
fabrique una serpiente de bronce y la levante en alto (262), como símbolo de aquella Cruz que se había de erguir
en el yermo del mundo, para consuelo y salvación de la humanidad. Una vez
establecida la Iglesia con la respuesta heroica de los primeros cristianos, y
perdido más tarde ese primitivo fervor, Dios acude en auxilio de sus hijos, los
hombres, eligiendo otros aguerridos para que formen una nueva vanguardia de los
que militan por su causa. Y así surgirán, primero, las Órdenes monásticas en
Oriente; luego, las Órdenes mendicantes, que vienen a llenar una verdadera necesidad
espiritual del mundo civilizado; aparece después la Compañía de Jesús, y otras
instituciones beneméritas. En nuestros días, entroncada en aquel espíritu de
los primeros cristianos, el Señor ha suscitado esta Obra suya, que ha de ser
instrumento efectivo del reinado de Jesucristo en el mundo.
(259).Mt
5, 13-14.
(260). Cfr. Prov 8, 31.
(261). Cfr. Mt 14, 13-21.
(262). Cfr. Num 21, 4-9.
Esta Obra de Dios, compuesta por estos
pocos hijos de Dios, ha de ejecutar una labor de selección. Basta un puñadito
de sal para sazonar la comida de muchos. Para conferir un nuevo sabor al mundo
serán necesarios relativamente pocos; pero esos pocos, obedeciendo a la Voluntad
de Dios, habrán de ser, efectivamente, sal que cura y que sazona. Una chispa de
luz, un pequeño punto luminoso, basta para alumbrar a una multitud; ¡cuánta luz
traerán a muchos, a innumerables, los focos de
claridad de la Obra esparcidos en el mundo! Finalmente, la Obra irá escogiendo,
de entre lamuchedumbre, hombres que se entreguen a Cristo, y lleguen al colmo,
a la cúspide, y que allí sean como ciudad en lo alto del monte (263), ejemplo y modelo de todos.
¡Que seamos, pues, Señor, verdaderamente salterne,
lux mundi (264), ciudad en lo alto del monte, pero sin
inmovilidad, antes al contrario: llenos de celo y actividad por el bien de las
almas! Si obedecemos a la Voluntad de Dios, si nos comportamos como sal y luz,
si con sencillez y naturalidad, sin que jamás choque nuestra actuación -como no
choca que se vierta sal en la comida o se encienda una luz en un recinto-, si
ejercemos nuestro apostolado, entonces cambiará el aspecto del mundo y, a este
desorden y a estas miserias, sucederá la paz y la felicidad cristianas.
(263).
Cfr. Mt5, 14.
(264). Mt 5,13-14.
Entonces, se extenderá
la paz. Ahora, parece que una fiebre de locura sacude a todas las naciones.
Ciegamente buscan destrozarse unas a otras; nada parece anunciar un período de
paz, sino que, por el contrario, nuevas tragedias se abaten, semejantes a la
que está sufriendo España (265).
Parece como si el Señor hubiese descargado el
látigo de su ira sobre estas naciones que han abandonado el espíritu del Evangelio.
Pero la Obra crecerá, se esparcirá por todo el mundo y, entonces,influyendo sobre los destinos de los pueblos, contribuirá a
encaminar el mundo hacia la verdadera paz, una paz que durará siglos, en la que
habrá que procurar la auténtica unión de todos los hombres bajo el yugo de
Cristo. Es labor no de un día, sino de siglos, pero que el mundo, sin duda, ha
de conocer. Pensad cada uno sobre esto, según el grado de conocimiento que
tengáis de la Obra y de sus fines, y sabed que no he dicho aún todo lo que
acerca de esta materia está ya pensado (266).
(265). Se notaban ya en aquellos años
los preludios del estallido de la II Guerra Mundial.
(266). Estas palabras del Beato Josemaría ponen claramente de manifiesto que desde el
principio tenía la firme convicción de que el Opus Dei habría de contribuir
poderosamente a establecer la paz y concordia entre las naciones, como fruto
del espíritu profundamente evangélico que lo anima. Ideas parecidas dejó
escritas en la Instrucción que había comenzado a redactar en mayo de
1935, y que concluiría en 1950. Es de admirar su profunda fe y su gran
optimismo, pues -al predicar esta meditación- la Obra, compuesta todavía por
muy pocas personas, no tenía relieve público alguno.
3) Muy bien, parece contestarnos ahora el Señor;
ya has llenado tu mente de pensamientos elevados, ya has hecho vibrar tu corazón
con sentimientos nobilísimos; pero no olvides que estás con los pies en la
tierra y manchado por todas las miserias de este mundo.
Otro pasaje de este
Evangelio nos invita a que volvamos los ojos a la realidad de cada momento y a
que nos sujetemos a los pequeños detalles, a las cosas sin importancia aparente.
Afirma el Señor: no penséis que he venido a destruir la Ley ni los Profetas:
no he venido a destruirla, sino a darle su cumplimiento (267). Se ha de cumplir la ley, se han de cumplir las Normas
de piedad del plan de vida, se han de cuidar -y en general, en la mayor parte
de las ocasiones, no se nos presenta otra obligación- los detalles, las cosas
pequeñas. Jesucristo añade: el que violare uno de estos mandamientos, por
mínimo que parezca, y enseñare a los hombres a hacer lo mismo, será tenido por
el más pequeño en el reino de los cielos (268). Debemos descender a las menudencias: la soberbia, la
caridad mutua, la obediencia, todos estos puntos y otros muchos. Descuidados equivale
a que en el alma se deposite una capa de polvo, de suciedad, con suficiente
consistencia como para velar el resplandor de la luz que debe brillar para los
demás.
(267). Mt 5, 17.
(268). Mt 5, 19.
Formemos, pues, un propósito concreto de perfección
en las cosas pequeñas. Recapitulemos los puntos de la meditación. Invoquemos a
nuestra Madre, a los Santos Ángeles Custodios, a los Santos Patronos,
pidiéndoles que obtengan del Señor la gracia que vivifique a muchas almas, para
que se entreguen a Cristo y sean sal y luz del mundo, ciudad colocada en lo
alto del monte. Y ya, un poco aparte de la meditación, encomendemos al Señor a
todos nuestros hermanos, por medio de sus Ángeles Custodios, para que les
defiendan y les libren en todas sus necesidades y peligros.
Volver alíndice de “Crecer para adentro”
Volver
a Documentos internos del Opus Dei
Ir a la
correspondenciadel día