NUESTRA MADRE LA
VIRGEN
(15-VIII-1937)
J. M. Escrivá, fundador
del Opus Dei
1) La composición de lugar consistirá en representarnos
aquella escena de la que nos habla una piadosa tradición: todos los Apóstoles
reunidos en torno al cuerpo santo de la Señora. La petición, un vigoroso encendimiento
del amor mariano en la Obra.
La oración es una
cátedra, a la que el alma acude para oír a Dios. En esta cátedra aprende leyendo
en dos libros, que son el Señor y ella misma. Orando, va conociendo el alma
a su Dios y su propia miseria.
Para conocer con
más claridad la Voluntad divina, para ejercitar con más eficacia el apostolado,
acudimos siempre a fuentes genuinas: nos fijamos en la conducta de Cristo
y de sus Apóstoles, y de aquellos otros primeros que le siguieron; porque
eso es lo que el Señor espera de nosotros: que nos empeñemos en que revivan
en el mundo las virtudes y la vida de los primeros cristianos.
Considerando el proceder
de aquellos primeros, vemos cómo, después de la Ascensión del Señor y de la
efusión del Espíritu Santo en sus almas, se reúnen en torno a la Señora, venerándola
y amándola. A Ella confían sus preocupaciones, en Ella buscan amparo cuando
les asedia la persecución, la contradicción, el aparente fracaso. Ella enciende,
cuando parece que decaen, sus afanes por la salvación de las almas. Y no hemos
de olvidar, ahora como españoles -aunque nuestro corazón sea universal; aunque
nuestro fin sea llevar las almas de todo el mundo a Cristo-, no hemos de olvidar
aquella escena, ocurrida aquí, en nuestra patria, a orillas del Ebro, de la
que es protagonista Santiago el Mayor.
Abba, Pater!,
ha clamado el Apóstol en su necesidad. ¡Madre!
-ha gritado también-, y nuestra Madre, que aún no había abandonado este mundo,
ha oído sus voces desde Jerusalén. Se presenta ante él, rodeada de ángeles,
y le deja -en recuerdo de su presencia- un Pilar que hoy, al cabo de veinte
siglos, se sostiene aún en pie. ¡Qué consolado debió quedar el Apóstol después
de esta visita! ¡Qué nuevo ánimo, qué gozo y qué paz hemos de experimentar
también nosotros si acudimos, en nuestras contradicciones, a Ella!
Al examinarme -la
oración ha de ser ahora personal, íntima: verdadero roce con Dios que arranque
chispas, como el pedernal al chocar con otro pedernal; chispas que alumbren
nuevos caminos-, descubro que si he seguido manchándome en las mismas miserias,
que si he perseverado en el mal, ha sido porque he descuidado el recurso a
María. Debo, pues, a imitación de aquéllos que miraron su rostro de carne,
intensificar mi trato con Ella, aumentar más en mí su presencia, para que
en todas mis caídas me devuelva enseguida el gozo de la reconciliación con
Dios.
2) La teología y María. ¿Qué nos enseña la doctrina
de la Iglesia acerca de la Señora? Los teólogos la llenan de perfecciones;
me corrijo, es Dios quien la colma de sus gracias y ellos las reconocen. María,
Madre de Dios, Corredentora, concebida sin mancha... Más que Tú, sólo Dios,
acaban afirmando. Leyendo
esos libros, aprendemos que la Señora es el arcaduz, el canal que nos trae
todos los dones del Cielo: si Cristo es la Cabeza y nosotros el cuerpo, nuestra
Madre cumple la función del cuello. Vivir unidos a Ella es, por tanto, vivir
unidos a Dios. Por eso, nuestra petición fervorosa de hoy es el aumento del
amor y de la devoción a la Señora.
¡María, concebida
sin mancha, Madre nuestra! ¡Madre! Sólo este grito purifica el alma. Llamarte
así es agua lustral que lava, fuego sagrado que consume todo lo que mancha
nuestros labios y nuestro corazón. Es el momento de desahogar los afectos
cayendo de rodillas delante de la Señora -Ella nos levantará hasta sus brazos-,
suplicándole: ¡nunca más separarme de Cristo, porque nunca me separaré de
ti!
El fruto de la oración
no ha de quedarse solamente en nosotros. Por eso, cuando hablo con Dios, con
la Virgen, con los Ángeles Custodios, con los Santos, pido que las gracias
que imploro en mi ruego se transmitan a esos hijos a los que estoy espiritualmente
unido. Me dirijo a ti, Madre mía, pensando en ellos. Sé que mientras sean
tuyos, están seguros. Sé que serán de Dios, mientras te conozcan, te amen,
te pertenezcan. Pues que sean tuyos, que te amen, que no te dejen nunca.
3) Llegamos al tercer punto de nuestra meditación:
la Obra y María. ¡Cuánto debe la Obra a Nuestra Señora!! ¿Quién sino tú, Madre
nuestra, la ha sostenido durante todos estos años? ¿Quién ha atraído almas
nuevas a este camino de entrega y de apostolado? ¿Quién ha mantenido la fe,
cuando todo lo exterior se derrumbaba y desaparecía?
¿Y cómo ha correspondido
la Obra? Esto sí que lo pronuncio a boca llena: ¡bien, muy bien! Tres amores
han brillado en el Opus Dei desde sus comienzos, amores que son alegría y
paz de los que la componen, y que alientan sin cesar su espíritu sobrenatural:
el amor a Cristo, a la Virgen y al Papa. ¡La Obra ha correspondido muy bien!
Ahí están nuestras Normas y Costumbres, con tantos detalles que prueban la
devoción a nuestra Madre: el Rosario entero, la jaculatoria al acabar las
reuniones en familia, las tres Avemarías de la pureza... Y tantos otros: los
pobres de la Virgen, la mirada y el saludo al entrar en nuestra habitación,
la Salve de los sábados. Así de viva y continua ha de seguir manteniéndose
nuestra correspondencia personal.
Los miembros de la
Obra han de tener la virtud recia que supone la firme devoción a nuestra Madre,
devoción que nunca ha de convertirse en rutinaria ni degenerar en una beatería
innoble: que practiquen con reciedumbre esa virtud a imitación de los primeros
cristianos: ésa es nuestra petición. Y, además, la súplica a nuestra Madre
en este día de la Asunción, a nuestra Madre que está en cuerpo y alma en los
cielos, que nos oye desde allí con sus oídos de carne y nos ve con sus ojos
de carne también: Madre, te pedimos por los hijos tuyos de la Obra, para que
todos correspondamos a tus favores, especialmente al más grande, al de nuestra
específica vocación cristiana; para que nos socorras en todos los peligros
morales y físicos.
Recapitulemos los
puntos de nuestra oración, renovemos nuestra petición y ofrezcamos a Dios
nuestros propósitos.
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