LA SANTA INTRANSIGENCIA
(12-V-1937)
1) Buscando esta mañana
un tema para la meditación, parecía como si el Señor me dijese: "¿No
podrías encontrar en el Antiguo y en el Nuevo Testamento ejemplos para la
práctica de la santa intransigencia?". E inmediatamente me representé
aquella escena en el palacio de Salomón: dos mujeres disputándose la posesión
de un niño (39). "Ésta -alegaba una de ellas- dio a luz al mismo
tiempo que yo; pero acostada con su hijo, lo ahogó con su peso; entonces,
mientras yo dormía, me arrebató mi niño y me dejó el suyo muerto". Para
cortar la disputa, el Rey Sabio, con aquella sabiduría venida del Cielo que le
distinguía, mandó partir el niño vivo por la mitad y entregar a cada una de las
madres una porción del cuerpo. La madre falsa accede, transige, porque tiene la
mentira en los labios y la envidia en el corazón. Pero la madre verdadera,
segura de su verdad, con ansias de defenderla, ¡ésa sí que no transige! La
justicia de Salomón adjudica el hijo a la que había sostenido la verdad con su
intransigencia.
(39). Cfr. 1 Reg
3, 16-28.
Hijos míos: os
encontraréis muchas veces en el mundo gentes que, con la boca llena de
falsedad, transigen fácilmente. Para ser santamente intransigente hace falta
una conducta muy limpia, un corazón puro y una seguridad plena de estar
defendiendo una verdad indiscutible. Se me viene ahora a los labios, Señor, un
ruego ferviente por todos los de nuestra familia sobrenatural -por los de
ahora, por los de mañana-, para que les concedas la santa intransigencia: que
sean intransigentes consigo mismos, con sus flaquezas; que sean intransigentes
con el error, cuando estén en juego las verdades de la fe, con una
intransigencia envuelta en caridad hacia las personas.
Suaviter et fortiter: el puño de hierro forrado con
guante de seda (40). Que nada tuerza vuestro camino; que ninguna influencia,
que ninguna persona ni situación doblegue vuestra voluntad, cuando se trate del
servicio de Dios. Lo que hay que hacer, se hace, y sé que esto, a menudo, os
costará. De las tres virtudes que determinan el plano de nuestra santidad, la
santidad que Dios quiere de nosotros -la santa intransigencia, la santa
desvergüenza, la santa coacción-, la intransigencia es la que más trabajo
cuesta practicar, pues puede presentar como cerril a quien la ejerce.
(40). Cfr. Camino,
n. 397.
2) Volvamos ahora la
vista hacia el Nuevo Testamento. Conocemos que entre los pueblos de la
antigüedad hubo uno predilecto de Dios; sus doce tribus se dedicaban, excepto
una, a los negocios ordinarios del trabajo y de la guerra; esa otra tribu,
especialmente privilegiada, estaba enteramente dedicada al servicio del Señor
y, en lugar de participar en los trabajos de la comunidad, era sostenida por
las otras: era la tribu de Leví, que proveía al cuidado del Arca Santa y a las
ceremonias del culto.
Entre estas
ceremonias tenían lugar preferente los sacrificios, figuras del Santo
Sacrificio del Calvario, que se perpetúa en nuestra Santa Misa. En algunos de
aquellos sacrificios, los sacerdotes despedazaban la víctima, buscando partes
determinadas y quedándose con el resto; en otros, la ofrecían entera, quemándola
en holocausto. Alrededor de estos sacrificios se irá tejiendo un comercio, una
red de intereses entre los levitas, los sirvientes del templo y los que
proporcionaban las víctimas. Los sacerdotes, unas veces por debilidad, otras
por conveniencia, fueron introduciendo libertades hasta llegar a la miserable
corrupción que registra el Evangelio en la época de Jesucristo. El Señor no
transige con esta relajación, que ha convertido la casa de su Padre en lugar de
tráfico, en cueva de ladrones. Arma su puño con una disciplina y arroja
violentamente, con santa ira, a los traficantes del lugar sagrado (41).
Jesús no
tolera a los que se apoyan en la fe para lograr un medro personal. Y nosotros,
¿no hemos de imitar su conducta en lo que atañe a nuestro camino, a nuestra
vocación cristiana? Lo repetiremos: no se transige, no se ha de transigir nunca
con los que quieran utilizar la Obra como peldaño. En la Obra no se arreglan
cuestiones familiares. La Obra no puede ser escalón para empujar a nadie hacia
ventajas materiales. A la Obra no se viene a mandar, sino a obedecer, a servir;
no se viene a ganar un privilegio, sino a darlo todo.
(41). Cfr. Jn
2, 14-21.
3) Me habéis oído decir
-lo tengo escrito y lo habréis leído- que un caballero transigente volvería a
condenar a Jesucristo(42). Examinemos, pues, la figura de aquel gobernante
transigente que lo condenó realmente: Poncio Pilatos.
¿Conocería Pilatos la Escritura? ¿Sería un hombre docto? Las grandes
transigencias, las grandes claudicaciones son llevadas a cabo no pocas veces
por hombres doctos, inteligentes, que se forjan multitud de razones claras para
justificar –para disculpar- su blandura. No es absurdo suponer que Poncio
Pilatos -por suposición, por su trato con los judíos principales- conociera la
Escritura y, por medio de este texto, las profecías relativas al Mesías. No
faltaría, por otro lado, quien le advirtiese que en el reo que tenía ante la
vista se cumplían los vaticinios de los profetas. ¿Por qué le condena? Él no
quiere condenarle. Reconoce que el reo es un justo. Pero, ¿no llegan hasta él
los testimonios de los sabios de Israel que claman contra Jesús? Era necesario
que alguno muriese por el pueblo (43). ¿No era Jesús la realización
perfecta de las profecías? Los sabios de Israel exigían su sentencia
condenatoria, aunque eso suponía una claudicación villana. ¿No conservaba por
otra parte su cargo, accediendo al clamor de la multitud que grita: Crucifícale (44)? Pero el reo es un
justo. Pilatos no halla culpa en Él. No sabe, sin embargo, enfrentarse a las
razones sin razón que le aconsejan la injusticia. Pilatos se lava las manos.
(42), Lo había escrito ya en Consideraciones
espirituales, p. 38; cfr. Camino, n. 393.
(43). Cfr. Jn 11, 49-50.
(44). Jn 19, 15.
¿Qué haría en su lugar un hombre intransigente, qué oído daría a las voces,
a las razonadas sinrazones que mueven a la transigencia? Un hombre temeroso de
Dios pensaría detenidamente el caso, dejaría hablar a su conciencia y seguiría
su voz sin preocuparse de nada más. Si los sabios protestaban, si los
testimonios se acumulaban en contra, ¿qué decidir? Examinar el caso con nuevo
detenimiento y obedecer el dictado de la conciencia. ¿Con qué se puede
justificar una iniquidad? ¿Puede ser la base de una obra santa?
Quizá no vosotros directamente, pero sí los que os sigan en la Obra habrán
de intervenir, estoy seguro, en actividades públicas de importancia. Yo pido a
Dios que entonces sepan desoír todas las falsas voces que les aconsejen una
transigencia con el error, con la injusticia, con la impiedad. Que conozcan y
practiquen esta virtud de la santa intransigencia, que una vez poseída,
encierra dentro de sí otras muchas. En efecto, el hombre santamente
intransigente es hombre que tiene las cuatro virtudes cardinales. Además, es
hombre de fe firme, de esperanza segura; es hombre con caridad, porque ceder
ante el mal, propio o de los demás, no es caridad.
Para terminar: ¿no nos llevará también la santa intransigencia a una
práctica fiel de la obediencia? En ocasiones, será necesario dar una orden o
transmitir algún encargo a una persona, sin comunicarle el plan completo:
sucede en las familias y en todos los ambientes de la sociedad. La obediencia
parecerá más difícil en este caso, porque la orden que se recibe, si se ignora
el proyecto entero, puede carecer aparentemente de sentido. Pero el que haya de
cumplirla, deseche todo escrúpulo, después de advertir con sencillez y claridad
lo que él vea; no le corresponde en ese momento entender, sino obedecer. Su obediencia
en ese detalle forma parte de la obediencia del conjunto, que es la que lleva a
cabo el plan de Dios. Esa criatura es entonces parte integrante de un
organismo, que colabora -en su pequeñez- a la normalidad de la vida. Es órgano
modesto, pero necesario. Bástele eso para cerrar sus oídos, con firme
intransigencia, a todo lo que quiera desviarle del camino seguro de obedecer.
El coloquio
final con Nuestra Señora lo manifestamos en un Acordaos, pidiéndole la
virtud de la intransigencia para mí y para todos vuestros hermanos.
Volver al
índice de “Crecer para adentro”
Volver
a Documentos internos del Opus Dei
Ir a la correspondencia
del día