LA TRIBULACIÓN DE LA GUERRA
(9-IV-1937)
1) La gente del mundo
tiene un concepto falso de lo bueno y de lo malo. Es bueno lo que satisface al
cuerpo, lo que halaga el amor propio, lo que contenta a la carne; y malo lo que
trae contradicción, humillación, pena para nuestro egoísmo. Pero los que consideran
estos conceptos a la luz de la visión sobrenatural no pueden pensar así.
Miradas las cosas desde este punto de vista, nos parecerá a menudo bueno lo
malo, y malo lo bueno. Lo malo nos llenará de santa alegría, y lo bueno
nos dejará no tristes, pero sí pensativos y meditabundos.
Los que nos sabemos cristianos, hijos de Dios, hemos de llevar una vida no
simplemente natural, sino sobrenatural; no podemos reaccionar ante el dolor
como unas bestias. Sin embargo, ¡cuánto participamos todavía de esos falsos
conceptos de lo bueno y de lo malo! ¡Qué restos hay en nosotros de la visión
humana que alimentábamos antes de tratar más de cerca a Dios! La meditación de
hoy es ocasión para hacer examen y renovar los propósitos generales. Vamos a
ceñirnos a un caso concreto: ¿cómo reaccionamos cuando nos sentimos
intranquilos? Si uno se encuentra enfermo, acude al médico y le dice: estoy
enfermo, tengo estos síntomas... El médico averigua las causas y ofrece los
remedios oportunos. Pues nosotros, en la vida espiritual hemos de actuar del
mismo modo: examinar los motivos de nuestras intranquilidades con luz
sobrenatural, y el Señor nos ayudará a ponerlas cosas en su sitio justo y nos
devolverá la paz.
Desengañémonos:
lo que nos parece malo no lo es; nos sucede que no sabemos aprovechar
los tesoros que la tribulación trae consigo, escondidos. Empeñémonos en ver la
gloria y la dicha ocultas en el dolor. Si nos comportamos así, en todas
nuestras acciones reinará la felicidad: esa felicidad en la Cruz, que es la que
yo os deseo a todos. Dolor y amor: ése es nuestro camino. Al amor sólo se va
por el dolor; y el que no padece, no conocerá nunca el verdadero amor de
Jesucristo.
2) Fijemos nuestra
mirada en la realidad actual de España. ¿Qué debemos pensar? Y, enseguida, una
voz se alza dentro de nosotros, que nos grita: la guerra... es mala, porque
mueren muchas personas. Morirán sólo los que permita la divina Providencia.
Unos, por la causa de Dios, son mártires que ganan la felicidad eterna con el
sacrificio de su vida y procuran incontables frutos para todos con la semilla
de su sangre; otros, ¡pobres!, caerán sin gloria; pero te pedimos para ellos,
Jesús, toda tu piedad. Piedad para ellos, Señor, porque Tú has dicho: no he
venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (13).
(13). Mt 9,
13.
No pretende el
Beato Josemaría condenar en bloque a quienes militaban en uno de los bandos.
Sabemos, por muchas y diversas fuentes, que durante la contienda -y durante
toda su vida- se abstuvo de tomar partido en las cosas temporales, para
dedicarse exclusivamente a su labor espiritual. Pero no es posible olvidar la
realidad de la cruenta persecución promovida contra la Iglesia y los católicos,
que tantos mártires causó, como la Iglesia reconoce con las numerosas
beatificaciones que actualmente está llevando a cabo.
Junto con esto, ¡cuántos
españoles –estoy seguro de ello- estarán ofreciendo sus sufrimientos a Dios!
Todos contribuirán a que sea verdaderamente fecundo y bendito este momento de
la historia de nuestra patria. ¡Sí! De la revolución y de la guerra puede
-debe- salir el bien: son camino del que se sirve la permisión divina, y
guardan para los cristianos tesoros abundantísimos de santificación. ¡Qué pena,
que muchos no los sepan aprovechar, y coloquen a la patria por encima de todo!
¿España? Sí; pero, antes que España, Dios y la Iglesia.
Para cada uno, ¿qué daños vamos a temer de esta guerra? ¿Morir? ¿Y qué vale
una vida? ¿Qué son treinta, cuarenta, noventa años, para este amor sin fin en
el que después nos gozaremos? Me viene a los labios la expresión castiza de una
labriega de Castilla, que no hace muchos años habló tan maravillosamente de Ti.
Por los siglos sin fin... (14). Son palabras de miel,
con sabor de cielo.¿Qué importa la vida, treinta, cuarenta, noventa años? ¡Yo
te amo, Jesucristo, a Ti, por los siglos sin fin!
(14). Se refiere a Francisca
Javier a del Valle, autora de un libro titulado "Decenario al Espíritu
Santo"; el Beato Josemaría conoció y apreció
este libro.
¿No se seguirán otros daños para la misma Iglesia
de Cristo, de este horroroso vendaval? Yo mismo lloraba y suplicaba al Señor,
al conocer hace tiempo los horrores de la revolución de México: incendios de
catedrales, crucifixión de sacerdotes -aunque a ellos los envidio, por la
bicoca de su muerte gloriosa-... Pero ¿qué significa la destrucción de
catedrales? A pena muy de veras que se pierdan, aunque -sin dejar de lamentar
esa barbarie- debemos considerar que lo verdaderamente esencial es salvar
almas. Y pensando en esta Obra que Tú has bendecido, ¿cuáles serán las
consecuencias de todo esto? Parece que esperaste, Señor, a que el grano muriese
en el surco; y cuando empezaba a echar raicillas y a apuntar en la superficie
un esbozo de tallo, permitiste que se desencadenase este vendaval. Pero vendrá
la paz, y la Obra se desarrollará perfectamente después de esta prueba; sus
ramas serán abundantes y darán olorosas flores y frutos cuajados en sazón,
dispuestos a ser manjar para la boca de Dios (15).
(15). Cfr. Camino, n. 311.
3) La tribulación lleva
a algunos a la desesperación. Por eso, el examen de la justa reacción que hemos
de tener será el tercer punto de nuestra meditación.
Escribía San
Pablo a los Romanos: gloriamur in tribulationibus, scientes quod tribulatio
patientiam operatur, patientia autem probationem, probatio vero spem; spes
autem non confundit (16). Sí, la tribulación
engendra la esperanza, y la esperanza no será confundida. Nosotros vivimos,
Señor, una esperanza que no me atrevo a expresar con palabras. ¿No es cierto,
Señor -te lo digo en esta intimidad a que tu Amor me llama-, que no resultará
fallida? ¿Por qué, pues, pensando en las tribulaciones de todos y en la
tribulación general que oprime a España, acuden las lágrimas a mis ojos y gimo
delante de Ti? La respuesta llega enseguida. Me parece oír que me contestas:
“Porque aunque te mueras de viejo, eres un niño, y también los niños lloran en
los brazos de sus padres. Se tiene seguro el pan, pero es inevitable sentir el
sufrimiento. Esto viene de la flaqueza de tu condición y no me ofende".
(16). Rm 5, 3-5.
No, nuestra
esperanza no será confundida. ¿Qué valen, contra esta esperanza segura, las
penas pasajeras, los dolores de un instante? ¿Qué es todo eso, frente a una
gloria que no tendrá fin?
Madre
nuestra, a ti nos dirigimos pidiendo que robustezcas esa esperanza. Te
suplicamos que, para ser dignos de este don, nos concedas la virtud de la
pureza. ¿Qué fortaleza descubriríamos en las tribulaciones si no fuésemos
dueños de nosotros mismos, si fuésemos esclavos de la carne? No nos socorrería
la gracia en la tribulación, no tendríamos paciencia para sobrellevarla,
tampoco después de ser vencidos en pequeñas cosas. Consíguenos, Madre nuestra,
limpieza de alma y de cuerpo para merecer la esperanza en el dolor y para
obtener, del sufrimiento, frutos sobrenaturales.
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