(13-V-1937)
En la meditación ocurre,
a veces, que el entendimiento niega su concurso y el corazón -con su afectos,
con sus expansiones- es el único que habla. Hoy, nuestra oración no tendrá
puntos; dejaremos sencillamente que el corazón se abra y que, en una
conversación afectuosa, sin preocuparse de la ilación y del orden, permita
asomarse a algo de lo que guarda dentro de sí.
Nos vemos en
un lugar grato para este corazón nuestro, porque lo era para el Señor: en
Betania, morada de María, de Marta, de Lázaro. Yo me imagino su casa como una villa
romana: tras el atrio, junto a la inscripción cave canem, saldría a
recibirnos Marta, atraída por el ruido de nuestros pasos. María, no, que el
Maestro está en casa. Ella tiene la santa desvergüenza y hace cosas que chocan
al mundo; pero es porque, sencillamente, ha colocado todos los afectos,
conveniencias, respetos humanos en el lugar donde deben colocarse.
Estamos ya
en casa de los tres hermanos; de Marta, la generosa, la solícita; de Lázaro,
que con tan graciosa simpatía practica la hospitalidad y cuya voz robusta y
alegre suena ahora en nuestros oídos; de María, que contempla al Maestro,
sentado junto a ella, delante de nosotros. Sí, ahí está Él: Jesús. Él, Dios,
delante de mí, pobre criatura. Él, Santo de los Santos, ante mí, pecador. Él,
compañero inseparable del dolor y de la mortificación, ante mí, amante del goce
de los sentidos.
Dejaré, Dios mío, que mi corazón se abra ante Ti, plenamente, descorriendo
los cerrojos, mohosos ya, que lo cierran. Dejaré que hable, junto a estos otros
corazones, mi corazón agusanado. Aunque ya no tiene gusanos; más bien muestra
las cicatrices de las heridas que Tú, cirujano divino, sanaste. Yo no entiendo
de esas cosas; pero me parece que, si un médico necesita una intervención
quirúrgica, no será él mismo quien la realice en sí mismo, sino que se pondrá
en manos de otro cirujano. Si yo examino mi corazón, y advierto que hay
desorden, ¿a quien encomendaré su remedio?
Pero lo primero es
examinarse, conocerse. A veces, no es fácil penetrar en los sentimientos que
bullen en nosotros mismos, y advertir su nacimiento y su desarrollo, para
mantenerlos siempre sumisos a la voluntad. Recurramos entonces a nuestro Ángel
Custodio y a ese arcaduz que nos trae del Cielo el agua de la gracia: a Santa
María, nuestra Madre. Que ellos nos ayuden y sigamos el examen.
¿No hay nada realmente que enturbie mi corazón, que entibie el ardor de mi
celo? Mi corazón es de carne y, en las personas que me rodean, puede haber algo
imponderable, que subyugue mi ser, sin darme cuenta yo mismo...: un afecto
indiscreto, una simpatía particular, una inclinación inmoderada. Soy de carne y
se me pegan todas estas afecciones. ¿Y no veo nada? Entonces es que estoy
ciego; debo insistir, hasta que distinga esa sutil atracción, esa imperceptible
–ahora– desviación de mi camino, a la que me lleva ese también imperceptible
afecto que se cuela insidiosamente en mi corazón.
Luego, a ponerse en las
manos del cirujano: esas manos piadosas y duras que, a fuerza de mortificación,
den a mi corazón un brillo que agrade a mi Dios, limpieza y hermosura que lo
hagan como un pasmoso rubí, alegría y gloria suyas. ¿Quién puede ser ese
cirujano? ¿Quién ha de ser, para vosotros, sino el que en nuestras casas o
Centros esté como cabeza? Id a él con absoluta sencillez; en el director
hallaréis siempre un remedio, porque tiene gracia especial que ha de iluminarle
para ayudaros. Acudid a él apenas notéis, en el desarreglo que se inicia en
vuestra vida, en lo rutinario de vuestros exámenes de conciencia, o quizá -Dios
no lo quiera- en su descuido, los síntomas de vuestro mal. Abridle vuestro
interior y mostrádselo claramente. El remedio es seguro si el que sienta en sí
la turbación, el desorden, se confía al médico para que le cure.
Hay que ser
sincero. "Tengo que hablarte -habrá de decirle a solas- acerca de un
asunto que me preocupa. Desde hace varios días me encuentro inquieto,
desasosegado. Toda mi vida interior está alterada, oscurecida. Ni siento paz en
el trabajo, ni encuentro en mis ejercicios, en mi oración, la calma de otras
veces. La causa es aquella compañera, aquella muchacha... No lo puedo remediar;
vivo con el pensamiento lleno de ella, y todo lo suyo, su imagen, hasta su voz,
me persiguen continuamente. Todo el día me insidia la presencia de ella. No sé
cómo recobrarme, ni cómo debo luchar, ni me hallo ya con luz ni con fuerzas
para buscar un camino".
Aquí entra ya a
desempeñar su función el cirujano; el bisturí que abre la carne, y las pinzas
que entran en la herida y arrojan lejos el gusano, raíz del mal. "Hijo
mío, no te inquietes ya por eso. Ha terminado. Humíllate delante de Jesús,
llama a tu Madre Santísima y confía en Dios, que ha de iluminarte nuevamente.
La semana próxima saldrás para nuestro Centro de París" (45).
(45).
En 1936, el Beato Josemaría abrigaba el proyecto de
abrir un Centro de la Obra en París, pero no pudo llevarse a cabo entonces a
causa de la guerra civil española.
¿Y si el mal estuviera
más avanzado? El remedio sería el mismo: confiarse, confiarse siempre; abrir el
corazón, que es remedio seguro. "Padre -la confesión cuanto más dura, más
necesaria- he caído". Y el Padre que le levanta del suelo y le abraza y le
da un beso en la frente. Y después: "Hijo mío, paz. No te preocupes ya por
lo que no vale la pena. Saldrás mañana para Bonn. Dentro de un mes iré allí, no
ex-profeso, sino por otros asuntos; allí te veré y hablaremos" (46).
(46). Desde los primeros momentos, el Fundador
del Opus Dei no quiso escuchar habitualmente las confesiones de los que pedían
la admisión en la Obra: prefería que fuesen a otros sacerdotes, para así poder
ocuparse personalmente de la dirección espiritual de cada uno, fuera del
sacramento de la Penitencia. Se trata, pues, de un ejemplo hipotético, pero
altamente significativo de hasta qué extremos han de llegar los cuidados del
Buen Pastor por el bien espiritual de las almas, cuando está en juego la
fidelidad a la llamada divina.
Oración sin
ilación, oración del corazón que habla, sin razonamientos ni puntos, sin
sujetarse a procedimientos, ahora solo ya, dejada la mansión de Lázaro. Oración
del corazón que dialoga con su Dios; ¡y no es posible, Señor, prescindir de él!
No, corazón, tú me eres necesario; el fuego de tu afectividad da nuevo brillo
al amor; tu ardor anima y enciende más mi caridad. Pero todos tus enemigos,
alma mía, están alrededor de ti como leones, en frase de San Pedro, para devorarte
(47).
Están en acecho siempre, para adueñarse de nuestro interior y hacernos esclavos
suyos. Corazón, tú has de ser siempre libre, esclavo sólo de tu Dios. Apégate
firmemente a la obediencia, con voluntariedad, y ciérrate para siempre con
cerrojos muy firmes contra las sugestiones venenosas, contra los afectos, las
influencias, las seducciones mentirosas de las cosas mundanas. Guárdate todo
para tu Dios y enciende para Él, ¡sólo para Él!, bien reunidas, todas tus
llamas, que ahora están dispersas y solicitadas por bienes engañosos y
pasajeros.
(47).Cfr.1 Pet 5,8.
Madre mía Inmaculada, Ángel Custodio, suplicad a mi Dios que me dé el Amor,
el verdadero Amor, que ya no quiero amar nunca sino con este Amor grande, y
olvidar y despreciar por completo todo falso amor.
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