(11-V-1937)
J. M. Escrivá, fundador del
Opus Dei
1) Junto a Jesucristo, a quien acabamos de recibir en
el Santo Sacramento, vemos la figura vehemente e impulsiva de Pedro apenas
terminada la Última Cena, momentos antes de iniciarse la Pasión. Ante el cuadro
que traza Nuestro Señor de su futuro abandono, él protesta: Etiamsi oportuerit
me mori tecum, non te negabo (31); aunque todos te dejen, yo no te dejaré; yo estoy dispuesto
a morir contigo. Y la respuesta triste de Jesucristo: antes de que el gallo
cante dos veces, tú me habrás negado tres (32).
Será el pastor supremo de la Iglesia, el fundador de
la sede de Roma que ha de durar mientras duren los siglos, el jefe de los
Apóstoles y, sin embargo, su proceder en aquellos momentos es el de un atolondrado.
Está tentando a Dios, porque está prometiendo lo que se halla por encima de
sus fuerzas, sin contar con Él. Los demás Apóstoles, más prudentes, más conocedores
de sí mismos, callan. Pedro protesta y habla, llevado de su sentimiento, sin
tener en cuenta su capacidad y sin considerar ante Dios la firmeza de su resolución.
¿No habremos pecado nosotros mismos, muchas veces, de atolondramiento, en
casos semejantes? ¿No nos habremos propuesto lo que no era para nosotros,
lo que no estaba en nuestra mano cumplir? ¿No habremos cometido tonterías,
por falta de consideración y de reflexión, por no consultar a Dios, por no
pedirle su venia y su ayuda?
(31). Mt 26, 35.
(32). Mc 14,30.
¡Cuánta insensatez! Que cada uno se examine sobre este
punto con toda diligencia y saque el propósito consiguiente: no tomar nunca
una resolución precipitada, no tomar ninguna decisión de alguna importancia
sin considerarla ante Dios en la oración y en la Comunión, y sin el consejo
de una persona prudente y discreta que pueda, por su autoridad y sus condiciones,
orientarnos eficazmente. Que cada uno se examine a sí mismo y, si no descubre
este atolondramiento en su proceder, que no dé gracias a Jesucristo, sino
que se humille y pida la luz de Dios, y siga buscando con verdadero cuidado.
Os pongo un ejemplo. En esta habitación, que se halla
en penumbra, sería difícil encontrar un alfiler. Para hallar ese objeto, tendría
que abrir la ventana y encender la luz. Que busque cada uno en su alma, y
encontrará; y será el momento de cambiar este carácter, que tan fácilmente
prescinde de Dios y confía en sí mismo. Con esta desconfianza en nosotros
mismos, y con esperanza en la misericordiosa ayuda de Dios, ese mal carácter
no nos sorprenderá tan fácilmente.
2) El atolondramiento nace de un defecto que se oculta
a nuestros ojos. Esa inconveniencia, esa indiscreción, esa falta de gravedad
exterior e interior, que pueden no ser pecado pero que causan en la figura
del cristiano, del apóstol, el mismo desastroso efecto que produciría un chafarrinón
de chocolate en el vestido resplandeciente de una reina, provienen siempre
de lo mismo: de la carencia de atención que nos impide ver nuestras flaquezas.
El atolondramiento nos puede llevar, por ejemplo, a faltas de cortesía y de
urbanidad con el prójimo. No es simplemente mala educación ese descuido que
nos empuja a suprimir, sin necesidad, las formas sociales, las maneras correctas.
No es que haya, como solemos decir, que pasarse de fino, como algunas personas que se exceden en cumplidos
minuciosos y fastidiosos. Seamos sencillamente correctos, con afabilidad llena
de consideración hacia los demás.
Continuando la contemplación del colegio apostólico,
según nos lo presenta la Escritura, nos fijamos en un par de atolondrados
que, con su atolondramiento, han estado a punto de causar el desorden y la
discordia en el círculo de estos primeros seguidores de Cristo. Son Santiago
y Juan, que han involucrado a su madre o, peor aún, se han servido de ella
para conseguir su pretensión (33). Esta madre imprudente se atreve a pedir a
Cristo, para sus hijos, los puestos más señalados en el Cielo; a Él, que indicaría:
“elegid vosotros siempre los últimos sitios, no sea que venga el que os invitó
y tengáis que pasar por la vergüenza de ser arrojados de los lugares preferentes
que elegisteis" (34). Ante la
proposición insensata de la madre, parece descubrirse el gesto de disgusto
contenido del antiguo publicano Leví, ahora Mateo, que dejó sus riquezas por
seguir al Maestro; o las protestas abiertas de Pedro, que era un hombre impulsivo.
En fin, este atolondramiento de Santiago y Juan está a punto de provocar un
barullo de consecuencias desagradables; ¡y cuántas veces descuidos semejantes
alborotan un ambiente, rompen la armonía y la unión que deben reinar entre
todos!
(33). Cfr. Mt 20, 20-24.
(34). Cfr. Lc 14, 8-9.
Junto a estas consecuencias, el atolondramiento conduce
a Santiago y a Juan al egoísmo de pedir a Dios para ellos lo que sólo a Él
pertenece conceder, según su juicio y voluntad; y a otro error no menos grande:
el de hacer intervenir a su madre en lugar de acudir con sinceridad al Maestro.
Mucho, es cierto, debemos querer a nuestras madres -no cumpliríamos, si no,
el cuarto mandamiento-; mucho debemos pedir por ellas a Dios, para que les
otorgue vida sobrenatural y gran visión sobrenatural, que les lleve a ser
ayuda en nuestro camino de servicio a Dios; mucho debemos cuidar de ellas
y de nuestra familia, y nadie entiende esto mejor que nosotros, que establecemos
el principio de socorrerles en sus necesidades económicas, porque no separamos
a nadie de su padre o de su madre. Pero, a la vez, debemos seguir con responsabilidad
el camino emprendido.
3) Acabemos considerando -y éste será el tercer punto
de nuestra meditación- aquel pasaje del Evangelio en el que se detalla la
especie que un día corrió entre los primeros cristianos de que Juan, el discípulo
amado, no moriría (35). ¿De qué
había nacido esta falsa creencia? De atolondramiento. Cristo no había dicho
que no moriría, sino: si Yo quisiera dejarle así hasta mi venida... (36).
(35). Cfr. Jn 21, 23.
(36). Jn 21, 22.
Bien lo hace notar Juan en su Evangelio; bien lo debería
experimentar cuando ya viejo -casi no podía hablar- era mostrado a sus discípulos,
a los que exhortaba siempre: hijitos míos, amaos los unos a los otros
(37). Muy convencido estaba Juan de que había de morir,
porque no hay milagros innecesarios, aunque la falsa interpretación de las
palabras de Cristo, acrecentada por el prodigio de salir indemne del aceite
hirviendo ante la puerta de la muralla romana, incitase a creer otra cosa
(38).
En el origen de esta falsa noticia quizá estuviese también
un poco de secreta envidia de los otros discípulos, que les impulsa al atolondramiento
de pensar que Jesús hizo objeto a Juan de un trato de favor, si es que puede
considerarse el no morir como un favor. Sabido es que Juan era el discípulo
amado, el que gozaba especialmente del cariño de Jesús, el que reclinaba la
cabeza sobre su pecho. Estas expansiones afectuosas, que el amor de Juan inspiraba
y que Jesús admitía, habían engendrado quizá celos, que después tal vez ayudaron
a crear el rumor de la inmortalidad del Apóstol, hablando inconsideradamente
o imprudentemente: con atolondramiento.
(37). San Jerónimo, Comentario a la epístola a los
Gálatas 3,
6.
(38). Alusión a la fiesta litúrgica, entonces vigente,
de San Juan ante portam latinam, que se celebraba el 6 de mayo. Según
una antigua y venerable tradición, el Apóstol Juan, arrojado en Roma a una
caldera de aceite hirviendo, durante la persecución de Domiciano (finales
del siglo I), salió indemne por intervención divina. Después de esto, el Apóstol
se habría retirado a la isla de Patmos, donde compuso el Apocalipsis.
Jesús sufre con estas imperfecciones y faltas de los
que le siguen; muchas veces debió de apenarse con estos atolondramientos,
con estos egoísmos de sus discípulos. No debemos pensar necesariamente que
su llanto se derramó sólo sobre Jerusalén, o ante la tumba de Lázaro, o en
su oración durante la noche, sino posiblemente también ante la miseria de
sus Apóstoles, puesta al desnudo en ocasiones semejantes a las que hemos considerado.
Evitemos, pues, estos padecimientos de Jesús con nuestro cuidado; evitemos
esos atolondramientos que tanto pueden comprometer una labor de apóstoles.
Terminemos encomendándonos a la Virgen Santísima, y
muy especialmente a nuestro Ángel Custodio, para que nos libren de caer en
estas faltas y para que nos alcancen la prudencia que todos necesitamos y
la desconfianza en nosotros mismos.
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