CONFIANZA EN DIOS
(10-IV-1937)
J. M. Escrivá, fundador
del Opus Dei
1) Cerrados los ojos de la cara, vamos a representarnos
-con los ojos del alma- a Jesús, al que acabamos de recibir en la Eucaristía, a
quien tenemos sacramentalmente en nuestro pecho. Le vemos rodeado por los Doce,
contemplando con misericordia la ciudad de Jerusalén.
Ayer nos quedamos
con una esperanza fuerte en la misericordia de Dios, pero ahora parece que una
voz nos dice: ¿qué derecho tienes tú a abrigar esa esperanza? Cada uno ha de
examinar detenidamente lo que es delante de Dios. Menos que un vaso de agua
ante la inmensidad de todos los mares reunidos; menos que la mortecina luz de
una lámpara en contraste con los rayos del sol: infinitamente menos eres
delante del Señor. Vales menos que la hoja que se desprendió de un árbol en el
otoño y que pisas despreciativo. ¿Cómo vas a tener derecho a que el Señor se
preocupe de ti, como comentábamos ayer, hasta en los menores detalles? Medita,
alma mía, sobre esta realidad, y avergüénzate y humíllate al considerar la
audacia que supone pretender que Nuestro Señor se fije con tal interés en tus
cosas.
2) Pero, entonces, ¿no cabe
alimentar esa esperanza? Sí: podemos y debemos cultivarla. Así como una persona
cuyos padres poseen gran influencia, o se relaciona con buenos y poderosos
amigos, es capaz de desenvolverse perfectamente en el mundo, así nosotros nos
encontramos en condiciones de esperar todo, gracias a las maravillosas
recomendaciones que tenemos en el Cielo. ¿O es que van a pesar más nuestras
miserias, nuestras debilidades y flaquezas, que los méritos infinitos de Jesús:
su nacimiento, su vida de sacrificio, su Pasión dolorosísima, su Muerte? ¿No
puede, por ventura, borrar nuestra impureza la pureza extraordinaria de la que
fue concebida sin mancha, nuestra Madre lnmaculada? ¿Su vida, llena de dolores?
¿Y los méritos de los Santos?
Jesús, Tú eres mi Dios, mi
Hermano, mi Amor y mi Todo. ¿Cómo no voy a sentir plena confianza en Ti? ¿Por
qué no dar vuelos a la esperanza? Sí, hijos: contamos con razones fundadas,
razones hasta materiales que nos permiten confiar plenamente en la Providencia
de nuestro Padre-Dios. La seguridad de que es así nos lleva, otra vez, a
humillarnos profundamente; pero esta humillación ha de ser confiada y llena de
agradecimiento.
3) El tercer punto de la meditación consiste
en considerar la actitud de Jesucristo durante su vida terrena. Nos fijaremos
en un episodio concreto (17).
(17). Cfr. Jn
4, 5 ss.
Hace un calor
inmenso. Por el polvoriento camino, sudoroso y hambriento avanza un Hombre que,
siendo Dios, está casi deshecho por las penalidades de la jornada, por el cansancio,
el hambre y la sed. Veámosle; viene solo. ¿Dónde están Pedro y Juan y los
otros? Les ha mandado el Maestro a buscar qué comer. Más tarde volverán y, con
su santa naturalidad, comprenderán que la mies está ya a punto para la siega, pero
que aún no se les permite recoger los granos de trigo: ese trigo que ellos
mismos han restregado muchas veces en sus manos sudorosas, hasta hacer un
amasijo de harina que les permita mitigar el hambre; ese trigo que más tarde
habrá de consagrar el Señor mismo, convirtiéndolo en Pan de Vida, en alimento
del alma.
Avanza Jesús y llega hasta el
brocal de un pozo. Tiene sed. La hubiese podido apagar mandando que los ángeles
le sirviesen el agua que hay en el fondo del pozo. Pero Jesús no utiliza medios
extraordinarios para satisfacer sus necesidades: sólo cuando son
imprescindibles para el cumplimiento de su misión.
Por el otro lado del camino se
acerca una mujer. Es una pobre mujer: lleva en la cara el sello que el demonio
de la lujuria pone en todos sus esclavos. Sus andares son desenvueltos, y más
desenvuelta aún es su lengua; pues quien se lanza, como ella, por el camino de
la perdición, no concede mayor importancia a las maneras de comportarse.
Nuestro Señor es galileo; ella, samaritana.
Jesús habla con el acento de su tierra: no lo disimula; todos sus actos son
naturales. Ahora, como padece sed, pide agua a la mujer. Ésta se asombra: ¿Cómo
tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (18). Es sabida la enemistad que había entre judíos y
samaritanos: éstos afirmaban que se podía adorar a Dios sobre el monte Garizim,
en tanto que aquellos afirmaban que sólo en Jerusalén, adonde había que ir una vez
al año para adorar en el Templo. Jesús responde: "Si supieses quién es el
que te dice: dame de beber, serías tú la que me pidieras a mí agua viva, para
nunca más tener sed" (19).
En el curso de su conversación
con ella, Jesús misericordioso ofrece a esta mujer el agua de la gracia y la
convierte de pecadora y vaso de perdición en apóstol. Una vez terminada la
conversación, corre la mujer a la aldea para dar a conocer al Mesías, con el
que ha hablado.
Éste es el proceder de Jesús:
¿cómo no vamos a tener confianza en Él? Señor, Tú sostienes en mí la esperanza.
Por Ti creo en el porvenir de esta Obra tuya y, concretamente, espero que darás
perseverancia a todos mis hijos, de modo que, cuando nos reunamos, podamos
cantar un Te Deum de
acción de gracias por esta perseverancia y, quizá, por haber permitido que no
solamente perseveren, sino que contagien su ardor a otros, como otros pegan las
cosas inmundas, las enfermedades.
Dame, Señor de misericordia, la
gracia de que yo también sea misericordioso con los demás. Intransigencia
conmigo mismo; comprensión con los que me rodean. Que no juzgue, para no ser
juzgado. Solamente juzgaré, Señor, cuando tenga obligación de hacerlo. Dame, al
mismo tiempo que misericordia, fortaleza, porque la misericordia no significa
debilidad y la fortaleza es una virtud cardinal.
Haced un propósito concreto: no
desperdiciar ninguna ocasión de mortificarse en cosas determinadas; por
ejemplo, no buscar consuelos humanos. Ya sé que cuesta, pues no me falta
experiencia de esto, como vosotros contaréis con la vuestra.
(18). Jn 4, 9.
(19). Cfr. Jn 4, 10.
Resumiendo: hemos de cultivar una confianza
grande en Dios Señor Nuestro. Hemos de pensar que nuestra Madre Inmaculada nos
amparará como las madres del mundo amparan a sus hijos enfermos, por repugnante
y vergonzosa que sea la enfermedad que padezcan. Por grande y ancha y honda que
sea la sima de nuestra miseria, mayor es la montaña de la misericordia de
Jesús. Hemos de ver a San José, Nuestro Padre y Señor, decidido a empujamos por
los caminos de la Obra. ¡Cómo sentimos su ayuda! ¡Cómo nos bendice cada año en
su fiesta, en recompensa de los ofrecimientos que ese día hacemos a Dios! (20)
Para terminar, el
coloquio con Nuestra Señora. Madre nuestra, te damos gracias por tu intercesión
por nosotros delante de Jesús; sin ti, no hubiéramos podido ir a Él. ¡Qué
verdad es que a Jesús siempre se va y se vuelve por María! (21). Te pedimos ayuda para cumplir los propósitos que
hemos hecho en este rato de oración, y gracia para que nunca se pierda en
nosotros la esperanza.
(20). Alusión a la Costumbre
de renovar interiormente la dedicación a Dios en el Opus Dei, el día de la
fiesta de San José.
(21). Cfr. Camino, n. 495.
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