CURACIÓN DE UN LEPROSO
(12-VII-1937)
J. M. Escrivá, fundador
del Opus Dei
Os sugiero que contemplemos la escena
evangélica que vamos a describir, y que ejercitemos nuestras potencias en la
presencia del Señor. La petición será el conocimiento de nosotros mismos y,
desde este punto de vista, la humildad en lo que se refiere a nosotros y la
caridad con nuestro prójimo.
Jesús desciende del monte, en
donde había hecho oración, al llano. La multitud le sigue. ¡Pero qué pocos le
acompañaban antes en la cumbre! ¡Qué pocos son, Señor, los que marchan en pos
de Ti hasta lo más alto! Pauci vero electi (206): los elegidos son pocos. Y al considerar que
nosotros somos, a pesar de nuestra indignidad personal, de esos pocos, dejemos
que el corazón se encienda en afectos de humildad y de gratitud.
(206). Mt 20, 16.
Mirad cómo el Señor es tratado
por los que le rodean, por los extraños y por los discípulos que con Él
conviven. ¡Qué inconsideración! No saben quién es. Sin embargo, en el Maestro,
¡qué caridad, qué comprensión! En lugar de condenar, exhorta, perdona, derrama
el bien por todas partes. Y nosotros, ¿nos atreveremos a despreciar a aquéllos
que Cristo no despreció? ¿No tendremos que usar, por el contrario, de esa
comprensión indulgente que Jesús empleaba? ¿No buscaremos imitar aquella
grandeza de corazón, que se compadecía generosamente de las flaquezas humanas,
en lugar de irritarse por esas debilidades?
La gente sigue a
Jesús por la llanura. Aquí sí que marchan todos en pos de Él. No nos engañemos
nosotros, no pretendamos exigir a nuestros prójimos que afronten las mayores
dificultades. Muchos no están en condiciones de seguir a Cristo cuando sube al
monte; le acompañarán, sí, pero en el llano. Nuestra labor ha de ser, por
tanto, facilitarles el camino, dejárselo desembarazado de obstáculos, hacérselo
agradable y andadero. No vayamos a interponer en su ruta, por incomprensión,
montañas que quizá, desanimándoles, se les conviertan en cordilleras. Tratemos
a nuestros prójimos mirando el ejemplo de Jesús; ¡y cómo les trataba Él!, ¡con
qué cariño! Por eso la muchedumbre le rodea con tanto amor.
Ahora, sin
embargo, se observa en la multitud un movimiento extraño; las gentes se
apartan, creando un pasillo, a la manera del surco que abre en una masa
compacta alguno que fuese gritando: ¡que mancho! Por ese espacio en claro
avanza un leproso. Considerémonos nosotros semejantes a él, y quizá aún nos
quedemos cortos. Descubramos la lepra de nuestros pecados, que nos cubre
enteramente, convirtiéndonos en seres repugnantes y despreciables. Este
pensamiento nos colmará de humildad y de paz, nos dispondrá a la mansedumbre
ante las inconsideraciones de los demás; reconociendo nuestra abyección, será
también nuestra súplica más fervorosa, más agradable a Dios.
Nos encontramos,
pues, como leprosos ante el Señor. Mirando a este enfermo del Evangelio, nos
vemos también a nosotros mismos. Su aspecto no puede ser más miserable; tiene
los labios carcomidos, las mejillas raídas, un ojo está a punto de
desprenderse, los dientes no encajan en sus alvéolos, la piel está manchada de
verde y amarillo, y brilla a trechos con tonalidades de escama. El hedor de sus
pústulas toma insufrible su proximidad. Sin embargo, la multitud soporta su
presencia. También ahora hallamos, en la gente que se apiña alrededor de Jesús,
un nuevo ejemplo de comprensión. En lugar de sepultar al pobre leproso bajo una
lluvia de piedras, bajo una pirámide de indignación, le permiten acercarse al
Maestro.
Ya está ante Él:
sabe que no ha de rechazarle. Su voz se oye claramente, llena de fe, expresando
las ansias de su corazón: Domine, si vis, potes me mundare (207). Señor, si quieres, puedes limpiarme. El Maestro
extiende hacia aquel montón de podredumbre su mano y, tocándolo, pronuncia las
palabras de salvación: Volo, mundare (208); quiero, sé limpio. Al instante, aquella carne en
putrefacción, cubierta de miseria, se convierte en carne sana y varonil. Pero
Jesús pide al favorecido discreción; le dice: mira, a nadie lo cuentes (209). ¿Por qué publicar, si Él no lo pide, las mercedes
recibidas? y sigue: ve, muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó
Moisés para que les sirva a ellos de testimonio (210).
(207). Mt
8, 2.
(208). Mt
8, 3.
(209). Mt
8, 4.
(210). ibid.
¡Cómo resplandece aquí el respeto de Jesús hacia
el sacerdote!, aunque eran sacerdotes de la Ley Antigua, servidores de un Arca
Santa que era tan sólo una figuración de nuestros Sagrarios. ¿Qué consideración
habremos de mostrar nosotros hacia los sacerdotes de la Ley Nueva, que poseen
el poder de cambiar el pan en la misma Carne de Cristo? ¡Cómo debemos extremar
con ellos la comprensión, cubriendo sus miserias y flaquezas de hombre con la
capa de la caridad! No hemos de olvidar -son palabras del Señor que, según
juzguemos, así seremos juzgados (211). Y el
juicio corre aquí, especialmente, el riesgo de ser falso e injusto.
Dediquemos los últimos minutos de la oración
a rectificar cuanto haya que rectificar en punto a humildad por nuestra parte,
y a comprensión con nuestro prójimo.
(211). Cfr. Mt 7, 2.
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