DEBERES
(27-VI-1937)
J. M. Escrivá,
fundador del Opus Dei
1) En la presencia de Dios, quiero considerar
mis deberes. Pienso que entre los primeros está mi labor en la Obra. Voy,
pues, a preguntarme, y a responderme con sinceridad: ¿qué he hecho yo hasta
ahora por la Obra? ¿Cuál ha sido mi conducta desde que comencé hasta este
momento? No basta decir: "yo sirvo, yo me he entregado"; es necesario
considerar hasta qué punto es esto una realidad. Mi examen ha de ser muy en
la presencia de Jesús.
La meditación se vuelve aquí íntima,
particularísima; no puede una voz hablar por todos. Adéntrese cada uno en
sí mismo y mire, no con ojeada superficial, sino con mirada honda, detenida.
Deténgase cada uno en su meditación.
¿Cómo me he dado a la Obra? ¿Qué podía haber hecho y qué he hecho? Me acuerdo
de la parábola de las vírgenes (122). Mi lámpara
debía haber estado siempre encendida: ¿lo ha estado realmente? Pienso en la
maldición de Jesús a la higuera estéril: ¡y no era tiempo de que produjese
fruto! (123). Mis frutos sobrenaturales han de ser continuos.
¡Desgraciado de mí, si Dios viene en busca de mi consuelo, de mi oración,
de mi amor, y yo le cierro mi puerta! Pienso todavía en la parábola de los
talentos (124). ¿Qué engaño cometía el que recibió un talento
y lo devolvía íntegro? No se quedaba con nada... Pero lo veo claro: Jesús
pide más, Jesús nos pide
más. ¿Qué le he dado yo?
(122). Cfr. Mt 25, 1-13.
(123). Cfr. Mc 11, 13.
(124). Cfr. Mt 25, 14-30.
Un propósito firme:
pedir la luz de Dios, para examinar cuál es mi situación actual en la Obra,
para cumplir mejor mi deber.
2) ¿Cómo he de cumplir mis deberes? Parece que
Jesús me dice: "¡Tonto! ¿No estoy Yo aquí?". Es cierto, Dios mío:
¿no eres Tú mi luz? Ilumíname sobre mis obligaciones. Yo no he de hacer otra
cosa que renovarte mi voluntad de entrega. Mi Madre será -otra vez- mi ejemplo.
Ella afirma: ecce ancilla (125); yo reitero
desde el fondo de mi corazón, para todo lo que me pidas: ego servus tuus
(126): aquí está, Señor,
tu esclavo. Dios mío, quiero estar alerta, en espera de tu mandato; en cuanto
lo oiga, acudiré diligente y repetiré las palabras de Samuel: ecce ego,
quia vocasti me (127); aquí
estoy, Señor, porque me has llamado.
En estas tres respuestas se resume, Señor, mi
deseo de entregarme en tus brazos, para cumplir perfectamente tu Voluntad.
Y vuelvo, Dios mío, a rogarte que me marques claramente mi puesto en la Obra:
ahora, durante este castigo de la revolución, y después, en la normalidad.
(125). Lc 1, 38.
(126). Sal 115, 16.
(127). 1 Sam 3, 9.
3) Pero debo
servir aquí en la Obra -que esto se me clave bien en el espíritu- con hechos,
con realidades, no con palabras. Hechos...; pero ¿habré de esperar a que llegue
una ocasión grande, extraordinaria? ¿Cuáles han de ser estas realidades? ¿Será
preciso llevar a cabo importantes trabajos, soportar sufrimientos tremendos,
realizar esfuerzos heroicos, sublimes? Si llega la ocasión, ¿por qué no? Pero
en tanto llega, aquí, al alcance de mi mano se me ofrecen mil detalles en
qué servir a Dios en la Obra. Esto es indudablemente lo que ahora el Señor
me exige; no me he de imaginar que le sirvo, si desprecio las ocasiones pequeñas,
humildes, que se me presentan, por anhelar la realización de un sacrificio,
de un servicio extraordinario e imposible. Éste es el servicio real, efectivo,
que el Señor espera que le preste: esta pequeñez que, con ser tan chica, cuesta
tanto.
Vamos a resistir en estas minúsculas
luchas, sin olvidar que el enemigo no ha de atacarnos abiertamente, en cosas
de categoría, porque le rechazaríamos fácilmente. Nos tentará en las pequeñeces;
y ahí nos aguarda Dios. En la paciencia, en esos alfilerazos, en esas humillaciones...
Éste es el camino: cuidar las cosas pequeñas.
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