(4-VII-1937)
J. M. Escrivá, fundador del
Opus Dei
La meditación de hoy consistirá en una charla
afectuosa con Jesús. La composición de lugar será contemplar a Cristo, tal como
le vemos cuando pensamos en Él. La petición, muy sencilla: que nos ayude a obedecerle,
para que seamos en sus manos buenos instrumentos.
La voz de Nuestro Señor nos repite aquellas palabras,
tantas veces consideradas: Ego sum vitis vera, et vos palmites (176), Yo soy la verdadera vid y vosotros, los sarmientos.
Somos sarmientos unidos a Jesucristo, pero nos pegamos a la vid insertándonos
en el tronco de la autoridad de la Obra. Vivimos unidos a Dios a través del que
hace cabeza en la Obra: la unión con quien manda es unión con Dios. Tengamos,
pues, para la autoridad, sujeción y obediencia filial. Esa obediencia filial
debe ir acompañada siempre del respeto, que no es sino una manifestación
exterior de la sujeción que hay en la voluntad y de la devoción que hay en el
corazón.
(176). Jn 15,5.
Un inciso he de hacer aquí, para avisaros que
interrumpiré de cuando en cuando mi charla, guardando silencio algunos minutos,
para que cada uno ejercite sus potencias ante Dios y considere por sí mismo.
Soy sarmiento de la vid que es Jesucristo; recibo vida
de Él, para emplearla en servicio suyo. Eso debo ser: un instrumento para
cumplir su Voluntad. Pero, ¡en cuántas circunstancias, aunque me he dado a Dios
y deseo obedecerle, me asaltan falsas humildades que tratan de desviarme de mi
camino! Soy instrumento de Jesucristo, de acuerdo -se dice quizá una persona-;
pero... ¡si no sirvo para nada! ¡Si no reúno ninguna de las cualidades
necesarias para serle útil: ni nombre, ni posición, ni simpatía...! ¿Mas acaso
porque alguien se juzgue inútil, ha de aflojar en su vida interior y en su
labor profesional, en su mortificación y en su amor a la Obra? Es la soberbia
herida la que se revuelve, adoptando una actitud como ésta.
Jesucristo parece responder a semejantes reflexiones:
“¡Tonto! Para que se haga mi Voluntad, Yo necesito de toda clase de
instrumentos. En mi labor, infinitamente amplia y variada, se requieren desde
la herramienta grande, dura, tosca, hasta la más fina y delicada. Se emplea
cada una a su tiempo, del modo que conviene. A veces, en mi taller, es
necesario desbastar un tronco, para transformarlo en tablón; me sería inútil
una lima de joyero o unas pinzas de platino y, en cambio, viene bien un
serrucho fuerte, de dientes firmes. En otros momentos, hay que componer un
reloj, y necesito un destornillador finísimo, una lente, ruedas muy delicadas;
¿de qué me serviría un azadón, una pala, o un martillo grande? Cada instrumento
a su tiempo, para su labor. Todo tu deber consiste, por tanto, en aguardar en
el taller a que llegue tu hora, conservándote en buen uso”.
Sin embargo, en ocasiones, el alma aún responde:
¡Pero, Dios mío, si estoy preterido, si soy como un trasto arrumbado, por
inservible sin duda! ¡Si nadie piensa en mí para nada! "Porque no ha
llegado la ocasión de tu trabajo intenso, contesta el Señor. Espera tu hora y
prepárate para ese momento con la oración, con el detallado y fiel cumplimiento
de tus pequeños deberes actuales, con una conducta que atraiga otras almas a la
Obra". Todo instrumento, mientras no se usa, necesita un clavo donde estar
colgado, si es tosco; o una funda donde guardarlo, si es fino; introdúcete en
tu funda, sostente bien en tu clavo, que se concreta en el perfecto
cumplimiento de las Normas. Cumple bien las Normas y te conservarás en buen
estado, hasta que se presente el momento de emplearte. Y aun, para estar bien
seguro, consulta al director, que será como informarte de la Voluntad de Dios.
Pero -objetas- puede ocurrir una de estas dos cosas:
que soy un instrumento que nunca se emplea o que se emplea demasiado. En muchos
casos sufro un desgaste, una relajación que perjudica a mi buen
funcionamiento...
Nada tiene de particular que la pieza no usada, de
cuando en cuando, necesite ser frotada, para devolverle el brillo que el orín y
el moho le robaron, o que el serrucho –cuyos dientes se han desviado por el
trabajo continuo- deba ser reparado con algún que otro martillazo. Ésta es la
finalidad de la corrección fraterna. Hay en nosotros defectos que pueden
perjudicar el apostolado de la Obra, o nuestra santificación o nuestra
reputación personal. Cuando alguno de estos aspectos se encuentre en trance de
sufrir un perjuicio, es el momento de intervenir y de advertir a nuestro
hermano. Primero, como señala el Evangelio (177), a solas; con santa desvergüenza acompañada de fina
caridad, se le advertirá: "Mira, esto que haces no se acomoda al espíritu
de la Obra. Como pienso que puede perjudicarla y perjudicarte, te aviso de lo
que tú, seguramente, no te has dado cuenta". ¿Que no atiende? Se repite la
indicación delante de dos compañeros discretos y santos. Si con todo esto, la
enmienda no llega, se confía el asunto al director; esto no es espíritu de
denuncia, sino la necesidad a que obligan los más altos motivos (178).
(177). Cfr. Mt 18, 15-17.
(178). Ya se explicó en nota a la meditación del 27
de mayo que, con el paso del tiempo, el Beato Josemaría concretó de otro modo
la práctica de la corrección fraterna en el Opus Dei.
¿Quién se molestará porque se le advierta la falta que
desluce su brillo, que vuelve imperfecta su conducta y su labor? Muy al
contrario, debería agradecerla. Estas correcciones nunca se llevan a cabo para
mortificar. En la Obra -lo hemos repetido frecuentemente- no hay nadie con
vocación de mortificador: bastantes son los sufrimientos que nos producen los
enemigos de Cristo, o nuestra flaqueza, o las cosas de fuera, para que nos
busquemos además nuevas penas entre los hijos de Dios. Por eso, las
humillaciones o molestias que provengan del proceder de nuestros hermanos,
hemos de pasarlas por alto, pensando que no les mueve ninguna intención de
maltratarnos. Si en algún caso nos producen resquemor, acudamos a desahogarnos
sólo con Jesús Sacramentado; y después, recobrada la tranquilidad, busquemos al
director y expongámosle lo sucedido. ¡Qué bien nos causará comentarle: me ha
pasado esto y he podido contenerme! ¡Qué seguridad para el futuro, con la
orientación y el consejo que recibamos!
Podría suceder, sin embargo -pero, gracias a Dios, no
sucederá-, que el que con toda pureza de intención se dispone a corregir,
reciba una respuesta de este estilo: ¡pues si esto no se acomoda al espíritu de
la Obra, también hay otras cosas en ti que no se acomodan al espíritu de la
Obra! ¡Qué pena produciría recibir un bofetón así, del que iba a ser objeto de
nuestra caridad! ¡Qué lamentable sería que se le echen a uno a la cara sus
defectos, como venganza a una ofensa que no era tal, sino servicio! ¡Qué mala
disposición denotaría el que -olvidándose de la significación del que le avisa,
que es en aquel instante un instrumento de la Providencia- rechazase el
recuerdo de sus faltas, para fijarse en las flaquezas de su hermano! Las
correcciones se deben acoger con toda humildad, aunque sea menos digna la
persona que nos habla. Deseo que todas estas consideraciones, sobre las
correcciones fraternas, hagan de cada uno de nosotros un instrumento tan fiel
que nadie pueda, el día que nos toque advertir a los demás, lanzamos a la cara
un: ¡más eres tú!
Tendría espíritu cínico aquel que se permitiera
enfrentarse con Pedro, para echarle en cara sus negaciones. Óyeme: ¿acaso la fe
inconmovible del Apóstol no borra sobradamente la flaqueza de sus caídas? Y los
surcos, que las lágrimas de contrición han señalado en su rostro, ¿no son
suficientes motivos para olvidar aquella fragilidad? ¿Y no suponen nada los
años de adhesión y de apostolado, subrayados por carismas que tornan milagrosa
la sombra de Pedro, que curaba a los que tocaba? (179).
(179). Cfr. Hech 5, 15.
Cínico e infame sería quien se encarase con Pablo de Tarso
y le arguyera: ¡más eres tú! ¿No has sido perseguidor del nombre de Cristo, y
has encarcelado a hombres y mujeres fieles, e intentaste destruir la Iglesia
Santa? ¡Al Apóstol! ¡Decir esto al Apóstol de las gentes, al que corrió por
todo el mundo, y sufrió naufragios, y pedreas, y cárcel, y calumnias... y
martirio, por el nombre del Señor! ¿Habrá... inconscientes que se encaren el
día de mañana, quizá, con las canas venerables de sus hermanos -¡Dios no lo
quiera!-, y habrá quienes se enfrenten, respondiendo con una insinuación cínica
a la fraterna corrección, con aquellos hombres que han sido fundamento en la
tierra de esta Obra de Dios? Pienso que no ocurrirá. Pidamos, para que eso no
suceda nunca. De nuestra parte, luchemos para quitar nuestras imperfecciones y
de este modo evitar la ocasión de saltar con despecho: ¡más eres tú!
Finalmente, para conservar su suavidad, los
instrumentos han de untarse con aceite, que facilita su funcionamiento. Esta
untura será para nosotros la devoción a la Santísima Virgen: que Ella haga más
perfecta nuestra labor; que, por Ella, seamos instrumentos cada vez más dóciles
y aptos para Dios.
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