MISERICORDIA
(30-V-1937, Domingo II después
de Pentecostés)
J. M. Escrivá, fundador
del Opus Dei
1) Al hombre de oración suele, a veces, sobrevenirle
una tentación, que desalienta como ninguna otra; es una voz que parece insinuarle:
"Tu oración es... un monólogo. Hablas para ti mismo; nadie te escucha".
Hay que responder a esta sugestión: no, la oración es una charla afectuosa,
una confidencia amorosamente atendida; es un diálogo lleno de amor -nunca
un monólogo- en el que Dios corresponde siempre, con piedad maravillosa, a
nuestro deseo de aproximarnos a Él, de tratarle, de oírle, de amarle.
Dios es nuestro Padre
y, aunque nos lleguemos a Él manchados por las salpicaduras del mal en nuestra
lucha con el enemigo, aunque nuestros vestidos estén mohosos y nuestra piel
con costras de sal -efecto en nosotros del oleaje del mar de nuestras pasiones-,
Él nos acoge y nos considera, quoniam in scaeculum misericordia eius (89), porque su misericordia es grande y permanece
siempre. Él no desoye a los que con buena voluntad se le acercan, aunque otra
cosa quiera sugerirnos el enemigo.
(89). Sal 105, 1.
Acaso podemos pensar: yo no lo merezco... Eso
ya es otra cosa. Pero también veo, en la historia, figuras de hombres cargados
de toda suerte de culpas, a los que el Señor, sin embargo, dispensa una bondad
paternal. Me acuerdo de un Pablo, de un Agustín... No, mi oración no son palabras
que se pierden en el vacío; mi oración es fecunda, porque es recogida por
Aquél que es infinitamente bueno, por Aquél para cuya paciencia y cuya bondad
no son demasiado pesadas mis flaquezas.
Con esta convicción en nuestra alma,
abramos la Escritura y asistamos a una escena maravillosa (90). Se nos aparecen, como azucenas que se mueven, cinco
vírgenes con vestiduras blancas, que vencen con su claridad a la negrura de
la noche. Cinco lámparas de aceite que llevan en sus manos, cinco puntos de
luz que atraviesan la oscuridad, dejan ver sus rostros puros y hermosos, a
los que el contacto con el mal no ha ensombrecido nunca. Caminan hacia la
casa del Esposo y sus almas se regocijan de antemano, pensando en la alegría
con que Él acogerá su saludo de bienvenida.
Llegan a la puerta, y su llamada
retumba en el silencio: el silencio sólo les contesta. Pero Él había dicho:
Llamad y se os abrirá (91). Y también aquellas
otras palabras: "¿Quién de vosotros, si pide a su padre un huevo, recibirá
un escorpión; y qué padre dará a su hijo una piedra, si le pide pan?"
(92). Dios nos ama mucho más, mucho mejor, que el mejor
padre de la tierra.
Ya se oyen pasos, ya se oye la voz
que responde. Y la respuesta del Esposo -¿me atreveré a decirlo, Señor?- es
feroz. Nescio vos! (93), no os
conozco. Allá dentro resuenan voces gozosas: el Esposo hace fiesta con las
otras cinco vírgenes, las prudentes, que no se olvidaron de llenar sus lámparas
con aceite. Pero aquéllas, que las mantuvieron vacías y apagadas, y que han
salido apresuradamente a deshora a comprar con qué alimentarlas, se han presentado
tarde. Entretanto ha entrado el Esposo, y ahora se niega a reconocerlas. Dentro
se alzan los cantos de júbilo; fuera, en las tinieblas, las luces quieren
desvanecerse en las sombras, parpadeando bajo las lágrimas que derraman las
que han sido rechazadas.
(90). Cfr. Mt 25, 1-13.
(91). Mt 7,7.
(92). Cfr. Lc 11, 11-12.
(93). Mt 25, 12.
Ahora, mi Jesús, ¿me permites que
intervenga? ¿Me concedes que interponga mi voz entre estas desdichadas y tu
repulsa, para defenderlas? Porque, al fin y al cabo, ellas no te ofendieron;
bien sabes que ninguna flaqueza las sorprendió y que su pureza no conocía
mancha. Tú, Señor, me respondes: "Sí, pero su caridad era una caridad
estéril, no producía luz de obras. Ya sé que su pecado no fue de fragilidad,
pero fue mucho peor: fue pecado de voluntad. Era su voluntad la que dejaba
muerta la lámpara de la caridad. Mi justicia exige un castigo proporcionado".
Pero, siendo así, nos preguntamos,
¿cómo pecadores tan grandes, tan empedernidos, en los que el mal había arraigado
tan honda y extensamente, obtuvieron del Señor miradas de perdón y de salvación?
Nos acordamos de Agustín: ¿qué tendría aquél, que permaneció durante tantos
años atascado en el cieno, un cieno que ya le cubría por entero, desde los
pies hasta la barba, amenazando con ahogarle, para oír en los momentos de
más aguda crisis, de extremo delirio, las palabras luminosas: tolle, lege
(94)? Y no queramos dejar tranquilo a San Pablo
en su hornacina. Fue hombre que conoció las pasiones; fue recalcitrante en
el pecado, combatió con saña y con odio la verdad... "Pero, nos responde
el Señor, Agustín, tan embebido en el error, luchaba, padecía, sentía inquietud,
no abandonaba su aspiración al conocimiento y posesión del bien y de la verdad.
Y así, de sus mismas culpas, confesadas en su autobiografía, sacaba luego
luz de sabiduría, provecho de enseñanza para los demás. Pecó, pero había en
él buena voluntad; Yo
no podía abandonarle. Y el mismo Pablo, después de su rectificación, ¡cómo
se sirve del recuerdo de sus pecados, para lograr una perfección más elevada!,
¡cómo el mal antiguo da hoy frutos sabrosos de contrición, de humildad, de
arrepentimiento, de celo!... Porque, cuando una buena voluntad guía los actos,
hago Yo que los mismos males sean origen de bienes aún más grandes".
(94). Así relata San Agustín,
en el libro de las Confesiones, el momento de su conversión (cfr. Confesiones
VIII,
12, 29).
Hijos míos, yo quisiera
que dentro de veinte, de cuarenta, de cincuenta años, cuando seáis una tradición
viva de la Obra, os acordéis de este primer punto de nuestra meditación, que
acabo de explayar. Quizá os encontréis con alguien que ha perseverado en el
mal, no días y meses, sino años; que no halle vuestra repulsa, si sus pecados
fueron sólo de fragilidad. No es ésta una meditación que deba dar ahora inmediatamente
sus frutos; es consideración para ser puesta en práctica Dios sabe cuándo:
dentro de meses, de años. Es meditación trascendente, cuya lección no es para
ser gustada y olvidada; al contrario, debe dejar en vuestras almas una convicción
y una norma de conducta para toda vuestra vida. Sí; comprensión para los que
pecaron. Pero, ¿y cuando se trata de pecados propios? Ya no es ahora mi oración
la que vale, sino la vuestra, la propia. Que cada uno se examine y pese sus
intenciones y, guiado por Dios, decida y juzgue.
2) No abandonemos el Evangelio. Sea nuestra
misma Madre la que nos muestre un pasaje consolador de este Libro que nos
conserva la voz de Jesús, que trae la paz para nuestras almas, el consuelo
para nuestros quebrantos, y que es nuestra alegría, nuestra felicidad, nuestra
luz, la fuente donde nuestra oración bebe mejor el agua de la gracia, donde
nuestra ansia de verdad se satisface plenamente con la luz del Cielo prendida
en las palabras del Maestro.
Nuestros ojos se recrean ahora en
la contemplación de un patriarca de barba florida, de venerable aspecto (95). Es un señor vestido ricamente con amplia túnica que
ciñe una faja oriental; en sus manos brillan las piedras de los anillos. Esas
manos alhajadas se posan sobre una piel sucia, áspera, que apenas cubren la
desnudez de un joven a quien mantiene abrazado. La barba florida, que ahora
reluce con las lágrimas que caen de los ojos del padre, con brillo más hermoso
que el de los más perfectos diamantes, está junto a la cabellera revuelta
del hijo. De los ojos de éste también se deslizan las lágrimas: lágrimas visibles,
ardientes, de contrición y de arrepentimiento. Este hijo es el que hace años
sintió hervir en sí irresistiblemente el apetito de la lujuria y del desorden,
y pidió a su padre la parte de herencia que le correspondía (96). El padre le entregó hasta el último ochavo. Lejos
de la casa paterna, de la virtud y la paz domésticas, dilapidó su cauda
l-luxuriose- en orgías
sucias, y se revolcó en todos los charcos que encontró en su camino. Ahora
vuelve arrepentido. La misericordia del padre lo acoge. Es la oveja que vuelve
al redil y el pastor no la desampara. "Id -dice a los criados-, bañadle
en agua tibia y ungidle con esencias, y sacad, para engalanarle, del ropero,
el mejor vestido" (97).
(95). Cfr. Lc 15, 11-32.
(96). Cfr. Lc 15, 12.
(97). Cfr. Lc 15,22.
¡Señor, terrible es tu justicia, pero tu misericordia
no conoce límite! ¿Olvidaremos nosotros la lección de tu caridad? Vivamos,
sí, en el temor del Señor -que no es temor, sino reverencia de hijo amante-,
porque está escrito: timor Domini sanctus (98), santo es el temor del Señor, el temor de su justicia
justísima. Pero no olvidemos su misericordia, que permanece siempre. ¿Queremos
ser duros cuando no lo es Él? Su justicia se funde con su misericordia y producen
un maravilloso equilibrio, cuyo don debemos implorar para nosotros.
No lo olvidéis; pasado
el tiempo, la Obra tendrá en vosotros su tradición viviente, y entonces deberéis
recordar el ejemplo de este padre, que no sólo acoge al pecador aun manchado
por años de obstinación en el error, sino que lo despoja de su suciedad en
un baño lustral.
¿No es mañana cuando
celebraremos la fiesta de María Mediadora? Aquí acabará el mes de nuestra
Madre y, aunque la fiebre quiera impedírnoslo (99), hemos de decir Misa para honrar a Nuestra Señora,
dentro de nuestra pobreza actual de medios. Esta fiesta de María Mediadora
ha de ser, si Dios quiere, fiesta de nuestro calendario, fiesta que se celebre
en la Obra.
Madre nuestra, alcánzanos
del Señor, para nosotros y para todos los que vendrán después, la posesión
de este tesoro de la perfecta justicia; y otórganos comprensión y misericordia
con todos los que se acerquen manchados a nosotros. Y recibe, con la súplica
de un Acordaos, este
propósito que concebimos ahora.
(98). Sal 18, 10.
(99). Varias veces el Beato Josemaría
estuvo enfermo, durante los meses que permaneció en el Consulado de Honduras.
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