1) Cuenta el Evangelio
de hoy que, yendo Jesús a una ciudad, iba con Él una gran muchedumbre (269). Junto a Él, marchaban
sus discípulos; acompañándole, pero a más distancia, el resto de la gente.
Más de una
vez, se preocupan los Evangelistas de hacer resaltar esta distinción entre los
seguidores del Maestro(270). Sólo sus discípulos conocen su intimidad; a los demás,
sólo les es dado seguirle a cierta distancia. ¡Qué alegría pensar que nosotros
somos de esos discípulos que forman grupo aparte de la multitud, junto a
Cristo! A nosotros, como a los Doce, como a los primeros setenta y dos, nos
dice: ¡Tonto! He aquí que yo estoy contigo hasta el fin de los siglos. ¡Qué
seguridad y qué felicidad!
(269). Cfr. Lc
7,11.
(270). Cfr. Lc
6, 17.
¿Qué pediré a Jesús ante esta enseñanza de su Evangelio? Perseverancia.
Perseverancia a pesar de todo, perseverancia para todos. Yo no puedo separarme
de ese pequeño grupo que vive en la intimidad del Señor, para confundirme entre
la multitud, para ser uno más entre los que lo contemplan de lejos. No, yo
quiero gozar de su trato continuo y próximo, y aún más; porque no sólo he sido
llamado a la vida sobrenatural, sino al ejercicio del apostolado, a ser
instrumento eficaz del Señor en su Obra. ¡Qué felicidad, Dios mío!
Entre las distintas
prácticas de la oración mental figura la del hacimiento de gracias. ¡Cuántas
acciones de gracias, por tantos y tantos motivos, debemos a Dios! Gracias,
Señor, porque eres Padre; gracias, porque eres Amor, Rey... Gracias por nuestra
vocación cristiana, por nuestra condición de elegidos, por el afecto especial
con que nos honras. Cada uno puede añadir aquí sus exclamaciones, dirigiéndose
a San José, a su Ángel Custodio. En mi vida de sacerdote, ¡a cuántas almas
habré encaminado a una intimidad real con su Custodio!
¡Cuántas invocaciones se habrán dirigido a San Rafael Arcángel, merced al
espíritu de la Obra extendido en las almas!; y a San Pedro, a San Juan y a San
Pablo, a San Gabriel y a San Miguel. ¿Cómo han de dejarnos solos en nuestra
lucha? La están presenciando; conocen cómo nos detienen y nos ensangrientan a
veces las zarzas. Pues, con esfuerzo, una invocación y ¡adelante! Si permite
Dios que un bache del camino nos haga rodar por tierra, ¡no importa! Una
llamada a nuestra Madre, nuestra Spes, y a levantarse, a continuar. Si,
por descuido nuestro, nos hemos quedado atrás, una petición a nuestro Custodio;
¡y a ganar nuevamente nuestro sitio, junto a Cristo!
Perseverar... Se me
vienen a la memoria aquellas palabras de un santo: Comenzar es de muchos;
seguir, de pocos.
Son muchas las flores
que se abren, pero pocas las que logran la plenitud de un fruto jugoso y
maduro. Yo no quiero quedarme en la esterilidad de la flor; quiero llegar a la
fecundidad del fruto. No quiero tampoco quedarme rezagado, confundido entre la
multitud sin ideales; y admito mucho menos llegar a ser de los que ven a Jesús
y no le miran, de los que oyen sus palabras y no le escuchan, de los que
sienten la conmoción del milagro y no se entregan. ¿Cómo sostendré sinceramente
que amo a Jesús, sin luego entregarme? No; entregarme, sí; pero eficazmente,
con perseverancia.
2) Añade el Evangelio
que, entrando Jesús en la ciudad de Naím, se encontró con el entierro de un
joven, junto a cuyo féretro marchaba, llorando, su madre. Así que la vio el
Señor, movido a compasión, le dijo: no llores. Y se acercó y tocó el féretro; y
los que lo llevaban, se pararon. Dijo entonces: joven, Yo te lo mando,
levántate. E inmediatamente se incorporó el difunto, y comenzó a hablar, y Jesús
lo entregó a su madre (271).
Adolescens, tibi dico,
surge! ¡Señor, es un milagro pasmoso el que estamos presenciando! No nos pasmamos,
porque lo contemplamos a cada momento. ¡Quién sabe si nosotros mismos, por
nuestras culpas, no hemos sido en alguna ocasión protagonistas de este suceso!
¡Quién sabe si no hemos estado encerrados como enun ataúd, del que nos sacó,
resucitándonos, Jesús, movido a piedad por las lágrimas maternales de la
Iglesia o de Nuestra Señora!
(271). Lc 7,
13-15.
Este milagro se repite
en nuestros tiempos. Nosotros, como discípulos del Señor, contamos con una
gracia especial. Del mismo modo que los primeros, los que seguían a Jesús y
luego a Pedro, daban con sus manos la vida a los miembros muertos, nosotros
somos instrumentos del Señor para vivificar a las almas. En algunas
circunstancias nos encontraremos –en nuestra labor de selección, en ese trabajo
de movilizar a jóvenes intelectuales al apostolado muchachos generosos, bien
plantados, listos, henchidos de sentimientos nobles, pero aprisionados en el
ataúd de la soberbia, de la ambición, o de las pasiones de la carne. ¿Hemos de
abandonarlos por eso? Al contrario; ejerceremos, con más insistencia aún,
nuestro apostolado de amistad y confidencia. ¡Qué oraciones tan fervorosas por
él: las mías; y, con picardía santa, las suyas! ¡Qué sacrificios: los míos, y
los suyos también, si tengo pillería santa!
Pero este
colapso o muerte no sólo puede sobrevenir a los de fuera. Nosotros mismos
podemos ser esas víctimas. ¿Cómo puede ocurrir esto? Yo no entiendo, Dios mío,
cómo al descubrir con tanta claridad mi camino, cómo sintiendo con tanta fuerza
el encanto perdurable y universal de la Obra, puedo flaquear. Hay instantes en
los que desearía decir: Ama a la Obra y pórtate luego como quieras (272). Pero no; es tan ladino
el demonio, son tan sutiles sus lazos y tan envenenadas sus flechas, que no
podemos confiarnos. Usemos como defensa una coraza de acero florentino, que
esas saetas no lograrán atravesar: la coraza de nuestro amor a la Obra para
servir solamente a Dios. Así no podrá adueñarse de nosotros la muerte. Cuando
la muerte natural llegue, será simplemente un cambio de casa, para seguir
gozando con vida más gloriosa y feliz. Morir, no; ¡vivir para siempre, in
aeternum! El que persevere en la Obra vivirá eternamente.
(272). Cfr. San
Agustín: «Ama y hazlo que quieras» (Tratado sobre la primera epístola de San
Juan, 7).
3) El joven resucitado se
incorporó y comenzó a hablar (273). El que sale de las sombras de
la muerte experimenta un gran deseo de moverse, de comunicarse a los demás. A
los muchachos, devueltos a una nueva vida por su contacto con la Obra, ha de
ocurrirles lo mismo. Se esforzarán en hablar a los demás para atraerles al
camino que ellos empiezan. Los que siguen a Cristo en su Pasión, los que
presencian su suplicio y le contemplan finalmente clavado en la Cruz, no
caminan despiertos en su fe hasta que le miran ya resucitado. Será muy eficaz
ese proselitismo de los que han renacido a otra vida, al conocer la Obra. Son
los que harán exclamar a las gentes, como en el milagro del joven de Naím
resucitado por Cristo: un gran profeta ha surgido entre nosotros y Dios ha
visitado a su pueblo (274).
Pidamos al Señor nuevas personas que extiendan más y más el apostolado de
la Obra. Démosle gracias por esta vocación que, dedicándonos a Él en medio del
mundo, nos exige estar en el mundo para cumplir nuestra labor. Pidámosle,
finalmente, perseverancia para todos.
(273). Lc 7,15.
(274). Lc 7,16.
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