Imagino vuestra inmensa
alegría cuando recibáis, y cuando meditéis, estos apuntes tomados de la
predicación de nuestro Padre en el Consulado de Honduras, durante los meses de
abril a agosto de 1937, hace ahora sesenta años. Se trata de un deseo
que ya don Álvaro expresó en varias ocasiones, pero no tuvo ocasión de verlo
realizado. Su lectura y meditación nos ayudará mucho a todos a meternos, más y
más, por caminos de oración, de la mano de tan estupendo guía en el trato con
Dios como es nuestro Padre.
Durante la guerra civil
española, los cristianos que quedaron en la zona controlada por los enemigos de
la Iglesia experimentaron una cruel persecución religiosa; basta recordar que
en el primer año del conflicto fueron asesinados 6.500 eclesiásticos, en odio a
la fe; y muchos seglares padecieron el mismo fin por el solo hecho de ser
católicos. En esas circunstancias, nuestro Padre siguió desarrollando a
escondidas - no cabía otra forma - una amplia labor pastoral, en la medida
que las circunstancias se lo permitían, arriesgando su vida cuando era
necesario para el bien de las almas. Después de una verdadera odisea, encontró
refugio en una sede diplomática madrileña: el Consulado de Honduras, que -como
otros lugares semejantes- ejercitó durante aquellos meses el derecho de
asilo con innumerables personas.
La sede del Consulado
ocupaba dos plantas de un edificio situado en el número 51 duplicado del Paseo
de la Castellana. Nuestro Padre, con cuatro hijos suyos y su hermano Santiago,
vivió allí desde mediados de marzo hasta el 30 de agosto de 1937. Se alojaron
en la planta baja, a la que se accedía directamente desde el vestíbulo. En
total llegaron a vivir en aquella casa casi un centenar de personas.
Las condiciones
materiales eran muy duras. Hombres, mujeres y niños se veían obligados a
convivir en pocos metros cuadrados de superficie. No había camas; usaban
colchones que se extendían por la noche sobre el pavimento. Como disponían de
un solo cuarto de baño, a primera hora de la mañana se seguía un estricto turno
para el aseo. Las dos únicas comidas que les facilitaban - al mediodía y a la
noche - eran paupérrimas, debido a las dificultades de abastecimiento y,
en muchas ocasiones, se hallaban por debajo del nivel de subsistencia. Nuestro
Padre perdió treinta kilos en aquellos meses; hasta el punto de que, cuando la
Abuela pudo ir a verle, no le reconoció; sólo después se dio cuenta de que era
su hijo, por la voz.
Los refugiados, por lo
general, no se encontraban con ánimos para ocupar útilmente las largas horas
que discurrían lentas, jornada tras jornada, sin una tarea concreta que las
llenara. Escribe uno de los que allí vivieron: «Algunos pasaban el tiempo
rumiando en silencio su desaliento y su desdicha; otros se desahogaban
comentando con amargura las desventuras presentes y pasadas; otros lamentaban
sin descanso sus desgracias familiares, su carrera o su negocio perdidos, o su
futuro incierto o amenazado. A estos sentimientos se mezclaba el miedo
despertado por los sufrimientos y persecuciones pasadas, miedo que hacía
considerar el mundo exterior a nuestro asilo como un ambiente inhabitable» (1).
(1)Testimonio
de Eduardo Alastrué (AGP, RHFT-4695).
Con este ambiente
general, contrastaba el clima que nuestro Fundador creó en torno a sí, desde el
primer momento. Para tener bien ocupado el día, estableció un horario, en el
que había lugar para la Santa Misa, para las Normas de piedad, para el estudio,
para el aprendizaje de idiomas, para la convivencia familiar..., persuadido de
que estaban preparando un futuro fecundo al apostolado del Opus Dei. Lo refleja
bien un punto de Camino, que alude a aquellas circunstancias: No se veían las
plantas cubiertas por la nieve. -y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: “ahora crecen para adentro”.
-Pensé en ti: en tu
forzosa inactividad...
-Dime: ¿creces también
para adentro? (2).
(2) Camino, n. 294.
Durante las primeras semanas,
les asignaron para dormir un puesto en el comedor de la casa, con otras
personas. En esa situación, movido por el deseo de dar alimento espiritual a
sus hijos, nuestro Padre optó por dirigirles la meditación algunas veces en el
vestíbulo, a horas tempranas, mientras los demás huéspedes aún descansaban.
Hablaba, lógicamente, en voz muy baja, para no molestar a nadie. Incluso así,
algunos debieron de quejarse, y el cónsul le rogó que dejara de predicar. Hay
constancia de este hecho en su epistolario: ¡Vaya!: ya no le permiten, a mi hermano, su tertulia mañanera. Tienen
miedo de molestar a los vecinos: sin embargo, yo os aseguro, con frase alambicada, que gritaba
hondo, pero no gritaba alto. Paciencia (3). Lo mismo sucedió
con la Santa Misa, que al principio celebraba también en el vestíbulo.
3. De nuestro
Padre, Carta a sus hijos de Valencia, 14-IV-1937 (AGP, RHF,
EF-370414-1). Ante la posibilidad de que la correspondencia fuera censurada,
para evitar ser reconocido, hablaba de sí mismo como "mi hermano" o
también "el abuelo".
Un mes después, las
autoridades consulares les facilitaron una pequeña habitación, exclusivamente
para uso de ellos, que-aunque de dimensiones muy reducidas: nueve o diez metros
cuadrados- les brindaba un mínimo de independencia. El cambio sucedió en
la primera mitad del mes de mayo, coincidiendo con unos días en los que el
Beato Josemaría estuvo enfermo. En carta del día 13, comunica la novedad
a Isidoro Zorzano ya otros hijos suyos que estaban en Madrid: Nos han cambiado
de habitación. Ahora (...) parece nuestro cuarto una galguera (4).
4. Carta a sus hijos de
Madrid, 13-V-1937 (AGP, RHF, EF-370513-1). Alude a que durante la noche,
para dormir, extendían cuatro colchonetas en el pavimento, que quedaba
totalmente ocupado.
Desde ese momento, volvió a
predicar habitualmente a sus hijos (a veces por la mañana, a veces por la
noche, sobre todo en las vísperas de las grandes fiestas litúrgicas), para
ayudarles a mantener un trato habitual con Dios. También pudo celebrar con más
frecuencia la Santa Misa; aunque en ocasiones más señaladas -domingos, fiestas-
la celebración tenía lugar en el vestíbulo de la casa, para que pudieran asistir
también otras personas. Las formas y el vino necesario se lo hacía llegar
Isidoro Zorzano, que lo conseguía en Madrid de modos muy diversos.
En este libro se recogen
los apuntes manuscritos de algunas de aquellas meditaciones dirigidas por
nuestro Padre en el Consulado de Honduras. Don Álvaro, testigo presencial,
recordaba que en un primer momento no tomaban notas, aunque pronto cayeron en
la cuenta de que la predicación del Padre haría mucho bien a los demás fieles
de la Obra. Con su permiso, comenzaron a tomar apuntes, para hacerlos llegar a
los que se encontraban en otros lugares, gracias a los servicios de Isidoro,
que - con
su documentación de ciudadano argentino - podía moverse con cierta
facilidad, no exenta de riesgo, de una parte a otra de la ciudad.
Con trazos breves pero
nítidos, nuestro Padre dibuja en una carta el marco de aquella predicación suya
en el Consulado de Honduras. Con el lenguaje figurado, que utilizaba en la
correspondencia de aquellos meses debido a la censura postal, escribe: Me entretuve con
los niños, charla que charla, y es lástima no poderos enviar las notitas que Eduardo toma. Aunque presumo
que don Ángel C. habrá dicho
todo lo que hay que decir a cada uno. La escena, que suele repetirse, es
divertida: los peques y el abuelo, en pijama, sentados en sus
colchones de evacuados, muy serios, muy... graves -ésta es la palabra-, hasta que, terminado el tema
formal, tío Santi -que se cree
niño y quizá lo es- comienza a hacer su gimnasia, con peligros
graves para la integridad del vecino (...) (5).
5. De nuestro
Padre, Carta a sus hijos de Valencia, 1-VII-1937 (AGP, RHF,
EF-370701-2). Los "peques" son los cinco que le escuchaban; "el
abuelo" es nuestro mismo Fundador; "tío Santi"
es Santiago Escrivá, el hermano de nuestro Padre, que entonces tenía dieciocho
años; "don Ángel C." es el Ángel Custodio.
Uno de los que estaban con
nuestro Fundador, Eduardo Alastrué, era hombre de buena memoria. En cuanto el
Padre terminaba de hablar, recomponía por escrito lo que había oído, procurando
ajustarse lo mejor posible a las palabras y al estilo. Aunque no puedan considerarse
literales, estos apuntes gozan de gran valor, pues constituyen un testimonio de primera
mano sobre la predicación del Beato Josemaría en aquellos difíciles momentos.
Lo comenta nuestro mismo Padre en una carta de julio de 1937: Ahí
van otros apuntes de charlas que doy a estos críos. Aunque, muchas veces, no
recogen bien lo que les he dicho (otras, sí), procuro que sigan haciendo notas, porque siempre os
pueden hacer algún provecho
(6).
6. De nuestro Padre, Carta a
Isidoro Zorzano, 1-VII-1937 (AGP, RHF, EF-370701-4).
Nuestro Padre vio siempre la
mano de Dios en todas las circunstancias, tanto en las prósperas como en las
adversas. Se había identificado tanto con el Señor, que se hallaba
totalmente persuadido de que todo concurre al bien de los que aman a Dios (7): omnia inbonum! Y desde el primer momento se aprestó a sacar el
máximo provecho espiritual a aquellas difíciles circunstancias, en las que
debió desenvolverse durante casi seis meses, procurando con todas sus fuerzas
la unión con la Voluntad de Dios y fomentando esa misma actitud en los que le
rodeaban.
7. Cfr. Rm 8, 28.
La lectura y meditación
de estos apuntes nos permitirá calar un poco en el alma de nuestro santo
Fundador, y aprender de su trato con Dios: ciertamente hay alusiones a la
concreta situación histórica en que se encontraban, pero en ningún momento -
ni aquí ni en la correspondencia de la época - se muestra desanimado o
pesimista. Sin desconocer la gravedad de lo que estaba sucediendo, ni el
riesgo que sus vidas corrían, toda su preocupación fue confirmar a sus hijos en
la fe, fomentar en ellos la esperanza, encenderles en amor de Dios y en afán de
almas. Su predicación se halla embebida de tal confianza en nuestro Padre-Dios,
que la fuente no puede ser más que la fortaleza que el Señor le prestaba. En
medio de aquella hecatombe, que humanamente hablando parecía incluso amenazar
la existencia misma del Opus Dei, el Beato Josemaría suscitó en los pocos que
entonces le habían seguido la certeza de que la Obra saldría reforzada de
aquella emergencia. Su visión sobrenatural le impulsaba a describir - ¡en
medio de aquellos sucesos verdaderamente dramáticos! - el desarrollo
futuro del Opus Dei, seguro de que- como el árbol de la parábola
evangélica (8) – habría de extender sus
ramas por todo el mundo, hasta el final de los siglos, en servicio de la
Iglesia y de las almas. Todo se haría posible -les aseguraba - si
se mantenían fieles a su vocación cristiana, esforzándose en crecer
para adentro, intensificando la vida sobrenatural.
8. Cfr. Mt 13, 31-32.
Llama la atención la
claridad con que -ya en aquellos momentos – expresa la misión del Opus
Dei en la Iglesia. Tenía plenamente hechas vida en su alma las ideas madres
del espíritu de la Obra, como las denomina en diversas ocasiones. Conceptos
como la divinidad de la Obra, la llamada universal a la santidad, el trabajo
profesional en cuanto medio de santificación personal y de apostolado, la plena
secularidad de los fieles del Opus Dei, su tarea laical en medio de las
estructuras de la sociedad civil -ser del mundo sin ser mundanos -, y
otros muchos puntos clave del espíritu del Opus Dei, aparecen en estos textos
con expresiones verbales muy parecidas a las que emplearía en años posteriores,
y hasta el final de sus días. Verdaderamente, como afirmó muchas veces, la luz
sobrenatural que el Señor encendió en su alma el 2 de octubre de 1928 creció
sin cesar en intensidad y extensión alo largo de los años, pero todo lo
fundamental estaba ya contenido allí.
Pido a la Virgen
Santísima que la lectura de estos apuntes, tomados de la predicación de nuestro
Padre, nos sirva de estímulo en nuestro crecimiento interior como cristianos y,
de modo particular, de acicate para superar todas las dificultades que podamos
encontrar en la labor apostólica, con la ayuda de Dios, como fue norma de
conducta del Beato Josemaría, nuestro queridísimo Fundador.
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 2 de octubre de 1997,
fiesta de los Santos Ángeles Custodios, aniversario de la fundación del
Opus Dei.
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