Capítulo I de la publicación ’interna’ del Opus
Dei: Vivir en Cristo
Carísimos: Dios es el que a nosotros, con
vosotros, nos confirma en Cristo y el que nos ha ungido, el que asimismo nos ha
marcado con su sello y que por arras nos da el Espíritu Santo en nuestros
corazones(1). Y somos
confirmados en Cristo, comenta Santo Tomás, de dos maneras: por la
gracia y por la gloria. Por la gracia, al haber sido ungidos con la gracia del
Espíritu Santo, que nos trasforma en miembros de Cristo, en ungidos suyos...
Por el contrario, la unión con Cristo que se consigue por la gloria,
actualmente sólo la tenemos en esperanza, pero cierta, ya que tenemos la firme
confianza de alcanzar la vida eterna 2.
La vida interior, el crecimiento de la Vida
sobrenatural en el alma, es un proceso que se inicia con esa identificación
primera con Jesucristo por la gracia, y se consuma con la configuración suprema
y definitiva en la gloria del cielo. En esto consiste el dinamismo de la vida
de la gracia: un manantial de agua que manará hasta la vida eterna 3.
Para promover ese crecimiento se nos da el
Espíritu Santo en nuestros corazones, espíritu de caridad que va
imprimiendo en nosotros la imagen de Cristo, marcándonos con su sello: el de la
Cruz, que es el distintivo de los elegidos, la contraseña que nos abre las
puertas del Cielo, el signo de los hijos y servidores de Dios. No hagáis
mal..., hasta
(1) II Cor. I, 21-22;
(2) Santo Tomás, Super Ep. II Cor. lect. 1, 5;
(3) Ioann. IV, 14;
tanto que pongamos la señal en la frente a los siervos de nuestro Dios 4.
Misterio grande, inefable, de la acción
divina en el alma, que sólo pálidamente llegamos a entrever; y sin embargo,
¡cuántas energías podemos sacar de su contemplación, que nos impulsen a seguir
sin vacilaciones el
camino de la identificación con Cristo! Si el fuego,
atravesando todo
el espesor de una barra de hierro hasta lo más íntimo, la convierte en fuego, y trasforma lo frío en ardiente, y
lo mate en brillante..., ¿qué tiene
de extraño la transformación que el Espíritu Santo opera en el interior del alma? 5.
LA FILIACIÓN DIVINA, FUNDAMENTO DE NUESTRA VIDA INTERIOR
En verdad, en verdad te digo, que
quien no naciere de nuevo, no puede entrar en el reino de Dios 6. Es preciso
nacer a la Vida sobrenatural, transformarnos en una nueva criatura que sea
imagen de Cristo, miembro suyo, hijo de Dios, y crecer
hasta llegar al
estado de un varón perfecto, a la medida de la edad perfecta según Cristo 7. Para alcanzarnos
esta regeneración, Dios tomó nuestra naturaleza. Por Cristo ascendemos a una dignidad
sobrenatural; sin embargo, no somos hijos de Dios como lo es El, sin discrimen
alguno, sino por la gracia por la que a El somos asimilados, pues El es el Hijo
genuino coeterno al Padre; nosotros, en cambio, adoptivos por su benignidad 8.
La gracia, al asimilarnos a Cristo, Hijo
natural de Dios, nos hace hijos adoptivos, miembros de la sociedad de los hijos
de Dios, la Iglesia: nadie
es hijo adoptivo,
si no se une y adhiere
al Hijo natural 9; una unión real, íntima, que informa
toda nuestra lucha ascética, hasta el punto de que el fundamento de la vida espiritual de los socios del Opus Dei es el sentido de su filiación
divina.
Y si somos
hijos -escribe San Pablo-, somos también
herederos;
herederos de Dios y coherederos
con Jesucristo con tal, no obstante, que padezcamos con El 10. Por pura bondad el Señor nos ha concedido el título y la realidad de
hijos suyos, que nos da derecho a la herencia del Cielo; pero ha puesto como
condición que padezcamos con El, que estemos dispuestos
a poner los medios para que se desarrolle
(4) Apoc. VII, 3;
(5) San Cirilo de Jerusalén, Catecheses 17,
14;
(6) Ioann. III,
3;
(7) Ephes. IV,
18;
(8) San Cirilo de Alejandria,
In Ioann. Com. 1, 9;
(9) Santo Tomás, Super Ep. Galat. lect. 3, 9;
(l0) Rom.
VIII, 17;
la semilla que la gracia depositó en nuestra
alma. Y ¿hay alguien que teniendo al alcance de su mano una rica herencia -un
tesoro, una perla preciosa-, no trate de poseerla?
La filiación divina es el título de la
herencia, y la imitación plena y total de Jesucristo, el camino para entrar en
su posesión. Por eso, el alma que ha recibido la impresión de la imagen de
Cristo, que se sabe hija de Dios, se siente arrastrada por un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la
vez, de imitar a Jesucristo. Empieza entonces a vivir plenamente
la Vida sobrenatural, a responder de veras a esa llamada de Cristo -ven y sígueme 11- que para
nosotros se concretó en una vocación divina en medio del mundo, buscando la
santidad en el propio estado.
Entonces, si el alma lucha por apartar los
obstáculos, si sabe aprovechar esos medios que el Señor le ofrece, si se abre a
la gracia, especialmente en la Sagrada Eucaristía, que tiene como fruto propio
operar nuestra transformación en Cristo; entonces, el alma, aun a pesar de sus
imperfecciones, empieza a vivir auténtica Vida sobrenatural, reproduciendo en
sí misma la vida de Cristo. Ama lo que ama Cristo, y rechaza lo que El
reprueba; se alegra o llora con el Señor; trabaja con amor, porque Cristo pasó
treinta años de humilde artesano en Nazaret; se
recoge a conversar con Dios a ejemplo de Cristo, que se retiraba a hacer
oración; vive la caridad con todos; se ejercita en la pobreza, porque El no
tenía dónde reclinar la cabeza; en la humildad, la mansedumbre y la pureza de
corazón; en la obediencia -erat subditus illis 12-, en la sinceridad...; en una palabra, participa de todas las virtudes
de Jesús, y no gusta sino de imitarle en todo, de seguirle a cualquier parte;
puede ya decir con el Apóstol: mi vivir es Cristo 13, a la par que ansía atraer a su camino a otras almas, también como
Cristo: Yo he venido
a poner fuego en la tierra, ¿y qué he de querer sino que arda? 14.
NECESIDAD DE LA UNIÓN CON CRISTO EN LA CRUZ
La vida comporta cierto movimiento.
Pues se dice que viven aquéllos que se mueven por sí mismos. Por tanto, es
precisamente la vida la causa radical de movimiento en el hombre. Ahora bien,
el hombre
(11) Luc. XVIII, 22;
(12) Luc. II, 51;
(13) Philip. I, 21;
(14) Luc. XII, 49;
se mueve siempre hacia algo que tiene razón de
fin. De ahí que llame también vida suya a lo que le mueve a operar...
En este sentido Cristo es también
vida nuestra, en cuanto que
todo el motivo de nuestra vida y operaciones
es Cristo 15. Nuestro Señor
es la fuente de la gracia, que imprime su imagen más y más en nuestra alma, y es también nuestro único
fin: no deseamos otra cosa sino conformarnos e identificamos con El. Para
eso hemos venido a la Obra.
Los Apóstoles seguían a Jesús, habían visto
sus milagros, eran testigos de su ascendiente sobre las multitudes, habían
participado del poder de su Maestro: hasta los demonios se nos sometían en
tu nombre 16. Se sentían fuertes con la fortaleza
de Cristo y amaban al Señor, a pesar de sus propias miserias. Su cariño a Jesús
les lleva incluso a acercarse a la muerte, con decisión: vayamos nosotros
también y muramos con El 17. Estaban decididos de verdad, sin
hipocresía, a dar su vida por el Maestro. Y, sin embargo, ¿qué sucede la noche
del Jueves Santo? Heriré
al pastor y se
dispersarán las ovejas 18, había predicho el profeta. El mismo Pedro,
piedra firme sobre la que descansaría la Iglesia, tiembla ante una criadita.
Niega al Señor quien poco antes aseguraba que le seguiría hasta la muerte. ¿Qué
ocurrió a Pedro? ¿No moriría más tarde crucificado, como su Maestro? Es que entonces
no estaba todavía plenamente identificado con Cristo.
Los discípulos habían seguido a Jesús
Maestro, a Jesús Taumaturgo, pero no a Jesús en la Cruz Santa, Cruz redentora.
Y no era poco lo que les faltaba. Si la misión de Jesucristo alcanza su
plenitud en el Sacrificio del Calvario, al que se ordena toda su vida, el alma
también alcanza la plenitud de su identificación con Cristo, la madurez de la Vida
sobrenatural, cuando se une a El en la Cruz, cuando se hace con Jesucristo oboediens usque ad mortem, mortem autem
Crucis 19, obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz.
Es lo que decía San Pablo a los Gálatas: estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo. Y yo vivo, o más bien no soy yo el
que vivo, sino que Cristo vive en
mí. Así la vida que vivo ahora en
esta carne, la vivo en la
fe del Hijo de Dios, el cual me amó, se
entregó a sí mismo por mí 20.
(15) Santo Tomás, Super Ep. Philip. lect. 1, 3;
(16) Luc. X, 17;
(17) Ioann. XI, 16;
(18) Zach. XIII, 7;
(19) Philip. II, 8;
(20) Galat. II, 19-20;
Cristo
se entregó por Pablo y se entregó por cada uno de nosotros, tomados uno a uno. Es un camino
abierto a todas las almas que están dispuestas a seguirle, a dejarle obrar; no
es privilegio de unos pocos. El alma que persevera en su amor encuentra la cruz
en su camino y en ella a Cristo. Si -como debes- buscas a Cristo, ¿quieres señal más segura que la Cruz para saber que
le has encontrado? 21. Por eso
nosotros, que amamos a Jesucristo con un amor singular, amamos también la Cruz
del Señor, la auténtica, no la que pueden inventar nuestras miserias. Y
buscamos esa identificación en la Cruz, clavándonos en ella con amor y con
alegría, con fe y con esperanza. Yo no puedo, Jesús, prescindir de
tu Cruz, ni de estos clavos,
con los que- ascéticamente estos hijos
míos y yo nos hemos
querido coser a tu Cruz Santa.
EL ENCUENTRO CON
LA CRUZ
De este modo llega un momento -¡qué bien lo entiende el alma!, ¡cómo se
notan esos tiempos en que el Señor nos pide más!-
en que, sin ruido de palabras, el Señor nos hace participar más plenamente
en su Pasión y en su Muerte, aceptando el ofrecimiento sincero y radical que le
hicimos en el amanecer de nuestra vida nueva de entrega.
Carissimi: Christus passus est pro nobis vobis
relinquens exemplum ut sequamini vestigia eius (I Petr. II, 21). -Amadísimos:
Cristo padeció por nosotros,
dándonos ejemplo para que sigamos sus pisadas. Seguir su ejemplo. ¡Cuántas veces
lo habéis considerado, y lo habéis dicho a los demás! ¡Cuántas veces lo
he repetido yo, a solas, en
grupos, en conversaciones espirituales, en pláticas -iba a decir: más o menos
solemnes, pero nosotros no hacemos cosas solemnes-; cuántas veces lo he dicho, aun sin tener presente ese
texto! Y, dentro de mis errores personales, lo he procurado vivir siempre: seguir
su ejemplo, seguir a Jesucristo. Y
en esta forja de dolor, donde
el Señor me ha metido para sacar adelante la Obra -Señor, me has
dado dolores en abundancia, ¡gracias!-; en esa forja de dolor, que ha sido mi vida, el
Señor me ha enseñado que quien pisa donde
pisa Cristo, encuentra la alegría. Una alegría honda, inabarcable, que es la
primera señal del encuentro con la Cruz de Cristo; un encuen-
(21) Camino, n. 710;
tro dulce, un hallazgo feliz, lleno de
incalculables goces, pero marcado en su misma raíz por el dolor, un dolor que
no agobia, que no espanta, que no derrota, sino que purifica, limpia, ennoblece
y enardece en deseos de amar más.
Puede ser que este encuentro con la Cruz se
produzca de un modo instantáneo, repentino, que se imponga con tal fuerza e
intensidad que el alma, vencida de amor, estalle en un sí que es aceptación
rendida, consumada en un solo y definitivo acto de la voluntad. Pero no es lo
ordinario, y mucho menos en la Obra, donde la peculiaridad de nuestra vocación
nos lleva a conformarnos con la Cruz de Cristo en mil cosas pequeñas, diarias,
constantes, envueltas en naturalidad-, sin espectáculo, y como por un plano
inclinado, sin que ni siquiera nosotros mismos nos demos cuenta. En cualquier
caso -sea un encuentro repentino, o una creciente familiaridad con la Cruz- se
trata de un ascetismo sonriente.
Para algunos, esta alegría en la Cruz ha podido ser motivo de falso escándalo: no saben que
cuando se camina por donde camina Cristo, cuando ya no
hay resignación, sino que el alma se conforma con la
Cruz -se hace a la forma de la Cruz-, cuando se ama la voluntad de Dios, cuando
se quiere la Cruz: entonces ya la Cruz no pesa, ya la Cruz no es mía,
sino que es de El, y El la lleva conmigo.
LA PLENITUD DE LA VIDA EN CRISTO
Desde el primer momento hemos afirmado que no
es posible una santidad sin la Cruz; y lo hemos de afirmar siempre con el
testimonio de nuestra alegría, porque encontrar
la Cruz es encontrar a Cristo. Y con El hay siempre alegría, aun
ante la injusticia, ante la incomprensión, ante el dolor físico. Por esa razón
siento desagrado -aunque comprendo que es un modo usual de decir- cuando oigo
llamar cruces a las contradicciones, muchas veces nacidas de la misma soberbia
de la persona, que no son la Cruz, que no son la verdadera Cruz, porque no son
la Cruz de Cristo. Yo no me he
sentido nunca desgraciado, y penas me las ha mandado abundantes el
Señor. ¡Gracias, Señor! Gracias, Señor, porque me has dado una ascética que es la tuya, porque me has hecho
entender que tener la Cruz es tener la alegría, es tenerte a Ti.
Es entonces cuando el alma, en la madurez de
la vida interior, se siente Ipse Christus, el mismo Cristo, y, como consecuencia, siente
la plenitud del espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, Pater! 22: abba, ¡papá!, el nombre
familiar que los niños hebreos usaban para llamar a su padre. Vivir esta
identidad con Cristo, es sentirse del todo hijos de Dios.
Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas
palabras: tú eres mi hijo (Ps. II, 7), tú
eres Cristo. Y yo sólo sabía
repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba!
Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve,
al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso.
Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que
tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón
-lo veo con más claridad que nunca- es
ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.
Señor, pido a tu Madre, a San José nuestro Patrono, a mi Arcángel
ministerial, que pidan para mí y para mis hijos
siempre este espíritu. Ne respicias
peccata mea, sed fidem! (Ordo Missae)
¡Esa fe, esa luz, ese amor a la Cruz, a la muerte! Esa luz divina, que nos
hará siempre comprender con claridad que vale la pena clavarse en la Cruz,
porque es entrar en la Vida,
embriagarse en la Vida de Cristo. ¡La Cruz: allí está Cristo, y tú has
de perderte en El! No habrá más dolores, no habrá más fatigas. No has de decir:
Señor, que no puedo más, que soy un desgraciado... ¡No!, ¡no es verdad! En la
Cruz serás Cristo, y te sentirás hijo de Dios, y exclamarás: Abba, Pater!, ¡qué
alegría encontrarte, Señor!
En esta mayoría de edad que es -paradoja de
la vida cristiana- madurez en la filiación divina, el alma se abandona en Dios,
como un niño pequeño en los brazos de su padre. Ve las cosas del mundo como
son, en su verdadero valor, y no tiene otra preocupación que la de agradar al
Señor. Sólo le importa Cristo, y Cristo crucificado, como a San Pablo: por
lo demás, que nadie me moleste en adelante, porque traigo impresas en mi cuerpo
las señales del Señor Jesús 23. ¿Qué más podía importarle?
Los que no le querían, decían que era pequeño de cuerpo, de lengua
torpe, de ojos torcidos... ¡y él se sentía grande! Con aquellas
llagas invisibles, se sentía alter
Christus, ipse Christus. ¡Sí, Pablo,
(22) Rom. VIII, 15;
(23) Galat. VI, 17;
gran Pablo! ¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el Espíritu Santo te la
inspiró! ¡Tú eres Cristo! ¡Pablo, alégrate de que te queramos los cristianos, de que te
agradezcamos este tesoro de doctrina!.
Cuando se ha alcanzado esta identificación
con Cristo en la Cruz, no por eso se ha acabado toda lucha, todo progreso. No es que
yo haya logrado, advierte el mismo Apóstol, ni llegado
a la perfección, pero sigo mi carrera por ver si alcanzo aquello
para lo que fui destinado por Jesucristo 24. Será posible un nuevo avance mientras dura el
día; después, viene
la noche, cuando nadie puede trabajar 25.
Sólo con la noche de la
muerte se acaban los trabajos, y se
abre el día del Señor, el Domingo eterno, la gloria del Cielo, para los que
fueron fieles en la tierra. Allí será el gozo, la alegría, la visión de Dios;
allí, la identificación suprema por la gloria con Cristo; allí, la posesión de
la herencia de hijos de Dios. Amadísimos: nosotros somos ya ahora hijos de
Dios, mas lo que seremos algún día no
aparece aún. Sabemos, sí, que
cuando se manifieste claramente Jesucristo, seremos semejantes a El en la
gloria, porque le veremos como El es
26.
Que la Virgen María, Madre de Jesucristo y Madre nuestra, nos lleve por
este camino de crecimiento en Cristo, de imitación plena de su Hijo amadísimo,
de configuración perfecta con El, partícipes de su filiación divina.
(24) Philip. III, 12;
(25) Ioann. IX, 4;
(26) I Ioann. III, 2.
Ir a la correspondencia del día
Ir a la página principal de la 'web clásica'