10. HUMILDAD Y CARIDAD
Capítulo 10 de la publicación ’interna’ del
Opus Dei: Vivir en Cristo
Dos amores fundaron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de
Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la
celestial. La primera ciudad se gloría en sí misma, y la segunda en Dios l.
No podemos dejar de amar; el amor es tendencia natural, impulso de
vida. Y radicalmente sólo hay dos amores posibles: o se ama el bien en sí
mismo, porque es digno de ser amado, y entonces -al menos implícitamente-
amamos a Dios, Bien Supremo,. sobre
todas las cosas, y a todo lo demás porque participa de su bondad; o amamos lo
que nos reporta una ventaja, o nos gusta, o se acomoda a nuestro interés, y
entonces nos amamos a nosotros mismos sobre todas las cosas, y amamos a las
cosas -y al mismo Dios- egoístamente, porque nos procuran una satisfacción.
Todos los posibles amores se reducen a uno de estos dos, y según se oriente la
voluntad en uno u otro sentido, el alma se hace recta o se torna soberbia,
tiende al Señor o se centra desordenadamente en sí misma, construye la ciudad
de Dios, el templo del Espíritu Santo, o el triste reducto del amor propio, la
capillita de la propia idolatría.
Por eso, por la polaridad inevitable del amor, necesitamos esas dos
virtudes capitales, que son la humildad y la caridad. Nos hace falta la
humildad, disposición estable -virtud- que evita el amor desordenado a la
propia excelencia; y nos hace falta la caridad, fuerza permanente, dirección
positiva hacia Dios. Sin caridad, faltaría el mo-
(1) San Agustín, De civ.
Dei 14, 28;
tor y la recta
ordenación de la humildad, pues, como el amor no puede carecer de sentido,
recaería sobre uno mismo; sin humildad, no habría la buena disposición
indispensable, el vacío interior necesario para que la caridad llene el alma: ¿qué puede entorpecer la caridad?,
dice nuestro Padre: la soberbia.
Por el contrario, la caridad nos saca de nosotros mismos, y engendra
humildad; y afirmándose la humildad, la caridad actúa más fácilmente. La morada
de la caridad es la humildad 2.
CONOCIMIENTO PROPIO
La humildad dispone para acercarse libremente a la
consecución de los bienes espirituales y divinos 3. Es el fundamento de la caridad, porque sólo quien conoce su propia
nada busca los tesoros de Dios, y levanta sobre roca el edificio espiritual.
Muchas caídas totales responden a haber puesto la confianza en uno mismo; y
cuando el fracaso demuestra la vanidad de esa confianza, ya no hay apoyo y todo
se derrumba.
Con la humildad nos vemos como somos -un trapo sucio, un gusano, delante de la grandeza de Dios-,
sin que entonces la mala voluntad enturbie la mente o deforme las cosas. La
humildad es la base indispensable de un buen examen.
Lleva la humildad a la contrición, porque descubre los pecados, las
faltas de amor, y mueve a pedir perdón sinceramente, lo mismo que hizo aquel
publicano de la parábola, al conocerse cómo era: miseria, sin paliativos. Al
mismo tiempo hace que ese dolor no sea nunca desesperación, sino que esté lleno
de confianza en Dios. Porque es infinitamente bueno, por eso
disculpa nuestros errores y por
eso agradece nuestra rectificación, nuestra renovación continua, nuestro empeño
por parecernos a El, por acercarnos a El.
Desaparece todo atractivo personal, toda tentación de amarse uno mismo,
cuando la humildad nos muestra que no hay de qué. Al cerrar la puerta del
corazón al propio yo, facilita la elevación del amor a Dios. San Agustín lo
escribió así: no irás a aquél que no se atrevía a levantar los ojos al
cielo, oprimido por el peso de su maldad, sino a Aquél que descendió del cielo
arrastrado por el peso de la caridad. No irás a aquélla que regó los pies de su
Señor con lágrimas, buscando el perdón de sus
(2) San Agustín, De sancta virg. 51;
(3) Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 161, a. 6 ad 4;
graves pecados, sino a Aquél que
después de concederles el perdón de sus pecados lavó los pies a sus siervos...
No te propongo como modelo al publicano que se acusaba humildemente de todos
sus pecados, pero temo en ti al fariseo que se jactaba orgullosamente de sus
méritos. No te digo: sé como aquélla de quien se dijo: se le han perdonado
muchos pecados porque amó mucho; pero temo que ames poco porque juzgas que se
te ha perdonado poco 4.
La humildad descubre, además, que todo lo bueno
que hay en nosotros es de Dios, no nuestro, porque de su plenitud hemos
recibido todos 5. El que es humilde de verdad no ignora sus cualidades personales, pero
no las toma como pedestal: son dones que debe poner al servicio de Dios y del
prójimo. La humildad, que la Obra
exige, es algo muy interior, algo que deriva directamente del coloquio
contemplativo, que mantenemos con el Señor sine intermissione
(I Thes. V, 17). Es el hondo
sentimiento de que Dios Nuestro Padre es
quien hace todas las cosas, con estos pobres instrumentos que somos cada uno
de nosotros -servi inutiles
sumus (Luc. XVII, 10)-,
que juega con cada uno de nosotros como con unos niños: ludens
in orbe terrarum et deliciae
meae esse cum filiis hominum
(Prov. VIII, 31) 6.
Y si el conocimiento de la propia miseria
lleva a pedir perdón a Dios, saber que los dones recibidos exigen entrega mueve
al agradecimiento y a la responsabilidad, porque muestra lo mucho que nos ama
el Señor. Continuamente -decía San Pablo- estoy dando gracias a Dios
por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Jesucristo, porque en El habéis sido enriquecidos
con toda suerte de bienes 7. La humildad nos da
compunción, dolor de amor; y la humildad nos vuelve también agradecidos,
enciende el amor porque nos hace sentirnos amados.
COMPRENSIÓN CON LOS DEMÁS
Abierto por la humildad el camino del amor de Dios, el amor
también llegará hasta el prójimo. Ante los defectos de los demás -a veces
patentes- la humildad no se escandaliza, de nada se extraña, todo lo comprende.
No hay pecado -escribe San Agustín- ni crimen cometido por otro
hombre, que yo no sea capaz de
cometer por razón de mi fragili-
(4) San Agustín, De sancta virg. 37;
(5) Ioann.
1, 16;
(6) Carta Divinus Magister, 6-V-1945, n. 31;
(7) I Cor. 1, 4;
dad; y si
aún no lo he cometido es porque Dios, en su misericordia, no lo ha permitido y me ha preservado en el bien 8.
Pero si en uno mismo la humildad hace ver incluso la falta de rectitud
de intención, en los demás no sucede así. Ni siquiera los ángeles pueden ver la
falta de rectitud de intención en otro, con certeza, porque sólo Dios penetra
los corazones. Se pueden ver -y comprender- las flaquezas del prójimo, pero hay
un muro que impide conocer su intención. Así es que el término de comparación
que tenemos -el propio yo, con malicia en la intención incluso- no puede más
que beneficiar a los demás, que resultan siempre -al menos porque su intención
no se conoce- probablemente mejores que uno mismo.
La humildad facilita también la acción positiva de la caridad. La recta
disposición hacia el verdadero bien -hacia Dios- sabe encontrar en los demás
muchas cosas buenas, que son de Dios y de Dios vienen. Cuando uno atribuye a sí
mismo las cosas buenas que tiene, y las ama en cuanto
son suyas -así lo piensa-, las cosas de los demás se presentan como algo ajeno,
que ni viene de mí, ni me favorece; no hay razón alguna para amarlas. Si acaso,
la hay para envidiarlas, porque el otro tiene lo que a mí me falta. No podemos creernos el centro, de modo
que pensemos que todo debe girar alrededor de nosotros. Y lo peor es que, si caes en este defecto,
cuando te digan que eres soberbio, no te lo creerás; porque mientras el humilde
se cree soberbio, el soberbio se
cree humilde.
¡Qué distinta es la perspectiva del alma humilde! Ama lo bueno, porque
viene de Dios; lo de menos es quien lo tenga. Ama igual la virtud propia y la
ajena, pues todo tiene en el Señor origen común; siente la hermandad que
supieron vivir los primeros cristianos: nada tenían que no fuese común para
todos ellos: vendían sus posesiones y demás bienes , y los repartían entre todos 9.
Pero va todavía más allá la humildad, porque hace que se agradezcan
mejor las atenciones, las delicadezas que tienen con nosotros, y que nos veamos
más obligados a quererles. Por el contrario, al soberbio todo le parece poco;
ni siquiera advierte -cuando no interpreta mal- la misma caridad de sus
hermanos, porque la soberbia puede
hacer que la caridad de los demás no nos entre en el corazón, y nos
sintamos solos. Vedlo claro, hijos míos.
(8) San Agustín, Confess.
II, 7;
(9) Act. II,
44-45;
CONDICIÓN DE GRACIA Y EFICACIA
La humildad atrae también la gracia y el amor de Dios, que perdona y
olvida nuestros pecados. ¡Qué claro está en la parábola del publicano! Después
de una oración humilde, aquel hombre volvió
a su casa justificado 10, porque Dios llena de caridad al alma humilde, abierta
de par en par a su acción. Se puede entonar, entonces, en honor del Señor,
aquel himno que brotó del corazón de nuestra Madre: hizo alarde del poder de
su brazo, deshizo las miras del corazón de los soberbios; derribó del solio a
los poderosos y ensalzó a los humildes; colmó de bienes a los
menesterosos y a los ricos los
despidió sin nada 11. Por todo eso nos dice el Padre: ¡qué
eficaces seremos, si no perdemos la humildad, si no perdemos este propio
conocimiento!
Suelo poner el ejemplo del
polvo que es elevado por el viento hasta formar en lo más alto una nube dorada,
porque admite los reflejos del sol. De
la misma manera, la gracia de Dios nos lleva altos, y reverbera en
nosotros toda esa maravilla de bondad, de sabiduría, de eficacia, de belleza,
que es Dios. Si tú y yo nos sabemos polvo y miseria, poquita casa, lo demás lo
pondrá el Señor. Es una consideración que me llena el alma 12.
La humildad es el presupuesto necesario de la caridad. Sin humildad no
hay caridad posible, ni buena disposición, ni rectitud para el amor. Si falta
humildad, no hay verdadero amor a Dios; no hay más que amor propio, al que todo
se subordina. Sin humildad, falta la docilidad del alma a la gracia, y sin
gracia no existe verdadero amor, ni a Dios, ni a nosotros, ni a los demás. ¡Humildes, humildes! Porque sabemos que
en parte estamos hechos de barro, y conocemos un poquito de nuestra
soberbia y de nuestras miserias... y no lo sabemos todo. ¡Que descubramos lo que estorba a nuestra fe y a
nuestra esperanza y a nuestro amor. 13
CARIDAD TEOLOGAL
Por la humildad no ponemos el amor donde no está el
verdadero bien; por la caridad, lo ponemos en Dios, Bien Supremo y único del
que todas las criaturas participan. Luego la caridad es necesaria para conservar
la humildad, igual que para no retroceder la solución no es pararse, sino
caminar hacia adelante.
(10) Luc. XVIII, 14;
(11) Luc. I, 51-53;
(12) Carta Videns eos, 24-III-1931, n. 4;
(13) lbid., n. 6;
La caridad es una virtud teologal -tiene por objeto directamente a
Dios-, y hace amar sub ratione
deitatis: a Dios porque es Dios, plenitud de
perfecciones, amabilísimo; y a nosotros y a los demás, porque participamos de
su bondad y su belleza.
Primero, amor al Señor sobre todas las cosas. A Dios se le ama en Sí mismo y por Sí mismo, con pleno desinterés y de manera absoluta, porque absorbe toda capacidad de amor, lo quiere todo. Y el amor de Dios nos da todo lo que el amor necesita: sacia sin saciar. En ese amor a Dios, absoluto, con olvido y con desprecio del yo, está la vida: el que ama su alma la perderá, mas el que aborrece su alma en este mundo, la conserva para la vida eterna 14.
Luego, amor a los demás, que no consiste en someterlos al interés o a
la utilidad personal: si me han hecho, si me han dicho, si me quieren, si me
comprenden... Los demás son de Dios y para Dios, y no he de pretender que me
sirvan a mí; lo que importa es que sirvan al Señor, y se santifiquen y sean
felices. La mayor parte de los que
tienen problemas personales, los tienen por el egoísmo de pensar en sí mismos.
¡Darse,
darse, darse! Darse a los demás, servir a los demás por amor de
Dios: éste es el camino.
La caridad verdadera -amor desinteresado- se basa en un fundamento
indestructible: Dios, que está siempre por encima de simpatías y afinidades;
Dios, que está siempre en cada uno de algún modo, puesto que cada hombre -a
excepción de los condenados- o es santo o tiene la posibilidad de serlo. Querer
bien a los demás es querer para ellos el Bien. Quien vea en el prójimo
simplemente un escalón para sus propios intereses, o un servidor de sus
caprichos, no puede amarlo; se ama a sí mismo. Por eso, un hombre imbuido de soberbia es incapaz para el apostolado, que es un
verdadero modo de querer al prójimo, porque es acercarle a Dios.
EL ORDEN DEL AMOR
Se ha escrito mucho sobre si debemos amarnos a nosotros mismos más que
a los demás. En la práctica la cuestión no ofrece dificultad ninguna. El Señor,
que tuvo buen cuidado de repetirnos la necesidad de amar al prójimo, de amarle
como El mismo nos amaba, diciendo incluso que esto, con el amor de Dios, era
todo el resumen de su Ley, no sintió en ningún momento la necesidad de
recomendar que nos amáramos a noso-
(14) Ioann. XII,
25;
tros mismos, sino más bien todo lo contrario. En la práctica, tenemos tendencia
a amarnos demasiado a nosotros mismos, y muy poco a los demás. Y es cierto que
debemos amarnos, pero con orden, con rectitud, por la misma razón que motiva el
amor al prójimo -sub ratione
deitatis-, porque somos de Dios y para Dios. De
ahí que debamos querer para nosotros lo que realmente es bueno, la santidad. Y a Dios -a la santidad- se llega
precisamente por el camino de la caridad: por la renuncia, la entrega, el
olvido de sí. Nuestro verdadero bien consiste precisamente en vivir para Dios y
para los demás. Nos amamos lo suficiente si procuramos no pensar en nosotros,
si procuramos hacer de nuestra vida un verdadero holocausto de amor a Dios y al
prójimo por Dios.
No se puede aplicar el antiguo aforismo -la caridad bien entendida
empieza por uno mismo- para encubrir egoísmos, para dar pasaporte teológico a
una soberbia escondida. Por eso, nuestro Padre ha querido aclararnos en la
práctica este problema: éste es el
orden de la caridad: Dios, los demás y yo.
¿Qué hemos de elegir -dice San Agustín- para amarlo con
predilección sino lo mejor que hallemos? Y éste es Dios. Si en nuestro amor le anteponemos algo o lo
igualamos con El, no sabemos amarnos a nosotros mismos: porque tanto mejor nos
ha de ir cuanto más nos acerquemos a Aquél que es el mejor de todos 15. Paralelamente, no sabemos
tampoco amarnos a nosotros mismos, cuando no procuramos amar más a los demás,
en Cristo, que es donde formamos una sola cosa, donde los datos del problema
cambian, porque ya no son los demás, sino que son Cristo.
Este es
el camino: el que no tiene problemas personales es feliz. Si queréis el secreto
para ser felices: daos, sin esperar que os lo
agradezcan.
Por si fuera poco, tan grata es la caridad a los ojos de Dios, que merece
las mayores bendiciones del Señor, y vienen con ella todas las virtudes,
fundamentadas en el cimiento seguro de la humildad. Darse al servicio de los demás es de tal eficacia, que Dios
lo premia con una humildad llena de alegría.
UNIÓN DE LA
HUMILDAD Y DE LA CARIDAD
Humildad, base de la caridad. Caridad, fin de la humildad. Se atraen una a otra, se ayudan mutuamente, se complementan.
(15) San Agustín, Epist. 155, 4;
En toda falta de caridad anda también oculta una falta de humildad.
Cuando es poco el amor a Dios y a los demás -faltas de piedad, de fraternidad, de
celo apostólico-, como el amor no puede quedar sin objeto, el alma se repliega
sobre sí misma: aparecen la comodidad y el egoísmo calculador, que buscan en
todo compensaciones, que l1evan a hacer las cosas sólo por la satisfacción que
proporcionan, que empujan a anteponer la propia excelencia a la de los demás y
aun a la de Dios. Si falta el diálogo con Dios, irremisiblemente aparece el monólogo,
y uno se hace el centro de todos sus pensamientos y afectos.
Las faltas de humildad van acompañadas también de falta de caridad. El
que se encierra en sí mismo, roba a Dios y a los demás el amor que les debe;
cuando busca la propia excelencia, no tiene en cuenta ni la gloria de Dios ni
los talentos del prójimo; lo atropella todo, avasalla, juzga subjetivamente.
Mientras se ocupa de sí, deja de ocuparse del Señor y de las almas: falta a la
caridad al menos por omisión. ¿Eres
humilde de verdad? ¿Eres capaz de mortificar tu amor propio, por caridad? ¿Eres
capaz de pasar por esas humillaciones que te pide Dios, en cosas que no tienen
importancia, que no oscurecen la verdad?. Pídele a
Nuestro Señor que te conceda la humildad, porque con los años la soberbia
aumenta, si no se corrige a tiempo.
Cuando se trata de mejorar en caridad, hay también que mejorar en
humildad. Pensar más en Dios y en los demás, y menos en sí mismo. Son dos
platillos de una balanza: uno sube, cuando baja el otro. Si nos advierten la
necesidad de afinar más en caridad, hay que hacer también examen de humildad,
bajar la propia valoración, y fomentar el dolor y la penitencia.
Cuando la humildad y la caridad van de la mano, el alma es sencilla,
espontánea, piadosa, comprensiva, alegre. La caridad no tiene envidia..., no
se ensoberbece..., no busca sus propios intereses..., no piensa mal 16.
Para mejorar en humildad -y siempre tendremos esta necesidad, porque el
amor propio no se va hasta una hora después de haber muerto- hay que procurar
crecer en caridad. De ahí que, al mismo tiempo que se adoptan las medidas convenientes
-sobre todo pedir insistentemente al Señor el
propio conocimiento, que nos
lleva como de la mano a la humildad 17-, sea preciso incrementar la
piedad, pensar
(16) I Cor. XIII,
4-5;
(17) Camino, n. 609;
en los demás, servirles, procurar hacerles
el camino de Dios más amable, practicar la corrección fraterna, pedir y
mortificarse por ellos; y es necesario también fomentar el ansia de apostolado,
meter en todo una intención apostólica. Así se acaban los problemas personales
y las complicaciones del yo: deja de haber yo, cuando hay Dios
y hay demás.
Tenemos el ejemplo de Nuestra Madre: porque puso los ojos en la
humildad de su esclava... 18, por eso el Señor la hizo gratia
plena 19,
llena de gracia, de amor. Porque vio su humildad, Dios -Deus
caritas est 20- hizo de Ella su habitación y
su trono. Que Santa María nos alcance, por el poder de su intercesión, la
gracia de una humildad profunda que sustente una ardiente caridad.
(18) Luc. I, 48;
(19) Ibid., 28;
(20) I Ioann. IV, 8.
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