11. FILIACION Y FRATERNIDAD
Cap’tulo 11 de la publicaci—n ŐinternaŐ del Opus Dei: Vivir en Cristo
Mirad quŽ amor hacia nosotros ha tenido el Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos l. Lo hemos considerado muchas veces, y siempre nos ha movido a una mayor correspondencia: amemos, pues, a Dios, ya que Dios nos am— el primero 2. Puesto que El nos ha querido como Padre, quer‡mosle nosotros como hijos, con ternura, con entrega, con piedad.
Y como el amor de Dios es difusivo, enseguida se extiende a todo lo que el Se–or ama, y del mismo modo que lo ama El. Queridos m’os, si as’ nos am— Dios, tambiŽn nosotros debemos amarnos unos a otros 3, porque Žsta es la se–al de que vivimos como hijos de Dios: amŽmonos los unos a los otros, porque la caridad procede de Dios; y todo aquŽl que ama as’, es hijo de Dios y conoce a Dios 4.
El sentido sobrenatural nos hace ver en cada persona a Cristo, el UnigŽnito del Padre. El alma del cristiano es un verdadero templo de Cristo: ad—rnala, v’stela, ofrŽcele tus dones, recibe a Cristo en ella 5. Es una consecuencia tan necesaria del amor a Dios, de la filiaci—n divina, que es su garant’a: el que no ama a su hermano a quien ve, Ŕa Dios, a quien no ve, c—mo podr‡ amarle? Y tenemos este mandamiento de Dios: que quien ama a Dios, ame tambiŽn a su hermano 6.
(1) I Ioann. III, 1;
(2) Ibid., IV, 19;
(3) Ibid., 11;
(4) Ibid., 7;
(5) San Jer—nimo, Epist. 58, 7;
(6) I Ioann. IV, 20-21;
PATERNIDAD ESPIRITUAL
Dios es nuestro Padre. Nos ha creado, nos ha hecho nacer a la vida de la gracia, a la vida sobrenatural de hijos suyos, y nos gobierna, se ocupa de nosotros, en este regreso al hogar paterno en que consiste nuestra vida. Pero no se satisface el Se–or con hacernos buenos. Como ense–a Santo Tom‡s, es m‡s perfecta una cosa que, adem‡s de ser buena en s’ misma, pueda ser causa de la bondad de otras, que si śnicamente fuese buena en s’ misma. Y por eso -porque nos quiere no s—lo buenos, sino muy buenos-, Dios, al gobernar a las criaturas, hace participar a algunas de ellas en el gobierno de las otras -en ese conducirlas hacia el fin, facilitando los medios oportunos-; como un maestro que no s—lo ense–a a sus disc’pulos, sino que los hace adem‡s capaces de ense–ar a otros 7.
De esta manera, Dios hace que todos participemos de esa paternidad suya del esp’ritu, por lo menos en el apostolado y en el proselitismo. Pero para algunas almas el Se–or ha querido esa paternidad de un modo m‡s alto y m‡s completo. Esta realidad hac’a exclamar a San Pablo, dirigiŽndose a los fieles de Corinto: aun cuando teng‡is millares de maestros en Jesucristo, no tenŽis muchos padres, pues soy yo el que os he engendrado en Jesucristo por medio del Evangelio 8.
Lo mismo ha ocurrido en el Opus Dei, pues Dios Nuestro Se–or, al inspirado, quiso para nuestro Fundador una paternidad espiritual, destinada a configurar uno de los rasgos m‡s ’ntimos de nuestra llamada, capaz de fundir en una gran familia a personas de toda edad, lengua, raza o condici—n: una familia sobrenatural, por cuyas venas corre la misma sangre, la de Cristo.
No puedo dejar de levantar el alma agradecida al Se–or de quien procede toda paternidad, toda familia, en los cielos y en la tierra (Ephes. IlI, 15 y 16), por haberme dado esta paternidad espiritual que, con su gracia, he asumido con la plena conciencia de estar sobre la tierra s—lo para realizarla. Por eso, os quiero con coraz—n de padre y de madre 9.
La
gracia de Dios dispuso el alma sacerdotal de nuestro Padre, haciŽndola a la
medida del Coraz—n de Cristo: abierta a la multitud que el Se–or quer’a llamar
a su Obra en el transcurso de los tiempos. Al
(7) Santo Tom‡s, S.
Th. I, q. 103, a. 6;
(8) I Cor. IV, 15;
(9) Carta Divinus Magister, 6-V-1945, n. 23;
principio -nos ha dicho- esto parec’a muy f‡cil. La misi—n era universal y ya os ten’a presentes a todos; pero entonces Žramos pocos y tem’ alguna vez que, al crecer el nśmero de mis hijos, no fuera posible querer a todos con aquel mismo cari–o intenso -sobrenatural y humano-, pero os aseguro que el Se–or ha dilatado mi coraz—n y que puedo dirigirme a vosotros con aquellas palabras del Ap—stol: os nostrum patet ad vos... cor nostrum dilatatum est (Il Coro VI, 11); el amor hace que mi boca se abra tan francamente, y que se haga grande mi coraz—n: porque os quiero, a cada uno de vosotros, como si fueseis mi śnico hijo. Dios es testigo de c—mo os amo a todos en las entra–as de Cristo Jesśs (Philip. 1, 8).
Esta realidad sobrenatural hace que nuestro Padre pueda decirnos que somos hijos de su oraci—n y de su mortificaci—n, y hace tambiŽn que sea verdaderamente nuestro Padre, con lazos m‡s fuertes que los de la sangre, con m‡s sacrificio por su parte, con m‡s ventajas para nosotros -la herencia del Cielo nos viene por conducto del Padre-, con m‡s semejanza -la de nuestro esp’ritu: identidad de unos con otros y de todos con Cristo--, y, por todo eso, con m‡s obligaci—n de corresponder.
ESPęRITU DE FILIACIîN
Nueve cosas alabo en mi coraz—n, y la dŽcima la dirŽ con mi lengua: el var—n superviviente- en sus hijos 10. Nuestra filiaci—n al Padre, nuestro cari–o, no es una circunstancia casual, debida a un epis—dico desbordamiento de afecto. Ese sentimiento filial, que nos une a todos, pertenece a la entra–a m‡s honda de nuestro esp’ritu, enlaza con nuestra filiaci—n divina, y nos hace tener verdaderamente un solo coraz—n y una sola alma 11. As’ se nos ense–— en la Obra desde el primer momento, y comenzamos a vivirlo con la naturalidad propia de una verdadera familia. Incluso antes de conocerle personalmente, el coraz—n guardaba como un tesoro aquel cari–o de hijos.
La filiaci—n al Padre es parte integral y esencial del esp’ritu del Opus Dei, como lo son la sencillez y el amor a la libertad personal, o el sentimiento de nuestra filiaci—n divina. Naci— con el primer latido de nuestra familia y no faltar‡ mientras la Obra exista sobre la tierra. Nuestra correspondencia y nuestro agradecimiento se han de traducir,
(10) Eccli. XXV, 9;
(11) Act. IV, 32;
principalmente, en pedir y sacrificarnos por el Padre, para que sea bueno y fiel, en identificarnos con sus intenciones, en vivir plenamente el esp’ritu que Dios le ha dado para nosotros. Procurad ser muy fieles, hijos. Cuando pasen los a–os no os creerŽis lo que habŽis vivido; os parecer‡ que habŽis so–ado. ÁCu‡ntas cosas buenas y grandes y preciosas vais a ver!... Os aseguro que serŽis felices, aunque a veces teng‡is que sufrir. Adem‡s, os prometo el Cielo. Basta que se‡is fieles, aunque a veces haya dolor. Si alguna vez tenŽis un. baj—n, animaos y no os preocupŽis. Descansad, obedeced al mŽdico, comed, dormid, y no me hag‡is padecer, que os quiero mucho y sufro; no por m’, sino por Jesśs. Sed fieles, hijos.
Nuestro amor sobrenatural al Padre tiene adem‡s manifestaciones humanas, de cari–o: le queremos con nuestro coraz—n de carne Đno tenemos otro-, y vivimos todos los detalles propios de la relaci—n de los hijos con su padre: le escribimos, celebramos con alegr’a su santo y su cumplea–os, como se hace en cualquier hogar cristiano; nos ilusiona verle y estar a su lado, y procuramos siempre darle todas las alegr’as posibles.
Adem‡s, dentro del Opus Dei no existen t’tulos ni tratamientos especiales -no los hay en una familia-, y por eso llamamos Padre a nuestro Presidente General. El car‡cter familiar envuelve todo nuestro trato.
Hijos m’os -nos ha dicho alguna vez-, os tengo que hacer una consideraci—n que, cuando era joven, no me atrev’a ni a pensar ni a manifestar; y me parece que ahora debo dec’rosla. En mi vida, he conocido ya a varios Papas; cardenales, muchos; obispos, una multitud; ÁFundadores del Opus Dei, en cambio, no hay m‡s que uno!, aunque sea un pobre pecador como soy yo; bien persuadido estoy de que el Se–or escogi— lo peor que encontr—, para que as’ se viera m‡s claramente que la Obra es suya. Pero Dios os pedir‡ cuenta de haber estado cerca de m’, porque me ha confiado el esp’ritu del Opus Dei, y yo os lo he transmitido.
Os pedir‡ cuenta por haber conocido a aquel pobre sacerdote que estaba con vosotros, y que os quer’a tanto, tanto, Ám‡s que vuestras madres! Yo pasarŽ, y los que vengan despuŽs os mirar‡n con envidia, como si fuerais una reliquia: no por m’, que soy -insisto- un pobre hombre, un pecador que ama a Jesucristo con locura; sino por haber aprendido el esp’ritu de la Obra de labios del Fundador.
CARI„O FRATERNO
El amor a Dios es inseparable del amor a los que son hijos de Dios; si alguno dice: s’, yo amo a Dios, al paso que aborrece a su hermano, es un mentiroso 12. De modo an‡logo, tampoco ser’a verdad que amamos a nuestro Padre, si no quisiŽramos tambiŽn a todos nuestros hermanos, sin excepci—n. Hijos de Dios, hemos de tener amor para todas las gentes, pero mayormente para .aquŽllos que son mediante la fe de la misma familia que nosotros 13; especial’simamente para todos aquŽllos que tienen el lazo de la fraternidad, por ser hijos de una misma Madre, la Obra.
Tenemos que querernos como el Padre nos quiere. Para ser buenos hijos del Padre es necesario que seamos buenos hermanos. La uni—n con el Padre nos reśne a todos en su coraz—n, nos identifica y nos fortalece. En tus empresas de apostolado no temas a los enemigos de fuera por grande que sea su poder. Este es el enemigo imponente: tu falta de Çfiliaci—nČ y tu falta de ÇfraternidadČ 14. La eficacia de nuestro apostolado est‡ tambiŽn en funci—n de esta unidad, y para llegar a esa unidad s—lo hay un camino: no tener, aun siendo muchos, sino un solo coraz—n 15, sintiendo todos una misma cosa, teniendo una misma caridad, un mismo esp’ritu, unos mismos sentimientos 16. Es precisamente la filiaci—n con el Padre lo que nos da esa comunidad de esp’ritu, lo que nos da a todos, siendo distintos, el mismo aire de familia -cor unum et anima una 17- que provoca de un modo f‡cil el cari–o.
Del mismo modo que la filiaci—n, tambiŽn la fraternidad es un amor sobrenatural -sobrenaturalmente somos hermanos-, que se traduce principalmente en ayudarnos a ser santos, con oraci—n, mortificaci—n, el buen ejemplo, el cari–o, la correcci—n fraterna. TenŽis que rezar unos por otros. Que os ayudŽis. Pedid que seamos fieles. ŔQuŽ m‡s vamos a desear para los que queremos? Para ayudarnos a ser santos, es preciso tambiŽn que nos hagamos amable la senda de la santidad. Que cada uno se preocupe de los dem‡s, para hacerles la vida -el camino de Dios, en la tierra- m‡s amable; que nadie se sienta solo en la Obra, que estŽ persuadido de que se le comprende; y si tiene
(12) 1 Ioann. IV, 20;
(13) Galat. VI, 10;
(14) Camino, n. 955;
(15) San Agust’n, Sermo 103, 4;
(16) Philip. II, 2;
(17) Act. IV, 32;
una flaqueza, se le disculpa, y se le da la mano; y de que, para su debilidad, est‡ la fortaleza de todos los otros.
Nuestro trato ha de desenvolverse siempre dentro de un tono de cordialidad y de afecto: con un cari–o que no es algo descarnado, inhumano; sino que se concreta en manifestaciones humanas, llenas de delicadeza y de caridad sobrenatural. Y as’, celebramos las fiestas de nuestros hermanos; nos alegramos con sus cartas, que se leen en familia; procuramos conocer sus gustos, para poder complacerles; nos interesamos por lo que hacen, por sus trabajos y sus ilusiones; estamos pendientes de su salud, de su bienestar, de su alegr’a: tanto m‡s, cuanto m‡s lo necesitan. Aunque somos pobres, nunca falta lo necesario a nuestros hermanos enfermos. Si fuese preciso, robar’amos para ellos un pedacico de Cielo, y el Se–or nos disculpar’a.
La fraternidad ha de vivirse con una intensidad tal, que nos lleve al olvido de nosotros mismos. Ha de impulsarnos, con alegr’a y espontaneidad, a poner en el suelo el coraz—n, para que pisen blando nuestros hermanos. Es un olvido de s’, an‡logo al de una madre, que ni siquiera advierte sus sacrificios, que no da ninguna importancia -le parecen tan l—gicos y debidos- a los mil detalles de abnegaci—n que tiene constantemente por sus hijos: porque, para los que aman, no hay nada duro, nada dif’cil 18.
Esas expresiones de cari–o abnegado, sobrenatural y humano, gustoso y atento, llegan hasta el coraz—n, confortan el alma, hacen m‡s atractiva la santidad, nos ayudan a ser contemplativos -ubi caritas el amor ibi Deus est 19-, nos hacen sentir a Dios, que es Amor, entre nosotros.
As’ mantendremos siempre el bendito calor de hogar, que Dios ha querido para su Obra. Si os am‡is, dice nuestro Padre, cada uno de nuestros Centros ser‡ el hogar que yo he visto, lo que yo quiero que haya en cada uno de nuestros rincones. Y cada uno de vuestros hermanos tendr‡ un hambre santa de llegar a casa; y tendr‡ despuŽs ganas de salir a la calle, a la guerra santa, a esta guerra de paz.
(18) San Jer—nimo, Epist. 12, 39;
(19) Hymn. Ubi caritas.
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