14.CON TODO TU CORAZON
Cap’tulo 14 de la publicaci—n
ŐinternaŐ del Opus Dei: Vivir en Cristo
Hemos sido
llamados al Amor de Dios: a un amor eterno, infinito, total. La santidad es la
progresiva ocupaci—n que Dios hace de nosotros, la conversi—n de toda nuestra
vida en amor, de todos nuestros actos en expresiones de amor: crecer en caridad
hasta penetrar, glorificados, en la vida ’ntima de Dios, en el Amor eterno e
infinito, identificados con Cristo por la virtud del Esp’ritu Santo que nos
devuelve al Padre.
No tiene medida el amor que se nos pide. No hay ningśn tope, no hay medida para el amor a Dios, sino Žsta: que ofrezcas todo cuanto tienes. En Cristo Jesśs, Dios ha de ser amado con todo el coraz—n, con toda el alma y con todas las fuerzas l. Luego no hay en ello medida alguna 2.
LA VIRTUD DE LA CASTIDAD
Al llamarnos a la plenitud de la uni—n con El, Dios elev— la naturaleza humana -alma y cuerpo- a la participaci—n de su divinidad. El templo de Dios, que sois vosotros, es santo 3, dice San Pablo refiriŽndose a nuestro cuerpo. Nuestra carne mortal fue as’ admirablemente dispuesta por Dios para que nos encaminase a la bienaventuranza, y el cuerpo mismo est‡ llamado a participar de la felicidad del Cielo, donde ser‡ revestido de inmensa gloria.
(1) Cfr. Matth.
XXII, 37;
(2) Or’genes, In Cant. Cant. Hom. 3, 4;
(3) I Cor.
III, 17;
Pero esa llamada requer’a una respuesta libre, y nuestros primeros padres la rehusaron, oponiŽndose al precepto divino. A esa rebeli—n del alma se sigui— la del cuerpo. Complacida en el uso desordenado de su propia libertad, y desde–ando servir a Dios, el alma se vio privada de la primitiva sujecci—n del cuerpo. Por haber abandonado libremente al Se–or superior, no manten’a sometido al siervo inferior; y as’ no ten’a sometida a s’ misma la carne, como la hubiera podido tener siempre, de haber permanecido ella sometida a Dios. Entonces comenz— la carne a desear contra el esp’ritu 4. En ese combate hemos nacido, arrastrando un germen de muerte y llevando en nuestros miembros y en nuestra naturaleza llagada la disyuntiva de la lucha y de la victoria de la primera prevaricaci—n 5.
Pero el Verbo se hizo carne 6, y con su Pasi—n y Muerte nos redimi—, para que pudiŽsemos alcanzar entera victoria sobre nuestras tendencias desordenadas. Fuisteis comprados a gran precio, nos recuerda San Pablo, Glorificad, pues, a Dios y llevadle en vuestro cuerpo 7.
Sin embargo, aunque Cristo ha vencido enteramente al pecado y nos ha comunicado sus mŽritos por medio del bautismo, permanecen en la naturaleza humana las consecuencias penales de aquel primer pecado, agravadas en cada uno por los pecados personales. Entre esos efectos que el bautismo no borra est‡ el desorden de la sensualidad, el Çcuerpo de muerteČ que clama por sus fueros perdidos 8, Y que tiende a empeque–ecer y desviar la inmensa capacidad de amor que hay en el coraz—n humano. Para rectificar esa torcida inclinaci—n, el Se–or concede la virtud de la pureza, cuando a El, se acude humildemente.
Vivamos delicadamente la castidad -cada uno en su estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes-, que hace a los hombres recios y se–ores de s’ mismos, les da optimismo, alegr’a y fortaleza: les acerca a Jesucristo, Nuestro Se–or, y a nuestra Madre Santa Mar’a; y es condici—n indispensable para nuestro servicio a la Iglesia y a las almas 9.
La castidad es una virtud esencialmente positiva. ŔNo sabŽis que vuestros cuerpos son templos del Esp’ritu Santo, que
habita en vos-
(4) Cfr. Galat. V, 17;
(5) San Agust’n, De civ. Dei 13, 13;
(6) Ioann. I, 14;
(7) 1 Cor. VI, 20;
(8) Camino, n. 707;
(9) Instrucci—n, mayo-1935,
14-IX-1950, n. 66;
otros y habŽis recibido de Dios, y que ya no os pertenecŽis? 10. La castidad es fruto del amor, y s—lo puede entenderse desde el punto de vista del amor. No consiste primariamente en negaciones, sino en un mandato de amar, segśn el orden y la regla del Amor de Dios. Por eso, el modo concreto de vivirla depende de las circunstancias que Dios ha dispuesto para cada uno.
CASTIDAD MATRIMONIAL
Para quien vive en el estado matrimonial, el amor y los deberes conyugales son parte de la vocaci—n divina 11, pero fuera del ‡mbito del propio y leg’timo matrimonio, la obligaci—n de guardar la continencia -de cuerpo y esp’ritu- es tan total y excluyente como para una persona soltera.
El Opus Dei ha hecho del matrimonio un camino divino, una vocaci—n. Llevo m‡s de treinta a–os -escrib’a el Padre en 1959-, tratando de meter en el alma de tantas gentes el sentido vocacional del matrimonio; y ense–ando -esto no lo digo yo, lo ha definido la Iglesia- que la virginidad, y tambiŽn la castidad perfecta, es superior al matrimonio, hemos exaltado el matrimonio hasta hacer de Žl una vocaci—n. ÁQuŽ ojos llenos de luz he visto m‡s de una vez cuando, creyendo -ellos y ellas- incompatibles en su vida la entrega y un amor noble y limpio, me o’an decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra! 12
Dentro del estado matrimonial, vivir la pureza lleva consigo -entre
otras cosas- que el amor conyugal estŽ abierto generosamente a la transmisi—n
de la vida, sin poner obst‡culos a esa confianza del Se–or, que ha querido
contar con la cooperaci—n de los hombres para aumentar el nśmero de sus hijos
sobre la tierra. Vuestro matrimonio ser‡, de ordinario,- muy fecundo. Y, si Dios no os concede hijos, dedicarŽis vuestras energ’as con mayor intensidad al
apostolado, que os dar‡ una
fecundidad espiritual esplŽndida. El Se–or suele coronar a las familias
cristianas con corona de hijos, os he
dicho muchas veces. Recibidlos siempre con alegr’a y agradecimiento, porque son regalo y bendici—n de Dios y una
prueba de su confianza.
(10) I Cor.
VI, 19;
(11) Carta Dei Amore, 9-1-1959, n. 10;
(12) Ibid.;
der creador de Dios, de la misma manera que la inteligencia es como un chispazo de luz del entendimiento divino. No ceguŽis las fuentes de la vida. ÁSin miedo! Son criminales -y no son ni cristianas ni humanas- esas teor’as que intentan justificar la necesidad de limitar los nacimientos con falsas razones econ—micas, sociales o cient’ficas que, en cuanto se analizan, no se tienen en pie. Son cobard’a, hijos m’os; cobard’a y af‡n de justificar lo injustificable 13.
EL CELIBATO APOSTîLICO
Dios Nuestro Se–or, al llamar a todos a su Amor, pide a algunos que
renuncien a otros amores, a satisfacciones en s’ leg’timas, pero que no entran
en el camino espec’fico que El les ha se–alado desde toda la eternidad. Entre
las cosas a las que el Se–or puede pedir que se renuncie para servirle mejor,
est‡ el amor humano. Bendigo con las dos manos -nos ha dicho el Padre- el
cari–o limp’simo de mis padres y el de vuestros padres, pero a m’ el Se–or me
ha pedido m‡s.
Esta entrega, que supone un peculiar don del Se–or, es una, renuncia
por amor. En la tierra, la gente, cuando no forma un hogar, no lo forma
ordinariamente por dos motivos: o por
un motivo de ego’smo o por un motivo
de Amor de Dios, con mayśscula, que comprende el amor a todas las criaturas.
En el Opus Dei, los que han recibido la llamada a la castidad en celibato, diciendo que no al amor humano, lo han hecho por Amor, por vocaci—n de amor. Tened siempre presente que es el Amor -el Amor de los amores- el motivo de nuestro celibato: no somos por tanto solterones, porque el solter—n es una desgraciada criatura que nada sabe de amor 14. Podr’amos haber puesto el afecto de nuestro coraz—n en una criatura; pero, ante la llamada de Dios, lo hemos puesto entero, joven, vibrante, limpio, a los pies de Jesucristo: porque nos da la gana -que es una raz—n bien sobrenatural- corresponder a la gracia del Se–or 15.
Esa renuncia lleva consigo no s—lo una primera entrega generosa de los amores humanos: exige que esa entrega permanezca, que se haga perenne. Pero eso es algo que nadie puede conseguir con sus propias fuerzas: nada puede hacerse sin la gracia. Como observa San
(13) Ibid., nn. 54-55;
(14) Instrucci—n, 8-XII-1941,
n. 84;
(15) Carta Videns eos, 24-III-1931,
n. 45;
Jer—nimo, este don fue dado a los que lo pidieron, a los que lo quisieron, a los que trabajaron por recibirlo. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrir‡ 16-17.
El celibato apost—lico es un don de Dios, que moviliza y exige una fuerte y generosa correspondencia. Primero es necesario pedirlo humildemente; en segundo lugar, quererlo de una manera eficaz, y poner los medios, con una voluntad recia, con energ’a humana, que es nuestro modo de cooperar con la gracia.
Pero esta necesidad de un dominio sobre s’ mismo, hay que mantenerla a lo largo de la vida; m‡s aśn, hay que desarrollarla, porque el amor nunca puede darse por supuesto: o se nutre y vive y crece, o muere por consunci—n, bajo el poder nunca eliminado de las fuerzas sensitivas desordenadas. El amor de nuestra juventud, que con la gracia de Dios le hemos dado generosamente, no se lo vamos a quitar al pasar los a–os. La fidelidad es la perfecci—n del amor: en el fondo de todos los sinsabores que puede haber en la vida de un alma entregada a Dios, hay siempre un punto de corrupci—n y de impureza. Si la fidelidad es entera y sin quiebra, ser‡ alegre e indiscutida 18.
De ah’ que decisiones indecisas, medidas titubeantes que aceptaran la discusi—n, c‡lculos poco generosos de lo que Dios pide, nostalgias que replantearan el tema cada vez, o -lo que ser’a peor- capitulaciones parciales, dar’an como resultado una vida interior raqu’tica, enferma, si no acaban causando la muerte sobrenatural, porque es dif’cil mantener tanto tiempo una lucha violenta en el centro mismo del coraz—n tibio.
TambiŽn podr’a ocurrir -con o sin complicidad propia, simplemente porque el Se–or lo permitiera- que en algśn momento del camino se sintiese la a–oranza, la nostalgia de un hogar, de un amor humano. Ser’a el momento de meditar despacio, palade‡ndolas, aquellas palabras del Se–or: en verdad os digo, ninguno hay que haya dejado casa o padres, o hermanos o esposa o hijos, por el amor del Reino de Dios, el cual no reciba mucho m‡s en este siglo y en el venidero la vida eterna 19.
LA PUREZA DE CORAZîN
La lucha que lleva consigo la santa pureza durar‡ siempre -sin
(16) Cfr. Matth. VII,
7-8;
(17) San Jer—nimo, In Ev. Matth. comm. 19, 11;
(18) Carta Videns eos, 24-III-1931, n. 45;
(19) Luc. XVIII, 29-30;
necesidad de exageraciones ni dramatismos-, y por eso es necesaria la perseverancia en la fidelidad. Para quien ha comenzado a saborear de alguna manera la entrega, caer vencido ser’a como un timo, un enga–o miserable. No te olvides de aquel grito de San Pablo: quis me liberabit de corpore mortis huius? (Rom. VII, 24), ŔquiŽn me librar‡ de este cuerpo de muerte? Y escucha, en tu alma, la respuesta divina: sufficit tibi gratia mea! (II Cor. XII, 9), Áte basta mi gracia! 20. Al mismo tiempo, la esperanza del premio que aguarda en el Cielo nos ayudar‡ a mantenemos constantes, en fidelidad al Amor de Dios.
Se precisa esa esperanza y esa firmeza, porque, mientras vivimos, experimentamos las consecuencias del pecado original, y esto hace que la vigilancia haya de ser constante, y que la lucha pueda ser en ocasiones particularmente dura. Porque no podemos rehuir esta disyuntiva: o el bien eleva a las alturas del Amor de Dios, o el pecado arrastrar‡ al suelo de los amores impuros. Nos lo ha dicho el Padre: el camino tuyo -y el camino m’o- es de Amor. Este pobre coraz—n nuestro ha nacido para amar, hijos m’os. Y cuando no se le da un amor puro y limpio y noble, se venga y se llena de miseria, de corrupci—n y de sensualidad. Por eso el coraz—n de mis hijos tiene que estar lleno de Amor, con mayśscula.
Hay que saber llevar el coraz—n con dulzura y con firmeza hacia la Cruz. Hay que restablecer un orden que ya el primer pecado destruy—; tś para Dios, para ti la carne. ŔQuŽ m‡s justo? ŔQuŽ m‡s bello? Tś para el mayor, el menor para ti; sirve tś a quien te ha hecho, para que te sirva a ti el que por ti ha sido hecho. No conocemos ni recomendamos este otro orden: para ti la carne y tś para Dios; sino Žste: tś para Dios y para ti la carne. Pero si tś te opones a Dios, nunca har‡s que la carne sea para ti. Si no te sometes a Dios, ser‡s atormentado por tu siervo 21.
Ningśn afecto de ese coraz—n puede quedar en rebeld’a, independiente, como un camino siempre abierto a realidades contrarias a Dios, como un contrapeso a nuestra aventura sobrenatural. Amar‡s al Se–or tu Dios, con todo tu coraz—n, con toda tu alma, con todas tus fuerzas 22. Por eso hay que decir que no a aquellas exigencias del coraz—n,
(20) Carta Videns eos, 24-III-1931,
n. 45;
(21) San Agust’n, Enarr. in Ps. 143, 6;
(22) Matth. XXII, 37;
que quisiera conservar algo de s’ para s’
mismo, para sus propias inclinaciones ego’stas. S—lo quien se olvida de s’, y se entrega a Dios y a los dem‡s
-tambiŽn en el matrimonio-, puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad
que es preparaci—n y anticipo del cielo.
AMAR CON TODO EL CORAZîN
No consiste esta virtud simplemente en negaciones. Esto no es m‡s que un principio, aunque indispensable y permanente. El verdadero amor de Dios, y consiguientemente la pureza verdadera, est‡ igualmente lejos de la sensualidad que de la dureza o ausencia de coraz—n. Es una pena no tener coraz—n. Son unos desgraciados los que no tienen coraz—n. Nosotros somos enamorados del Amor. El Se–or no nos quiere secos, tiesos, como una cosa sin vida. ÁNos quiere impregnados de su cari–o! Nosotros debemos obrar y vivir y morir como enamorados; si somos fieles.
Hay que emplear la afectividad, tambiŽn al tratar a Dios: hay que amarle con el mismo coraz—n -no hay otro- con el que se ama noblemente a una criatura de la tierra, con el que amamos a nuestros padres, con el que nos queremos nosotros. Hay que hacer al Se–or objeto de nuestra ternura -Áser piadosos!-, hay que lograr que las riquezas del coraz—n humano concurran con la gracia y por la gracia al gran amor sobrenatural, que es el fin de nuestra vida. No hacerlo as’, ser’a dar ocasi—n a que el coraz—n buscase por su cuenta otros amores.
Sursum carda! 23, Áarriba los corazones!, clamamos al Se–or en la Santa Misa. Arriba, all’ donde pueda o’r las palabras que enamoran en nuestra alma. He aqu’, dice el Se–or, que yo la atraerŽ y la llevarŽ a un lugar solitario y le hablarŽ al coraz—n 24. Porque Dios no habla a almas separadas, sino a hombres enteros, tal como los quiso y los cre—. Cuando quiso esp’ritus puros, cre— ‡ngeles. A nosotros nos dio coraz—n, en una s’ntesis de voluntad y sentimiento, alma y cuerpo. Por eso, la pureza no est‡ realmente lograda hasta que todos los resortes de la afectividad humana se penetran de caridad, en un grande y total amor de Dios, humano y sobrenatural. Hay que hacer entender al coraz—n que tambiŽn su felicidad est‡ ligada con Cristo, que la muerte que se pide al bautizado acaba en resurrecci—n gloriosa.
Alma y cuerpo forman en nosotros una unidad; y esta unidad es
(23) Ordo Missae;
(24) Osee II, 16;
lo que hay que santificar. Nuestra vida sensitiva tiene una nobleza especial -superior a la vida puramente animal- porque pertenece a un ser racional y participa en cierto modo de su espiritualidad. Nuestros sentimientos y emociones no son puramente animales: sino que pueden estar penetrados por la raz—n, subordinados a la voluntad. Y al mismo tiempo nuestra inteligencia, nuestra voluntad, necesita expresarse a travŽs de lo sensible. Nuestro amor de Dios pide expresiones sensibles, y, por lo menos en parte, se nutre de ellas: no es algo descarnado, sino el amor del que se emplea en Dios.
No se trata de una renuncia, sino de una afirmaci—n gozosa, de una entrega libre y alegre. Tu castidad no se puede limitar a evitar la ca’da, la ocasi—n..., no puede ser de ninguna manera una negaci—n fr’a y matem‡tica. ŔTe has dado cuenta de que la castidad es una virtud y, como tal, debe crecer y perfeccionarse? No te basta, pues, ser continente -segśn tu estado- sino casto, con virtud heroica. Es una afirmaci—n, un acto positivo, que ha de responder a la petici—n divina: praebe, fili mi, cor tuum mihi et oculi tui vias meas custodiant; dame, hijo m’o, tu coraz—n, y pon tus ojos en mis caminos (Prov. XXIII, 26) 25.
Para responder generosamente a esa petici—n divina -cada uno segśn sus peculiares circunstancias, y todos con la śnica vocaci—n que hay en la Obra-, acudamos incesantemente a Santa Mar’a, la Madre del Amor Hermoso, y del temor, y de la sabidur’a, y de la santa esperanza 26.
(25) Instrucci—n, mayo-1935, 14-IX-1950, nota 122;
(26) Eccli. XXIV, 24.
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