17. LA CHARLA FRATERNA

Cap’tulo 17 de la publicaci—n ŐinternaŐ del Opus Dei: Vivir en Cristo

 

 

 

 

Al hilo de los sucesos que entretejen la vida del Se–or en casa de L‡zaro y de Marta y Mar’a, hemos entrevisto muchas veces, guiados por nuestro Padre, la presencia de una realidad apenas dada a entender en el relato evangŽlico, pero que se trasluce claramente: L‡zaro hablaba frecuentemente con el Se–or, le contaba sus cosas. Y lo mismo har’an Pedro, Juan y AndrŽs y los dem‡s disc’pulos: Se–or..., tś tienes palabras de vida eterna l.

Yo soy el buen pastor -dec’a Jesśs- y conozco mis ovejas, y las ovejas m’as me conocen a m’ 2. Reuni— en torno suyo un peque–o grupo de hombres rudos y, con paciencia infinita, los fue formando. Les fue revelando poco a poco -con pedagog’a divina- los m‡s altos misterios, al mismo tiempo que con ternura maternal y la energ’a de quien tiene autoridad, segśn hac’a falta, iba puliendo y acrisolando sus esp’ritus toscos y poco sensibilizados para las realidades celestiales 3.

 

NECESIDAD DE LA CHARLA

 

Entendemos muy bien el inmenso valor sobrenatural de esa charla confiada con el Se–or, tan penetrada al mismo tiempo de calor humano. Trata a un var—n piadoso -nos dice el Eclesi‡stico-, de quien conoces que sigue los caminos del Se–or, cuyo coraz—n es semejante al tuyo

 

(1) Ioann. VI, 69;

(2) Ioann. X, 14;

(3) Carta Divinus Magister. 6-V-1945, n. 2:

 

y te compadecer‡ si te ve ca’do. Y permanece firme en lo que resuelvas, porque ninguno ser‡ para ti m‡s fiel que Žl. El alma de ese hombre piadoso ve mejor las cosas que siete centinelas en lo alto de una atalaya. Y en todas ellas ora por ti al Alt’simo, para que te dirija por la senda de la verdad 4.

Tan necesaria es la Charla fraterna, que probablemente hemos comenzado a practicarla ya antes de ser de la Obra, sin un particular prop—sito de vivir un medio espec’fico de formaci—n. As’, con esta espontaneidad, naci— en el Opus Dei, sin esfuerzos, como nace el agua mansa de un tranquilo manantial, con la naturalidad con que mana una fuente, dice el Padre: as’ han nacido todas nuestras Normas y Costumbres. Nuestro Padre era el śnico sacerdote de la Obra y nunca quiso, de ordinario, o’r las confesiones de los primeros, para no atarse las manos. Yo no ten’a maestro -dice, hablando de esto y de tantas otras cosas- y fue el Esp’ritu Santo quien me ense–—. Los primeros, tomaron voluntariamente -libŽrrimamente- la costumbre de contar al Padre todas sus cosas, de abrir la conciencia de par en par, fuera de confesi—n; y, cuando el Padre no estaba, o cuando comenz— a crecer la labor, acud’an nuestros primeros hermanos al Director, con la misma apertura de esp’ritu 5.

La Charla fraterna no es un capricho: es una necesidad. Para la hora de la lucha se tiene la seguridad de la victoria, si se ha sabido abrir el coraz—n, porque Dios no deja de premiar esa sinceridad con su gracia. Necesitamos un Director, porque el esp’ritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior 6. Solos, f‡cilmente podr’amos descaminarnos. M‡s valen dos que uno solo -dice el EclesiastŽs-, porque mejor logran el fruto de su trabajo. Si uno cae, el otro le levanta; pero Áay del que est‡ solo, que, cuando se cae, no tiene quien le levante! 7.

Es malo estar -y peor querer estar- solo en el camino hacia Dios. ŔOs acord‡is de la vid y de los sarmientos? ÁQuŽ fecundidad la del sarmiento unido a la vid! ÁQuŽ racimos generosos! El sarmiento separado se seca, pierde la vida; y si ya ten’a racimos, se los

 

(4) Eccli. XXXVII, 15-19;

(5) Instrucci—n, mayo-1935, 14-IX-1950, nota 75;

(6) Camino, n. 59;

(7) Eccles. IV, 9-10;

 


comen los gusanos. El Se–or nos da su gracia, cuando buscamos esa direcci—n espiritual, para identificar nuestro esp’ritu con el de la Obra. Vosotros sois miembros de Cristo y miembros unidos a otros miembros 8. La persona designada para recibir nuestra Charla tiene gracia espec’fica para aconsejarnos.

 

SU CARACTER SOBRENATURAL

 

En la medida en que se puede perder el sentido sobrenatural, en esa misma medida puede convertirse esta direcci—n espiritual en algo costoso, y aun dif’cil. Sin fe en que el Se–or se servir‡ de ese instrumento, Ŕc—mo es posible acudir con alegr’a a esa charla peri—dica? Si faltase la convicci—n -esperanza cierta- de que se va a encontrar remedio a todos los problemas del alma, ŔquŽ podr’a movemos a exponer las propias dificultades? Si no estuviŽramos dispuestos a entregarnos enteramente por amor, Ŕc—mo ser’a posible ese dejarse moldear gustosamente, haciendo nuestras las exigencias de santidad que en la charla se nos hacen perentoria y literalmente presentes?

Porque vivirla bien es entregarse: es quedar voluntariamente inermes, entregar los pensamientos y recuerdos, las aspiraciones, quiz‡ ilusorias; las intenciones verdaderas que nos mueven; poner de manifiesto la real condici—n de nuestra vida, sin ceder nada a una protectora apariencia. Es quedar en manos de quien nos dirige, entregando las defensas de nuestra intimidad. Por eso el Padre nos recuerda que a la direcci—n espiritual no se va por amistad, ni por motivos personales; sino por motivos sobrenaturales 9. Lleve poco o mucho tiempo en la Obra, y cualesquiera sean las circunstancias que concurran, quien nos escucha es para nosotros, en aquel momento, el intŽrprete m‡s autorizado del esp’ritu del Opus Dei.

Mejor es o’r el reproche de un sabio que escuchar las alabanzas de los necios l0. Las posibles razones humanas -afinidad, ascendiente, simpat’a- que condicionasen nuestra sinceridad, obrar’an siempre como alabanzas de un necio, provendr’an de un principio humano, ser’an un obst‡culo serio para esa transformaci—n en Jesucristo a que la gracia nos mueve.

 

MODO DE HACERLA

            Esa convicci—n es necesaria para una preparaci—n honda, hecha

 

(8) 1 Cor. XII, 27;

(9) Instrucci—n, 31-V-1936, nota 132;

(10) Eccles. VII, 6;

 

en presencia de Dios. As’ evitamos el riesgo de tener que improvisar unas cuantas generalidades de escaso o nulo interŽs, o de tratar s—lo de alguna situaci—n meramente circunstancial o del momento.

Hay que dedicar el tiempo que sea necesario a esa preparaci—n, estando prevenidos contra las dificultades que puedan presentarse: reales, algunas veces, como la escasez de tiempo o alguna circunstancia imprevisible; pero que pueden responder tambiŽn a simple pereza. Para evitarlo, debemos examinamos -tal como ha se–alado el Padre- sobre el cumplimiento de las Normas y Costumbres; especialmente sobre el modo de vivir la oraci—n, la mortificaci—n y los ex‡menes de conciencia; tambiŽn de cuanto se refiere a la fe, a la pureza y a la vocaci—n; del esp’ritu de filiaci—n, de fraternidad y de proselitismo; de las preocupaciones, tristezas o alegr’as; del amor a la Santa Iglesia y a la Obra; de la petici—n por el Romano Pont’fice y por los Obispos en comuni—n con la Santa Sede; de la oraci—n y mortificaci—n por el Padre y por todos los socios de la Obra. Se ha de hablar tambiŽn del desempe–o de las labores apost—licas y de las otras tareas encomendadas, especialmente del encargo apost—lico; del trabajo profesional y de las relaciones sociales y familiares en su dimensi—n apost—lica y en cuanto influyen en la propia vida interior.

Esos temas hay que tocarlos con hondura sobrenatural, dando a conocer nuestras disposiciones interiores, que no son un sentimiento vago e inconcreto, sino nuestro modo real de reaccionar frente a las distintas situaciones. Y eso se pone de manifiesto hablando de lo que nos mueve a la alegr’a o a la desgana, a la complacencia o al desagrado, al ego’smo o a la entrega, al orgullo o al olvido de nosotros mismos... Sabiendo dejar de lado conversaciones que s—lo marginalmente tienen conexi—n con la propia vida interior y con la actividad apost—lica; y respetando siempre con la m‡xima delicadeza el ‡mbito estrictamente profesional, en el que cada uno es completamente libre y responsable.

 

HABLAR CON SINCERIDAD

 

Si procuramos mantener vivo el clima sobrenatural que debe presidir esa charla con nuestro hermano, resultar‡ f‡cil centrar debidamente la conversaci—n, tratando los diversos asuntos con sencillez, sin rodeos, directamente. Esa sencillez, se–al indudable de buen esp’ritu, es indispensable para que el Se–or nos dŽ su luz y su gracia. ÇEl Esp’ritu Santo, que ense–a la sabidur’a, huye de ficcionesČ 11. Oigan otra vez lo que atestigua la Escritura: Çel Se–or s—lo conversa con los sencillosČ 12. La conversaci—n de Dios consiste en revelar secretos a las amas humanas, ilustr‡ndolas con su presencia. Se dice que conversa con los sencillos, porque con la luz de su visita descubre misterios celestiales a los entendimientos de aquellos a quienes no ofusca sombra alguna de doblez 13.

Tenemos que hablar con la misma sencillez con que hablamos con Dios en la oraci—n: sin confundir lo que somos con lo que nos gustar’a ser; evitando referir con complacencia las propias virtudes o trabajos, para recibir alabanzas; sin buscar que nos compadezcan, porque esto muchas veces es se–al de orgullo.

Acertadamente dice el profeta Isa’as del alma que obra mal y se excusa: Çall’ tendr‡ su cueva el erizoČ 14. Por el nombre del erizo se significa cabalmente la doblez del alma enga–osa, que se defiende con astucia; porque al erizo, al ser sorprendido, todav’a se le ven la cabeza, los pies y el cuerpo; pero cuando se le quiere coger, enseguida se hace una bola y esconde dentro los pies y la cabeza hasta desaparecer por completo. Decimos que se ve la cabeza del erizo, porque ya antes de acercarse, al pecador se le nota la culpa; se ven los pies del erizo, porque el pecado se conoce por las huellas que deja en quien lo comete; y, no obstante, cuando alega las disculpas, lo esconde todo..., y queda hecho una bola en manos de quien trata de corregirle 15.

La sinceridad plena tiene su premisa y fundamento en la confianza en los Directores. Hay dos manifestaciones tremendas de mal esp’ritu 16: tener miedo a los que mandan en la Obra, y tener vergźenza para hablar en la direcci—n espiritual; y esa mala disposici—n, al arrancar la sinceridad, quita la posibilidad de defensa a las almas que lo admiten 17. El Padre nos ha dicho que en la Charla no debemos tener vergźenza de hablar, y que si algo nos cuesta m‡s, hay que decirlo siempre lo primero. Especialmente cuando ocurra algo que no quisierais que se supiese, decidlo inmediatamente Đcorriendo- a quien os puede ayudar, al Buen Pastor. Esta decisi—n es l—gica:

 

(11) Sap. I, 5;

(12) Prov. III, 32;

(13) San Gregario Magno, Reg. Past. 3, 11;

(14) Isai. XXXIV, 15;

(15) San Gregario Magno, Reg. Past. 3, 11;

(16) Instrucci—n, 31-V-1936, nota 130;

(17) Ibid. n. 92;

 

suponed que una persona camina con una piedra grande en la espalda y con los bolsillos llenos de piedrecitas que, entre todas, pesan cien gramos. Si situamos a esa persona en Madrid, vamos a suponer que la distancia que ha de recorrer es de la Puerta del Sol hasta Cuatro Caminos. Cuando llegue al final del trayecto, no sacar‡ una a una las piedrecillas de los bolsillos, qued‡ndose Đmientras- con la gran piedra encima. Hijos m’os, pues nosotros igual. Lo primero que hemos de echar fuera es lo que pesa. Otro modo de comportarse es una gran tonter’a, y un principio de insinceridad 18.

Esa confianza fraterna, que nos lleva a contar lo que nos pasa, tiene su śltimo y m‡s propio fundamento en la confianza en Dios. Cuanto antes comprendamos que la Charla no se hace porque congeniemos con una determinada persona, o por una afinidad de car‡cter, que facilita en lo humano sentirse afectivamente compenetrado, menor obst‡culo ser‡ el temor de no ser comprendidos, o cualquier otra barrera, que en el fondo no son m‡s que falta de confianza en el Se–or. Nuestra confianza en el Director ha de ser ejercicio y manifestaci—n de amor a Dios.

 

ESCUCHAR DîCILMENTE

Pero no basta que nos demos a conocer con hondura y sencillez. Necesitamos tambiŽn saber escuchar con docilidad, tomando los consejos como si vinieran del mismo Jesucristo, Se–or Nuestro. As’ resulta f‡cil aceptar los consejos o reprensiones, no s—lo para aprender, lo que indica falta de buen esp’ritu, sino sobre todo para mejorar, para que nuestro esfuerzo y nuestra actuaci—n sean eficaces. No es posible llegar a saberlo todo, porque dice el Esp’ritu Santo: nadie puede dignamente dar a conocer sus obras, ŔquiŽn investigar‡ sus grandezas? 19, y el Padre nos ha dicho que nadie, en el Opus Dei, puede considerarse suficientemente formado. Pero aśn es m‡s impensable no ser capaz de mejorar. Y todos, en la Obra, necesitamos siempre de la direcci—n espiritual para ser mejores.

De ordinario la Charla ha de ser breve; no s—lo para no perder el tiempo y no hacerlo perder a los dem‡s, sino porque la excesiva palabrer’a suele ser signo de falta de sencillez, se–al de vanidad no raramente. Quien anda con sencillez anda seguro 20. Hay que ir directamen-

 

(18) Carta Videns eos, 24-III-1931, n. 40;

(19) Eccli. XVIII, 2-3;

(20) Prov. X, 9;

 


te al tema; es preciso hablar con humildad y brevemente.

DespuŽs de la Charla hay que dar gracias a Dios, grabar en el coraz—n los consejos recibidos y tratar de ponerlos en pr‡ctica. Es necesario, pues, que ejercitemos de modo especial la esperanza, para que las dificultades no nos lleven al des‡nimo o a olvidar m‡s o menos conscientemente el cumplimiento de las indicaciones recibidas. Hemos de luchar especialmente en los puntos concretos que nos hayan indicado, con la seguridad de que es voluntad de Dios, y por tanto, garant’a de fruto y de eficacia.

Esa necesidad de tener presentes los consejos recibidos nos llevar‡ a vivir delicadamente la puntualidad, para que no falte la continuidad necesaria entre una Charla y otra; y a repasar, cada vez, los temas tratados anteriormente, de modo que podamos exponer las dificultades encontradas al poner en pr‡ctica aquellos consejos y buscar nueva ayuda. Retrasar habitualmente este medio de formaci—n no s—lo ser’a malo por el desorden que en s’ mismo supone, sino que indicar’a que no se vive bien: que se reciben los consejos sin docilidad plena o sin plena decisi—n de llevarlos a la pr‡ctica; que faltan deseos de lucha o visi—n sobrenatural.

Cuando vivimos bien este medio de direcci—n espiritual, con deseos de entrega y con confianza en Dios, tenemos la experiencia de sentirnos reconfortados, llenos de alegr’a y paz, optimistas y fuertes para la lucha ascŽtica y para el apostolado. Y no s—lo encontramos el gaudium cum pace, sino que cada Charla es un paso que nos acerca m‡s a Dios; nos hace humildes; nos lleva a amarle m‡s; y a la vez nos une m‡s estrechamente con la Obra y con nuestros hermanos.

Yo abro mi boca y hablo para comunicaros de balde la sabidur’a -nos dice el Se–or-; inclinaos a ella; reciba vuestra alma la instrucci—n 21. El Se–or nos habla, est‡ a nuestro lado, nos acompa–a. En cada Charla, tambiŽn a nosotros, como a los disc’pulos de Emaśs, la fe y la visi—n sobrenatural nos hacen descubrir la alegr’a y el aliento de un encuentro con Cristo. ŔNo es verdad que nuestro coraz—n se enardec’a, cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba la Escritura? 22.

 

(21) Eccli. LI, 34;

(22) Luc. XXIV, 32

 

 

 

 

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