18. SENCILLEZ
Iba Jesœs camino de Galilea. Ya hab’an
comenzado los primeros su proselitismo. Felipe debi— de acordarse de Natanael, y en cuanto tuvo ocasi—n le habl— del Se–or: ven, y lo ver‡s. Vio Jesœs venir hacia s’ a Natanael, y dijo de Žl: he aqu’ un verdadero israelita, en
quien no hay doblez ni enga–o 1.
Produce siempre un ’ntimo sentimiento de agrado encontrar una persona llana,
sin pliegues, sencilla, que conquista enseguida nuestra confianza. La sencillez
es una gran virtud. Quiz‡ aœn sin reparar bien en las alabanzas que el Se–or le
prodiga en el Evangelio, la hemos entendido siempre como una virtud
profundamente cristiana.
M‡s tarde, la hemos visto brillar como un
diamante en ese conjunto de virtudes que exige el esp’ritu del Opus Dei. Porque
la formaci—n que se nos da, tiende a simplificar nuestra vida interior, a
evitar, que seamos interiormente complicados, retorcidos, enmara–ados. Nos lo
ha dicho el Padre muchas veces: nuestra ascŽtica tiene la sencillez del
Evangelio. La complicar’amos si fuŽramos complicados, si dej‡semos el coraz—n oscuro, si no fuese absoluta nuestra sinceridad.
La Obra nos da los medios pr‡cticos para
vivir aquel consejo del libro de la sabidur’a: sentid del Se–or con entra–as de bondad, y con sencillez de coraz—n
buscadle 2. La sabidur’a, la sinceridad y la
sencillez, andan siempre de la mano en los caminos que llevan a Dios.
La sencillez es una pieza importante en
el edificio sobrenatural de la santidad. Me has escrito: ÇLa sencillez es como la sal
de la per-
(I) Ioann. I, 46-47;
(2)Sap. I, 1;
fecci—n. Y es lo que a m’ me falta. Quiero lograrla, con la ayuda de El y de ustedÈ.
-Ni
la de El ni la m’a te faltar‡. -Pon los medios
3.
LA VIRTUD
DE LA SENCILLEZ
Para
poner los medios, conviene entender antes quŽ cosa sea la sencillez y la ra’z
de donde proviene.
Lo
que es la astucia con respecto a la prudencia -dice Santo Tom‡s-, son el dolo y el fraude con
respecto a la sencillez. El dolo o fraude
se ordena principalmente a enga–ar, y alguna
vez, secundariamente, a da–ar. De donde pertenece directamente a la sencillez
evitar el enga–o. Y segœn esto, como
ya se ha dicho m‡s arriba 4, la virtud de la sencillez es la misma que la
de la veracidad, pero difiere en lo referente a la intenci—n: porque hay
veracidad cuando los signos concuerdan con lo signado; en tanto que hay
sencillez cuando la mente no tiende a cosas diversas, de tal manera que una
cosa se quiera por dentro y otra se
muestre por fuera 5.
Podr’a parecer, sin embargo, que si se
quiere ser sencillo hay poco menos que salir de este mundo; porque viviendo en
Žl, a algunos se les antoja inevitable acudir al enga–o, y usar de la astucia.
Pero no es cierto. La persona buena, sencilla, recta, no necesita enga–ar a
nadie -astucia, fraude, dolo- porque no va a hacer mal a nadie; al contrario,
busca eficazmente su bien, y esto lo puede hacer con perfecta sencillez. Aœn
m‡s: por la ignorancia y la pecabilidad de los
hombres, ocurrir‡ algunas veces que, los mismos que reciben los beneficios de
la persona sencilla y recta, se convierten en sus enemigos. Tampoco este œltimo
caso debe llevar a perder la sencillez: basta la prudencia, para evitar y
contrarrestar esos equivocados ataques con que puede verse amenazado.
En cambio, quien no es recto en su
intenci—n, quien no busca sobre todo y siempre el bien de Dios y el de las
almas, sino que busca s—lo su propio bien -falsamente entendido-, por eso mismo encuentra en los dem‡s un
obst‡culo para sus intereses, un presunto enemigo, una merma de sus
posibilidades individuales. Y como nadie estar‡ de acuerdo en servir al ego’smo
de otro, el ego’sta se ver‡ obligado a enga–ar, si persiste en sus intenciones.
Su prudencia- -la elecci—n de los medios
(3) Camino,
n. 305;
(4) Cfr. S. Th. II-II,
q. 109, a. 2 ad 2;
(5)
Santo Tom‡s, S. Th. II-II, q. 111, a. 3 ad
2;
empieza a torcerse y se convierte en astucia,
porque el fin de esos medios se ha torcido. Tendr‡ que aparentar, que mentir,
para salir adelante entre los dem‡s, a los que Žl quiere emplear como simples
instrumentos de su propio bienestar.
S—lo el que es realmente sencillo puede
tener verdadera prudencia, prudencia recta. Qui ambulat simpliciter,
ambulat confidenter 6: el que camina con sencillez, camina
confiadamente, ajeno a la inquietud de la astucia, a la zozobra de ver
enemistad por todas partes. La sencillez excluye la astucia -la defensa taimada
de nuestros ego’smos-, pero no la prudencia virtuosa, que evita que la
sencillez sea demasiado ingenua, candorosa, ineficaz en su amor y en su trabajo
por el bien; segœn aquellas palabras del Se–or: estote ergo prudentes sicut serpentes
et simplices sicut columbae 7,
habŽis de ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas.
EL PELIGRO DE LA COMPLICACIîN
TambiŽn ayuda a comprender la
naturaleza de la sencillez la consideraci—n de los vicios que m‡s directamente
se le oponen: la afectaci—n y la oficiosidad -fruto siempre de un doble juego,
m‡s o menos consciente-, la pedanter’a -por la que uno habla y se escucha a la
vez-, los escrœpulos -donde uno quiere ser juez y cosa juzgada al mismo tiempo,
con desconfianza en el criterio de los dem‡s-; y siguiendo una escala de mayor
gravedad: la iron’a, la jactancia, la hipocres’a y la mentira.
La misma repulsi—n natural que todas esas
cosas inspiran, muestra ya el valor de la sencillez, a la que se opone no s—lo la doblez -Žse es el caso m‡s grave- sino toda complicaci—n,
cualquier gŽnero de rebotica, aun la m‡s superficial, porque todos esos vicios
hacen mucho da–o a la vida interior. Abominabile Domino cor
pravum, et voluntas eius
in iis qui simpliciter ambulant 8,
abominaci—n de YavŽ son los de perverso coraz—n, mas
los ’ntegros de conducta le son gratos. La sencillez, que es integridad,
unidad, descomplicaci—n, es consecuencia necesaria de
la bondad de coraz—n: la propiedad de la
estrella es la luz de que est‡ rodeada; y la propiedad del var—n piadoso y que teme a Dios es la sencillez y la humildad 9.
Toda complicaci—n es mala. Ese
Žnfasis y ese engolamiento te
(6)
Prov. X, 9;
(7)
Matth. X, 16;
(8)
Prov. XI,
20;
(9) Hesiquio, De Temp. et virt. 1, 82;
sientan mal: se
ve que son postizos. -Prueba, al menos, a
no emplearlos ni con tu Dios, ni con tu Director, ni con tus hermanos: y habr‡, entre ellos y tœ, una barrera menos
10. Toda complicaci—n es un sistema
defensivo, una l’nea de protecci—n que el ego’smo nos ense–— a establecer en
torno, una barrera hecha de apariencias para salvaguardar los propios
intereses. Y aqu’ hemos entrado ya en la ra’z de la sencillez.
INFANCIA ESPIRITUAL
La ra’z de la sencillez est‡ en quedarse
inerme, indefenso, en romper los cercos, las barreras que nos separan de las
amorosas exigencias de Dios, de la obediencia a nuestros Directores, de la
fraternidad sin l’mites que estamos obligados a vivir con nuestros hermanos, de
la claridad valiente en el propio conocimiento sin buscar atenuantes. Para
llegar a ser sencillos, hay que renunciar a defenderse, hay que dejar de pensar
en los propios derechos, hay que olvidarse de s’ mismo, y poner la propia
suerte en las manos de Dios y en las de los Directores que lo representan; hay
que perder la vida, hay que volver a nacer 11,
hay que renunciar a estar en manos del propio consejo -perder la libertad, para
recuperarla en la identificaci—n con Jesucristo-: hay que hacerse como ni–os.
Recordamos aquella escena del Evangelio
donde el Se–or nos invita a vivir la sencillez de los ni–os. Escribe San Mateo:
se acercaron los disc’pulos a Jesœs y
le hicieron esta pregunta: ÀquiŽn ser‡ el
mayor en el reino de los cielos? Y Jesœs,
llamando a s’ a un ni–o le coloc— en medio de ellos y dijo: en verdad os digo, que si
no os volvŽis y hacŽis semejantes a
los ni–os, en la sencillez e inocencia, no entrarŽis en el reino de los cielos 12. Y San Jer—nimo comenta el pasaje con
esta par‡frasis: como este ni–o, cuyo
ejemplo os propongo..., no piensa una
cosa y dice otra distinta, as’ tambiŽn vosotros, si no tuvierais tal inocencia y pureza de intenci—n, no podrŽis entrar en el
reino de los cielos 13.
Hacemos como ni–os: es todo un programa
de vida sobrenatural que Jesœs recomend— a Nicodemo,
y que el Padre nos pide insistentemente: sed piadosos como ni–os y doctos como te—logos -con sinceridad, con sencillez-, y
verŽis c—mo vamos bien. Porque hay dos manifestaciones muy
claras de la vida de infancia: la sencillez y la natu-
(10) Camino.
n. 47;
(11) Cfr. Ioann. III, 5;
(12)
Matth. XVIII, 1-3;
(13)
San Jer—nimo, In Ev. Matth. comm. 3, 17, 3;
ralidad, que son el fruto de habernos desarmado,
de obrar cara a Dios, sin ningœn otro interŽs o fin.
Delante de Dios somos como somos, no cabe teatro ni apariencia. La sencillez no
puede fingirse -ha de venir de dentro-, no es un disfraz ni un pegote; es lo
contrario: hacer que no haya diferencia entre dentro y fuera. Quien quisiera
mostrar sencillez sin poseerla, llegar’a por eso mismo a la complejidad:
RECTITUD DE INTENCIîN
. Es
la intenci—n lo que simplifica, esa intenci—n que en el Evangelio viene
comparada con la mirada: si
oculus tuus fuerit simplex, totum corpus tuum lucidum erit 14; si tu ojo
fuere sencillo, todo tu cuerpo estar‡ iluminado. Si nuestras intenciones son
rectas y sencillas, de una sola direcci—n, toda nuestra vida ser‡ una,
verdadera y luminosa, en vez de ser doble como la de quienes pretenden servir a
dos se–ores: a Dios y a s’ mismos. La sencillez s—lo es posible cuando hay
lealtad.
Pero del mismo modo que la sencillez se
opone no s—lo a la doblez, sino a cualquier gŽnero de
complicaci—n, no es s—lo la falta de rectitud de intenci—n lo que quita
sencillez, sino tambiŽn la debilidad de la intenci—n.
La sencillez es una recta intenci—n en el
amor de Dios, que ha de prevalecer sobre todos nuestros sentimientos, sobre
impresiones y emociones, sobre la confusa y compleja vida de los sentidos. Hace
falta que nuestra intenci—n sea recta, pero hace falta adem‡s que sea fuerte,
que se imponga a las intenciones o deseos naturales de la vida sensitiva, que
domine lo turbio y complicado que hay en nosotros, por la fuerza de la caridad,
y que ilumine la oscuridad de los sentidos con la luz de la fe. El alma
sencilla no tiene complicaciones, y juzga de todo, no segœn la impresi—n
personal del momento -que introducir’a el vaivŽn, los deseos encontrados-, sino
alumbrada por la luz divina, y queriŽndolo todo por Dios. Para ser sencillos
hay que renunciar a lo amanerado o tocado de afectaci—n, y quiz‡ de modo
especial a ese amaneramiento sutil, a esa ego’sta falsificaci—n del amor que es
el sentimentalismo.
VALOR DE
LA SINCERIDAD
Pero, Ày los medios para alcanzar la
sencillez? Hay uno radical: la sinceridad. Contra ella no sirven de nada ni
siquiera nuestras propias flaquezas. Mira: los Ap—stoles, con todas sus miserias
patentes e inne-
(14) Matth. VI, 22;
gables, eran sinceros, sencillos...,
transparentes.
Tœ tambiŽn tienes miserias patentes e
innegables. -Ojal‡ no te falte sencillez 15.
Sencillez: sinceridad con los Directores,
naturalidad con nuestros hermanos, claridad en el examen, y -como ra’z de todo-
confianza en Dios.
Sinceridad sin ambajes
ni circunloquios; sinceridad salvaje, ruda cuando es preciso, en la direcci—n
espiritual, en el trato con los Directores. Hemos de
vivir una sinceridad sencilla, clara, escueta. Sea, pues, vuestro modo de hablar: s’, s’, o no, no; que lo que pasa de esto, de mal principio proviene 16.
Una sinceridad que no busque, complic‡ndose, el modo de decir,
sino sencillamente lo que hay que decir, esto es, lo que realmente hay. Es
condici—n indispensable para alcanzar la sencillez; nos lo recuerda el Padre: ni–o bobo: el d’a que ocultes algo de tu alma al Director, has
dejado de ser ni–o, porque habr‡s perdido la sencillez 17.
No hemos de tener nunca miedo a que nos conozcan tal como somos, a que sepan
las cosas que hacemos tal como las hacemos, como las pensamos y queremos.
Renunciar a encubrir, a atenuar, a disimular. Abandonarnos, con ese abandono
fraternal que se nos pide en la Obra: no ocultŽis nada a vuestros Directores. Sed
sinceros. Dejaos llevar de la mano, por la obediencia.
Naturalidad
amable y espont‡nea en la pr‡ctica de la fraternidad. Naturalidad propia de
hermanos que se quieren, sin confundir la delicadeza con la oficiosidad, ni la
mesura con la afectaci—n. Llevad siempre con vosotros nuestro esp’ritu
de sencillez. Olvido de s’ y
constante preocupaci—n por los dem‡s.
Autenticidad consigo mismo, transparencia
interior: examen bien hecho, prevenido contra el demonio mudo 18,
si dejamos influir por confusos estados de ‡nimos; con objetividad que remonte
la complicaci—n de los sentimientos y las emociones incontroladas.
Confianza suma, familiaridad, filiaci—n
divina en el trato con Dios, Nuestro Padre que est‡ en los cielos: amor filial
que induce al abandono, que corta de ra’z los mon—logos interiores -fuente de
doblez- sustituyŽndolos por el di‡logo amoroso del hijo con su Padre; sencillez
en el
(15) Camino,
n. 932;
(16) Matth. V, 37;
(17) Camino,
n. 862;
(18) Camino,
n. 236;
modo de hacer oraci—n, sin buscar palabras
redondas y repintadas; vida de piedad continua: jaculatorias abundantes, dichas con ‡nimo sencillo, s—lida
devoci—n a la Sant’sima Virgen; mortificaci—n seria de
la imaginaci—n y de la memoria.
Los frutos de la sencillez son
incontables. Si la sencillez sigue a la rectitud de intenci—n, tambiŽn produce
pureza de coraz—n, segœn afirma Santo Tom‡s: la sencillez se dice por oposici—n a la
doblez, por la que alguien tiene una cosa en el coraz—n y exterioriza otra distinta..., la sencillez
hace recta la intenci—n, no directamente, porque eso es comœn a toda virtud: sino excluyendo la doblez, por la que el hombre pretende una
cosa y otra distinta aparenta 19.
La sencillez trae la paz y la alegr’a al
coraz—n; porque toda nuestra gloria
consiste en el testimonio que nos da la conciencia, de haber procedido en este
mundo con sencillez de coraz—n y sinceridad
delante de Dios, no con la prudencia de la carne, sino segœn la gracia de Dios 20.
(19) Santo
Tom‡s, S. Th. II-II, q. 109, a. 2 ad
4;
(20) II Cor. I, 12.
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