19. LA FORTALEZA CRISTIANA

Cap’tulo 19 de la publicaci—n ŐinternaŐ del Opus Dei: Vivir en Cristo

 

 

 

Desde los d’as de Juan el Bautista hasta el presente -ha dicho el Se–or-, el Reino de los Cielos se alcanza a viva fuerza, y los que se la hacen son los que lo arrebatan l. La lucha, el esfuerzo -con la gracia, en la gracia y por la gracia- debe ser lo ordinario en la vida cristiana. Y siendo lo ordinario, necesitamos tambiŽn una disposici—n habitual para acometer y mantener ese esfuerzo; precisamos de un h‡bito, de una virtud especial: la fortaleza, que nos mantendr‡ firmes en la lucha -firmes en la fe, fieles- no obstante todo.

Invicta en los trabajos, fuerte en los peligros, rigurosa contra la sensualidad 2, la fortaleza nos es necesaria: para mantenernos seguros, cualesquiera que sean las dificultades; para permanecer serenos, guardando el justo medio entre la temeridad y el miedo; para rechazar enŽrgicamente el descamino, por peque–o que sea; para no detenernos nunca, por ‡spera y larga que se haga la pendiente.

 

MISIîN DE LA FORTALEZA

 

Obrad varonilmente y esforzad vuestros corazones 3. La santidad no es empresa c—moda. Hay que cumplir la voluntad de Dios, en cada tiempo, en cada jornada, en cada minuto, por dif’cil que se presente ese cumplimiento. Y esto a la hora de la lucha interior, como a la hora del apostolado. Fuerte ha de ser el hijo de Dios para emprender la tarea de su santidad, y para reemprenderla en cada una de sus etapas, y para afrontar

 

(1) Matth. XI, 12;

(2) San Ambrosio, De Officiis 29;

(3) Ps. XXX, 25;

 

las labores apost—licas. Pero m‡s fuerte ha de ser aśn para continuarlas, para perseverar cuando aparecen los obst‡culos internos y externos.

Necesitamos tambiŽn de esa virtud cardinal, para evitar el descamino, para mantener el desprendimiento de los bienes de la tierra, y poder decir as’ con San Pablo: estas cosas que consideraba como ventajas m’as, me han parecido desventajas al poner los ojos en Jesucristo. Y en verdad, todo lo tengo por pŽrdida, en comparaci—n del sublime conocimiento de mi Se–or Jesucristo, por cuyo amor he perdido todas las cosas, y las miro como basura 4. No es f‡cil ese menosprecio: exige lucha, vencimiento, fortaleza.

Pero m‡s fortaleza aśn que para adoptar esa actitud general frente a los bienes de la tierra, se requiere para rechazarlos cuando se hacen especialmente presentes, cuando tientan nuestros apetitos y tratan de aprovecharse de nuestra flaqueza. El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovech‡ndose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer -que nada vale-, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rub’es empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad 5.

Misi—n de la fortaleza es precisamente robustecer la debilidad de la carne, hacerla firme, obediente a la raz—n y a la fe; prestarle la firmeza del esp’ritu. No hay que dejarse sorprender, hay que vigilar, porque el demonio no descansa. Sed sobrios, y estad en vela: porque vuestro enemigo el diablo anda girando como le—n rugiente alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar. Resistidle firmes en la fe 6.

 

 

PERSEVERAR EN LA LUCHA

 

Esta lucha no es cuesti—n de un instante; es necesario persistir en ella, continuarla d’a tras d’a. Y es tambiŽn la virtud de la fortaleza la que har‡ constante, firme, paciente y arrojada nuestra lucha interior; la que nos har‡ permanecer sin temor; la que nos ayudar‡ a que la santidad sea el śnico af‡n que prevalece hasta el final, cuando, victoriosos, podamos decir con San Pablo: bonum certamen certavi, cursum consummavi, fidem servavi 7, he combatido el buen combate, he acabado la carrera, he guardado la fe.

 

(4) Philip. III, 7-8;

(5) Camino, n. 708;

(6) I Petr. V, 8;

(7) II Tim. IV, 7;

 

Puede haber momentos en el camino hacia la santidad en que se deje sentir la dureza de la lucha, en que pese el esfuerzo y duelan los trabajos. Los pśgiles -dice Santo Tom‡s- se deleitan en el pensamiento del fin por el que luchan, esto es, porque ser‡n coronados y llenos de honor. Pero aguantar los .golpes les es doloroso. Y negar esto ser’a negar que son de carne. Porque si tienen carne sensible, es forzoso que aquello que les hiere les produzca dolor 8. Y para mantenerse en la pelea, adem‡s del amor del fin por el que se lucha, se necesita fortaleza.

Es posible tambiŽn que alguna vez amenace el desaliento. Llega entonces el momento de poner en pr‡ctica aquel consejo del Padre: cuando el desaliento venga, si esta tentaci—n permitiera el Se–or; ante los hechos aparentemente adversos; al considerar, en algunos casos, la ineficacia de vuestros trabajos apost—licos de formaci—n; si alguien, como a Tob’as padre, os preguntara: ubi est spes tua?, Ŕd—nde est‡ tu esperanza?.., alzando vuestros ojos sobre la miseria de esta vida, que no es vuestro fin, decidle con aquel var—n del Antiguo Testamento, fuerte y esperanzado quoniam memor fuit Domini in toto corde suo (Tob. I, 13), porque siempre se acord— del Se–or y le am— con todo su coraz—n: filii sanctorum sumus, et vitam illam expectamus, quam Deus daturus est his, qui fidem suam numquam mutant ab eo; somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios ha de dar a quienes nunca abandonaron su fe en El (Tob. II, 18).

El fruto de nuestros trabajos es seguro que lo encontraremos en la Patria 9.

 


LA VIRTUD SOBRENATURAL

 

Lo mismo en el apostolado que en la lucha ascŽtica, la fortaleza que hemos de ejercitar no es simplemente una virtud humana, que cumple su cometido a la luz de la raz—n natural, sino la fortaleza sobrenatural, infusa, que lo realiza a la luz de la fe. Porque hemos de ser fuertes, pero en la fe: fortes in FIDE. Y la fe nos dice que, si queremos luchar, la victoria es nuestra de antemano, y as’ no hay lugar al temor de la derrota. No os entristezc‡is, porque el gozo de YavŽ es vuestra fuerza 10.

Tenemos adem‡s, para ayudarnos a ser fuertes, el ejemplo de

 

(8) Santo Tom‡s, In Ethic. ad Nicom., n. 587;

(9) Instrucci—n, 9-1-1935, nn. 19-20;

(10) II Esdr. VIII, 10;

 

los cristianos que han sabido dar su vida por la fe; y, muy pr—ximo, el ejemplo del Padre y de nuestros hermanos en la Obra, que saben ser fieles, que saben vencer. Resistid firmes en la fe -nos recomienda San Pedro-, sabiendo que la misma tribulaci—n padecen vuestros hermanos, cuantos hay en el mundo 11. La fortaleza que se nos pide no es, sobre todo, aquŽlla que est‡ fundada en las pobres fuerzas humanas, sino aquŽlla que tiene como soporte la omnipotencia de Dios. Y as’, cuando advertimos la insuficiencia del propio esfuerzo -indispensable,.por otra parte, para proseguir por el camino que nos traza Dios-, sabemos seguir adelante fuertes en la fe. ÇOmnia possibilia sunt credentiČ. -Todo es posible para el que cree. -Son palabras de Cristo.

-ŔQuŽ haces, que no le dices con los Ap—stoles: Çadauge nobis fidem!Č -ÁaumŽntame la fe!? 12.

Paradojas de la vida sobrenatural: se nos pide todo el esfuerzo humano, toda la cooperaci—n posible, para al fin encontrar la verdadera fortaleza en el reconocimiento humilde y lleno de fe de nuestra debilidad. Cuando soy dŽbil, entonces soy fuerte 13, porque YavŽ es mi pe–a, baluarte y libertador, Dios m’o, Roca m’a, a que me acojo, mi escudo, cuerno de salvaci—n y torre—n. A YavŽ invoco, digno de loa, y de mis enemigos soy salvado 14.

Hemos de ser fuertes, s’, pero fuertes en la fe y en la caridad, fuertes con la perfecci—n de la virtud sobrenatural de la fortaleza y del correspondiente don del Esp’ritu Santo. Por la fe sabemos que todas las cosas son posibles, y sabemos a quiŽn hemos de acudir para realizarlas; por la caridad las acometemos con un amor que lleva f‡cilmente a tŽrmino, por Dios, todas las cosas 15.

La fortaleza alcanza su grado m‡ximo en el martirio, en la muerte que se acepta por amor, porque fortis ut mors dilectio 16, fuerte como la muerte es el amor. Pero hay una muerte que se sufre de una vez, para la que suele bastar un solo impulso, y otra que dura toda la vida, hecha de una larga sucesi—n de cosas peque–as. ÁCu‡ntos que se dejar’an enclavar en una cruz, ante la mirada at—nita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada d’a!

 

(11) 1 Petr. v, 9;

(12) Camino, n. 588;

(13) II Cor. XII, 10;

(14) Ps. XVII, 2-4;

(15) San Agust’n, De mor. Ecc/e. cath. 1, 15;

(16) Cant. VIII, 6;

 


 

Piensa, entonces, quŽ es lo m‡s heroico 17. TambiŽn para esa muerte continua se requiere fortaleza, y en grado muy alto.

Nuestra fortaleza ha de ser constante: frente a lo previsto y a lo imprevisto, frente a lo moment‡neo y a lo duradero. Frente a lo grande y, para poder hacerlo, tambiŽn frente a lo peque–o y repetido. Voluntad. Es una caracter’stica muy importante. No desprecies las cosas peque–as, porque en el continuo ejercicio de negar y negarte en esas cosas -que nunca son futilidades, ni nader’as- fortalecer‡s, virilizar‡s, con la gracia de Dios, tu voluntad, para ser muy se–or de ti mismo, en primer lugar. Y, despuŽs, gu’a, jefe, Ácaudillo!..., que obligues, que empujes, que arrastres, con tu ejemplo, y con tu palabra, y con tu ciencia, y con tu imperio 18.

As’, esa fortaleza largamente ejercitada, viene a ser custodia de todas las virtudes y garant’a del apostolado. Porque si el hombre valiente, bien armado, guarda la entrada de su casa, todas las cosas est‡n seguras 19.

 

SERENIDAD DE HIJOS DE DIOS

 

Entre los frutos de la fortaleza, uno de gran importancia es la serenidad, la igualdad de ‡nimo o ecuanimidad, la estabilidad, la permanencia. El Padre nos pide fortaleza cuando dice: Áhijos de mi alma! Sed serenos en vuestro trabajo y en vuestra vida espiritual. Por amor de Dios, sed fieles. No se‡is ni–os ni locos. Presencia de Dios, que es caracter’stica clara de nuestra vocaci—n. Sereno y optimista en su vida interior y en su apostolado ha de ser el cristiano. Nada puede apartarlo del amor de Dios, ni tiene necesidad de tranquilizar su ‡nimo, como quiera que est‡ persuadido de que todo es para bien; no se irrita ni hay nada que le mueva a la ira, como quiera que siempre ama a Dios, y a esto s—lo atiende 20.

Esta serenidad habitual, este dominio ordinario de las pasiones -en el peligro, en el sufrimiento, en la tentaci—n- es condici—n indispensable para el alma contemp1ativa. Supuesta la buena voluntad, es necesaria la fortaleza para vivir sin atolondramientos, sin agitaciones que oscurecen la consideraci—n, que llevan al hombre a hacer cosas de las que luego f‡cilmente se arrepiente. La paz que da el Se–or no consiste en la ausencia de dificultades, sino en su dominio. Y esta quietud, esta paz, esta

 

(17) Camino, n. 204;

(18) Camino, n. 19;

(19) Luc. XI, 21;

(20) Clemente de Alejandr’a, Strom. 6,9,71,4;

 

serenidad facilita la continua presencia de Dios, porque Dios viene con la tranquilidad 21.

No podemos ser como ni–os o como locos. Hemos de ser fuertes, hijos de Dios. Serenos en nuestro trabajo y en la labor profesional. Con una presencia de Dios continua, que nos hace estar en la perfecci—n de las cosas peque–as. La fortaleza es una pieza clave en la eficacia de la labor. Y la misma fortaleza nos ayuda a entender y a vivir ese criterio que nos da el Padre: hay cosas que pueden esperar. Hay cosas que son muy urgentes... y Žsas pueden esperar m‡s. Tranquilos, serenos, con. peso.

Quien es fuerte da fortaleza a sus hermanos: infunde confianza, serenidad; del mismo modo que la persona sin fortaleza conmueve y altera a cuantos est‡n en torno suyo. ŔQuiŽn es el hombre medroso y blando de coraz—n? V‡yase y vuelva a su casa para que no intimide el coraz—n de sus hermanos conforme lo est‡ su propio coraz—n 22.

Ha de ser un motivo m‡s para esforzarnos, para ser recios, la responsabilidad de los que se saben eslabones de una misma cadena. Somos todos solidarios de la santidad de nuestros hermanos y de la marcha de la labor. Firmes, seguros, serenos, fuertes en la fe hemos de ser, tambiŽn por caridad con los dem‡s.

Estamos librando cada d’a las peleas del Se–or, dentro y fuera de nosotros. Grande es nuestra responsabilidad, grande ser‡ tambiŽn nuestro premio. Dios nos contempla, al tiempo que nos bendice con su gracia. As’ que, amados hermanos m’os, estad firmes y constantes, trabajando siempre m‡s y m‡s en la obra del Se–or, pues que sabŽis que vuestro trabajo no quedar‡ sin recompensa delante del Se–or... Estad firmes en la fe, trabajad varonilmente y alentaos 23.

Tenemos en Nuestra Se–ora, al mismo tiempo que una ayuda para alcanzar esa fortaleza, un modelo luminoso:

Admira la reciedumbre de Santa Mar’a: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano -no hay dolor como su dolor-, llena de fortaleza.

- Y p’dele de esa reciedumbre, para que sepas tambiŽn estar junto a la Cruz 24.

 

(21) Barsanufio y Juan, Liber utilissimus;

(22) Deut. XX, 8;

(23) I Cor. XV, 58; XVI, 13;

(24) Camino, n. 508.

 

 

 

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